19 de abril de 2017

COCHES SIN CONDUCTOR

Unos estudiantes de la Universidad Carlos III de Madrid me contactaron para entrevistarme sobre innovación en movilidad, interesados sobre cómo la conducción autónoma iba a llegar a nuestras vidas. Esta semana hemos hecho un Skype. Me han preguntado si la llegada del vehículo autoconducido iba a afectar a todos los segmentos del transporte (aviones, coches, camiones…) y con qué secuencia temporal. También me han hecho preguntas sobre qué dinámica se desarrollaría en la evolución de los precios. Del debate con ellos han surgido ideas interesantes. 

En primer lugar, no tiene nada que ver la aviación con la conducción terrestre. El modelo de negocio es otro. Un individuo no compra un avión, pero sí que compra un coche. Las líneas aéreas siguen un modelo de servicio. ¿Existe tecnología para gobernar un avión sin piloto? Por supuesto que sí. Ya hace años que existen los Unmaned Aerial Vehicles (UAV’s), aviones sin tripulación, básicamente para aplicaciones militares. El problema de que no se extienda la tecnología de autoconducción a las líneas aéreas comerciales sigue una lógica de mercado: ¿usted subiría a un avión sin piloto? La barrera psicológica, en este caso, es descomunal. Pero la tecnología existe. Una duda que me queda, y que no he sabido resolver hasta el momento es por qué motivos las autoridades de tráfico aéreo no toman el control desde tierra de aviones con comportamiento anómalo o que no respondan a las órdenes de los controladores (por ejemplo, en el caso de secuestro terrorista). Técnicamente, es posible. Si alguien lo sabe, quizá nos pueda desvelar esa duda…

Y, ¿cómo puede sostenerse un modelo de servicio con líneas aéreas que transportan pasajeros por un euro? ¿Dónde está el negocio? Evidentemente, no está en los beneficios generados directamente por los pasajeros. Normalmente, el grueso de ingresos de esas líneas provienen de ayudas públicas en destino: las autoridades de los países de destino está muy interesadas en atraer unos cuantos centenares de miles de turistas a la zona. Por ello, establecen convenios con las líneas aéreas de “bajo coste”, que reciben aportaciones económicas suplementarias para conseguir esos objetivos. Un millón de euros, por ejemplo, por cada 10.000 pasajeros transportados. Por eso, para cumplir objetivos, al final regalan billetes de avión. Es un caso de innovación en la formación de precios (o en el modelo de negocio).

Vayamos con los coches: ¿es peligroso un vehículo autoconducido? Por supuesto, lo es, pero el grueso de la I+D estratégica de las compañías que ofrezcan sistemas de autoconducción irá a resolver ese problema. Además, como ya se ha dicho en múltiples ocasiones, no tendremos algoritmos de 90 años al volante. Ni algoritmos distraídos mirando su móvil. Ni algoritmos alcohólicos. Por otro lado, debemos pensar en clave de “sistema”: cada vehículo no será un electrón libre orbitando por las calles. Estará conectado electrónicamente, con sistemas redundantes, a todo su entorno y al resto de vehículos, en un modelo similar al del tráfico aéreo. 

¿Y, por dónde empezará la transformación del modelo de movilidad? Posiblemente por zonas urbanas. Quizá llegue un día en que el Ayuntamiento de Barcelona, o de Madrid, o de Hong Kong, licite todo su sistema de tráfico urbano a alguna gran compañía proveedora de servicios de movilidad. Podría ser Volkswagen. O quizá Tesla. O, a lo mejor, Google. Quizá en algún momento, 10.000 vehículos eléctricos Google autoconducidos (robotaxis) serán los únicos que circulen por Barcelona. Y los habitantes de Barcelona podrán escoger entre comprarse un automóvil propio, por unos 30.000 €, sabiendo que la utilización media de un vehículo es del 4% de su tiempo y que, además, tendrá serias restricciones de circulación en zona urbana; o abonarse a un servicio que por 30 € mensuales le ofrecerá un forfait completo de movilidad, con el compromiso de que usted tenga un vehículo a su disposición, en cualquier punto de Barcelona, en 60 segundos (si no, le bonificarán el retardo). El producto (el automóvil) se convertirá en servicio (como en el caso de los aviones). 

Claro que, el licitador de la movilidad de Barcelona (o de Nueva York, o de Shanghái) podría ser también... ¡Amazon! ¿Por qué no? Al fin y al cabo, probablemente antes de extender los servicios de movilidad autoconducida para humanos, éstos se probarán en contextos de tráfico de mercancías. Y, ¿quién mejor que Amazon para generar una primera flota de camiones de transporte sin conductor, donde probar y perfeccionar la tecnología, para luego atacar el mercado masivo? ¿Veremos Barcelona poblada por 10.000 coches inteligentes Amazon transportando individuos (no paquetes) arriba y abajo? ¿Será Amazon el líder de la movilidad urbana? ¿Desbancará Amazon a Volkswagen o a General Motors? ¿Será el transporte de paquetes el gran campo de experimentación de la futura movilidad personal autoconducida? ¿Será Amazon el líder futuro del sector del automóvil? En el mundo de las plataformas digitales, todo es posible.

16 de abril de 2017

EMPRENDIMIENTO DIGITAL

Según la consultora Accenture, 10 millones de puestos de trabajo pueden ser creados en los próximos años por jóvenes emprendedores operando en tecnologías digitales en las economías avanzadas (ver informe aquí). Los entornos ideales para hacerlo son los vibrantes ecosistemas conformados por nuevas generaciones de nativos digitales, nacidos con visión global ("born global"), trabajando en contacto directo con empresas tecnológicas, universidades, centros de investigación y fondos de capital riesgo financiero. Barcelona ha construido un ecosistema como este, que pivota alrededor de dos instituciones de referencia: la Mobile World Capital, organizadora del Mobile World Congress (la mayor exposición de tecnología e innovación digital del planeta), y Barcelona Tech City (uno de los mayores clústeres -concentraciones de empresas y agentes relacionados- digitales de Europa).

La transformación digital afecta a la totalidad de los sectores de la economía. Una docena de nuevas tecnologías digitales está emergiendo y cambiando las reglas de juego de la práctica totalidad de sectores económicos. Big data, inteligencia artificial, impresión 3D, internet de las cosas, o blockchain, entre otros, transforman los modelos de negocio y ofrecen infinitas posibilidades de creación de nuevas empresas con potencial disruptivo.

Sin embargo, como el propio informe de Accenture apunta, para desarrollar una dinámica de crecimiento económico basada en la nueva economía digital, y aprovechar las oportunidades que ésta ofrece, hay que desarrollar el talento necesario. Talento que no requerirá las capacidades que eran imprescindibles para trabajar en los antiguos entornos industriales, bajo paradigmas de estabilidad y producción en masa. En el futuro inmediato, como recomienda el World Economic Forum (ver aquí), las capacidades principales serán la resolución de problemas complejos, el pensamiento crítico, y la creatividad.

