14 de julio de 2018

BLACK MIRROR EN CHINA


En el primer episodio de la tercera parte de la serie de ciencia ficción británica Black Mirror, se relata una sociedad en la cual las personas pueden puntuar a sus conciudadanos (con un sistema similar a los “Likes” de Facebook). El guión narra las aventuras de Lacie Pound, una mujer que, con una puntuación de 4.2, desea desesperadamente llegar al 4.5 para tener acceso a la compra de un apartamento de lujo. Para ello, contrata consultores que la asesoran en su comportamiento social, pero tener un hermano que no está interesado en los ránkings la penaliza, al rodearse de gente “peor” que ella. Intentando acceder a la boda de una amiga que goza de un alto ránking (para aumentar su propia puntuación), le suceden una serie de desventuras que le comportan dislikes de la comunidad, hasta el punto de que es arrestada y llevada a prisión por mal comportamiento social.

Algo similar existe en China. Y no es ciencia-ficción. Un emergente “Sistema de Crédito Social” soportado por tecnología digital está convirtiendo en realidad algo similar al episodio de Black Mirror. Mediante métodos de vigilancia masiva y acumulación de grandes bases de datos, el gobierno chino ha lanzado una iniciativa de puntuación social de cada ciudadano en base a su comportamiento, medido en diferentes parámetros compilados y promediados en un ránking social. Según los planes gubernamentales, dicho sistema debería estar plenamente operativo en 2020. Detrás de la implementación de los algoritmos digitales de control y medida, se encuentran grandes corporaciones tecnológicas chinas como Alibaba (el Amazon chino), Tencent o Didi (el Uber chino). Los datos de cada individuo son recogidos de múltiples fuentes (administraciones públicas, empresas privadas, redes sociales, cámaras en las calles…) con el fin de parametrizar y medir el “correcto comportamiento” de los ciudadanos.

El sistema observa indicadores tales como por dónde navegan las personas cuando se conectan a internet, quiénes son sus amigos y qué ránking tienen (de quién se rodean), qué dicen en sus mensajes privados en las redes sociales, cuántas multas de tráfico han acumulado, qué solvencia tienen en sus pagos, qué expediente académico pueden acreditar, cuáles son sus compras, qué hacen en su tiempo libre (pasar demasiado tiempo jugando a videojuegos, por ejemplo, está penalizado), qué periódicos leen, cuántas veces se han casado o por dónde se desplazan. Flujos masivos de datos provenientes de los registros públicos, de sus compras on-line en empresas como Alibaba, las posiciones de sus móviles, o sus conversaciones en WeChat (el WhatsApp chino) son analizados automáticamente por robots para configurar su identidad digital y comparar su perfil de comportamiento con aquél deseado por el gobierno. Con ello, se obtiene su puntuación social y se le ubica en el ránking.

¿Qué ocurre con aquéllos que descienden a posiciones bajas? Son castigados de forma progresiva para inducir un cambio en su comportamiento. Se les puede prohibir, por ejemplo, tomar un avión (hasta mayo de 2018, 11 millones de pasajeros vieron bloqueados sus accesos a sus vuelos, al comprobar sus bajos rankings sociales en la puerta de embarque). Se impide el acceso de sus hijos a determinadas escuelas (las mejores). Se les reduce la velocidad de conexión a internet. Se les deniegan créditos bancarios, trámites burocráticos, o acceso a hoteles. Y, por supuesto, la puntuación en el sistema de crédito social condiciona las posibilidades de acceder a un buen trabajo.

No hace falta profundizar en las implicaciones del sistema en la dinámica de relaciones sociales, y en sus connotaciones éticas. Los mejores puntuados evitarán todo contacto con los peores, mientras que éstos intentarán desesperadamente relacionarse con alguien “mejor”. Una persona con un bajo ranking social será sistemáticamente evitada por los que la rodean. Incluso empresas de contactos matrimoniales comparan los ránkings sociales de sus usuarios para impedir que se formen parejas asimétricas. Pero, ¿qué es el comportamiento “deseable” que fija el óptimo de los patrones de medida? ¿quién diseña el óptimo, y con qué criterios? ¿Visitar webs de otros países, o leer ensayos políticos de un determinado tipo es “antisocial”? ¿El pensamiento crítico no es deseable? Más allá de las brutales connotaciones de un tipo de sociedad tenebrosa y orwelliana dirigida top-down por discutibles ránkings digitales de comportamiento, cabe preguntarse ¿cuál es el destino final de esa sociedad? ¿llevaría ese mecanismo a la creación de una casta de parias excluidos? Y, entonces, ¿qué se debería hacer con ellos?

