14 de julio de 2018

BLACK MIRROR EN CHINA


En el primer episodio de la tercera parte de la serie de ciencia ficción británica Black Mirror, se relata una sociedad en la cual las personas pueden puntuar a sus conciudadanos (con un sistema similar a los “Likes” de Facebook). El guión narra las aventuras de Lacie Pound, una mujer que, con una puntuación de 4.2, desea desesperadamente llegar al 4.5 para tener acceso a la compra de un apartamento de lujo. Para ello, contrata consultores que la asesoran en su comportamiento social, pero tener un hermano que no está interesado en los ránkings la penaliza, al rodearse de gente “peor” que ella. Intentando acceder a la boda de una amiga que goza de un alto ránking (para aumentar su propia puntuación), le suceden una serie de desventuras que le comportan dislikes de la comunidad, hasta el punto de que es arrestada y llevada a prisión por mal comportamiento social.

Algo similar existe en China. Y no es ciencia-ficción. Un emergente “Sistema de Crédito Social” soportado por tecnología digital está convirtiendo en realidad algo similar al episodio de Black Mirror. Mediante métodos de vigilancia masiva y acumulación de grandes bases de datos, el gobierno chino ha lanzado una iniciativa de puntuación social de cada ciudadano en base a su comportamiento, medido en diferentes parámetros compilados y promediados en un ránking social. Según los planes gubernamentales, dicho sistema debería estar plenamente operativo en 2020. Detrás de la implementación de los algoritmos digitales de control y medida, se encuentran grandes corporaciones tecnológicas chinas como Alibaba (el Amazon chino), Tencent o Didi (el Uber chino). Los datos de cada individuo son recogidos de múltiples fuentes (administraciones públicas, empresas privadas, redes sociales, cámaras en las calles…) con el fin de parametrizar y medir el “correcto comportamiento” de los ciudadanos.

El sistema observa indicadores tales como por dónde navegan las personas cuando se conectan a internet, quiénes son sus amigos y qué ránking tienen (de quién se rodean), qué dicen en sus mensajes privados en las redes sociales, cuántas multas de tráfico han acumulado, qué solvencia tienen en sus pagos, qué expediente académico pueden acreditar, cuáles son sus compras, qué hacen en su tiempo libre (pasar demasiado tiempo jugando a videojuegos, por ejemplo, está penalizado), qué periódicos leen, cuántas veces se han casado o por dónde se desplazan. Flujos masivos de datos provenientes de los registros públicos, de sus compras on-line en empresas como Alibaba, las posiciones de sus móviles, o sus conversaciones en WeChat (el WhatsApp chino) son analizados automáticamente por robots para configurar su identidad digital y comparar su perfil de comportamiento con aquél deseado por el gobierno. Con ello, se obtiene su puntuación social y se le ubica en el ránking.

¿Qué ocurre con aquéllos que descienden a posiciones bajas? Son castigados de forma progresiva para inducir un cambio en su comportamiento. Se les puede prohibir, por ejemplo, tomar un avión (hasta mayo de 2018, 11 millones de pasajeros vieron bloqueados sus accesos a sus vuelos, al comprobar sus bajos rankings sociales en la puerta de embarque). Se impide el acceso de sus hijos a determinadas escuelas (las mejores). Se les reduce la velocidad de conexión a internet. Se les deniegan créditos bancarios, trámites burocráticos, o acceso a hoteles. Y, por supuesto, la puntuación en el sistema de crédito social condiciona las posibilidades de acceder a un buen trabajo.

No hace falta profundizar en las implicaciones del sistema en la dinámica de relaciones sociales, y en sus connotaciones éticas. Los mejores puntuados evitarán todo contacto con los peores, mientras que éstos intentarán desesperadamente relacionarse con alguien “mejor”. Una persona con un bajo ranking social será sistemáticamente evitada por los que la rodean. Incluso empresas de contactos matrimoniales comparan los ránkings sociales de sus usuarios para impedir que se formen parejas asimétricas. Pero, ¿qué es el comportamiento “deseable” que fija el óptimo de los patrones de medida? ¿quién diseña el óptimo, y con qué criterios? ¿Visitar webs de otros países, o leer ensayos políticos de un determinado tipo es “antisocial”? ¿El pensamiento crítico no es deseable? Más allá de las brutales connotaciones de un tipo de sociedad tenebrosa y orwelliana dirigida top-down por discutibles ránkings digitales de comportamiento, cabe preguntarse ¿cuál es el destino final de esa sociedad? ¿llevaría ese mecanismo a la creación de una casta de parias excluidos? Y, entonces, ¿qué se debería hacer con ellos?

10 de julio de 2018

DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL A LA VENTAJA COMPETITIVA


¿Cómo podemos crear ventajas competitivas a partir de la inteligencia artificial? La inteligencia artificial nos permitirá disponer de sistemas automáticos de tratamiento de datos, estructurados (indexados en bases de datos) y no estructurados (texto, imágenes, conversaciones). La regla de oro de los próximos años no será sólo situar el cliente en el centro de nuestras decisiones, sino situar el dato del cliente. Sistemas de inteligencia artificial como los de Google o Facebook permiten detectar cuándo una mujer está embarazada incluso antes de que ella sea lo sepa: su comportamiento en redes sociales varía. Los cambios hormonales inducen cambios en los patrones de uso de las redes. Por ejemplo, qué eventos le generan mayor sensibilidad (dónde coloca los “likes”), o sobre qué está twiteando. El patrón emergente se confirma si se producen búsquedas tales como “mareo”, especialmente si los datos demográficos y sociológicos coinciden con los de una mujer joven en edad fértil y, si, por ejemplo, en sus redes aparecen fotos recientes de boda. Motores de inteligencia artificial pueden rastrear 24/7 nuestras huellas digitales en la red para inducir patrones de potencial compra Los sistemas de inteligencia artificial son capaces de predecir estados anímicos, situaciones personales o cambios en las dinámicas vitales, que convierten a los usuarios en potenciales targets para ventas dirigidas, por su mayor predisposición a las mismas.

La inteligencia artificial se situará pronto en el centro de los modelos de negocio de la mayor parte de compañías, en todos los sectores. Marcas como Coca-Cola, Unilever o Heineken ya están progresando agresivamente en ese ámbito, posicionándose como “Smart Brands”. Netflix o Amazon soportan sus sistemas de recomendación de nuevos productos en un cuidado análisis de los patrones de comportamiento de sus clientes, en base a decisiones anteriores. La alemana Otto, especializada en cadenas de suministro, es capaz de predecir un pedido de cliente una semana antes de que se produzca. Google o Microsoft se han declarado empresas “AI-centered”. IBM fue pionera con su sistema Watson. La inteligencia artificial nos puede ayudar a tomar decisiones estratégicas (existen sistemas de soporte a la decisión que analizan variables micro y macroeconómicas para anticipar escenarios estratégicos), a mejorar la inteligencia de mercado hasta límites que rondan la ciencia-ficción, a rediseñar nuestra cadena de suministro, reducir costes o predecir posibles incidencias en planta.

En los próximos años, la inteligencia artificial será la gran fuente de ventajas competitivas de la nueva era digital. Se avecina una inmersión total en un magma de datos. Cincuenta mil millones de nuevos dispositivos se conectarán a internet hacia 2020. Todo objeto manufacturado estará conectado y será una fuente de datos. Los dispositivos, hasta ahora inertes, se convertirán en emisores de información. Los productos, en servicios (una nevera sensorizada y conectada es una nevera que proporciona servicios de información a su propietario). Los automóviles serán un subsegmento de la inmensa internet de las cosas, proveyendo en tiempo real datos de estado de la carretera, imágenes del entorno, funcionamiento del vehículo y patrones de conducción. Relevante para todo el ecosistema: desde las propias marcas hasta las administraciones o las compañías aseguradoras. El mundo virtual será una imagen fiel, en tiempo real, del mundo físico. No hay analista de datos que pueda procesar el tsunami de información que se avecina: lo harán, automáticamente, sistemas de inteligencia artificial.

Sin embargo, paradójicamente, como pasó con internet, la próxima gran fuente de ventaja competitiva, la inteligencia artificial, se convertirá en una commodity en poco tiempo. Google, Amazon, Microsoft o IBM nos “enviarán una manguera” de tratamiento de inteligencia artificial, a la cual toda compañía, en pocos años, se conectará para tratar sus datos. Todos tendremos servicios de tratamiento automático de datos. ¿Qué nos diferenciará en este contexto? Dos cosas: la capacidad de imaginar experiencias superiores para nuestros clientes, y la cantidad y calidad de los datos que seamos capaces de recoger. La cosa no va de acumular analistas, sino de desplegar una correcta estrategia de datos, conectarnos a un proveedor de inteligencia artificial que nos los trate, e inducir nuevas y superiores experiencias de usuario con todo ello.