Para afrontar estos retos, la Universidad de Vic- Universidad Central de Cataluña ofrecerá un nuevo Grado Universitario en Emprendimiento Digital orientado a formar a los nuevos emprendedores digitales. Un Grado de 3 años, estructurado sobre continuos proyectos reales de emprendimiento digital según metodologías avanzadas de aprendizaje basado en problemas. En el Grado se darán los contenidos necesarios en estrategia, marketing, finanzas, dirección de operaciones, gestión del talento, tecnología digital y diseño gráfico para que el alumno complete su formación con la creación de su proyecto real de empresa. Los alumnos saldrán con su propia start-up en la mochila, lista para iniciar las primeras rondas de financiación. El Grado se impartirá en el Campus de Granollers de la UVic-UCC, en las instalaciones de un centro de emprendimiento real.

El Grado seguirá nuestro decálogo metodológico propio, ya utilizado en el resto de grados de la Facultad de Empresa, bautizado como "Live Creativity":

1. Las clases magistrales no superarán nunca los 30 minutos. El profesor es un facilitador y un coach, más que un transmisor de información unidireccional.
2. Los alumnos trabajarán en equipo, fomentando las dinámicas "coopetitivas" (cooperación + competición)
3. Cada asignatura contemplará lectura y revisión crítica de libros de actualidad y de últimas tendencias del objeto del estudio.
4. Cada asignatura incorporará, significativamente, seminarios impartidos por profesionales en activo.
5. Cada asignatura incorporará, significativamente, el trabajo a través de casos prácticos y metodología de simulación.
6. Cada asignatura incorporará salidas externas de estudio de casos reales ("field trips").
7. Se utilizarán metodologías cooperativas para construir los marcos teóricos. Los alumnos buscarán la información, que será integrada en el aula ( "flipped learning").
8. Cada asignatura incorporará un mínimo de una actividad de investigación por equipo de trabajo, potenciando el espíritu crítico, con el fin de experimentar el método científico.
9. Las sesiones de trabajo en equipo se desarrollarán preferentemente en el Live Creativity Lab, con uso activo de material digital y audiovisual de apoyo.
10. Se fomentará la multidisciplinariedad, la multiculturalidad y el trabajo en equipos multiasignatura.

Como aperitivo, junto con 4YFN, la plataforma de emprendimiento digital de la Mobile World Capital, estamos organizando una semana intensiva de creación de empresas digitales para jóvenes preuniversitarios, en Vic (16-22 de julio)

Para más info: xavier.ferras@uvic.cat

8 de abril de 2017

¿Y QUIÉN PAGA LA FIESTA?

A consecuencia del artículo publicado en La Vanguardia la pasada semana sobre Renta Básica Universal, he recibido gran cantidad de e-mails y de comentarios. La mayor parte, de interés. Algunos, de escepticismo. La gran pregunta de los escépticos es: ¿y quién paga la fiesta?

La misma pregunta se la podría haber hecho un campesino medieval si alguien le hubiera hablado algún día de educación o sanidad universal; o un obrero de la industria algodonera de finales del siglo XIX si hubiera oído hablar de jubilación. ¿Y de dónde salen los recursos? Tendemos a imaginar el futuro con las condiciones de contorno y las restricciones del pasado. Recordemos que estamos hablando de la inmersión en un nuevo paradigma, en el cual justo estamos entrando. Un paradigma, el de la tecnificación digital masiva que, a diferencia del de la producción en masa de Henry Ford, dispara la productividad pero no crea empleo en masa.

Recordemos que una Renta Básica Universal significaría el pago de un cheque mensual e incondicional a cada individuo, que le permita mantenerse sobre el umbral de la pobreza. Pongamos, 1.000 € mensuales. Las preguntas que me llegaron me han hecho imaginar una hoja de ruta para la implementación de la Renta Básica:

1.       ¿Y quién paga la fiesta? En una economía low-cost, nadie. Olvidémoslo. El primer paso es avanzar, ahora sí, hacia una economía hiperproductiva y basada en conocimiento. Primero hay que hacer los deberes. Quizá es el momento de dejar de cantar las excelencias de la ciencia de per se, y empezar de verdad a inyectar conocimiento y tecnología a la economía. Para ello, se requieren políticas masivas de estímulo de la inversión en ciencia y tecnología industrial.
2.       Suponiendo que ya disponemos de una economía dinámica y competitiva basada en innovación (pero probablemente, incapaz de crear suficiente empleo), cabe reformar la fiscalidad, creando un fondo de fiscalidad tecnológica (“que los robots paguen impuestos”). Imaginemos un gobierno que ha apoyado firmemente la creación de start-up’s, el desarrollo tecnológico y la digitalización, y en un momento dado empieza a recoger importantes royalties de los frutos de la tecnología (Israel ha instrumentado ya mecanismos en este sentido). O imaginemos impuestos progresivos sobre aquellas empresas cuyo ratio de beneficio/ empleo sea mayor (las que ganen más dinero con menos empleados). Recordemos que los grandes gigantes digitales hoy tienen ratios de ingresos de casi 2 millones de dólares, y beneficios de casi 300.000 dólares, por empleado, y ese es el modelo de empresa que se está extendiendo y creciendo por todos los nichos de la economía. La economía digital no distribuye riqueza en forma de salarios como sí lo hacía la vieja economía industrial.
3.       Una vez incrementados los ingresos fiscales, especialmente la fiscalidad tecnológica, reformemos en profundidad todas las redes asistenciales. La Renta Básica Universal significaría la eliminación de las infinitas e ineficientes microayudas a la inserción, a la formación, al reciclado de profesionales, etc. Eliminemos también la burocracia relacionada a la gestión de esos subsidios.
4.       Hiperflexibilización del mercado de trabajo, fomentando los empleos part-time, y facilitando al máximo la entrada y salida del mismo. Con una Renta Básica Universal como seguro elemental, se podría plantear el despido libre. Las empresas, así, sería más reconfigurables y adaptativas ante los cambios del entorno, y estarían formadas por los equipos más motivados y productivos.
5.       La Renta Básica Universal significaría la eliminación de los subsidios de desempleo. Su lógica es perversa: son subsidios que se conceden a condición que el individuo no tenga ingresos, incentivándolo precisamente a no tenerlos para no perder los subsidios. Se frena la iniciativa y el emprendimiento, y se queda cautivo de este tipo de ayudas. También substituiría a las pensiones.
6.       Para mitigar su impacto inicial, la implantación de la Renta Básica Universal podría ser progresiva, y se concedería sólo a adultos a partir de los 18 años.

