11 de febrero de 2018

TRIPLE CAMBIO DE PARADIGMA

(Artículo publicado en La Vanguardia, el 11/02/2018)

Cada fin de año, el presidente chino, Xi Jimping, dirige un discurso televisado a su nación. Grabado en su despacho, es costumbre que los expertos en geopolítica analicen qué libros tiene Jimping en sus estanterías. No pasó inadvertido este año que, tras él, aparecieran dos best-sellers recientes sobre inteligencia artificial, The Master Algorithm y Life in the Smart Lane. El interés chino por la inteligencia artificial va más allá de la lectura: la construcción de un parque de investigación en Beijing, con una inversión de 2.000 millones de dólares es un paso más en el objetivo de convertir China en líder mundial en inteligencia artificial hacia 2025. China posee una ventaja única para el dominio de esta tecnología: océanos de datos provenientes de su inmensa población. El control de la inteligencia artificial está contemplado en su ambiciosa estrategia de innovación nacional. Entre sus planes de desarrollo económico, el país del dragón pretende, explícitamente, convertirse una “innovation nation” hacia 2020, en “innovation leader” en 2030, y en “potencia mundial en innovación científica y tecnológica” en 2050. Lo conseguirán mucho antes. Las grandes empresas digitales chinas, como Baidu, Alibabá o Tencent, están realizando gigantescos esfuerzos en I+D, al nivel de Google, Amazon o Facebook. Y 6 de los 10 principales “unicornios” (startups más valoradas del mundo) son ya chinos.

El concepto de “tercer mundo” ha dejado de tener sentido. China, un país que sufría hambrunas en 1960, invierte en I+D hoy más que la Unión Europea, y posee grandes clústeres de innovación como el hub biofarmacéutico de Guangzhou o el valle del silicio de Shenzen, la segunda área del mundo (tras Tokio) en generación de patentes. 800 millones de personas han salido de la miseria, y van directos a liderar el mundo en industria, ciencia y tecnología. Cada vez más países en menos tiempo, cruzan la frontera del desarrollo, superan la era industrial, y toman posiciones en la economía del conocimiento. Durante cientos de años, hasta el despertar industrial de 1750, el desarrollo económico mundial fue prácticamente negligible. En el siglo XVIII unas pocas naciones iniciaron la revolución industrial, originando un proceso sin igual de creación de riqueza que las hizo sobresalir por encima del resto. Durante los siguientes 200 años, se produjo un proceso de divergencia entre una pequeña élite de países industrializados, y una gran masa de países pobres. Nacimos en Europa, afortunados, bajo ese modelo, y creemos que es inmutable. 

Pero hoy, esta tendencia divergente se ha invertido. Durante los últimos 50 años, cada vez más países han saltado la barrera del desarrollo, sumándose a la liga de las economías avanzadas. La globalización, la digitalización y la innovación tecnológica están creando un triple cambio de paradigma debido a la superposición de tres factores. El primero es la convergencia global hacia un estándar económico único, al que se van sumando países emergentes. El segundo, la aparición de una nueva dinámica de desigualdad, que antes era horizontal (desigualdad entre países) y ahora, en la medida en que ésta se reduce, se convierte en vertical (dentro de los países). El tercer factor, conceptualizado por el profesor Brian Arthur, de Stanford, es el paso de una economía industrial (en la cual el reto era perfeccionar la competitividad, la productividad y la eficiencia), a una economía del conocimiento, digitalizada y virtualizada. A medida que las empresas incrementan su intensidad digital, más y más partes de las mismas se virtualizan. La tecnología crea una “segunda economía” digital, cada vez más productiva y autónoma. Según Arthur, estamos pasando de la Era Productiva a la Era Distributiva, donde la producción deja de ser un problema técnico, y el reto pasa a ser la correcta distribución de la inmensa riqueza creada.

La tecnología ofrece cada vez más soluciones a los problemas humanos. Estamos en el mejor de los momentos, en el mejor de los mundos posibles. Los indicadores de desarrollo son extraordinarios, en términos de caída de la mortalidad infantil, extensión de las democracias, sanidad, alfabetización del planeta (85% de la población mundial está alfabetizada) y erradicación de la pobreza extrema. Se crea riqueza a un ritmo jamás visto, aunque ésta no se distribuye con suficiente eficiencia: sólo ocho afortunados acumulan hoy la misma riqueza que media humanidad, en un rápido proceso de concentración (en 2016, eran 62 personas las que tenían el mismo patrimonio que los 3.600 millones más pobres). Sin embargo, el progreso agregado es extraordinario, y lo será más con más esfuerzo en I+D. La tecnología permite acceso a recursos a una escala impensable hasta hace poco. Baste decir que, cubriendo un 1,2% de la superficie del Sahara con placas solares de última generación, podríamos alimentar de electricidad a todo el planeta.


La capacidad innovadora determina el bienestar de las naciones. Según Bloomberg, los tres países más innovadores del mundo son Corea del Sur, Suecia y Singapur. Entre los diez primeros puestos ya no está Estados Unidos, cuya potencia científica y tecnológica decae. Seis de las economías más innovadoras continúan siendo europeas: Suecia, Alemania, Suiza, Finlandia, Dinamarca y Francia. Irlanda y Austria les pisan los talones.  El modelo europeo renace, y sigue siendo el más envidiable y equilibrado. ¿Y nosotros? ¿Somos conscientes del cambio de paradigma? ¿Estamos cogiendo el tren de la revolución tecnológica? Estoy seguro de que nuestros líderes, como en China, tienen planes estratégicos y objetivos claros de desarrollo de la inteligencia artificial, de extensión de las energías renovables, de impulso a la digitalización y de creación de competitivos ecosistemas innovadores. Eso espero. De ello dependen nuestras pensiones.

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