Post publicado originalmente en el blog de Connociam

30 de junio de 2018

DIOS, CONSUMO, AMOR Y SEXO


El emprendedor y profesor de márketing de la Universidad de Nueva York Scott Galloway realizó en su libro The Four: The Hidden DNA of Amazon, Apple, Facebook and Google una magistral asociación de las grandes empresas tecnológicas con cuatro necesidades humanas fundamentales: Dios, consumo, amor y sexo. Quizá esta creativa relación con nuestros instintos básicos ayude a explicar el éxito de dichas empresas.

Para Galloway, Google es Dios, la respuesta a todas las preguntas. En Google encontramos sabiduría infinita. En Google buscamos explicaciones a nuestras dudas. A Google le preguntamos inquietudes sobre nuestra salud. Como una auténtica divinidad, Google está en todas partes, lo ve absolutamente todo y lo sabe todo de todos y de todo. No podemos esconderle nada: sabe dónde hemos estado, qué hemos hecho. Es el gran hermano, el ojo que todo lo ve. En el mundo moderno, desprovisto cada vez más de fe, y guiado por la racionalidad y la información, Google es Dios. Google es la plataforma más cerebral. Si fuera una virtud, sería la sabiduría. Si fuera un pecado, la soberbia.

Amazon es el consumo. En Amazon podemos obtener todo lo que necesitamos. Responde a nuestras necesidades básicas más primarias e inmediatas, según la pirámide de Maslow: alimentación, vestidos, objetos de primera necesidad. Pero ha ascendido hacia otro tipo de necesidades materiales. Amazon nos concede los objetos de uso común que queremos, desde alimentos a regalos, flores, libros, juguetes, videojuegos, o cámaras fotográficas. Amazon nos sacia materialmente. Amazon es la materialidad y la conveniencia puras. Si fuera una parte del cuerpo, sería el estómago. Si fuera un pecado, Amazon sería probablemente la gula, la glotonería.

Facebook es el amor. La necesidad psicológica de relación, de sentirse apreciado y halagado. De sentirse vinculado, a una pareja o a una comunidad. Según la pirámide de Maslow, Facebook nos soluciona las necesidades de amor y pertenencia. De amistad, intimidad y sentido de la conexión. En Facebook queremos mostrar lo mejor de nosotros mismos para no perder el vínculo. Si fuera una parte del cuerpo, Facebook sería el corazón. Si fuera un pecado, Facebook sería la vanidad.

Apple es el sexo. Es el deseo, la conexión íntima con una entidad idealizada. Es la experiencia perfecta, la marca emocional, el acceso a un torrente de sensaciones que rodean el contacto con un objeto expresamente diseñado para el placer del usuario. Es también la fruta prohibida: sus precios lo sitúan fuera del alcance de muchos. Sólo unos pocos privilegiados pueden acceder a disfrutar de Apple. Por ello, también es éxito, prestigio, estatus. Los márgenes de Ferrari con la capacidad productiva de Toyota. Si Apple fuera un pecado, sin duda, sería la lujuria.

Brillante y creativa comparativa psicológica de las grandes marcas digitales con nuestros instintos básicos. Quizá ello ayude a comprender por qué son inmensas fuentes de creación de valor.

28 de junio de 2018

DEPREDADORES DIGITALES

Hubo una época en la historia de la tierra, el Jurásico, en que en la cima de la pirámide trófica se encontraban grandes depredadores. Dinosaurios como Trix, una hembra de Tiranosaurio Rex de 12 metros de longitud expuesta recientemente en Cosmocaixa (Barcelona) coronaron los ecosistemas naturales hace 60 millones de años. ¿Por qué los dinosaurios se convirtieron en gigantes? Hay varias teorías: quizá por la abundancia de vegetación, tal vez por una estrategia evolutiva de defensa, o tal vez para mantener el interior del cuerpo caliente, en un metabolismo de sangre fría.

Como en el Jurásico, la economía digital genera las condiciones para el gigantismo en la cúspide de la cadena trófica. La constelación GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) sigue expandiéndose por todos los nichos del ecosistema económico, creciendo, triturando y engullendo todo lo que encuentra a su paso. Apple avanza decididamente a cruzar la frontera del trillón de dólares de valor bursátil. Amazon (777 billones) le sigue muy de cerca. Por detrás, Microsoft y Google (con 760 billones cada una). Facebook, un poco rezagado, con 541 billones. La suma del valor de las cinco compañías ya se acerca al PIB de Alemania. Estas empresas no compiten en el mercado: son el mercado en sí mismas, por su naturaleza de plataforma. La dinámica “the winner takes it all” de las leyes digitales las impulsa al gigantismo. Cuantos más usuarios tienen, mayores economías de red generan (haciendo más atractivo para otro usuario devenir miembro de la comunidad). Su tecnología crea efecto lock-in (efecto "captura": existen costes de cambio a otra plataforma u a otro sistema, por estar habituados a trabajar en un determinado formato, y con hardware y software propios y complementarios). Las comunidades de desarrolladores consolidan el ecosistema de plataforma y hacen más difícil escapar de él. El coste marginal de un nuevo usuario para GAFAM es cero. Las economías de escala, infinitas. Las economías de alcance, inmensas (el cambio en un algoritmo interno afecta a toda la comunidad de usuarios). Las marcas, globales. Y nadie les puede batir en la batalla del talento: nadie como ellos acumula montañas de cash para pagar los mejores científicos e ingenieros; y la fuerza bruta de su I + D los hace cada vez más imbatibles. Sólo Amazon invierte en I+D una cantidad similar a la de toda la economía española. Google, Microsoft o Apple no están lejos.

El proceso predatorio está en plena efervescencia. Amazon se está convirtiendo en la interfase mundial de retailing, contribuyendo de manera decisiva a la decadencia de la distribución clásica. En EEUU, ya hace tiempo, se habla del "retailing apocalipsis". El 30% de las grandes superficies comerciales estadounidenses están en desmantelamiento. Las cadenas y tiendas en bacarrota se cuentan por miles, en una gran ola schumpeteriana de “destrucción creativa”. La última gran víctima, Toys R Us. Amazon Go (el formato de tienda física de Amazon, sin cajeros), amenaza en convertirse en una extensión de conveniencia de sus procesos de e-commerce, y revolucionar la venta de comestibles. Sus dispositivos de asistente virtual Alexa penetran en el sector de los hoteles (con alianza con Marriot), o en la automoción (con Toyota). ¿Será Alexa la interfaz de conducción de nuestros vehículos? Mientras, en el sector del automóvil, Google avanza decididamente con su filial de vehículos autoconducidos Waymo. Si el nuevo paradigma triunfa, los vehículos autónomos amenazan las líneas aéreas en viajes de corta duración (¿por qué no hacer que nos lleve de Barcelona a Madrid un coche-cama sin conductor?). Este enfoque amenaza también a los hoteles de carretera. Google penetra en el mercado domótico, donde compró la empresa Nest, y donde su altavoz inteligente Google Home compite con Amazon Echo y con Apple Home Pod. Y, volviendo a la distribución, recordemos que Amazon compró la cadena de supermercados Whole Foods, la cual le provee de grandes plataformas de distribución en el centro de grandes ciudades norteamericanas, para acceder rápidamente al 90% de la población urbana americana. Pero Google no descuida este flanco: se ha aliado con Carrefour para mejorar su potencia combinada en e-commerce, y acaba de invertir 550 millones en JD.com, rival chino de Alibaba (el Amazon chino). Mientras, Facebook sigue su carrera de adquisición de startups en los campos de inteligencia artificial, reconocimiento facial y seguridad informática. Y Microsoft expande con la compra de empresas de software abierto, cloud computing y videojuegos. La banca, como muchos otros sectores, tiembla pensando en el día en que estos monstruos digitales puedan gestionar depósitos y convertirse, ellos mismos, bancos.

Los tiranosaurios GAFAM están libres, y expandiéndose por todos los nichos del ecosistema económico. ¿Quién los podrá detener?

17 de junio de 2018

¿CLEAN MEAT O FAKE MEAT?


Memphis Meats, una startup dedicada al desarrollo de tecnología de “carne limpia” (clean meat, carne artificial crecida a partir de células madre) ofrece una línea de productos de tiras de pollo y pato generadas en laboratorio. Adjunta podéis ver la foto de una de esas tiras rebozada y lista para servir. ¿No parece deliciosa? Inversores como Bill Gates, Richard Branson, y grandes corporaciones de la industria alimentaria, como Thyson Foods, han invertido en esta iniciativa. En mi opinión, el proceso es imparable: la “carne limpia” (nombre escogido al final por sus impulsores por la mayor aceptación de consumidor que inspira, en referencia a la inexistencia de bacterias ni antibióticos en su generación) será un fenómeno global. En general, todo lo que en tecnología pueda ser, será. Y este es uno de los campos más obvios, que venimos anunciando desde que en 2015 (diez años después de la publicación del artículo fundacional In Vitro- Cultured Meat Production) se sirvió la primera hamburguesa artificial (genéticamente idéntica a una original), crecida en laboratorio sin necesidad de una vaca, ni de una granja, sin consumo masivo de agua, y sin emisiones de CO2 a la atmósfera.