Inversión en una economía basada en conocimiento, creación de un fondo fiscal sobre la tecnología, eliminación de subsidios ineficientes y substitución de todo lo preexistente por un solo mecanismo de redistribución. No lo veo tan imposible. Sin embargo, todavía surgen dudas razonables. Una de las críticas a la Renta Básica Universal es la posibilidad de que inmediatamente genere un alza inflacionaria de los precios que cree un “nuevo cero”. Podría ser, hay que estudiarlo a fondo, pero como dice Scott Santers, no se trata de fabricar billetes y lanzar unos cuantos millones de euros cada año desde helicópteros. Se trata de redistribuir recursos que ya están en circulación en la economía. Por otro lado, la debilidad de la demanda es tal que ni siquiera las expansiones cuantitativas (con la fabricación de nueva moneda) de la Reserva Federal Americana en los últimos años han generado inflación. Se trata de revitalizar clases medias empobrecidas y sacar de la pobreza a los excluidos. Cosa que, por otra parte, es necesaria para estimular la demanda y que la economía vuelva a entrar en un círculo de crecimiento virtuoso y equilibrado.

El problema más serio, sin embargo, es la necesidad de controlar el efecto llamada y la implantación de la Renta Básica de forma simultánea y bajo acuerdos internacionales. Un gran proyecto transformador e ilusionante, por ejemplo, para la vieja y fragmentada Europa.

¿Y quién paga la fiesta, pues? La fiesta la paga uno de los recursos más abundantes que ha generado la humanidad: la tecnología. La misma tecnología que impulsa la robotización masiva y la pérdida de empleo, a una escala y velocidad las sociedades no pueden soportar. ¿Utopía? Creo que técnicamente es posible. La alternativa al debate la estamos viendo cada día en los medios de comunicación: absurdas fragatas en Gibraltar, tensión entre Rusia y Estados Unidos en Oriente Medio, amenazas de Turquía a Alemania, y atentados en Estocolmo. Un paisaje digno de los años previos a la Primera Guerra Mundial.


(Por cierto, vale la pena leer hoy la entrevista en La Vanguardia al experto en robótica David Wood. Me suena que estamos bastante alineados).

2 de abril de 2017

RENTA BÁSICA UNIVERSAL

Imaginemos que nos ofrecen el equivalente a 1000 € mensuales de por vida, por el simple hecho de ser ciudadanos, e independientemente de nuestras condiciones laborales (tanto si trabajamos como si no). ¿Cómo nos comportaríamos? Este es el principio de la Renta Básica Universal (RBU), un mínimo garantizado que nos permita mantenernos sobre la línea de pobreza, una propuesta de innovación social que empieza a tomar fuerza creciente en el mundo del capitalismo postcrisis. Parece una locura, pero más y más expertos se interesan por el tema, mientras la automatización masiva expulsa millones de personas de sus empleos. 

La economía ortodoxa nos dice que ante un cambio tecnológico que aniquila viejos sectores, el ingenio emprendedor siempre consigue generar fuentes equivalentes de empleo. Ya, pero, ¿y si esto no pasa? La economía no es una ciencia pura. Las leyes económicas no son como la ley de la gravedad. El hecho de que siempre haya pasado no significa que vuelva a pasar. Especialmente ante un escenario de vertiginoso cambio tecnológico. Sólo hay que mirar los recientes datos de cierres masivos de establecimientos comerciales en Estados Unidos. Empresas como The Limited, J.C Penney, Sears, Kmart, Macy’s o Abercrombie están bajando definitivamente las persianas de centenares de sus puntos de venta, en lo que la revista Business Insider ha venido a llamar apocalipsis comercial. Un tercio de las antaño vibrantes grandes superficies comerciales norteamericanas se encuentran en peligro de desmantelamiento, con las implicaciones que ello tiene en la geografía y en la dinámica urbana. Muchas de las grandes marcas de distribución intentan cambiar a la desesperada sus modelos de venta al canal digital, mientras Amazon se convierte en la gran interfaz comercial global. El apocalipsis industrial que vivió Estados Unidos por los efectos de la crisis, la globalización y el cambio tecnológico se ha trasladado ahora al comercio. Las grandes plataformas tecnológicas se expanden a la práctica totalidad de los sectores económicos, y se convierten en las mayores empresas del mundo, desbancando a petroleras, farmacéuticas o automovilísticas. Los cinco gigantes digitales (Apple, Google, Microsoft, Amazon y Facebook), tuvieron en 2016 unos astronómicos ingresos de 1,2 millones de dólares por empleado, unos beneficios de 284.000 dólares por empleado, y una capitalización bursátil de 8,1 millones de dólares por empleado. Mucho dinero y muy poco empleo. El mundo digital es un mundo de unos pocos ganadores. La dinámica que se establece en los mercados digitales es conocida como the winner takes it all, nombre inspirado en la famosa canción homónima de ABBA: todo se lo lleva el ganador. El nuevo escenario económico está dominado por gigantes digitales, con imbatibles economías de escala y de alcance, reconocidas marcas, potentes y ubicuos interfases de llegada al usuario final, acceso a bases de datos masivos y procesos automatizados dirigidos por algoritmos de inteligencia artificial creciente. Eso, y plantas de manufactura pobladas por robots. Los salarios, el principal mecanismo de distribución de riqueza del capitalismo precrisis, están desapareciendo a medida que disminuye la oferta de empleo. Técnicamente, parece posible un mundo donde el trabajo esté reservado a las máquinas, no a los humanos. Pero si no buscamos mecanismos de redistribución del valor, como alertó Thomas Picketty, corremos el riesgo de volver a épocas donde la acumulación del capital en unas pocas manos, y su herencia, determinaban los destinos sociales y las posibilidades de prosperar de los individuos.


Por todo ello, desde los cenáculos de la innovación y la tecnología emerge la idea de la Renta Básica Universal. La extensión de la desigualdad, el estancamiento de los salarios y el empobrecimiento de las clases medias requieren abrir este debate. No se trata de criticar el capitalismo, sistema que nos ha permitido llegar a cotas de desarrollo jamás vistas, y que sigue extrayendo de la pobreza a millones de personas. Se trata de admitir que nos hallamos ante un nuevo y desconocido paradigma. Tampoco es un tema patrimonio de izquierdas o de derechas. Para las izquierdas, la RBU sería el mecanismo final de erradicación de la pobreza. Para las derechas, una oportunidad de dotar al individuo de libertad y responsabilidad de autogestión, pues la RBU significaría también el desmantelamiento de costosas e ineficientes redes de asistencia social (el American Enterprise Institute, un poderoso think-tank conservador americano pidió una renta de 13.000 $ anuales para todo americano). Money for nothing. Una renta incondicional a cambio de nada. 

