12 de febrero de 2017

AMERICA FIRST

Con la llegada de Donald Trump al poder, se ha producido en pocos días una sorprendente inversión de los roles que dos superpotencias mundiales han mantenido durante los últimos 70 años: Estados Unidos renuncia al liderazgo del proceso globalizador e inicia una involución proteccionista, mientras China se convierte en el gran defensor mundial del libre comercio. Las consecuencias de las decisiones del nuevo presidente estadounidense pueden ser profundas e irreversibles. Trump puede incrementar exponencialmente el peso de Asia en el comercio, la economía y la tecnología mundial, y consolidar definitivamente a China como nuevo líder global. La conferencia de Xi Jinping (presidente chino) en el Foro de Davos fue un indicativo: China parece dispuesta a recoger el guante que torpemente ha dejado caer Estados Unidos. Jinping, primer mandatario chino que asiste a dicha conferencia anual de líderes internacionales, lanzó públicamente en Davos una auténtica oda a la globalización. Casi en paralelo, Donald Trump hacía exactamente lo contrario en el discurso inaugural de su presidencia, iniciando un camino aislacionista sin precedentes en la historia moderna de América. Si China aprovecha la oportunidad, cogerá rápidamente el relevo del liderazgo mundial.

Estados Unidos y el Reino Unido han roto en pocos meses el orden internacional que ha regido desde hace un siglo y, especialmente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los antiguos aliados que liberaron Europa de la amenaza nacionalsocialista tiran la toalla, y se desentienden del viejo continente y del liderazgo mundial. ¿Cómo se ha llegado a este extremo? Sorprendentemente, los dos países donde se está produciendo esta revolución proteccionista son los países que han abanderado los preceptos de la economía noeclásica más ortodoxa también durante el último siglo. Los países donde más se ha confiado en el poder absoluto del libre mercado, los paraísos del liberalismo más extremo, y los principales enemigos de cualquier intervención estatal en la economía. Las naciones que hoy se cierran al mundo son aquéllas donde con más libertad ha campado la mano invisible del mercado de Adam Smith.

Quizá exactamente por ello se ha producido una reacción virulenta a la contra. Se han generado anticuerpos a la libertad económica. La economía ha confiado en USA y UK de forma demasiado dogmática, durante décadas, en la libre dinámica del mercado. Ha creído ciegamente que éste era el mecanismo perfecto e insustituible de asignación de recursos. Ha confiado de forma ortodoxa, casi religiosa, en que los equilibrios que el mercado generaba eran los más idóneos. En Estados Unidos y el Reino Unido ha imperado un credo económico que entendía la ciencia económica como una ciencia pura, no como una ciencia social. Pero las leyes económicas no son como las leyes físicas. Oferta y demanda no se comportan con la pureza de la ley de la gravedad, y las empresas e individuos no son como átomos alineados en un metal perfecto. Estados Unidos recientemente, y el Reino Unido desde hace medio siglo han confiado excesivamente en el libre mercado y han olvidado los fundamentos microeconómicos y las políticas públicas que sustentan una industria competitiva. Se han olvidado de diseñar un sistema nacional de innovación capaz de crear economías sólidas en el mundo global.

Lo que hoy estamos viendo se anticipaba en el magnífico libro “Innovation Economics: The Race for Global Advantage” de Robert D. Adkinson. Mientras sus competidores internacionales, especialmente China, Corea del Sur o Alemania han establecido estrategias nacionales de innovación orientadas a reestructurar sus marcos fiscales y sus sistemas regulatorios, científicos y educativos para alinearlos con su competitividad nacional, Estados Unidos y el Reino Unido han seguido confiando largamente en la famosa mano invisible de Adam Smith, que todo lo había de curar espontáneamente. Mientras sus competidores desarrollaban políticas de soporte a las cadenas de valor intensivas en I+D en sectores de alto valor añadido como instrumentación electrónica, maquinaria de precisión, semiconductores, automoción, química fina o equipos industriales, en los países anglosajones la industria languidecía y la manufactura avanzada y los centros de I+D corporativos se desplazaban a zonas con mejores ecosistemas de innovación. La lógica de Wall Street ridiculizaba las voces que reclamaban una política que asegurara inversiones de largo plazo en I+D industrial. Según Adkinson, “los líderes intelectuales de la economía neoclásica han sido la mayor fuerza opositora a la construcción de sistemas nacionales de innovación”. Y ahora lo están pagando.

