25 de agosto de 2018

LA SOCIEDAD DEL ACCESO


Hace pocos días aparecía en Bloomberg un interesante artículo del economista Tyler Cowen, Americans own less stuff, and that’s a reason to be nervous (“Los americanos poseen menos cosas, y esto es un motivo para ponerse nervioso”). Enrique Dans se hacía eco del mismo en su blog, con el post El declive de la propiedad individual. Ambos se suman a una corriente creciente de pensadores que se cuestionan cuál es el futuro de la propiedad en un mundo de acceso digital generalizado e inmediato. Entre ellos, Astro Teller, de Google X (ver el artículo Delivery drones  will mean the end of ownership), o el explícito libro The End of Ownership de los profesores de derecho digital Perzanowski y Schultz (New York University).

¿Estamos pasando de una sociedad basada en la propiedad individual a una sociedad basada en el acceso inmediato y puntual, donde progresivamente renunciaremos a la propiedad de los bienes? Y, si esto es así, ¿qué implicaciones personales, económicas y legales comportaría? Parece claro que existe una corriente de fondo substitutiva de la tradicional propiedad de los bienes: si un proveedor digital nos garantiza un vehículo autoconducido de última generación, en zona urbana, en 60 segundos, optimizando la ruta que vamos a seguir (y pagando estrictamente por kilómetro recorrido), ¿para qué vamos a comprarnos un automóvil? Teniendo en cuenta que ese es uno de los activos más costosos que suele poseer un individuo (y más infrautilizados: un coche privado suele usarse, en media, un 4% de su tiempo útil). En un mundo de acceso inmediato a servicios de movilidad, ¿qué sentido tiene la posesión individual de un automóvil? Igual que hemos dejado atrás la posesión de libros físicos (personalmente, he vaciado todas mis estanterías de libros, a la vez que he saturado mi Amazon Kindle), ¿no iremos renunciando progresivamente a numerosos objetos físicos substituidos por sus imágenes digitales?

Ya no acumulamos CDs: accedemos a música digital y, en todo caso, la almacenamos en memorias electrónicas. Ya no tenemos vídeos: alquilamos temporalmente películas en Google Play, Netflix o servicios análogos. La sociedad digital es la sociedad del acceso optimizado y ultra-rápido. Accedemos inmediatamente a amigos de la infancia a través de Facebook. Accedemos a antiguos compañeros de trabajo, o a prometedores nuevos currículums a través de LinkedIn. Accedemos a conversaciones on-line gracias a Skype. Accedemos a movilidad mediante Uber o Lyft. Accedemos a servicios ofimáticos mediante licencias de MS Office. Accedemos a servicios financieros a través de plataformas digitales y mecanismos de pago on-line que anticipan el fin de la moneda física. Accedemos a espacio de memoria mediante Amazon Web Services u otros servicios cloud. Accedemos a habitaciones en cualquier lugar del mundo mediante Airbnb. ¿Poseeremos una nevera, dentro de unos años, o nos abonaremos a servicios integrados de compra y mantenimiento en frío de alimentos?

Cada vez más, accedemos cuando y donde queremos, y pagamos estrictamente por el uso, no por la propiedad. Las nuevas generaciones nacen y crecen bajo este paradigma, mucho más próximo a la economía colaborativa: quizá poseer un automóvil sea algo exótico o residual dentro de unos años. Quizá poseer una casa, también: los nuevos tiempos requerirán movilidad dinámica, quizá en entornos globales, y qué mejor que plataformas digitales de intercambio o alquiler de pisos para encontrar vivienda donde y cómo la necesitemos.

Todo ello nos lleva a nuevos escenarios que generan numerosas preguntas:

En primer lugar, ¿cómo se gestionan los derechos individuales relativos al patrimonio digital? ¿Qué ocurriría, supongamos, si por error, o por cualquier otra circunstancia, Amazon borra remotamente las copias electrónicas compradas de sus libros? (como parece pasó hace unos años con el libro 1984, de George Orwell, por una disputa con el editor, según publicó New York Times). O, ¿qué pasa con un determinado patrimonio digital (libros, vídeos, música), una vez su propietario fallece? ¿Se deberían transmitir los derechos de uso a sus herederos?

En segundo lugar, la exigencia creciente de inmediatez crea una nueva variable competitiva. El aquí, el ahora y el pago por uso exacto se extenderán y serán habituales. No será necesario, por ejemplo, comprar un martillo (que utilizamos una millonésima de su tiempo útil), sino que (quizá mediante drones) alguien nos traerá un martillo cuando y donde lo necesitemos. Con ello, los productos se convertirán masivamente en servicios. La economía se hiper-servitizará y avanzará hacia paradigmas mucho más eficientes (compartir, por ejemplo, un martillo, o un coche, entre miles -o cientos de miles- de usuarios, significa una extraordinaria optimización de recursos -también a efectos de drenaje de recursos naturales).

Finalmente, ¿nos enfrentamos a un futuro distópico (anti-utópico) donde también los activos humanos o activos productivos se cedan por una suerte de “derechos de uso temporales”? La economía podría uberizarse al extremo: imaginemos que las actuales cadenas de valor se fragmentan en unidades productivas “marca blanca”, similares a los actuales contract manufacturers dotadas de tecnologías digitales (impresión 3D, por ejemplo), distribuidas por el mundo y accesibles mediante plataformas on-line. Un fabricante de productos podría escoger digitalmente sus proveedores (con elevada competencia en calidad, precio y rapidez de servicio), enviar los planos digitales de la pieza, y configurar una cadena de valor virtual desde su PC -incorporando el proveedor logístico-. Y el acceso a recursos productivos podría extenderse a recursos humanos: escoger digitalmente el talento necesario, ofertado en una plataforma digital, en el momento necesario, y por el trabajo que sea estrictamente necesario. ¿Se uberizará así el mercado de trabajo? ¿Seremos todos free-lances ofrecidos en plataformas digitales?

Sea como sea, parece que el futuro será de los creadores de contenidos y de los creadores de plataformas…


No hay comentarios:

Publicar un comentario