¿Tiene sentido? Los estudios en curso indican que una parte de la población renunciaría a trabajar. Pero, ¿no es esa la parte de población menos productiva, y que ya salta de subsidio en subsidio? Otra parte equivalente, viendo su riesgo reducido, decidiría emprender sus propios negocios, fomentando la innovación y creando empleo. Además, la RBU eliminaría incontables gastos sanitarios, educativos, y sociales asociados a la pobreza y la exclusión. La RBU substituiría pensiones y prestaciones de desempleo. Desaparecerían los incentivos perversos (subsidios sólo a quien no trabaja, incentivándolo a no trabajar). ¿Y si, además, la RBU viniera acompañada de flexibilización del mercado laboral? ¿RBU más despido libre? ¿No tendríamos así economías más competitivas? Hoy, en un escenario repleto de Trumps y Brexits ningún debate debe ser tabú. Sabemos que ahora es imposible, y que los problemas colaterales son muchos. Pero la RBU es algo a contemplar en el horizonte de un mundo de exuberancia tecnológica, empresas hiperproductivas y peligro de retorno a tiempos revolucionarios.

(Publicado originariamente en La Vanguardia, el 02/04/2017)

26 de marzo de 2017

TECNOLOGÍA Y ÉTICA: LA ÚLTIMA FRONTERA

Un vehículo autoconducido se desplaza a toda velocidad a través de una avenida, en una ciudad cualquiera. De repente, se produce un error fatal: algo ha fallado en el sistema de freno. Ante el automóvil, hay un paso de peatones, en el cuál se encuentran una mujer embarazada y un niño. El coche no puede frenar. El procesador y los sistemas de radar del vehículo se hacen una composición de lugar en milésimas de segundo: atropellar fatalmente a los peatones, o desviarse hacia el carril contrario, por donde se acerca otro automóvil. Los algoritmos inteligentes saben que el choque será brutal, y significará la muerte del pasajero. ¿Qué decisión tomará? ¿Atropellar a los peatones o chocar contra el vehículo que se acerca en dirección contraria? La mente humana no tiene tiempo de tomar esa decisión, actúa de forma instintiva. Pero una centésima de segundo es una eternidad para un procesador de última generación: puede decidir entre dos opciones traumáticas. ¿Qué escogerá el software madre: matar a una familia con niños pequeños o matar a su pasajero?

La seguridad en los automóviles autoconducidos será un factor absolutamente crítico (al nivel de la aviación), cada accidente será analizado con precisión y el software de la totalidad del parque autoconducido se actualizará y mejorará con cada incidencia. Millones de dólares en seguros estarán en juego. Pero, por primera vez, quizá en la historia de la humanidad, una máquina deberá tomar decisiones de vida o muerte sobre humanos. La nueva frontera de la tecnología es también la nueva frontera de la ética. ¿Qué principios deben guiar las decisiones de la inteligencia artificial? He aquí un debate que dará para larguísimos ensayos en los próximos años.

Source: MIT Moral Machine, en WEF
Las implicaciones éticas de las nuevas tecnologías van mucho más allá de los vehículos autoconducidos. Google o Facebook pueden trazar perfiles psicológicos precisos de todos nosotros ¿Qué uso harán? ¿Se pueden utilizar redes sociales, de uso masivo, para influir en el resultado de unas elecciones? ¿Se puede predecir el resultado de unas elecciones usando big data a partir de los comentarios masivos de votantes en los días previos, en las redes sociales? Y, si se puede, ¿una gran corporación digital puede también intentar cambiarlos mediante acciones específicas en dichas redes?

Hace ya tiempo que se está hablando de las implicaciones económicas y éticas de la revolución genómica: ¿quién más interesado que nuestra compañía de seguros, en conocer nuestro código genético y saber las probabilidades que tenemos de contraer un cáncer en los próximos años – con el incremento de la prima que esta información comportaría en nuestro seguro de vida? ¿Podemos programar a nuestros bebés activando los genes precisos para que tengan un coeficiente de inteligencia de 150?

¿Y qué tal con los drones? ¿Nos gustaría ver un dron sobrevolando nuestro apartamento equipado con una máquina de vídeo, junto a la ventana, mientras nos duchamos? O, ¿nos gustaría ver a nuestro hijo de 8 años estableciendo una animada conversación con un bot digital, con expresión facial indistinguible al de una angelical joven a través de su iPad, como los inquetantes chatbots de la startup Soul Machines? ¿Qué le estará explicando? ¿De qué habla mi hijo con un robot?

Y, si los sistemas de inteligencia artificial siguen progresando en su capacidad de interacción con el entorno, de interpretación de datos y de generación de resultados, ¿podría un algoritmo inteligente, por ejemplo, registrar una patente a su nombre? ¿Podría detectar una oportunidad de negocio y reclamar derechos sobre la misma? ¿Podría un robot ser emprendedor? Al fin y al cabo, una sociedad mercantil es una entelequia jurídica ficticia, propietaria de bienes y responsable de actos ante la ley. ¿Podría tener forma jurídica, propiedades y responsabilidades, un robot?

Creo que las tres leyes de Asimov (un robot no puede herir a un humano, un robot debe obedecer a los humanos, y un robot debe proteger su existencia mientras esto no suponga violar alguna de las dos primeras leyes) se nos van a quedar muy cortas ante la inmensa casuística y los apasionantes dilemas morales a los que nos está llevando la era de las tecnologías exponenciales.


(Para más info, ver The Moral Dilemmas of the Fourth Industrial Revolution, del World Economic Forum)

19 de marzo de 2017

TECNOLOGÍA Y DESIGUALDAD: THE WINNER TAKES IT ALL

El 21 de julio de 1980 llegó a los mercados el álbum Super Trouper, del grupo musical sueco ABBA. Su primera canción era una preciosa balada, The Winner Takes it All (“El ganador se lo queda todo”), que relataba la dolorosa experiencia de una separación, cantada con la inolvidable voz de  Agnetha Fältsokg. El título se ha utilizado posteriormente para describir, en economía, aquéllas dinámicas en que el equilibrio final pasa por una concentración de valor en un solo agente económico. Los mejores jugadores en ese juego son capaces de obtener los mayores retornos, dejando al resto en posiciones meramente residuales. Un primer ejemplo se dio en los 80, cuando IBM decidió abrir su estándar de ordenador personal. En un agresivo movimiento estratégico, IBM permitió a otros fabricantes copiar su tecnología original. Miles de proveedores de bajo coste (“clónicos”) invadieron el mercado. Dada la necesidad de compatibilidad entre ordenadores, y la accesibilidad del estándar IBM PC, éste se convirtió en el modelo dominante durante casi dos décadas, con cuotas de mercado cercanas al 95%. Apple, uno de sus principales competidores, se quedó con un residual 2%. Las compañías digitales, como Facebook o Snapchat tienen potentes efectos de red: a mayor número de usuarios, mayor incentivo para el enésimo usuario a conectarse a la empresa de referencia, dejando poco espacio a competidores. Los fuertes efectos de red crean monopolios naturales. El mundo start-up es así: the winner takes it all.