Seis millones de empleos en la industria manufacturera se perdieron en Estados Unidos durante la crisis de 2008. Mientras la inversión privada en I+D sólo creció un 3% en la década previa a la crisis, lo hizo un 11% en Alemania, un 27% en Japón, un 28% en Finlandia, un 58% en Corea del Sur, y un 187% en China. Lentamente, estados Unidos reemplazaba la ingeniería tradicional por la ingeniería financiera. Y, mientras sus académicos teorizaban sobre mercados eficientes, no solo los empleos de bajo nivel, sino también la investigación industrial, las capacidad de patentar, la producción de alta tecnología y la manufactura avanzada se desplazaba hacia Asia y Alemania, donde emergía el paradigma industrial 4.0 embebido en un fértil ecosistema de centros tecnológicos orientados a los clústeres industriales. El sistema de innovación americano perdía fuerza por una inversión subóptima en I+D industrial (enmascarada por los éxitos financieros del Valley, desde Facebook a Instagram, de Whatsapp a Uber) o por la grandeza científica de sus universidades de élite. A la vez, se producía un suministro débil de licenciados en STEM (Science, Tech, Engineering and Maths), y las infraestructuras digitales quedaban obsoletas, en medio de un marco institucional  y político que no comprendía el rol esencial de la innovación en el crecimiento económico. No se trazaron planes, ni estrategias, ni objetivos para consolidar un sistema nacional de innovación capaz de competir con China.


El problema que han tenido los países anglosajones es el de haber formado varias generaciones de políticos, académicos, técnicos y directivos públicos en la doctrina económica más ortodoxa, impregnada de ideología política. Mientras se estabilizaban los marcos macroeconómicos, se despreciaban las políticas microeconómicas que podían sustentar la competitividad nacional en el largo plazo. Mientras el sistema financiero sufría una hiperinflación, los sectores estratégicos capaces de generar empleo de calidad se deslizaban hacia otros entornos. No era cuestión de impedirlo. Era cuestión de crear marcos más atractivos para el florecimiento de actividades innovadoras que generaran nuevos productos, procesos y empleos. No se trata de proteger mediante barreras comerciales artificiales, se trata de reforzar agresivamente las correctas palancas de competitividad, generando las dinámicas para innovar mejor y más rápidamente que los competidores. Trump podrá romper acuerdos comerciales e imponer araceles. Pero no podrá detener el cambio tecnológico. O, ¿impedirá la digitalización y tecnificación de sus empresas para mantener el trabajo? Posiblemente el resultado de todo ello sea una dramática y acelerada pérdida de competitividad de las empresas americanas. 

Obama se dio cuenta de la obsolescencia y el declive del sistema de innovación americano, pero no estuvo a tiempo de corregirlo. Y, con el camino elegido, hoy, el “America First” puede convertirse rápidamente en un lacónico “The End of America” en los ránkings internacionales de competitividad

2 comentarios:

  1. Muy interesante articulo. Yo espero que no solo China aproveche la situación y que en Mexico nos preparemos para aprovechar el escenario.
    Me quedo con este par de comentarios del presente articulo
    1) Estados Unidos renuncia al liderazgo del proceso globalizador e inicia una involución proteccionista, mientras China se convierte en el gran defensor mundial del libre comercio. Si China aprovecha la oportunidad, cogerá rápidamente el relevo del liderazgo mundial.
    2) Las naciones que hoy se cierran al mundo son aquéllas donde con más libertad ha campado la mano invisible del mercado de Adam Smith.
    Gracias

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  2. Felicitarte por este post con el que coincido plenamente. Las políticas de austeridad al final son contrarias a una economía basada en el conocimiento. Lo peor es que manipulan su mensaje. Un ejemplo. El foro de Davos publica todos los años un ranking de países más competitivos en la que muchos países situados en los puestos de cabeza son precisamente los que no siguen sus políticas. (Suiza, Finlandia, Suecia…)

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