28 de julio de 2018

¿LIDERAS O (SÓLO) EMPRENDES?

Estos días he estado revisando artículos y textos sobre liderazgo. Un tema apasionante, sin duda, que está fuertemente relacionado con el fenómeno emprendedor. Los ingredientes del emprendimiento son la creatividad, la iniciativa y la acción. Un emprendedor genera ideas, que pone en marcha con iniciativa personal, y crea una secuencia de acciones para convertirlas en oportunidades de negocio. Pero posiblemente no todo emprendedor tenga capacidad de liderazgo. Un líder es algo más que un emprendedor: un líder tiene vocación de transformación, capacidad de provocar el cambio, visión de futuro (en muchos casos, idealista o utópica), y energía emocional para movilizar equipos e influir en personas. Un lider posee tres habilidades clave (las tres "Cs": conceptualizar, comunicar y convencer). En el camino de transformación, es capaz de contribuir al desarrollo personal y profesional de sus equipos. Un líder inspira y genera confianza.

La innovación y el liderazgo, por otro lado, son dos caras de la misma moneda: no se puede innovar (cambiar) nada sin liderazgo, y no se puede liderar nada que no esté en movimiento. No se lidera la estabilidad. Se lidera la transformación.

El liderazgo genera emprendedores en contextos internos y externos a las organizaciones. Todo líder es un emprendedor, pero no todo emprendedor es un líder. No es el emprendedor el que disfruta con la incertidumbre, como reza el mito. Es el líder que lleva dentro el que realmente lo hace. Cuando intentamos crear un modelo de referencia social sobre los emprendedores, realmente lo queremos hacer sobre el liderazgo. Necesitamos ciudadanos líderes, no sólo emprendedores.

John Burroughs, naturalista americano, nos dejó una famosa cita sobre emprendimiento, un auténtico clásico: leap, and the net will appear (“salta y aparecerá la red”). Efectivamente, muchos grandes emprendedores han triunfado porque se han atrevido a dar el paso, porque han saltado y aparentemente apareció una red. Se arriesgaron donde otros quedaron paralizados por el análisis. Sin embargo, normalmente, esa red no existía, ni aparecía de la nada: la construyeron ellos mismos mientras saltaban. El motor del éxito no radica en la idea que tenga el emprendedor: radica en la propia persona, en sus capacidades de transformación de la realidad. Es la iniciativa  continua y la autoconfianza del emprendedor, su tenacidad, flexibilidad y visión, su ilusión y energía vital los que llevan al  triunfo. Esos atributos tejen inconscientemente la red de seguridad, en cualquier salto al vacío. Y son atributos propios del liderazgo, no del emprendimiento. No es que los emprendedores de éxito hayan calculado mejor los riesgos o hayan planificado minuciosamente estrategias magistrales. Es que se han “tirado a la piscina” con el colchón de unas fuertes capacidades de liderazgo. Es que han tenido confianza en sí mismos, en que sabrán superar las situaciones en que se encuentren, cualesquiera que éstas sean; y han mostrado claras dotes de liderazgo. Un emprendedor se puede estrellar ante las adversidades. Un líder las utilizará en beneficio propio, se adaptará, y creará equipos capaces de superarlas. Un emprendedor emprende. Un líder transforma la realidad.

Y es que tras un emprendedor de éxito, normalmente se esconde un auténtico líder. Un líder que pivota sobre su propia fuerza motriz, con capacidad de improvisación y  de toma de decisiones rápidas en situaciones de ambigüedad. Un líder que comunica de forma nítida, que es capaz de motivar y movilizar a un equipo, de obtener feedback del mismo, de aprender de cada situación, y de reconocer y rectificar sus errores.  Y es esa amalgama de capacidades internas (tenacidad, resistencia, autocontrol, iniciativa, improvisación, autenticidad, absortividad, asertividad…) la que le permite adaptarse dinámicamente y evolucionar hacia situaciones de éxito. Esas capacidades crean la red que asegura el éxito ante cualquier iniciativa.

Un líder emprenderá iniciativas de cambio, sistemática e inevitablemente, en el interior de una organización (desafiando el status-quo, deseando transformar productos y procesos, provocado el cambio cultural, proponiendo nuevos modelos de negocio), o externamente (desde su propia empresa). Cuando mitificamos la figura del emprendedor la estamos confundiendo con la del líder. Un emprendedor que desee triunfar debe tener capacidades de liderazgo. Por ello, una muy buena pregunta a los emprendedores noveles (además de las clásicas sobre estrategia y modelo de negocio), sería… ¿es usted un líder?

