10 de octubre de 2018

PAUL ROMER, PREMIO NOBEL

Paul Romer, profesor de la New York University, ha sido uno de los dos galardonados con el Premio Nobel de Economía de este año (el otro ha sido para William Nordhaus, estudioso del cambio climático). Una gran noticia para los apasionados de la innovación, y para los convencidos de la imperiosa necesidad de desarrollar políticas públicas de fomento de la misma. Romer ha sido de los pocos economistas que ha defendido posiciones de intervención pública para corregir los fallos de mercado en actividades de alto riesgo, y alto potencial de retorno individual y colectivo, como la innovación, asumiendo que existen algunas áreas en las cuales la dinámica de mercado se comporta con una debilidad mayor a la deseable. Sabemos, por ejemplo, que el mercado invierte de forma subóptima en I+D, especialmente en I+D de largo plazo alejada de las fronteras del mismo. El mercado (el conjunto de decisiones individuales que constituyen la fuerza motriz de una economía) no tiene por qué estar interesado en empujar los límites del conocimiento, ni alineado con el bienestar de una nación en el largo plazo. Romer introdujo en los modelos económicos previos, un componente fundamental: las ideas. Las nuevas ideas, o el nuevo conocimiento, son inductores de crecimiento económico (crecimiento endógeno, según sus palabras). Según Chad Jones, profesor de Stanford y colega de Romer: “el crecimiento económico es el resultado de los esfuerzos innovadores de emprendedores, investigadores y científicos. Por tanto, cualquier cosa que influencie su esfuerzo puede afectar nuestra calidad de vida en el largo plazo”. Para Romer, los gobiernos tienen el poder de estimular o inhibir la innovación mediante políticas. Precisamente, generó sus modelos a partir de la observación de las tremendas diferencias de crecimiento económico entre países similares, cuando en algunos de ellos se introducen políticas tecnológicas eficientes. Romer fue muy crítico con la “matematización” de la economía, la tendencia por parte de los economistas a crear modelos matemáticos de gran belleza formal, pero basados en supuestos excesivamente teóricos. Uno de los principales objetivos de toda política económica, para el nuevo Premio Nobel, es “crear un entorno que acelere el cambio tecnológico”. Los trabajos de Romer se circunscriben a una línea de pensamiento económico que empieza con las olas de destrucción creativa de Schumpeter, y acaban con los postulados de “estados emprendedores” de Mariana Mazzucato. La génesis de la innovación disruptiva (uno de los motores del propio capitalismo) está en los esfuerzos públicos, más allá de las fronteras del mercado, en investigación y desarrollo tecnológico. La competitividad de un país reside en su capacidad de crear un marco que acelere la creación y absorción de tecnologías. El propio Romer se lamentaba de que, aunque muchos países tomaron estas ideas como base de sus programas económicos, en EEUU los presupuestos públicos en ciencia y tecnología registran sus niveles más bajos desde la II Guerra Mundial. Por aquí parece que tampoco nuestros ministros han leído demasiado a Romer.

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