El problema es que la nueva economía digital, en su integridad, se está convirtiendo en un juego “the-winner-takes-it-all”.  Silicon Valley es el paradigma de esta dinámica. El salario medio en el Valley es de 94.000 $ anuales., muy por encima de la media en EEEUU (53.000 $). Pero más del 30% de los empleos son retribuidos a menos de 16 $ por hora, por debajo de lo que es necesario para mantener una familia en una zona, además, con un muy elevado coste de la vida. Según MIT Technology Review, en el centro de Palo Alto, casi cada banco público está habitado por homeless excluidos del sistema.

Los economistas alertan desde hace tiempo de que los salarios, ajustados por la inflación, se han mantenido estables o han decrecido desde 1970. Thomas Picketty analizó la extensión  de la desigualdad en su magistral Capital in the Twenty-First Century. Sus investigaciones llegaron a la conclusión que la desigualdad en la distribución de salarios en EEUU es hoy “probablemente superior que en cualquier otra sociedad, en cualquier momento de la Historia, en cualquier lugar del mundo”. La mayor parte del 0,1 % de profesionales con mayores rentas son “supermanagers”, altos ejecutivos con salarios desorbitantes, muchos de los cuales trabajan en empresas que crecen (“se escalan”, en el lenguaje startup) sin necesidad de crear empleo. Desaparece así el principal mecanismo de distribución de la riqueza del capitalismo precrisis: los salarios. Pero existe otro problema mayor: la práctica totalidad del valor generado por el incremento de productividad debido al cambio tecnológico no revierte en salarios (sean éstos iguales o desiguales), sino en rentas de capital (retribución a los accionistas). Nuevamente, aparece el esquema “the winner takes it all”: quien tiene capital inversor, invierte e incrementa su capital. Quien no lo tiene, con cada vez menores posibilidades de prosperar por rentas del trabajo, queda marginado en el sistema. Picketty alerta de un sistema donde la acumulación de capital, y la herencia del mismo determina (como en la Edad Media) los destinos sociales y la posibilidad de prosperar de los individuos.

Todavía creemos en un mundo donde nuestro talento, habilidades y educación nos permiten prosperar. Pero parece que la evidencia económica nos está llevando, desafortunadamente, a otro escenario. El gran reto del futuro, como comenta Guillermo Dorronsoro en su último post, “no es hacer máquinas cada vez más inteligentes, sino conseguir que esas máquinas sirvan a todos, no sólo a unos pocos”.


Mientras, los fabricantes de robots siguen con espectaculares avances. Mirad este increíble vídeo de Boston Dynamics. Por cierto, alguien que entiende mucho del tema me ha comentado que los mejores rendimientos en bolsa los dan, precisamente, empresas de robótica ;-)



10 de marzo de 2017

TRANSFORMACIÓN DIGITAL

¿Es la “transformación digital” el último buzzword de la innovación (palabreja de moda sin sentido)? ¿De qué hablamos cuando hablamos de “transformación digital”? Hace tres décadas irrumpieron los primeros sistemas informáticos de control de la producción (MES, Manufacturing Executing Systems), sistemas electrónicos que permitían la planificación de la producción y la trazabilidad de stocks en las plantas industriales. Las máquinas empezaban a estar gobernadas por computadores. La extensión de los sensores y autómatas programables informatizó los procesos industriales. Fue el inicio de la transformación digital de la empresa.

Pronto se extendió el control digital a capas superiores de gestión: calidad, mantenimiento, y finalmente planificación financiera, compras, y recursos humanos. Era la época de los ERPs (Enterprise Resource Planning): la globalidad de la gestión productiva y financiera de la compañía se visualizaba a través de pantallas de PC. Empresas como SAP u Oracle crearon referentes de buenas prácticas en gestión informatizada, y las pequeñas y medianas empresas se lanzaron a una carrera de incorporación de paquetes ERP para afinar la totalidad de sus procesos de gestión. Los CRM (Customer Relationship Management) completaron la arquitectura de los sistemas de información corporativos por el flanco del cliente. El CRM permitía una correcta segmentación, interpretación y fidelización de los mercados, mejorando la efectividad del márketing. Todos los procesos de negocio habían incorporado sistemas de información. Estábamos a final de los 90.

Internet, y  la burbuja dotcom engulló el boom de la informatización empresarial: la transformación digital  se extendió a la cadena de suministro durante los 2000, época en la cual emergió con fuerza inusitada el concepto de innovación en management. La innovación, a su vez, se tragó a internet, que se convirtió en un instrumento para generar nuevos modelos de negocio. Los originales gurús de internet se convirtieron en gurús de innovación. Los nuevos tiempos exigían la sincronización de los equipos de I+D de clientes y proveedores, con lo cual se integraron, en una vuelta de tuerca informática más, los sistemas digitalesde soporte a la I+D, bajo el nuevo paradigma de innovación abierta.

Pero hoy la transformación digital es mucho más que la incorporación de nuevas estructuras de soporte digitales a los procesos de negocio, sean cerrados (en el interior de la empresa) o abiertos a terceros. Tampoco es sólo la apertura de nuevos canales digitales de venta. La transformación hoy va de absorción estratégica de nuevas tecnologías disruptivas, todas ellas de base digital. Y es que la digitalización del mundo ha generado un fenómeno inusual: ha acelerado exponencialmente el desarrollo de nuevas tecnologías, y todas ellas llegan simultáneamente con una potencia sin precedente. La transformación digital es el resultado de la absorción, interpretación, implementación e institucionalización de este conjunto de tecnologías digitales. Entre ellas, Big Data (el tratamiento de los flujos masivos de información disponibles hoy a raíz, precisamente de la revolución digital, flujos que provienen de datos corporativos, datos de mercado, datos institucionales y redes sociales), Internet of Things (la evolución hacia un mundo de conectividad total: todo objeto estará conectado y en comunicación con el resto de objetos, evolucionando hacia lógicas e inteligencias sistémicas, no individuales), 3D-Printing (la posibilidad de imprimir, mediante tecnologías aditivas, cualquier objeto en cualquier punto, con customización total del mismo), robótica e inteligencia artificial (the next big thing: máquinas capaces de capturar datos del entorno –incluso entender voz natural o textos escritos-, procesar la información, extraer patrones, predecir eventos, tomar decisiones, dar instrucciones a otros sistemas, responder en voz natural, y aprender de sí mismas).