21 de julio de 2018

LA CURVA DEL ELEFANTE


¿Es la extensión de la desigualdad el motivo de la ola de proteccionismo y de populismo que está invadiendo el planeta? Posiblemente sea así, sobre todo porque la globalización no ha afectado por igual a las diferentes capas sociales. Especialmente perjudicadas por la distribución desigual del crecimiento de los ingresos han sido las clases medias de las economías desarrolladas. Seguramente, aquéllas que han puesto el rumbo político hacia opciones demagógicas, al ver cómo sus condiciones de vida han empeorado durante las últimas décadas, y muy especialmente, durante la gran crisis de 2008.

Paradójicamente, los resultados agregados de la globalización son positivos. Extremadamente positivos. La resultante del gran sistema organizativo (el capitalismo) inaugurado durante la Ilustración con la eclosión de la racionalidad científica, la innovación tecnológica, la libertad económica y la democracia política es un mundo mucho mejor. Increíblemente mejor. Si en 1800, el 94% de la población del planeta vivía en la pobreza extrema, hoy sólo viven en esas condiciones el 10% (muchos, sí, pero muchos menos que hace dos siglos). Hoy, el 86% de la población mundial tiene acceso a educación básica, y el 85% está alfabetizada. El 56% de humanos viven en democracias, el 86% tiene acceso a vacunas, y sólo el 4% muere antes de los 5 años (en 1900, la mortalidad infantil global era del 35%).


Source: Economics for Public Policy, M. Corack
El problema es que el crecimiento del bienestar ha sido extremadamente desigual en los últimos años. En un famoso documento del Banco Mundial de 2013, los economistas Milanovic y Lakner estudiaron cómo habían crecido los ingresos por percentiles (grupos) de individuos con determinados ingresos, a nivel global. El resultado fue la sorprendente “curva del elefante”: en el periodo 1988-2008 la globalización ha permitido incrementar substancialmente los ingresos de aquéllos que tenían ingresos muy bajos, situados en los percentiles 15%-75% del total. Es decir, elevó el bienestar de las clases medias de los países emergentes. Básicamente en China, donde 800 millones de personas han salido de la pobreza en ese periodo. También eleva el bienestar (los ingresos) de la élite mundial (la “trompa” del elefante”). Pero en ese periodo, las capas cuyos ingresos se situaban entre el 75% y el 90% del máximo (las clases medias de las economías avanzadas), no han prosperado en absoluto. Han sido las grandes olvidadas de la globalización, justo aquéllos que habían teorizado y defendido las democracias liberales, los herederos de los vencedores de la 2ª Guerra Mundial.

Se constata la convergencia global que explicaba en Nobel Michael Spence en su libro The Next Convergence: The Future of Economic Growth in a Multispeed World. El mundo parece converger hacia un estándar económico global. Si en 1980 existía un “Primer Mundo” formado por las naciones industrializadas, un “Segundo Mundo” formado por los antiguos países socialistas, con economías planificadas y cerradas, y un “Tercer Mundo” de excluidos; hoy cada vez en menos tiempo, más naciones (especialmente asiáticas) saltan hacia estadios de desarrollo superiores, formando nuevas masas de clases medias globales que, incluso, superan a las de los viejos líderes.

Lo malo es que el elefante se está enfadando y está levantando su trompa en exceso: cada vez una élite más pequeña captura una parte mayor de las rentas globales (“la trompa” de la curva). La economía digital sigue su imparable dinámica “the winner takes it all”. Una extensión de la curva a 2016 nos permite comprobar cómo el 1% de la población mundial captura el 27% del crecimiento global, mientras que el 50% de población más pobre sólo ha capturado el 12%. Pese a la emergencia de nuevas clases medias globales, la desigualdad se extiende peligrosamente.

Y, en este escenario, la Europa democrática peligra, emparedada entre cuatro macro-realidades: una América proteccionista que considera la UE como “enemiga”, una Rusia autoritaria con intereses geoestratégicos en la fragmentación de la Unión, una China digitalizada y disciplinada que desea liderar tecnológicamente el mundo, y una África que mira hacia el Norte y sueña con atravesar el Mediterráneo para iniciar una nueva vida en una tierra, hasta ahora, próspera.

Quo vadis, Europa? Sin duda, es el momento de fortalecer definitivamente el proyecto europeo. Ahora o nunca.