Estoy leyendo el libro Clean Meat, de Robert Shapiro, con prólogo de Yuval Noah Harari (autor de Sapiens y de Homo Deus), y el tsunami de cambio me parece imparable. El mundo alberga 40.000 leones, medio millón de elefantes o cincuenta millones de pingüinos. Pero los humanos necesitamos mil millones de cerdos, mil quinientos millones de vacas o cincuenta mil millones de pollos para alimentarnos. Animales que se hacinan en espacios ínfimos, son alimentados sólo para engordar y morir, y saturados de antibióticos para hacerlos resistentes a una existencia indigna. La población mundial se ha doblado desde 1960, pero el consumo de productos animales se ha quintuplicado, en una industria (ganadera) que es la quintaesencia de la ineficiencia, la contaminación, la precariedad y el maltrato animal. Alguien tan alejado del tema, pero tan visionario como Churchill ya vaticinó en 1931, en su ensayo Fifty Years Hence que algún día no sería necesario hacer crecer un pollo entero para consumir un filete. Según Shapiro, “la Tierra no puede acomodar tal incremento en la demanda de carne animal. El impacto en el clima es demasiado grande, la deforestación demasiado severa, el uso de agua demasiado masivo, y la crueldad animal demasiado insoportable”.

Se abren otras alternativas al consumo de carne: Impossible Foods, cuya tecnología permite generar productos similares a la carne a partir de plantas, ha levantado 182 millones de dólares de capital riesgo del mismo Bill Gates y de Google Ventures, entre otros. Sin embargo, la creación de productos animales en laboratorio, la llamada “agricultura celular” es, sin duda, el campo más prometedor, extensible a la producción de huevos, leche, seda o piel (como propone Modern Meadow, startup dedicada a la biofabricación de piel). El desarrollo de productos cárnicos en bioreactores, sin necesidad de animales, es un campo de futuro, con amplias ventajas sobre el proceso actual. El ganado es un consumidor masivo de antibióticos, para permitirles resistir en condiciones de miseria y hacinamiento extremo; y la mayor fuente contaminante del mundo (contaminante de la tierra, el mar y el aire), muy por delante de los automóviles o la industria. La carne artificial, generada a partir de células madre, requiere un 45% menos de energía, un 99% menos de tierra y un 96% menos de agua. Según un articulista de Forbes, “pronto, nuestra carne será hecha de ciencia, no de animales”. Ante esta posibilidad, las asociaciones cárnicas de EEUU ya están en pie de guerra, intentando evitar que estos productos se les denomine “carne”. Alegan que no es clean meat (“carne limpia”), sino fake meat (“carne falsa”).

El procesado de carne en laboratorio sigue principios económicos similares al de las nuevas tecnologías digitales. Al final, se trata de realizar un proceso químico controlado en un biorreactor, idéntico al que se generaría en el cuerpo de un animal. Sin embargo, una vez preparado el biorreactor, el coste marginal de un producto tendería a cero. El modelo de negocio emergente posiblemente sería el desarrollo y venta de los bioreactores, cada vez más eficientes. ¿Se imaginan  que en un pequeño biorreactor (similar a una cafetera), a partir de una cápsula de células madre, con la información genética de una vaca irlandesa, de otra cápsula de tierra, y luz solar, surja en unas horas, en su casa, una hermosa hamburguesa?

Antes del advenimiento del automóvil, había tantos caballos en Nueva York que un comité de expertos, llamados en 1880 a realizar una prospectiva de futuro ante el crecimiento de la población y de las necesidades de movilidad, predijeron textualmente que en 1980 “Nueva York no existiría, hundida bajo una montaña de excrementos animales”. Una tecnología disruptiva, el coche, cambió la trayectoria del futuro. Como ahora puede pasar con el sector de producción de carne. Quizá la agricultura celular, cuya máxima expresión es la “carne limpia” deje en el olvido la industria de producción (y sacrificio) animal. Y quizá, algún día, según Shapiro, incluso la percibamos como un horror comparable a la esclavitud.

10 de junio de 2018

ESTO VA DE GRANDES NÚMEROS


Se está estableciendo una durísima competición entre un conjunto de empresas tecnológicas para cruzar una frontera mítica: el trillón de dólares de capitalización bursátil (billón de dólares en métrica europea). Cinco grandes compañías digitales están a la cabeza. Liderando el ránking, y a punto de llegar a la meta se encuentra Apple, la gran máquina de hacer dinero, con un valor de mercado de 926,9 billones (americanos). Tras ella, Amazon, con 777,8 billones de capitalización. Muy cerca, Microsoft y Google, compitiendo encarnizadamente por el tercer puesto (Microsoft, el gigante renacido, superó recientemente a Google, con valores de 749 y 739 billones respectivamente). Algo más rezagada se encuentra Facebook (541 billones).

Los gigantes digitales han surgido de la nada. En 2008, sólo Microsoft se encontraba entre los 10 primeros puestos del ranking mundial. Los líderes, en ese momento, eran Exxon, General Electric, ATT, y Procter & Gamble. En ese momento, Apple ocupaba la posición 45, con 109 billones, muy por detrás, por ejemplo, de Telefónica, Banco de Santander, o Nokia. La capacidad de construir valor financiero de las plataformas digitales es inaudita. De naturaleza disruptiva, asaltan los mercados desde diferentes posiciones (Apple desde el hardware, Google desde el software de búsqueda en internet, Amazon como plataforma de venta de libros on-line, y Facebook como web relacional), y conquistan posiciones con la lógica “the winner takes it all” (“se lo lleva todo el ganador”) característica de los sistemas digitales. Efectivamente, sus potentísimas economías de red, alcance y escala, su llegada personalizada al usuario, y sus marcas globales configuran invencibles ventajas competitivas. Ventajas que ahora se ven reforzadas por una variable definitiva: la inversión masiva en I+D, específicamente en inteligencia artificial (AI). Google o Microsoft se han declarado explícitamente empresas “AI-Centered”. Todas ellas están volcando cantidades astronómicas en la carrera por el control de la inteligencia artificial. Están pagando salarios de vértigo a investigadores de élite para que se incorporen a sus líneas de investigación en reconocimiento facial, síntesis de voz, conducción autónoma, o procesadores adaptados para aprendizaje de máquina (machine learning). A medida que los líderes digitales crecen hasta magnitudes monstruosas, convergen en la cúspide con los centros de investigación de frontera. Por primera vez, se produce una transferencia a gran escala de conocimiento de última generación en ciencias básicas (como las matemáticas o la física del estado sólido) entre universidades líderes en conocimiento y empresas líderes en capitalización financiera. Según New York Times, jóvenes doctorados en inteligencia artificial reciben salarios iniciales de entre 300.000 y 500.000 dólares, más compensaciones y beneficios sociales, al incorporarse a estas compañías. La guerra por el talento crea inflación en los salarios, que solo los grandes monstruos tecnológicos pueden permitirse. Y el fenómeno realimentado, de bola de nieve, es imparable: a mayor talento concentrado, mayor nivel de I+D, ventajas competitivas más sólidas, mejores aplicaciones de usuario, mayor penetración de mercado, mayores ingresos, mayores valoraciones y mayor capacidad de atraer más talento de frontera.

Hoy Amazon invierte en I+D más que la economía española en su totalidad (16 billones de dólares frente a 15,7). La suma de las inversiones en I+D del conjunto GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) superan la I+D de Francia. Su capitalización bursátil agregada se aproxima al PIB de Alemania. El valor de mercado de Apple y Amazon sumados supera el PIB español. La economía se digitaliza y queda en manos de las plataformas tecnológicas, que se distancian de las empresas tradicionales y adquieren magnitudes macroeconómicas. ¿Quién es capaz de alterar esta dinámica? ¿Quién puede vencer el talento concentrado, organizado, y alineado agresivamente para la consecución expansiva de nuevos objetivos tecnológicos y de negocio, alimentado por fondos de cash dimensiones colosales?

Señores, esto va de tecnología, y de leyes de grandes números. La época de innovar con post-its en las paredes, prototipos de cartón y presupuestos ridículos ha pasado a la historia. Algunos países han decidido jugar en el nuevo escenario: China ha aumentado un 575% su inversión en I+D en 10 años. Corea del Sur, un 130%. EEUU, un 61%. Alemania, un 57%. Portugal, un 47%. Francia, un 28%. España, sólo un escuálido 12%. En el nuevo contexto, con depredadores digitales americanos que penetran en todos los nichos de negocio, seguidos de las nuevas startups chinas (12 de los 20 “unicornios”, startups emergentes cuya valoración supera el billón de dólares, son chinos), Europa se va quedando descolgada. Empieza a planear una inquietante pregunta: ¿qué pasaría si los amos tecnológicos del mundo, EEUU y China, decidieran dejar de suministrar semiconductores a Europa? Hace diez años, la alianza EEUU-Europa se consideraba incuestionable. Pero Trump ha demostrado que ya no lo es tanto. ¿Y si Trump, u otro presidente, decide cortar el flujo de chips? En Europa no se construye una fábrica moderna de semiconductores en los últimos 20 años. Somos dependientes tecnológicamente, y extremadamente vulnerables. Sin chips americanos, Europa quedaría sumida en una glaciación tecnológica, con sistemas de información más lentos que los de nuestros competidores americanos y asiáticos. Señores, esto va de tecnología, y hay que ponerse las pilas rápidamente.

