17 de junio de 2018

¿CLEAN MEAT O FAKE MEAT?


Memphis Meats, una startup dedicada al desarrollo de tecnología de “carne limpia” (clean meat, carne artificial crecida a partir de células madre) ofrece una línea de productos de tiras de pollo y pato generadas en laboratorio. Adjunta podéis ver la foto de una de esas tiras rebozada y lista para servir. ¿No parece deliciosa? Inversores como Bill Gates, Richard Branson, y grandes corporaciones de la industria alimentaria, como Thyson Foods, han invertido en esta iniciativa. En mi opinión, el proceso es imparable: la “carne limpia” (nombre escogido al final por sus impulsores por la mayor aceptación de consumidor que inspira, en referencia a la inexistencia de bacterias ni antibióticos en su generación) será un fenómeno global. En general, todo lo que en tecnología pueda ser, será. Y este es uno de los campos más obvios, que venimos anunciando desde que en 2015 (diez años después de la publicación del artículo fundacional In Vitro- Cultured Meat Production) se sirvió la primera hamburguesa artificial (genéticamente idéntica a una original), crecida en laboratorio sin necesidad de una vaca, ni de una granja, sin consumo masivo de agua, y sin emisiones de CO2 a la atmósfera.

Estoy leyendo el libro Clean Meat, de Robert Shapiro, con prólogo de Yuval Noah Harari (autor de Sapiens y de Homo Deus), y el tsunami de cambio me parece imparable. El mundo alberga 40.000 leones, medio millón de elefantes o cincuenta millones de pingüinos. Pero los humanos necesitamos mil millones de cerdos, mil quinientos millones de vacas o cincuenta mil millones de pollos para alimentarnos. Animales que se hacinan en espacios ínfimos, son alimentados sólo para engordar y morir, y saturados de antibióticos para hacerlos resistentes a una existencia indigna. La población mundial se ha doblado desde 1960, pero el consumo de productos animales se ha quintuplicado, en una industria (ganadera) que es la quintaesencia de la ineficiencia, la contaminación, la precariedad y el maltrato animal. Alguien tan alejado del tema, pero tan visionario como Churchill ya vaticinó en 1931, en su ensayo Fifty Years Hence que algún día no sería necesario hacer crecer un pollo entero para consumir un filete. Según Shapiro, “la Tierra no puede acomodar tal incremento en la demanda de carne animal. El impacto en el clima es demasiado grande, la deforestación demasiado severa, el uso de agua demasiado masivo, y la crueldad animal demasiado insoportable”.

Se abren otras alternativas al consumo de carne: Impossible Foods, cuya tecnología permite generar productos similares a la carne a partir de plantas, ha levantado 182 millones de dólares de capital riesgo del mismo Bill Gates y de Google Ventures, entre otros. Sin embargo, la creación de productos animales en laboratorio, la llamada “agricultura celular” es, sin duda, el campo más prometedor, extensible a la producción de huevos, leche, seda o piel (como propone Modern Meadow, startup dedicada a la biofabricación de piel). El desarrollo de productos cárnicos en bioreactores, sin necesidad de animales, es un campo de futuro, con amplias ventajas sobre el proceso actual. El ganado es un consumidor masivo de antibióticos, para permitirles resistir en condiciones de miseria y hacinamiento extremo; y la mayor fuente contaminante del mundo (contaminante de la tierra, el mar y el aire), muy por delante de los automóviles o la industria. La carne artificial, generada a partir de células madre, requiere un 45% menos de energía, un 99% menos de tierra y un 96% menos de agua. Según un articulista de Forbes, “pronto, nuestra carne será hecha de ciencia, no de animales”. Ante esta posibilidad, las asociaciones cárnicas de EEUU ya están en pie de guerra, intentando evitar que estos productos se les denomine “carne”. Alegan que no es clean meat (“carne limpia”), sino fake meat (“carne falsa”).

El procesado de carne en laboratorio sigue principios económicos similares al de las nuevas tecnologías digitales. Al final, se trata de realizar un proceso químico controlado en un biorreactor, idéntico al que se generaría en el cuerpo de un animal. Sin embargo, una vez preparado el biorreactor, el coste marginal de un producto tendería a cero. El modelo de negocio emergente posiblemente sería el desarrollo y venta de los bioreactores, cada vez más eficientes. ¿Se imaginan  que en un pequeño biorreactor (similar a una cafetera), a partir de una cápsula de células madre, con la información genética de una vaca irlandesa, de otra cápsula de tierra, y luz solar, surja en unas horas, en su casa, una hermosa hamburguesa?

Antes del advenimiento del automóvil, había tantos caballos en Nueva York que un comité de expertos, llamados en 1880 a realizar una prospectiva de futuro ante el crecimiento de la población y de las necesidades de movilidad, predijeron textualmente que en 1980 “Nueva York no existiría, hundida bajo una montaña de excrementos animales”. Una tecnología disruptiva, el coche, cambió la trayectoria del futuro. Como ahora puede pasar con el sector de producción de carne. Quizá la agricultura celular, cuya máxima expresión es la “carne limpia” deje en el olvido la industria de producción (y sacrificio) animal. Y quizá, algún día, según Shapiro, incluso la percibamos como un horror comparable a la esclavitud.

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