14 de julio de 2018

BLACK MIRROR EN CHINA


En el primer episodio de la tercera parte de la serie de ciencia ficción británica Black Mirror, se relata una sociedad en la cual las personas pueden puntuar a sus conciudadanos (con un sistema similar a los “Likes” de Facebook). El guión narra las aventuras de Lacie Pound, una mujer que, con una puntuación de 4.2, desea desesperadamente llegar al 4.5 para tener acceso a la compra de un apartamento de lujo. Para ello, contrata consultores que la asesoran en su comportamiento social, pero tener un hermano que no está interesado en los ránkings la penaliza, al rodearse de gente “peor” que ella. Intentando acceder a la boda de una amiga que goza de un alto ránking (para aumentar su propia puntuación), le suceden una serie de desventuras que le comportan dislikes de la comunidad, hasta el punto de que es arrestada y llevada a prisión por mal comportamiento social.

Algo similar existe en China. Y no es ciencia-ficción. Un emergente “Sistema de Crédito Social” soportado por tecnología digital está convirtiendo en realidad algo similar al episodio de Black Mirror. Mediante métodos de vigilancia masiva y acumulación de grandes bases de datos, el gobierno chino ha lanzado una iniciativa de puntuación social de cada ciudadano en base a su comportamiento, medido en diferentes parámetros compilados y promediados en un ránking social. Según los planes gubernamentales, dicho sistema debería estar plenamente operativo en 2020. Detrás de la implementación de los algoritmos digitales de control y medida, se encuentran grandes corporaciones tecnológicas chinas como Alibaba (el Amazon chino), Tencent o Didi (el Uber chino). Los datos de cada individuo son recogidos de múltiples fuentes (administraciones públicas, empresas privadas, redes sociales, cámaras en las calles…) con el fin de parametrizar y medir el “correcto comportamiento” de los ciudadanos.

El sistema observa indicadores tales como por dónde navegan las personas cuando se conectan a internet, quiénes son sus amigos y qué ránking tienen (de quién se rodean), qué dicen en sus mensajes privados en las redes sociales, cuántas multas de tráfico han acumulado, qué solvencia tienen en sus pagos, qué expediente académico pueden acreditar, cuáles son sus compras, qué hacen en su tiempo libre (pasar demasiado tiempo jugando a videojuegos, por ejemplo, está penalizado), qué periódicos leen, cuántas veces se han casado o por dónde se desplazan. Flujos masivos de datos provenientes de los registros públicos, de sus compras on-line en empresas como Alibaba, las posiciones de sus móviles, o sus conversaciones en WeChat (el WhatsApp chino) son analizados automáticamente por robots para configurar su identidad digital y comparar su perfil de comportamiento con aquél deseado por el gobierno. Con ello, se obtiene su puntuación social y se le ubica en el ránking.

¿Qué ocurre con aquéllos que descienden a posiciones bajas? Son castigados de forma progresiva para inducir un cambio en su comportamiento. Se les puede prohibir, por ejemplo, tomar un avión (hasta mayo de 2018, 11 millones de pasajeros vieron bloqueados sus accesos a sus vuelos, al comprobar sus bajos rankings sociales en la puerta de embarque). Se impide el acceso de sus hijos a determinadas escuelas (las mejores). Se les reduce la velocidad de conexión a internet. Se les deniegan créditos bancarios, trámites burocráticos, o acceso a hoteles. Y, por supuesto, la puntuación en el sistema de crédito social condiciona las posibilidades de acceder a un buen trabajo.

No hace falta profundizar en las implicaciones del sistema en la dinámica de relaciones sociales, y en sus connotaciones éticas. Los mejores puntuados evitarán todo contacto con los peores, mientras que éstos intentarán desesperadamente relacionarse con alguien “mejor”. Una persona con un bajo ranking social será sistemáticamente evitada por los que la rodean. Incluso empresas de contactos matrimoniales comparan los ránkings sociales de sus usuarios para impedir que se formen parejas asimétricas. Pero, ¿qué es el comportamiento “deseable” que fija el óptimo de los patrones de medida? ¿quién diseña el óptimo, y con qué criterios? ¿Visitar webs de otros países, o leer ensayos políticos de un determinado tipo es “antisocial”? ¿El pensamiento crítico no es deseable? Más allá de las brutales connotaciones de un tipo de sociedad tenebrosa y orwelliana dirigida top-down por discutibles ránkings digitales de comportamiento, cabe preguntarse ¿cuál es el destino final de esa sociedad? ¿llevaría ese mecanismo a la creación de una casta de parias excluidos? Y, entonces, ¿qué se debería hacer con ellos?