Es una gran noticia que Pedro Duque sea el nuevo ministro de ciencia, innovación y universidades. Nadie como él, un astronauta acostumbrado a las misiones críticas y a los proyectos de alta complejidad tecnológica, para entender el rol de la tecnología en la economía, la geoestrategia y la construcción de sociedades avanzadas. Ministro, hay mucho trabajo por hacer…

Artículo publicado inicialmente en Sintetia (09/06/2018)

30 de mayo de 2018

EL NUEVO PERFIL DE TECNOMÁNAGER


¿Cómo afectará la revolución tecnológica al nuevo perfil de directivo? Es indudable que la disrupción digital tendrá un efecto en las capacidades requeridas a los directivos de éxito. Hoy, las cinco empresas más capitalizadas del mundo son tecnológicas (Apple, Google, Amazon, Facebook y Microsoft), con valoraciones acumuladas superiores a 365.000 millones de dólares. Esas compañías han conquistado la cima mundial de la economía, dejando atrás a viejos líderes como Exxon Mobile, Berkshire Hathaway o General Electric. 

Las grandes plataformas tecnológicas dominan los mercados financieros, se hacen omnipresentes y extienden sus tentáculos a todos los nichos de la economía real. Será difícil revertir el proceso: consolidan su liderazgo invirtiendo cantidades masivas en I+D. Ya no son sólo innovadoras en producto o en modelo de negocio: dominan la I+D global. Amazon, Google o Intel han superado al antiguo campeón, Volkswagen, (último digno representante de la vieja economía en el pódium mundial) en inversión bruta en I+D. Microsoft y Apple les siguen de cerca. Por primera vez, se está produciendo un fenómeno de transferencia tecnológica a gran escala entre centros de conocimiento de frontera, en ciencias puras (como las matemáticas) y las empresas líderes en los mercados de capitales: éstas están vaciando las mejores universidades del mundo de los científicos más notables en ciencias de la computación (especialmente, en inteligencia artificial), atraídos mediante sueldos astronómicos. Y están marcando la pauta de lo que será el mánager del futuro. 

El fenómeno no es exclusivamente americano. El management mundial se está impregnando de tecnología digital. En Asia las empresas tecnológicas también se están convirtiendo en los referentes del sistema económico. Las chinas Alibabá o Tencent, o la coreana Samsung lideran la economía asiática. En Europa, las nuevas gacelas son empresas como Spotify (sueca), Zalando (empresa germana de e-commerce) o Supercell (finlandesa, autora del famoso videojuego Clash of Clans). La intensa transformación digital de cadenas de valor en la mayoría de los sectores, con la industria del automóvil a la cabeza, hacen el resto: a la vez que los sistemas de información impregnan los procesos industriales, y las decisiones estratégicas se sustentan más en datos, está naciendo un nuevo perfil de manager. Ahora, los directivos de márketing deben entender de inteligencia digital de mercado. Los de operaciones, de impresión 3D y robótica avanzada. Los de finanzas, de fintech y blockchain.  Los directores generales, deben comprender la dimensión estratégica de la tecnología, y cómo ésta se transforma en ventajas competitivas. Han de anticipar las trayectorias tecnológicas, y hacerlas coincidir con las aspiraciones de sus clientes. Y, si hace unos años eran empresas financieras, como Goldman Sachs o Morgan Stanley; o consultoras como PriceWaterhouse, Accenture o Deloitte las grandes escuelas de formación en management y el lugar de destino soñado de todo MBA, hoy los jóvenes directivos aspiran a pasar una temporada formándose en Google, Apple, Microsoft o Amazon. De hecho, según el artículo Why Tech is the Bright Future for Business Schools (Forbes), entre el 20 y el 25% de los recién graduados en MBA en las mejores escuelas de negocio internacionales son contratados por empresas tecnológicas, o crean sus propias empresas de base tecnológica.

El management del siglo XXI será un management de marcado corte tecnológico. Muchos de los procesos de transformación digital han fracasado hasta el momento porque los consultores que los han diseñado, o los directivos que los han ejecutado, se hallan anclados mentalmente en el antiguo management analógico. No intuyen cómo la digitalización puede reinventar sus negocios, o inventar otros completamente nuevos. No entienden de datos. No comprenden las palancas multiplicadoras de las nuevas tecnologías. No han progresado hacia el management digital. Quien desee abordar una transformación digital debe ser capaz de realizar tres funciones fundamentales: interpretar, deconstruir i reconstruir. Interpretar las potencialidades de la tecnología, en toda su amplitud. Deconstruir por completo la forma actual de crear y capturar valor, así como las experiencias de usuario o los mecanismos de toma de decisiones. Y reconstruirlo todo de nuevo bajo un nuevo paradigma de inmersión digital, con ayuda de las nuevas tecnologías, poniendo al usuario en el centro y dotando al conjunto de ventajas competitivas combinadas: personalización, flexibilidad, usabilidad, velocidad, coste y calidad de servicio. Este es el proceso metodológico válido para la tan esperada transformación digital. Para ello, será preciso desnudar por completo al consumidor, y volverlo a vestir en un contexto completamente nuevo de procesos digitales, despojándonos de todo lo accesorio y residual de mundo analógico. Deberemos identificar las insatisfacciones del cliente (pains), imaginar nuevas prestaciones imposibles en la era analógica (gains), y construir un nuevo entramado de propuestas de valor digitales. 

El manager de la era digital deberá disponer de fuertes dosis de creatividad para librarnos de los viejos axiomas, inventar escenarios futuros que no serán una simple evolución lineal de los actuales, desplegar empatía para situarnos en el lugar del consumidor (mediante la llamada customer-centric innovation), y gestionar proyectos cada vez más híbridos y complejos, con fuertes dosis de tecnología. Si desea liderar la innovación, deberá ser capaz de conceptualizar nuevos escenarios, comunicarlos con convicción y convencer a sus equipos y a sus organizaciones que la transformación tecnológica va mucho más allá de los simples retoques, de las mejoras incrementales, y de la clásica reingeniería de procesos. 

Publicado en La Vanguardia, el 27/05/2018




25 de mayo de 2018

INFORME COTEC 2018


Esta semana se ha presentado el Informe COTEC 2018 sobre el estado de la innovación en España. La Fundación COTEC es la institución de referencia de análisis, promoción y comunicación del estado de la innovación como motor del desarrollo económico. COTEC ha definido la innovación de forma magistral, como “todo cambio (no sólo tecnológico) basado en conocimiento (no sólo científico) que genera valor (no sólo económico)

Un año más, los indicadores son descorazonadores. La inversión en I+D en la economía española se mantiene, por sexto año consecutivo, por debajo del crecimiento del PIB. Esto es un indicador de la senda escogida: un camino que podría no ser sostenible, y que creará a medio plazo importantes tensiones en la estructura económica. Una baja inversión en I+D es indicadora de un crecimiento no acompañado de creación de valor ni de salarios dignos. Pese a todo, se da un ligero incremento en la inversión bruta en I+D respecto al pasado año. Básicamente, debido al esfuerzo empresarial. La inversión pública sigue en retroceso: mientras el gasto privado en I+D creció un 3%, el público disminuyó un 2%. Según COTEC “es preciso recordar que la falta de inversión privada en investigación y desarrollo es también -y sobre todo- un reto para las políticas públicas, puesto que son las administraciones las responsables de crear las condiciones de contorno adecuadas para el desarrollo de un tejido empresarial que apuesta definitivamente por la I+D”. La intensidad inversora en I+D/PIB se redujo en 2016 (últimas cifras disponibles) al 1,19%, a distancia del máximo de 1,4% logrado en 2010, y a años luz de países líderes en Europa, como Alemania (2’87%), Japón (3’6%), o Corea del Sur (4,3%). Como nota positiva, la inversión bruta en I+D ascendió ligeramente, hasta 13.260 millones de euros (un 0,67% más que en 2015). Para profanos, y para tener una idea de lo que eso significa, baste decir que esa cantidad es aproximadamente lo mismo que la inversión en I+D de Amazon. La economía de todo un país invierte en I+D tanto como una sola empresa, Amazon. Al menos este año ha habido incrementos del personal empleado en actividades de I+D (un 2’5%), y del número de investigadores (un 3’4%). Sin embargo, España sigue sin recuperar los niveles de inversión en I+D de 2009 (está un 9,1% por debajo). Por el contrario, la UE los ha superado de forma clara (está un 27% por encima). La práctica totalidad de los países europeos (25 de 28) han recuperado y superado esos niveles. España es una excepción en Europa junto a Finlandia y Portugal. Si se compara el gasto en I+D pública y en I+D privada de 2016 con sus equivalentes de 2008, puede verse cómo España queda totalmente descolgada de los países de su entorno.