10 de julio de 2018

DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL A LA VENTAJA COMPETITIVA


¿Cómo podemos crear ventajas competitivas a partir de la inteligencia artificial? La inteligencia artificial nos permitirá disponer de sistemas automáticos de tratamiento de datos, estructurados (indexados en bases de datos) y no estructurados (texto, imágenes, conversaciones). La regla de oro de los próximos años no será sólo situar el cliente en el centro de nuestras decisiones, sino situar el dato del cliente. Sistemas de inteligencia artificial como los de Google o Facebook permiten detectar cuándo una mujer está embarazada incluso antes de que ella sea lo sepa: su comportamiento en redes sociales varía. Los cambios hormonales inducen cambios en los patrones de uso de las redes. Por ejemplo, qué eventos le generan mayor sensibilidad (dónde coloca los “likes”), o sobre qué está twiteando. El patrón emergente se confirma si se producen búsquedas tales como “mareo”, especialmente si los datos demográficos y sociológicos coinciden con los de una mujer joven en edad fértil y, si, por ejemplo, en sus redes aparecen fotos recientes de boda. Motores de inteligencia artificial pueden rastrear 24/7 nuestras huellas digitales en la red para inducir patrones de potencial compra Los sistemas de inteligencia artificial son capaces de predecir estados anímicos, situaciones personales o cambios en las dinámicas vitales, que convierten a los usuarios en potenciales targets para ventas dirigidas, por su mayor predisposición a las mismas.

La inteligencia artificial se situará pronto en el centro de los modelos de negocio de la mayor parte de compañías, en todos los sectores. Marcas como Coca-Cola, Unilever o Heineken ya están progresando agresivamente en ese ámbito, posicionándose como “Smart Brands”. Netflix o Amazon soportan sus sistemas de recomendación de nuevos productos en un cuidado análisis de los patrones de comportamiento de sus clientes, en base a decisiones anteriores. La alemana Otto, especializada en cadenas de suministro, es capaz de predecir un pedido de cliente una semana antes de que se produzca. Google o Microsoft se han declarado empresas “AI-centered”. IBM fue pionera con su sistema Watson. La inteligencia artificial nos puede ayudar a tomar decisiones estratégicas (existen sistemas de soporte a la decisión que analizan variables micro y macroeconómicas para anticipar escenarios estratégicos), a mejorar la inteligencia de mercado hasta límites que rondan la ciencia-ficción, a rediseñar nuestra cadena de suministro, reducir costes o predecir posibles incidencias en planta.

En los próximos años, la inteligencia artificial será la gran fuente de ventajas competitivas de la nueva era digital. Se avecina una inmersión total en un magma de datos. Cincuenta mil millones de nuevos dispositivos se conectarán a internet hacia 2020. Todo objeto manufacturado estará conectado y será una fuente de datos. Los dispositivos, hasta ahora inertes, se convertirán en emisores de información. Los productos, en servicios (una nevera sensorizada y conectada es una nevera que proporciona servicios de información a su propietario). Los automóviles serán un subsegmento de la inmensa internet de las cosas, proveyendo en tiempo real datos de estado de la carretera, imágenes del entorno, funcionamiento del vehículo y patrones de conducción. Relevante para todo el ecosistema: desde las propias marcas hasta las administraciones o las compañías aseguradoras. El mundo virtual será una imagen fiel, en tiempo real, del mundo físico. No hay analista de datos que pueda procesar el tsunami de información que se avecina: lo harán, automáticamente, sistemas de inteligencia artificial.

Sin embargo, paradójicamente, como pasó con internet, la próxima gran fuente de ventaja competitiva, la inteligencia artificial, se convertirá en una commodity en poco tiempo. Google, Amazon, Microsoft o IBM nos “enviarán una manguera” de tratamiento de inteligencia artificial, a la cual toda compañía, en pocos años, se conectará para tratar sus datos. Todos tendremos servicios de tratamiento automático de datos. ¿Qué nos diferenciará en este contexto? Dos cosas: la capacidad de imaginar experiencias superiores para nuestros clientes, y la cantidad y calidad de los datos que seamos capaces de recoger. La cosa no va de acumular analistas, sino de desplegar una correcta estrategia de datos, conectarnos a un proveedor de inteligencia artificial que nos los trate, e inducir nuevas y superiores experiencias de usuario con todo ello.

Post publicado originalmente en el blog de Connociam