10 de julio de 2018

DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL A LA VENTAJA COMPETITIVA


¿Cómo podemos crear ventajas competitivas a partir de la inteligencia artificial? La inteligencia artificial nos permitirá disponer de sistemas automáticos de tratamiento de datos, estructurados (indexados en bases de datos) y no estructurados (texto, imágenes, conversaciones). La regla de oro de los próximos años no será sólo situar el cliente en el centro de nuestras decisiones, sino situar el dato del cliente. Sistemas de inteligencia artificial como los de Google o Facebook permiten detectar cuándo una mujer está embarazada incluso antes de que ella sea lo sepa: su comportamiento en redes sociales varía. Los cambios hormonales inducen cambios en los patrones de uso de las redes. Por ejemplo, qué eventos le generan mayor sensibilidad (dónde coloca los “likes”), o sobre qué está twiteando. El patrón emergente se confirma si se producen búsquedas tales como “mareo”, especialmente si los datos demográficos y sociológicos coinciden con los de una mujer joven en edad fértil y, si, por ejemplo, en sus redes aparecen fotos recientes de boda. Motores de inteligencia artificial pueden rastrear 24/7 nuestras huellas digitales en la red para inducir patrones de potencial compra Los sistemas de inteligencia artificial son capaces de predecir estados anímicos, situaciones personales o cambios en las dinámicas vitales, que convierten a los usuarios en potenciales targets para ventas dirigidas, por su mayor predisposición a las mismas.

La inteligencia artificial se situará pronto en el centro de los modelos de negocio de la mayor parte de compañías, en todos los sectores. Marcas como Coca-Cola, Unilever o Heineken ya están progresando agresivamente en ese ámbito, posicionándose como “Smart Brands”. Netflix o Amazon soportan sus sistemas de recomendación de nuevos productos en un cuidado análisis de los patrones de comportamiento de sus clientes, en base a decisiones anteriores. La alemana Otto, especializada en cadenas de suministro, es capaz de predecir un pedido de cliente una semana antes de que se produzca. Google o Microsoft se han declarado empresas “AI-centered”. IBM fue pionera con su sistema Watson. La inteligencia artificial nos puede ayudar a tomar decisiones estratégicas (existen sistemas de soporte a la decisión que analizan variables micro y macroeconómicas para anticipar escenarios estratégicos), a mejorar la inteligencia de mercado hasta límites que rondan la ciencia-ficción, a rediseñar nuestra cadena de suministro, reducir costes o predecir posibles incidencias en planta.

En los próximos años, la inteligencia artificial será la gran fuente de ventajas competitivas de la nueva era digital. Se avecina una inmersión total en un magma de datos. Cincuenta mil millones de nuevos dispositivos se conectarán a internet hacia 2020. Todo objeto manufacturado estará conectado y será una fuente de datos. Los dispositivos, hasta ahora inertes, se convertirán en emisores de información. Los productos, en servicios (una nevera sensorizada y conectada es una nevera que proporciona servicios de información a su propietario). Los automóviles serán un subsegmento de la inmensa internet de las cosas, proveyendo en tiempo real datos de estado de la carretera, imágenes del entorno, funcionamiento del vehículo y patrones de conducción. Relevante para todo el ecosistema: desde las propias marcas hasta las administraciones o las compañías aseguradoras. El mundo virtual será una imagen fiel, en tiempo real, del mundo físico. No hay analista de datos que pueda procesar el tsunami de información que se avecina: lo harán, automáticamente, sistemas de inteligencia artificial.

Sin embargo, paradójicamente, como pasó con internet, la próxima gran fuente de ventaja competitiva, la inteligencia artificial, se convertirá en una commodity en poco tiempo. Google, Amazon, Microsoft o IBM nos “enviarán una manguera” de tratamiento de inteligencia artificial, a la cual toda compañía, en pocos años, se conectará para tratar sus datos. Todos tendremos servicios de tratamiento automático de datos. ¿Qué nos diferenciará en este contexto? Dos cosas: la capacidad de imaginar experiencias superiores para nuestros clientes, y la cantidad y calidad de los datos que seamos capaces de recoger. La cosa no va de acumular analistas, sino de desplegar una correcta estrategia de datos, conectarnos a un proveedor de inteligencia artificial que nos los trate, e inducir nuevas y superiores experiencias de usuario con todo ello.

Post publicado originalmente en el blog de Connociam