En lo referente a las empresas, España es el único país de los cinco grandes de la UE en el que su gasto en I+D en 2016 es inferior al de 2008 (el 11,1%), pese a que el PIB es un 0,2% mayor. En el conjunto de la UE-28, el gasto empresarial en I+D es un 29,9% mayor, frente a un crecimiento del PIB del 14,0%. Esta peculiaridad va a ser sin duda un lastre para la competitividad empresarial. En cuanto al número de empresas que declaran realizar actividades de I+D, en 2016 fueron 10.325 empresas, casi 300 más que en 2015, lo que supone el primer crecimiento reseñable desde 2008, aunque todavía siguen muy lejos de las 15.049 empresas de aquel año. La crisis, y el bajo esfuerzo público en políticas contracíclicas que contribuyeran a mantener la base investigadora de las empresas, se han llevado por delante el 30% de empresas que hacían I+D hace una década. En 2016, el gasto en I+D de las empresas españolas equivalía al 0,64% del PIB, menos de la mitad del promedio de la UE-28 (1,32%) y a considerable distancia del de países como Alemania, con el 2,0% o Francia con el 1,44% (en 2015). Sin embargo, en España parece que son las PYMES las que innovan, a diferencia de otros países: El segmento de empresas con menos de 250 empleados ejecutaba en 2013-2014 el 46,3 % de la I+D empresarial española, casi el doble que las de países como Italia, Francia o el Reino Unido, y a enorme distancia del 9,7% de las PYMEs alemanas. La gran empresa, con algunas excepciones, está ausente del sistema innovador. El corte sectorial del IBEX, poco intensivo en tecnología, es parte de la explicación.

Los resultados del subsistema científico son también manifiestamente mejorables: en 2017 se ha reducido ligeramente el número de publicaciones internacionales SCOPUS respecto al año anterior. España conserva la posición undécima en el mundo cuanto a producción, tras ser superada por Australia en 2013. Aunque ha perdido dos posiciones desde 2006, ha sostenido su presencia relativa durante el periodo. En cuanto a patentes, España siguió ocupando en 2016 el puesto 27º en la lista, aunque registra un leve aumento de su cuota en relación con el año 2012. Comparado con otros indicadores socioeconómicos, incluso por su capacidad científica, parece ocupar un lugar bastante inferior al que debería aspirar por el tamaño de su economía. Medido en términos relativos, la producción de patentes española es alarmantemente baja: 32 por millón de habitantes, frente a las 891 de Suiza, las 404 de Holanda, o las 359 de Suecia.

En conclusión, más de lo mismo. El cuadro clínico de la innovación española es grave: pese a que se estabiliza, sigue en la UVI. Un año más de malas noticias, pese a que su impacto es menos notable porque ya estamos acostumbrados a ellas, y porque se denota un ligerísimo incremento en algunos indicadores del sistema. No obstante, el mundo avanza a una velocidad que pronto será imposible seguir si no arrancamos ya los motores. En la presentación del informe, COTEC manifestó que el nuevo Ministro de Economía parecía demostrar una sensibilidad diferente respecto a los anteriores. Esperemos que no sea sólo una impresión, ni que lo misma quede sólo en palabras, y se traduzca en presupuestos y en políticas eficientes. Mientras, cabe felicitar a COTEC por su excelente trabajo.

13 de mayo de 2018

¿HOLA? UN ROBOT AL TELÉFONO


El test de Turing es una prueba ideada por el matemático homónimo, según la cual una máquina podía mostrar capacidades de interacción humanas, hasta el punto de que un humano no sería capaz de distinguir si su interlocutor era una máquina u otro humano. La idea del test fue introducida por Alan Turing, uno de los padres de la ciencia de computación moderna, en 1950 (en su famoso artículo Computing Machinery and Intelligence). El experimento, en aquel tiempo, se limitaba a interacciones mediante teclado. Se considera que un dispositivo electrónico supera el test de Turing cuando es confundido por un humano más del 30% del tiempo de prueba, en series de cinco minutos de conversación. Esta es una de las medidas clásicas de inteligencia de máquina, usadas para categorizar la potencia de la inteligencia artificial.

Parece que el punto de inflexión para la superación del test de Turing se produjo en 2014. Una computadora, que simulaba ser un niño ucraniano de 13 años convenció al 33% de los jueces en la Royal Society of London de que realmente era un humano. El hecho fue considerado un hito histórico en la evolución de la inteligencia artificial.

En la conferencia I/O de Google, esta semana, Sunder Pichai, CEO de Google, mostró los últimos avances en interacción persona-máquina. Un asistente digital (un “bot”, o robot conversacional), Google Duplex, demostró la capacidad de mantener conversaciones con atributos (expresiones, gramática, modulación de la voz, simulación de emociones y de incertidumbre) indistinguibles de los humanos. El algoritmo sintetizó y mimetizó de forma precisa la voz humana, en una conversación interactiva y dinámica. Se comportó exactamente como un humano, llamando a una peluquería para reservar hora. Respondió preguntas, negoció agenda y agradeció la ayuda de la recepcionista. Su conversación estaba plagada de expresiones dubitativas humanas (“um”, “ehhh…”), las llamadas “speech disfluencies”, así como de simulaciones de interferencia o asincronía (“¿me puede oír”, “espere un segundo”…). El sistema sostuvo una conversación absolutamente natural, sin que el interlocutor humano pudiera apreciar que estaba hablando con una máquina. En un segundo ejemplo, la máquina intenta reservar una mesa en un restaurante, donde su interlocutor tampoco aprecia que habla con un bot. Incluso llega a decirle “¿qué pasa, señor?”, y llamarlo “Sir”.

No os perdáis el vídeo: Sundar Pichai pide a Google que le reserve cita para un corte de pelo, “el martes, entre 10:00 y 12:00”. Ved qué ocurre e intuid el tsunami de aplicaciones de inteligencia artificial en marketing que van a llegar en los próximos años. ¿Adiós call centers? ¿Veremos bots digitales inundando los canales de ventas, incansables, trabajando 24 horas al día, 7 días a la semana?  ¿Recibiremos continuas llamadas de robots? Y, sobre todo, ¿será preceptivo que, cuando nos llamen, nos alerten de que hablamos con un robot?





6 de mayo de 2018

TALENTO, TECNOLOGÍA Y TRABAJO


MAPA DEL EMPLEO EN EUROPA, 2017
Existe hoy una apasionante discusión sobre el futuro del trabajo: ¿vamos a un jobless future debido a la irrupción de nuevas tecnologías; o bien el sistema económico -como ha hecho siempre- se adaptará al cambio tecnológico, y generará nuevos -e inimaginables ahora- nichos de empleo? El debate se origina con una pregunta clave: ¿la innovación crea o destruye empleos? Es difícil contestar la pregunta en el largo plazo, justo porque se van a producir cosas que, por su nivel de disrupción, ahora no podemos ni imaginarnos, como no podíamos imaginar qué iba a ser Google en 1990. Sin embargo, podemos empezar a tener respuestas si analizamos las evidencias económicas que se están dando en el corto plazo. ¿La innovación, crea o destruye empleos? La primera respuesta es depende. Depende del lugar. Lo que estamos viendo es que los ecosistemas innovadores tienen tasas de desempleo sensiblemente menores que las zonas no innovadoras. Y es que, en mi opinión, se está dando una dinámica de flujos, que redistribuye el talento, la tecnología y el trabajo; y los reconcentra en las zonas de innovación, en un efecto de realimentación positiva.


INNOVACIÓN EN EUROPA, 2017
Veamos: existen focos territoriales, con marcos institucionales adecuados y gobiernos dispuestos a co-invertir en innovación. En esos focos territoriales (ecosistemas innovadores), se da una dinámica de atracción de talento: el mejor talento científico, tecnológico o emprendedor de las zonas no innovadoras emigra hacia las zonas innovadoras, donde encuentra más oportunidades y mejores salarios. En esas zonas innovadoras se desarrollan las tecnologías del futuro, que son exportadas a las zonas no innovadoras (donde se despliegan en forma de automatización de cadenas productivas, y generan más desempleo). Las zonas innovadoras se enfocan a actividades de I+D y diseño, pero en un entorno de industria digitalizada y cada vez más independiente de la localización y la escala, también las actividades de manufacturing más sofisticadas se ven atraídas a las zonas innovadoras, pues la proximidad a los centros de conocimiento acelera sus ciclos de desarrollo de producto y las permite competir globalmente en innovación. En las zonas innovadoras se reconcentra el manufacturing avanzado, dejando el menos sofisticado y dependiente de costes laborales en las zonas no innovadoras, que se precarizan. En las zonas innovadoras se generan mayores márgenes empresariales, fiscalidades más sanas, y estados del bienestar más sólidos. Hacia los ecosistemas innovadores fluyen los flujos de talento, tecnología, trabajo, y capital inversor; mientras se drenan los mismos de las zonas no innovadoras. Basta, para contrastar esta hipótesis, comparar los mapas regionales de innovación, y de desempleo en Europa. La correlación es muy elevada: a mayor índice innovador, menor desempleo.