La aplicación combinada de estas tecnologías en la industria ha generado el nuevo paradigma de Industria 4.0: un modelo industrial capaz de competir a la vez en coste (con las ventajas de la producción en masa) y en flexibilidad (personalizando el producto), cosa incompatible hasta hace pocos años. Un modelo capaz de incrementar de forma sostenida su productividad mediante autoaprendizaje. Un modelo industrial dirigido por datos, eficiente y sostenible medioambientalmente.


¿Existen metodologías de transformación digital? ¿Se puede sistematizar la transformación digital de la empresa? Efectivamente, se puede evaluar sistemáticamente cómo aplicar cada una de estas tecnologías transformadoras a cada proceso de negocio, a producto, a experiencia de consumidor o a los mecanismos de comunicación y márketing empresariales. Se puede también explorar cómo generar nuevos modelos de negocio sinérgicos con el core business (o no) en base a esas tecnologías disruptivas. Se puede (y se debe) planificar la transición y diseñar el ecosistema que nos acompañará en este viaje. Existen metodologías que nos permiten implementar la transformación digital con eficiencia, viejas conocidas en el mundo de la innovación: design thinking, canvas, lean start-up, open innovation y blue ocean. Todas ellas aplicadas al enorme reto que tenemos por delante: convertir nuestras viejas corporaciones en nuevos fórmula 1 digitales preparados para competir en el mundo conectado de la hipervelocidad, de los datos masivos y de la inteligencia electrónica.

4 de marzo de 2017

REGIONAL COMPETITIVENESS INDEX 2016

Estos días se ha publicado el Regional Competitiveness Index 2016, el índice trienal que mide la competitividad de las regiones europeas a partir de un conjunto de indicadores básicos (calidad de las instituciones, estabilidad macroeconómica, infraestructuras, sanidad y educación básica), eficiencia (tamaño de los mercados, comportamiento del mercado de trabajo y calidad de la educación superior), e innovación (capacidad tecnológica y sofisticación empresarial). El resultado muestra la potencia y arrastre de las zonas urbanas e industriales de los países del norte europeo, y la fuerza con que estos entornos salen de la crisis.


Los líderes europeos mejoran substancialmente: 18 de las 38 regiones alemanas incrementan su competitividad respecto a 2010, mientras que las 20 restantes mantienen las posiciones que ya tenían entonces. Aun así, en el último trienio la fuerza competitiva de Alemania se ha reducido ligeramente: 4 de sus regiones pierden posiciones respecto a 2013. Claro que la salida de la crisis fue espectacular: en 2013 sólo 5 lander mantenían sus posiciones respecto a 2010. 34 habían ascendido en el ránking. Alemania implanta su Industria 4.0 y mejora su economía a velocidad de crucero.

En Francia,  12 de sus regiones progresan positivamente respecto a 2013, mientras que 14 se mantienen y sólo una desciende (aunque se trata de Guayana, fuera del espacio europeo). 13 de sus regiones también ascienden en el ránking respecto a 2010, y ninguna retrocede en ese lapso post-crisis. En Reino Unido, 4 regiones ascienden respecto a 2013, y 33 se mantienen. Desde 2010, son 13 regiones las que ascienden en la clasificación, mientras 24 se mantienen y ninguna retrocede. Portugal muestra un comportamiento digno: aunque Azores desciende en el ránking respecto a 2013 (donde 7 regiones se mantienen), 3 de ellas experimentan un ascenso respecto a 2010. Tengo la impresión de que Portugal está haciendo los deberes. El excelente nivel de inglés de algunos alumnos portugueses me lo confirma.

En España, 16 de 17 Comunidades Autónomas se mantienen en posiciones similares desde 2013. Aunque desde 2010, son cuatro las Comunidades que pierden posiciones: Catalunya, Valencia, Andalucía y Murcia. Sólo cuatro de las 17 mejoran su posición respecto a 2010: Ceuta, Melilla, Cantabria y La Rioja. Resultados más que modestos. Claro que siempre nos queda el consuelo de mirar a Italia: 11 de sus regiones pierden competitividad respecto a 2010. Sólo 3 ascienden ligeramente (Aosta, Bolzano y Trento). 7 consiguen mantenerse a duras penas.

Catalunya se encuentra en la posición 153 de 263 regiones europeas. Respecto al conjunto de regiones con PIB similar, presenta debilidades en su estabilidad macroeconómica, calidad de la educación superior y de la formación continua, y eficiencia del mercado de trabajo. En 2010, Catalunya ocupaba la posición 103 de 268, muy por encima de la media europea. Hoy estamos ligeramente por debajo. Hemos perdido 50 posiciones en 6 años.

Existe un profundo gap de competitividad y conocimiento en Europa. La línea marcada por los Alpes y el Rhin delimita la frontera de la Europa industrializada y tecnológicamente sofisticada del Norte, que sigue avanzando decididamente hacia la construcción de economías innovadoras, y se prepara para la batalla del liderazgo global con China y (quizá) con Estados Unidos (si Trump deja algo en pie). El nuevo paradigma de Industria 4.0 eclosiona en Alemania y Austria. Dinamarca, Suecia y Finlandia consiguen cimentar países ricos, socialmente equilibrados y basados en conocimiento. Francia quiere sumarse. Y el Reino Unido construye una ambiciosa estrategia industrial post-Brexit.


Hay que recuperar el tiempo perdido, preocuparnos de verdad por la construcción de una economía capaz de competir en el mundo global y empezar a preguntar a nuestros líderes políticos cuándo vamos a vernos en posiciones razonables en los ránkings de competitividad. Pedirles que nos expliquen exactamente en qué momento cruzaremos la barrera del 3% de inversión en I+D sobre PIB, objetivo marcado para 2020. Deberían saberlo. En 2010 deberíamos haber estado ya en el 2%, hoy Catalunya está en el 1,50% y España en el 1,24. Habría que preguntarles con qué políticas, con qué presupuestos, con qué lógicas, con qué indicadores y con qué efectos multiplicadores vamos a llegar. Si dejamos que el mercado, espontáneamente, nos haga ganar competitividad, el inmenso gap europeo no hará más que profundizarse.

25 de febrero de 2017

¿PAGARÁN IMPUESTOS LOS ROBOTS?

Hace pocos días, Bill Gates declaró a la revista Quartz que “los robots deberían pagar impuestos”. Este es un debate creciente en los últimos tiempos. Parece lógico que, si un robot substituye a un humano, al menos se haga cargo de los pagos a la Seguridad Social para que esa persona tenga derecho a una pensión de jubilación. Un periodista del diario La Vanguardia me llamó para entrevistarme al respecto. Incluso, me preguntó si los robots, dado que pagarían impuestos, tendrían derechos como los humanos (por ejemplo, a la baja laboral). El artículo final apareció el pasado domingo (leerlo aquí).

