25 de diciembre de 2018

ROBOTS CON ALMA


La “singularidad” es el momento hipotético (y temido) en que un algoritmo de inteligencia artificial (IA) será capaz de diseñar autónomamente otro algoritmo más inteligente que él. En este caso se entraría en un efecto en cascada donde cada máquina diseñaría otra de inteligencia superior, hasta crear algo así como una amenazante inteligencia superhumana. Ese punto sería como un agujero negro: imposible saber qué pasaría después. Desconocemos si algún día alcanzaremos la singularidad. Pero la IA está llegando a nuestras vidas, de forma irremediable e irreversible. La palpamos a través de aplicaciones como Apple Siri, Microsoft Cortana, Google Home o Amazon Alexa. Las máquinas tienen capacidades crecientes de interpretación del lenguaje natural, de reconocimiento de objetos o de inteligencia estratégica. Según McKinsey, la IA sumará 13 billones de dólares al PIB global, y el 70% de las empresas la utilizarán en 2030. Las inversiones mundiales en I+D en tecnologías cognitivas superan ya los 20.000 millones de dólares. Y la carrera no ha hecho más que empezar. La gran batalla se libra hoy en la creación de entornos conversacionales (el nuevo gran canal de venta), el reconocimiento facial o los vehículos autoconducidos. Nuevas capas de diseño gráfico digital visten a los algoritmos de rostros humanos, con capacidades cognitivas, sociales e interactivas. Las máquinas reconocen e interpretan nuestras emociones, y simulan las suyas propias. Los bots, o avatares digitales mantienen conversaciones humanas no preprogramadas con soltura creciente. Si la máquina no conoce un tema, accede a bases de datos y lo absorbe rápidamente. El proceso de aprendizaje que para un niño dura quince años, un algoritmo lo desarrolla en minutos. Y, al final, en cualquier reflexión sobre el tema surge la pregunta: ¿llegarán las máquinas a tomar el control? ¿Qué hay tras la famosa “singularidad”?

Hace años que imitamos las estructuras cerebrales mediante sistemas electrónicos. Desde 1950 existen grupos de investigación sobre las famosas redes neuronales (arquitecturas electrónicas que simular el cerebro humano). Existe un know-how extenso sobre el funcionamiento de dichas redes. Pero no hemos llegado a la última frontera: la consciencia artificial. Este tema me fascina. ¿En qué momento una máquina será consciente de sí misma? ¿Cuándo un algoritmo desarrollará algún tipo de ego personal? Podemos crear inteligencia artificial a imitación de la biológica, pero no sabemos prácticamente nada sobre la consciencia artificial. Ése sí que será un punto de inflexión. Porque, asociados a la consciencia, están los sentimientos y las emociones: ¿podrá una máquina odiar, o amar? ¿Sentirá amistad, pena, ternura, motivación o euforia? ¿Puede una máquina ser ambiciosa? Las emociones son un tipo de sofisticada solución evolutiva: somos conscientes de que existimos porque la evolución nos ha llevado a este punto. En algún momento, algún primitivo ancestro empezó a tener consciencia de sí mismo, y a desarrollar estrategias de protección y supervivencia más eficientes asociadas a esa consciencia. De la consciencia de la propia existencia surge el miedo, la generosidad, el respeto, la envidia, la venganza o la ira. Es un apasionante misterio, todavía no resuelto por la ciencia, entender por qué, a partir de un grupo de neuronas, surge algo llamado consciencia. ¿A través de qué mecanismos un denso cúmulo de células nerviosas (llamado cerebro) genera un patrón cognitivo superior y se da cuenta de su propia existencia –y con ella, de su fragilidad y temporalidad-? Quizá la explicación se halle en el estudio de sistemas complejos y fenómenos de emergencia. Igual que de un conjunto de píxels coloreados surge La Gioconda, de un conjunto de neuronas conectadas emerge, de algún modo, la consciencia. Se nos crea una duda existencial: ¿somos sólo máquinas bioquímicas? ¿Es nuestro cerebro un conjunto de algoritmos naturales soportados por procesos químicos y eléctricos? ¿O existe algo más profundo, intangible, único, inimitable –y quizá inmortal- llamado alma, que entronca con otra realidad metafísica, espiritual o religiosa? Porque si sólo somos algoritmos bioquímicos, con toda certeza una máquina en un momento u otro, podrá replicar su funcionamiento. Y entonces, tendrá consciencia de sí misma. Ésa será la verdadera singularidad, el punto de inflexión en que las máquinas serán entidades dotadas de algún tipo de vida propia y con ella, de emociones. Y ahí se abren otros apasionantes debates: llegados a este punto ¿deberán esas “máquinas conscientes” ser consideradas como seres vivos? ¿Tendrán derechos y obligaciones? Juristas y filósofos tendrán una tarea ingente en los próximos años. Los expertos aseguran que no hay prisa: sabemos cómo se genera la inteligencia, y hemos diseñado redes neuronales artificiales para replicarla, con un cierto éxito. Pero la ciencia está en los albores de entender cómo se forma la consciencia. Por ello un humano es incapaz de crear una máquina consciente de sí misma. 

Pero hay caminos alternativos: hoy las nuevas técnicas de diseño generativo crean arquitecturas óptimas de dispositivos a partir de sus condiciones de contorno o requerimientos. Las máquinas pueden diseñar otras máquinas, por procesos de prueba y error, sin planificación, sólo experimentando en busca de la mejor configuración. No sería descabellado pensar en simular un proceso evolutivo en un computador que, por reglas similares a las biológicas (competencia por recursos virtuales), llegue a diseñar de forma autónoma un sistema digital tan complejo como un cerebro, hasta superar el punto de fuga de emergencia de la consciencia. ¿Tendremos robots con alma? Entonces sí que habremos franqueado todas las fronteras de la ética, la filosofía y la tecnología, la verdadera singularidad.

(Artículo publicado en La Vanguardia, el 23/12/2018)

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