Guillermo Dorronsoro nos presentó en el reciente congreso IND+I (Industria + Innovación) de Viladecans algunos gráficos agregados (que adjunto) con datos numéricos precisos. Nuevamente, se contrasta la correlación entre innovación y empleo en Europa. Parece increíble que poca gente lo vea. Así que, gobiernos: inviertan urgentemente en políticas inteligentes de innovación si desean crear empleo y sostener estados del bienestar. Incluso en la hipótesis de que, en el largo plazo, la innovación destruya empleos en el conjunto de la economía global, sólo las zonas innovadoras podrán permitirse mantener fórmulas de sustento público de sistemas educativos, sanitarios o sociales de calidad.

1 de mayo de 2018

GLACIACIÓN TECNOLÓGICA


La semana pasada invité a una de mis clases a Josep María Martorell, director asociado del Barcelona Supercomputing Centre. Nos alertó de algo que ya intuíamos: la peligrosa dependencia tecnológica europea, en una industria “madre” como es la de semiconductores. En un entorno, como el del último siglo, donde EEUU ha sido aliado secular de Europa, no se nos podía ocurrir que los americanos nos dejaran de suministrar tecnología de última generación. Pero en pocos años, el sistema de alianzas y de estrategias internacionales se ha desestabilizado. EEUU rompe sus compromisos con Europa e inicia una senda proteccionista, a la vez que China emerge como potencia tecnológica. Nada impide a Trump, por ejemplo, dictar una orden de veto de venta de microprocesadores de última gama a Europa. Obama ya lo hizo con China. En abril de 2015, la administración norteamericana prohibió a Intel, el mayor fabricante de chips del mundo, vender sus productos a las instalaciones de supercomputación chinas, por razones de seguridad nacional. La inteligencia americana detectó que los dos mayores supercomputadores del mundo, el Thiane-1A y el Thiane-2, supuestamente estaban realizando simulaciones sobre pruebas nucleares. En aquella época, en un viaje a China, pude leer en la prensa del país que el gobierno chino lanzaba un nuevo programa, dotado -nada menos- de 100.000 millones de dólares para dominar industrialmente la física de dispositivos, e independizar el país de los chips extranjeros. La apuesta china iba en serio.

La tecnología de semiconductores está en manos asiáticas y americanas. ¿Qué ocurriría si Trump vetara la venta de chips a Europa? Entraríamos en una especie de “glaciación tecnológica”, condenados a sistemas que operen más lentos que los de nuestros homólogos -y competidores- americanos, chinos, surcoreanos o japoneses. Una glaciación que haría palidecer cualquier guerra comercial convencional, y que supondría una inmediata obsolescencia de todo el continente. Todos nuestros sistemas de información, de repente, serían más lentos. ¿Podrían competir las grandes automovilísticas europas – Volkswagen, Daimler, BMW, Citroen, Renault- sin provisión de semiconductores americanos? ¿Podrían sobrevivir los grandes bancos europeos – Santander, Deutsche Bank, Allianz, UniCredit- sin capacidad de actualizar sus sistemas de información? ¿Qué sería de Airbus? ¿Y de la industria de telecomunicaciones europea – Telefónica, Orange, Vodafone…? ¿Podrían seguir fabricando maquinaria automatizada de proceso los conglomerados industriales como Siemens? ¿Qué grado de dependencia tiene la economía europea de tecnologías estratégicas, habilitadoras y transversales, como los semiconductores (americanos, japoneses, coreanos o chinos…)? No tengo las respuestas, pero me temo que la dependencia tecnológica europea es alarmante.

Según Handelsblatt, En Europa no se ha construido una sola factoría moderna de semiconductores, a una cierta escala, en las últimas dos décadas. En Asia, en cambio, con “gobiernos dispuestos a coinvertir billones de dólares en esta tecnología”, la capacidad de fabricación de procesadores avanzados florece por todas partes. Entre los 10 grandes fabricantes de semiconductores del mundo, sólo uno (NXP) es europeo. Y todo indica que esta empresa holandesa será adquirida por su rival estadounidense Qualcomm. Hoy Europa proporciona sólo el 9% de los chips mundiales. Países mucho más pequeños, como Taiwan o Corea del Sur, desarrollan y exportan, respectivamente, el 20% y el 15% de procesadores del mundo.

Europa debe quitarse de encima los complejos. Según Andreas Gerstenmayer, CEO de la empresa electrónica austríaca ATS, la mayor fabricante europea de placas de circuito impreso, proveedora de Apple, “a menos que se tomen decisiones políticas masivas, Europa continuará condenada a estar a la defensiva”. Es un mal menor, si no entramos en una auténtica edad del hielo tecnológica. La dependencia tecnológica externa puede paralizar la transformación digital del continente, y evitar la nueva ola de disrupción: la derivada de la inteligencia artificial. Europa puede quedar al margen de la internet de las cosas, el big data o el 3D printing. Algunos dirigentes europeos, como mínimo, está preocupados, y se empiezan a realizar pasos en la buena dirección: Robert Bosch, el mayor proveedor mundial de componentes de automóvil instalará su nueva planta de chips en Dresde. Invertirá 1000 M€, pero recibirá 200 M€ de la UE. Este es el juego, nos guste o no: un juego de potentes incentivos. Los países compiten agresivamente por atraer y mantener actividades de alta tecnología, y para ello se precisan recursos, liderazgo y proyectos, para mantenernos en la frontera tecnológica. La alternativa: comprar chips americanos (o chinos), o deslocalizar nuestras compañías tecnológicas a Asia. Y prepararnos para volver a vivir en las cavernas.

22 de abril de 2018

SHARK FINS: OLAS DE INNOVACIÓN DIGITAL


Marc Amat, del diario Ara, me llamó esta semana para interesarse por las causas del fallo de uno de los grandes booms digitales de nuestro tiempo: Pokemon Go. La sección “Epic Fails” de ese periódico disecciona cada semana un interesante caso de fracaso en innovación (aquí)

Efectivamente, en el verano de 2016, todos andábamos capturando Pokemons a través de nuestro móvil, en una ola que alcanzó dimensiones mundiales en pocos días. Pero en poco tiempo, el juego cayó en el olvido. ¿Fue un fracaso? Mi opinión es que no. Mi opinión es que la innovación digital es mucho más rápida que la innovación de producto. Es como un flash que quema etapas a la velocidad de la luz, pero que no tiene por qué renunciar a beneficios. Pokemon Go fue un ejemplo de libro de dinámica de la innovación digital, pero no de fracaso.

Pokemon Go fue desarrollado por la empresa Niantic (¡cómo no, ubicada en San Francisco!) Niantic nació como una spin-off de Google, y debe su nombre a uno de los primeros buques que transportaron inmigrantes a California durante la Fiebre del Oro del siglo XIX. El proyecto Pokemon Go contó con una inversión de 35 millones de dólares provenientes de Google, Nintendo, y The Pokemon Company. Las tres compañías unían en Niantic tres capacidades esenciales: la tecnología de posicionamiento de Google, la maestría en videojuegos de Nintendo, y la licencia de personajes de cómic famosos, herederos de la herencia manga japonesa, de Pokemon. La iniciativa del nuevo videojuego creaba, mediante prestaciones de GPS, un nuevo paradigma de ocio digital, a medio camino entre el geocatching y el videojuego, en un entorno de realidad virtual novedoso en el mundo de los videojuegos.

¿Fue un fracaso? En absoluto. En un mes, Pokemon se convirtió en fenómeno global, consiguiendo más de 10 millones de dólares de ingresos diarios. En un año consiguió 750 millones de descargas y 1.200 millones de dólares de ingresos (casi la totalidad, beneficios netos). En agosto de 2016 consiguió 200 millones de descargas, registrando un récord Guiness como videojuego más descargado de la historia. Ya me gustaría a mi lanzar unas cuantas start-ups que fracasaran como Pokemon.

Y es que la innovación digital sigue una dinámica explosiva, como explica Harvard Business Review en su artículo Big Bang Disruption (aquí), o Accenture en Why Digital Disruption Resembles a Shark Fin (aquí). Mientras la innovación clásica, de producto, sigue una lógica de entrada en el mercado caracterizada por una distribución gaussiana (“curva de campana”), con unos segmentos iniciales de lead users e innovators que anticipan la entrada al mercado masivo (si se superan las barreras de entrada de coste y calidad), la innovación digital genera una ola de ventaja competitiva transitoria, extremadamente corta, en la que se queman etapas muy rápidamente. Una ola que recuerda, por su forma y velocidad, la aleta de un tiburón. La inexistencia de barreras de entrada, y de barreras de salida que ofrece el modelo freemium (descarga gratis y pago por algunos atributos, o hacer que paguen terceros -Starbucks llegó a un acuerdo para llenar de Pokemons virtuales sus establecimientos-) crea un flash de innovación. La posibilidad de innovación abierta, co-creación y actualización en tiempo real de la app permiten experimentar a la velocidad de la luz hasta hallar rápidamente el “diseño dominante” y expandirse exponencialmente por todo el planeta. La ola se extingue tan rápidamente como llega: las modas pasan velozmente. Pero, como en el caso de Pokemon, dejan un margen de miles de millones de dólares, en pocos días.