Mi posición es la siguiente: la idea de ser sustituidos por androides (autómatas con aspecto humano) es incorrecta. La imagen que tenemos del robot como una especie de humanoide antropomorfo que emula comportamientos humanos es equivocada. No seremos substituidos por esos ciborgs. Seremos substituidos por tecnología, en todas sus diferentes formas: brazos electromecánicos en las líneas de proceso, dumpers y toros autoconducidos en almacenes, pantallas táctiles y asistentes personales inteligentes en los puntos de atención al cliente, algoritmos autónomos en automóviles, y centros avanzados de proceso de datos en tareas cognitivas de management y toma de decisiones. La automatización va a penetrar con una fuerza impensable e irreversible en todas las áreas de la economía y la sociedad. Pero cuando subamos a un vehículo autónomo, no encontraremos un monigote con aspecto de C3PO al volante. Simplemente, no habrá nadie. Los vehículos rediseñarán su espacio interior y se convertirán en pequeños business centers o salas de café, donde podremos trabajar con nuestro PC o leer tranquilamente el periódico mientras un algoritmo inteligente y conectado al sistema de infraestructuras de tráfico nos guía plácidamente. Las fábricas incorporarán más y más sistemas digitales y mecatrónicos. También en los niveles de gestión y toma de decisiones, hasta convertirse  en “fábricas autoconducidas” (terminología que se nos ocurrió hace poco en una interesantísima charla con Elisa Martín, de IBM). Cuando subamos a las oficinas, no veremos maniquís robotizados escribiendo en las mesas. Simplemente, no habrá oficinas: un sistema electrónico de inteligencia artificial suplirá el management de la compañía, analizando la prensa económica, recibiendo datos de producción y calidad de la cadena logística, evaluando resultados financieros y económicos, estudiando las opiniones de las redes sociales sobre los productos de la empresa, tomando decisiones y enviando consignas a las plantas de producción las 24 horas del día.

Los robots no van a pagar impuestos, simplemente porque no habrá robots como en las novelas de ciencia ficción. Pero la tecnología sí que deberá pagar impuestos si queremos diseñar un sistema sostenible económica y socialmente, donde el trabajo será un bien escaso y quizá innecesario. Hay quien dice que no. Que, como ha pasado siempre, ante un cambio tecnológico y una ola de destrucción creativa de viejas industrias y empleos, aparecerán nuevos nichos de trabajo que substituirán a los anteriores. Al fin y al cabo, la revolución industrial acabó con una economía agrícola generando millones de puestos de trabajo en las emergentes fábricas. Y, cuando éstas se fueron a países de menor coste, aparecieron economías substitutivas, basadas en servicios. Bueno, esto último ya me hace dudar. El mundo converge hacia un estado de desarrollo homogéneo, y ahora resulta que las fábricas vuelven donde sólo quedaban servicios. Y, recordemos, la economía no es una ciencia pura. Todas las piedras que hemos lanzado caen, y por ello podemos inducir que la siguiente piedra que tiremos al aire también caerá. Pero es que hay una ley de la naturaleza detrás: la ley de la gravedad. Sin embargo, no hay ninguna ley de la naturaleza que dicte que ante un cambio tecnológico siempre se generará empleo substitutivo. Quizá estemos ante fenómeno tipo "cisne negro” del filósofo y economista John Stuart Mill: aunque en el registro histórico del momento no se había observado jamás un cisne negro, eso no imposibilitaba que el próximo cisne que encontrara Mill no pudiera ser negro. No hay ninguna ley de la naturaleza que dictamine que no puedan haber cisnes negros, como no la hay que diga que todo empleo perdido por automatización será recuperado por algo substitutivo. Especialmente cuando la tecnología se desarrolla y penetra a gran escala y aceleración exponencial, como ocurre en este momento.


Los robots no pagarán impuestos. Los pagarán las rentas de la tecnología. Si no, el sistema colapsará por falta de demanda: las empresas autoconducidas, sin un empleado, no tendrán quien les compre. Nuevos mecanismos de distribución de la riqueza deben establecerse, si desaparece el trabajo. Pero para que la tecnología pague impuestos, primero debe haber tecnología. La solución final a la ecuación es la siguiente: las naciones deben desarrollar estrategias de largo plazo que incentiven la inversión en tecnología. Deben incrementar su capital tecnológico. Tienen que construir sólidos ecosistemas innovadores, con economías basadas en ciencia, y tecnología. Deben extender el paradigma Industria 4.0. Han de aumentar su productividad. Es la única manera de generar riqueza. Y, a medida que todo ello pase, se deben establecer mecanismos de fiscalidad sobre las rentas de la tecnología. Es evidente que esas empresas autoconducidas, tecnificadas e hiper-productivas, pero sin un solo trabajador, han de tributar de forma equivalente a si tuvieran empleados. Podremos, entonces (y sólo entonces) pensar de verdad en establecer una Renta Básica Universal o algo similar que permita mantener condiciones de dignidad a los excluidos de un mundo de abundancia tecnológica.

23 de febrero de 2017

MOBILE WORLD CONGRESS 2017: MOBILE IS EVERYTHING

En pocos días comenzará la nueva edición del Mobile World Congress, la gran feria tecnológica global sobre movilidad. Previsiblemente, más de 100.000 visitantes circularán por la misma, convirtiendo Barcelona en el epicentro mundial de la tecnología móvil. Catalunya se ha posicionado de forma excepcional en este ámbito, obteniendo la sede de la Mobile World Capital, y configurando un ecosistema emprendedor donde sobresale el clúster Barcelona Tech City, una de las mayores concentraciones de startups digitales de Europa. En Barcelona se respiran aires de San Francisco.