Pokemon Go fue también uno de los canales de entrada de la realidad virtual a nuestras vidas. Pronto, pasearemos por el fondo del mar, llegaremos a la cima del Everest, visitaremos la antigua Roma o estaremos inmersos en la batalla de Gettysburg en entornos digitales de gran realismo y capacidad de interacción. Niantic ya está preparando su próxima ola de innovación digital: se prepara la salida de un juego de realidad virtual sobre Harry Potter. Debe ser algo potente. De momento, han sido capaces de atraer 200 millones de dólares de capital riesgo para su desarrollo.


14 de abril de 2018

IKIGAI: EL PROPÓSITO DE LA VIDA


Me sorprendió encontrar un tweet del World Economic Forum con el gráfico que os adjunto, el del concepto de IKIGAI. En japonés, algo así como “razón de ser”.

IKIGAI proviene de “IKIRU” (“para vivir”), y “KAI” (“realización”). "Realización para vivir", o "vivir realizándose". Juntos, ambos conceptos crean un nuevo constructo para significar el propósito de la vida. IKIGAI es principio y final, motor vital y punto de destino. Para los japoneses, el secreto de una larga y feliz vida. ¿Qué te motiva a levantarte cada mañana? Para hallar tu IKIGAI deberías contestar cuatro preguntas:

-        ¿Qué es lo que amas?
-        ¿En qué eres bueno?
-        ¿Qué necesita el mundo de ti?
-        ¿Con qué te puedes ganar la vida?

Encontrar las respuestas, y, especialmente, su intersección, puede ser un método rápido para que los occidentales encontremos nuestro IKIGAI. El modelo de los círculos es extremadamente bello: la intersección entre lo que amas y lo que eres bueno es tu fuente de PASIÓN. Aquello que amas y que el mundo necesita origina tu MISIÓN. Las cosas en las que eres bueno y por lo que alguien te pagaría darán lugar a tu PROFESIÓN; y la intersección entre aquello que te va a retribuir y lo que el mundo necesita generará tu VOCACION. Si hallas un campo que lo aglutine todo, PASIÓN, MISIÓN, VOCACIÓN Y PROFESIÓN, serás un afortunado: habrás encontrado tu IKIGAI. Deberíamos enseñar a los niños, como una de las prioridades del sistema educativo, a encontrar su IKIGAI.

Me fascina la cultura y la filosofía japonesa. Japón ha sido un país sometido a constantes desastres naturales y humanos: situado en la falla del Pacífico, ha sufrido terremotos y tsunamis. También ciclones y guerras. Dicen que la cultura japonesa se forja en la consciencia del desastre, en saber que en pocos segundos puedes perder todo lo conseguido en la vida. Y eso te lleva a la desvinculación de las cosas terrenales, al minimalismo zen, y a apreciar lo que realmente importa. Un cierto fatalismo vital, paradójicamente, parece conducir a una vida mejor, a valorar con intensidad lo que (todavía) tienes, a concentrarte en tus capacidades interiores, y a sacar partido de cada segundo restante, y de cada oportunidad latente. Quizá por ello los japoneses son tan perfeccionistas en los pequeños detalles, e hicieron de la belleza de la cotidianeidad grandes prácticas organizativas e imbatibles ventajas competitivas. Quizá por eso, con constancia, tenacidad, excelencia en las pequeñas cosas, y visión a largo plazo, un pequeño taller de automóviles como Toyota fue capaz de inventar métodos de gestión como el Kaizen, y de batir a los grandes de la industria como Ford y General Motors.

Y, en el modelo de IKIGAI, si sustituimos “lo que amas” por la “visión”, “lo que eres bueno” por las “capacidades esenciales”, y ”cómo te puedes ganar la vida” por el “modelo de negocio”, entonces la idea aplica perfectamente no a una persona, sino a una organización. A partir de ahora, incorporaré el IKIGAI a mis clases.

El artículo original del World Economic Forum puede encontrarse aquí: https://www.weforum.org/agenda/2017/08/is-this-japanese-concept-the-secret-to-a-long-life/


10 de abril de 2018

HABLANDO CON UN ROBOT


Para celebrar el primer millón de visitas a este blog, en un momento de intenso debate público e internacional sobre el uso de datos para fines comerciales, me permito transcribir un chiste que hoy me ha enviado un buen amigo. Hablando con un robot 😉))

Ordenar una pizza

CLIENTE: ¿Esto es Gordon's Pizza?
GOOGLE: No señor, es Google Pizza.
CLIENTE: Debo haber marcado un número equivocado. Lo siento.
GOOGLE: No señor, Google compró Gordon's Pizza el mes pasado.
CLIENTE: De acuerdo. Me gustaría pedir una pizza
GOOGLE: ¿Quieres lo de siempre, señor?
CLIENTE: ¿La habitual? ¿Ya sabes qué quiero?
GOOGLE: De acuerdo con nuestra hoja de datos de identificación de llamadas, las últimas 12 veces que llamó le solicitaron un extra grande, con tres quesos, salchichas, pepperoni, champiñones y albóndigas en una corteza gruesa.
CLIENTE: ¡Exacto! Eso es lo que quiero …
GOOGLE: Puedo sugerir que esta vez pida una pizza con ricotta, rúcula, tomates secados al sol y aceitunas en un grano entero y corteza delgada sin gluten?
CLIENTE: ¿Qué? Detesto las verduras ...
GOOGLE: Su colesterol no es bueno, señor.
CLIENTE: ¿Cómo diablos lo sabes?
GOOGLE: Bueno, hicimos una referencia cruzada del número de teléfono de su casa con sus registros médicos. Tenemos el resultado de sus análisis de sangre durante los últimos 7 años.
CLIENTE: De acuerdo, ¡pero no quiero tu pizza podrida de vegetales! Ya tomo medicamentos para mi colesterol.
GOOGLE: Disculpe señor, pero no ha tomado su medicación regularmente. Según nuestra base de datos, solo compró una caja de 30 tabletas para el colesterol una vez, en Drug RX Network, hace 4 meses.
CLIENTE (enojado): ¡Compré más en otra farmacia!
GOOGLE: Eso no aparece en el extracto de su tarjeta de crédito.
CLIENTE (más enojado): ¡Pagué en efectivo!
GOOGLE: Imposible. No retiró suficiente efectivo de acuerdo con su extracto bancario.
CLIENTE: Tengo otras fuentes de efectivo.
GOOGLE: Eso no se muestra en su última declaración de impuestos a menos que los haya comprado utilizando una fuente de ingresos no declarados, lo cual es contrario a la ley.
CLIENTE (muy enojado): Pero, ¿QUÉ DEMONIOS?
GOOGLE: Lo siento, señor, usamos dicha información solo con la única intención de ayudarlo.
CLIENTE: ¡BASTA YA! ¡Estoy harto de Google, Facebook, Twitter, WhatsApp y todas las demás redes sociales! ¡Estoy decidido a irme a una isla sin internet ni televisión por cable, donde no hay servicio de telefonía móvil y nadie me pueda mirar o espiar! 
GOOGLE: Entiendo, señor, pero primero debe renovar su pasaporte. Expiró hace 6 semanas ...

7 de abril de 2018

LA ESTRATEGIA DEL CANGREJO


Artículo originalmente publicado en Sintetia, el 06/04/2018

En diciembre de 2016, justo antes de dejar la presidencia, Obama organizó una conferencia nacional en Pittsburg para debatir algo que le inquietaba profundamente: el impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en la sociedad y la economía. Las conclusiones de ese encuentro se pueden consultar en el documento “Artificial Intelligence, Automation and the Economy”, publicado por la Oficina del Presidente. En el documento se afirma que “el cambio tecnológico es la principal fuente de crecimiento económico”, y se insta a los futuros gobiernos a liderar la investigación y difusión de la IA, a educar a los estadounidenses para los empleos del futuro, y a apoyar a los trabajadores en la transición hacia nuevos escenarios productivos.

Con motivo del año nuevo, el presidente chino, Xi Jimping, emite tradicionalmente un mensaje a su nación. Siempre lo hace desde su austero despacho. Es habitual que cada año, analistas internacionales revisen cuidadosamente qué libros tiene Xi Jimping en sus estanterías. Este año no ha pasado desapercibida la presencia de dos best-sellers de IA y alta tecnología: The Master Algorithm, y Augmented: Life in the Smart Lane. Una poderosísima señal al mundo. Entre sus objetivos nacionales, China contempla explícitamente ser una “innovation nation” en 2020, una “innovation leader” en 2030; y la “world powerhouse of science and technological innovation” en 2050. Textualmente, pretenden liderar el mundo en ciencia, tecnología e industria. No en vano Shenzen-Hong Kong ya es el segundo clúster mundial en capacidad inventiva (en número de patentes), tras Tokio-Yokohama, muy por delante de Silicon Valley; y se prepara un nuevo parque centrado en AI, en Beijing, con inversiones previstas de más de 2.000 millones de dólares.

Emmanuel Macron, presidente francés, ha pronunciado recientemente un brillante discurso en el Elíseo, y concedido una entrevista a la revista WIRED, sobre la estrategia francesa en inteligencia artificial. Francia destinará 1.500 millones de euros en cinco años a competir con China y Estados Unidos en el liderazgo en inteligencia artificial (o, como mínimo, no perder el tren). Macron afirma que Europa está a medio camino entre el modelo americano (totalmente dirigido por empresas privadas, donde “decisiones individuales condicionan valores colectivos”), y el chino (con un inmenso mar de datos y un gobierno dispuesto a utilizarlos “con unos valores que no son los nuestros”). “Si queremos gestionar nuestro propio modelo de sociedad, nuestra elección de civilización, debemos ser parte de esta revolución de la inteligencia artificial, ser uno de sus líderes, y elevar el discurso a escala global”. Las acciones tomadas han permitido ya que empresas como Facebook, Google, Samsung, IBM, DeepMind o Fujitsu hayan instalado centros de investigación en IA en París. “Quiero que mi país sea el lugar donde la AI se construya sobre la base de interdisciplinariedad, cruzando matemáticas, ciencias sociales, tecnología y filosofía”. Macron afirma: “puedo convencer a mi país sobre el cambio, precisamente porque lo abrazamos. Mi rol no es bloquear el cambio, sino formar personas para que tengan oportunidades en este nuevo mundo”. Y algo realmente brillante: “creo que la gran revolución tecnológica que estamos experimentando es, de hecho, una revolución política”. Macron está preparando a su país para el futuro. Y ese debate no es ajeno a otros más próximos. Liderando el cambio tecnológico, posicionando Francia en campos de alta tecnología, construyendo masa crítica emprendedora, y transformando el modelo productivo, Macron también contribuye a solventar el problema de las pensiones y el estado del bienestar ante la bomba demográfica que se avecina en Europa.

¿Existe un plan estratégico para la Inteligencia Artificial en España? Hace pocos días, la fundación COTEC siguió denunciando el lamentable estado de la I+D en España. Los presupuestos públicos cada vez son más exiguos, pero además, la ejecución de los mismos es simplemente vergonzosa: en el último ejercicio sólo se ejecutó el 29’7% de lo presupuestado. Hoy el esfuerzo público en I+D es sólo del 55% del que era en 2009, y del mismo se gasta sólo el 30%. ¡El gasto real de 2017 fue sólo del 16% de lo presupuestado, y el 20% de lo gastado en 2009! Atrás, como los cangrejos. ¿El motivo? Políticas absurdas, programas inefectivos, burocracia excesiva y falta de estrategia real. Investigadores y empresas renuncian a esos fondos por la complejidad de su uso. No se puede pedir a un joven y brillante investigador, con una patente de una posible tecnología transformadora, que asuma un crédito a costa de su (a menudo exiguo) patrimonio. El Estado debe actuar con mentalidad de capital riesgo: seleccionar, apostar, e invertir estratégicamente. Paradójicamente, en paralelo, se incrementa la preocupación por la sostenibilidad del estado del bienestar y las pensiones. Hasta en bachillerato saben que ambos problemas están relacionados: sin creación de valor, no habrá redistribución posible. La situación es alarmante. Sin inversiones estratégicas e inteligentes en tecnología, estamos condenados a la mediocridad, al fracaso y al conflicto social.

Hoy, las administraciones siguen plagadas de direcciones generales de investigación, cuyo cometido sigue siendo fomentar la investigación (pública) a mayor gloria de los currículos científicos, sin conexión con el mundo productivo ni interés en ello; y de direcciones generales de industria con cometidos de gestión de licencias y polígonos. En tierra de nadie, presupuestos escasos e ineficientes que hacen la vida imposible a los pocos que les quedan ganas de aplicar. En el siglo XXI, no se entiende una política de investigación sin impacto ni presencia en la industria. Ni una política industrial que no se construya sobre el potencial investigador del país. Cuando los gobiernos escoran a la derecha, siguen pensando que la mejor política industrial es la que no existe. Cuando giran a la izquierda, las prioridades se centran en la distribución de la riqueza (olvidando los mecanismos de creación). Cámaras de comercio y agentes sociales, ni están ni se les espera en este debate complejo de la ciencia, la tecnología y la industria. Mientras los países se rearman tecnológicamente, fijan estrategias y objetivos, destinan presupuestos, concentran masa crítica y avanzan hacia el futuro, en España se sigue la estrategia del cangrejo. Como la infantería, la I+D jamás retrocede. Gira y sigue avanzando.


2 de abril de 2018

FRANCIA, HUB GLOBAL EN INTELIGENCIA ARTIFICIAL


Fuente: Wikipedia
Emmanuel Macron, presidente francés, ha pronunciado recientemente un discurso, y concedido una entrevista a la revista WIRED, sobre la estrategia francesa en inteligencia artificial (AI). Francia destinará 1.500 millones de euros en cinco años a competir con China y Estados Unidos en el liderazgo en inteligencia artificial (o, como mínimo, no perder el tren). Macron demostró un conocimiento profundo del tema. Demostró sensibilidad ante el cambio tecnológico, y desgranó la estrategia francesa. Según sus análisis dos ámbitos serán rápidamente impactados por la AI: el sector sanitario (con diagnósticos más precisos y personalizados), y el sector de movilidad, con la emergencia de nuevos paradigmas de vehículo compartido y autoconducido. Macron demostró ser consciente de la gran oportunidad (y, a la vez, gran amenaza) de la AI en la creación o destrucción de empleos, y de la lógica “va todo al ganador” de esa tecnología. Por ello manifestó su deseo de preparar a su país, convirtiéndolo en una “first-mover nation” en regulación (introduciendo un discurso de ética y valores), educación, investigación, test, y creación de startups en este campo.

Macron afirma que Europa está a medio camino entre el modelo americano (totalmente dirigido por empresas privadas, donde “decisiones individuales condicionan valores colectivos”), y el chino (con un inmenso mar de datos y un gobierno dispuesto a utilizarlos “con unos valores que no son los nuestros”). “Si queremos gestionar nuestro propio modelo de sociedad, nuestra elección de civilización, debemos ser parte de esta revolución de la inteligencia artificial, ser uno de sus líderes, y elevar el discurso a escala global”.

Las acciones tomadas han permitido ya que empresas como Facebook, Google, Samsung, IBM, DeepMind o Fujitsu hayan instalado centros de investigación en AI en París. “Quiero que mi país sea el lugar donde la AI se construya sobre la base de interdisciplinariedad, cruzando matemáticas, ciencias sociales, tecnología y filosofía”. Impresionante Macron.

Puedo convencer a mi país sobre el cambio, precisamente porque lo abrazamos. Mi rol no es bloquear el cambio, sino formar personas para que tengan oportunidades en este nuevo mundo”. Me quedo con una frase para enmarcar: “creo que la gran revolución tecnológica que estamos experimentando es, de hecho, una revolución política”. Efectivamente, la revolución tecnológica tiene profundas implicaciones políticas, en positivo y en negativo. En positivo, jamás como ahora hemos tenido medios para generar y distribuir prosperidad. En negativo, el mal uso de la tecnología puede llevarnos a escenarios catastróficos de polarización de la riqueza, de extremismos en las posiciones (hay evidencia de que las redes sociales tensan el discurso político al máximo, generando polos opuestos y excluyentes), y de interferencia fraudulenta en procesos democráticos (baste ver qué está pasando con Facebook y Cambridge Analytica). “Europa es el lugar donde se formó el ADN democrático, y creo que Europa debe afrontar este gran reto para la democracia, liderándolo”.

Otros líderes internacionales han mostrado gran sensibilidad por la emergencia de tecnologías disruptivas y por el cambio que van a crear en la sociedad y la economía. Entre ellos, Obama, quien en diciembre de 2016, justo antes de dejar la presidencia, organizó una conferencia nacional (“Frontiers”), en Pittsburg, para debatir las implicaciones económicas, sociales y filosóficas de la automatización y de la inteligencia artificial. O el presidente chino, Xi Jimping, en cuyo despacho figuran best-sellers sobre AI. Macron está preparando a su país para el futuro. Y ese debate no es ajeno a otros más próximos. Liderando el cambio tecnológico, posicionando Francia en campos de alta tecnología, construyendo masa crítica emprendedora, y transformando el modelo productivo, Macron también contribuye a solventar el problema de las pensiones y el estado del bienestar ante la bomba demográfica que se avecina en Europa, problema que no es de distribución de la exigua riqueza que va a crear un viejo modelo, sino de crear nuevo valor a través de las inmensas posibilidades que nos ofrece la tecnología.

Para quitarse el sombrero. El mundo necesita unos cuantos Macrons.