Estos días se espera la presentación de nuevos dispositivos emblemáticos de Nokia, Sony, Samsung, LG o Huawei, entre otros. Incluso, renacerá la mítica Blackberry. Más de 2.200 empresas mostrarán sus novedades en la feria. También Google, Intel, Apple o HTC. No obstante, estamos llegando al fin del paradigma actual de la telefonía móvil. Lo que ahora entendemos como "teléfono" móvil es ya básicamente un pequeño supercomputador interactivo multi-uso, y la tecnología móvil digital se extiende a la práctica totalidad de sectores. No en vano, en el MWC también habrá expositores de Ford, Mercedes o Volkswagen: el automóvil digital y conectado no será más que un gran smartphone con ruedas. Un subsegmento de la emergente nueva red del internet de las cosas (IoT). Nos tendremos que inventar un nuevo nombre para lo que ahora conocemos como "teléfono móvil", pues la función de comunicación por voz será residual y, en todo caso, no necesariamente significará la comunicación con otros individuos. Pronto podremos comunicarnos y hablar (con voz natural) con el propio dispositivo, que se convertirá en una especie de asistente digital. El progreso de la inteligencia artificial convertirá en muy poco tiempo los dispositivos móviles en sistemas inteligentes capaces de interpretar el entorno, tomar decisiones, tener iniciativas y emitir opiniones y sugerencias propias. Los actuales teléfonos móviles se convertirán en asistentes personales capaces de entender nuestros patrones de comportamiento, acceder a nuestros ficheros, leer (y contestar, si queremos) nuestros e-mails imitando nuestro estilo personal, recordarnos el cumpleaños de un amigo, reservarnos de forma autónoma billetes de avión, alertarnos sobre en qué momento debemos tomar nuestra medicina, comprarnos el último libro de innovación (sabiendo que nos gustará), avisarnos de que nuestro tío (al que no hemos visto en meses) está tomando un café en el bar de al lado (nuestro asistente estará monitorizando dónde está la gente de nuestra red de contactos), hacernos notar que tenemos la presión baja o que esta semana no hemos tomado suficiente fruta, tomar el control de nuestro automóvil y conducir por nosotros, o contactar autónomamente con el asistente personal de una chica desconocida con la que (según sus criterios) somos compatibles, y organizarnos una cita sorpresa, reservando restaurante y haciendo que envíen allí un ramo de flores. ¿Increíble? Está a las puertas: la tecnología evoluciona imparable en esta dirección. Y, si se cumple la ley de Moore (que evidencia que cada año y medio aproximadamente se dobla la potencia de computación de los ordenadores), y se aplica a la inteligencia artificial, el futuro produce vértigo: pronto podremos tener dispositivos móviles en nuestros bolsillos con coeficientes intelectuales de 100 (media de los humanos), pero de acuerdo con Moore, podemos predecir que más tarde los coeficientes de nuestras máquinas personales podrán ser de 200, 1.000, 10.000 o 100.000. ¿Nos imaginamos algo similar? ¿Y, nos lo imaginamos en nuestros bolsillos? 


La industria digital es la gran industria global, que transformará el resto de sectores industriales. Los dispositivos móviles dejarán pronto de verse como "teléfonos" y se convertirán en potentes asistentes personales. Todos ellos estarán interconectados y comunicándose autónomamente. Tendrán intuición, inteligencia, iniciativa y capacidad relacional propia. Nuestra vida cambiará en los próximos años, de forma significativamente superior y con mayor velocidad a cómo ha cambiado hasta ahora gracias a la tecnología móvil. Y todo, absolutamente todo (desde los teléfonos móviles a los vehículos autoconducidos, de los electrodomésticos a los ordenadores personales, de los semáforos  a las llaves de casa o a nuestros zapatos) se fundirá en una nueva gran red única y global de comunicaciones, una gran conexión de las cosas. Como reza el lema, mobile is everything.

Las oportunidades de negocio están a la vuelta. En los inicios de internet no podíamos imaginar qué era Facebook. Algún joven genio emprendedor, en estos momentos, en algún garaje, estará ideando el Facebook, Google o el Twitter de este nuevo paradigma de hiperconexión total e inteligencia masiva.

Artículo publicado originalmente en Viaempresa, el 20/02/2017

17 de febrero de 2017

DEJEMOS DE HABLAR DE INNOVACIÓN

En los últimos años hemos hablado demasiado de innovación. Desde finales de los 90, cuando la competencia se intensifica debido al proceso globalizador, las universidades, escuelas de negocio y organismos de promoción económica se lanzan a propagar un mensaje: hay que innovar para competir. Pero quizás hemos saturado el concepto. Quizás debemos dejar de hablar de innovación. No porque no sea necesario, sino porque hemos quemado la idea. ¿De qué hay que hablar, entonces? En primer lugar, es imperativo recuperar el concepto de estrategia. Quizá no todas las empresas entiendan que deben innovar (especialmente las más pequeñas, que a duras penas pueden atender las operaciones del día a día). Pero probablemente todas entiendan que deben tener una estrategia. Una estrategia entendida como un diagnóstico preciso de la realidad, una propuesta de valor diferencial (si no es diferencial, caeremos en la mediocridad, y en una erosiva competencia en precios), y un plan de actuaciones consistente y coherente. 

La innovación está en el corazón de toda estrategia de crecimiento. De hecho, las empresas innovan como mecanismo de diferenciación estratégica. Innovamos para diferenciarnos. Si no somos diferentes al resto, ¿por qué demonios nos van a comprar a nosotros? Si no queremos hablar de innovación, hablemos entonces de experiencia de consumidor. ¿Cómo podemos dar a nuestro cliente una experiencia superior a la que dan nuestros competidores? Porque si lo que hacemos es ofrecer la misma experiencia a menor precio, iniciamos una carrera que nos llevará a la miseria: a ver quién sobrevive con menos oxígeno (menos márgenes). O, si no queremos hablar de innovación, podemos hablar de tecnología. Porque, si no tenemos una tecnología diferencial, si cualquiera dispone de la misma tecnología que nosotros, entonces es muy probable que llegue alguien más grande, más conocido, con más marca, con más capacidad financiera o mayores economías de escala, que nos liquide. Si no queremos hablar de innovación, hablemos de cómo generamos y protegemos ventajas competitivas, aquel conjunto de atributos que nos hacen únicos, inimitables e insustituibles. Porque si somos vulgares, imitables, y sustituibles, lo tenemos muy crudo. Si no queremos hablar de innovación, hablemos de ciclo de vida: ¿en qué punto de obsolescencia se encuentran nuestros productos? Porque si son antiguos, el mercado irá optando por productos más nuevos, a no ser que desesperadamente empezamos a bajar precios. 

Si no queremos hablar de innovación, podemos hablar de todo esto. Y, en cualquier caso, destinar un mínimo de tiempo a hacer la reflexión (estratégica) sobre todas estas variables, establecer unos objetivos, y dedicar unos mínimos recursos a generar nuevas estrategias, nuevas experiencias de consumidor, nuevos productos o nuevas tecnologías. Siempre podemos decidir no hacerlo (al fin y al cabo, innovar es una decisión estratégica -y, por tanto, voluntaria). Como dijo Henry Chesbrough, innovar es arriesgado y consume recursos. Pero no hacerlo es letal

12 de febrero de 2017

AMERICA FIRST

Con la llegada de Donald Trump al poder, se ha producido en pocos días una sorprendente inversión de los roles que dos superpotencias mundiales han mantenido durante los últimos 70 años: Estados Unidos renuncia al liderazgo del proceso globalizador e inicia una involución proteccionista, mientras China se convierte en el gran defensor mundial del libre comercio. Las consecuencias de las decisiones del nuevo presidente estadounidense pueden ser profundas e irreversibles. Trump puede incrementar exponencialmente el peso de Asia en el comercio, la economía y la tecnología mundial, y consolidar definitivamente a China como nuevo líder global. La conferencia de Xi Jinping (presidente chino) en el Foro de Davos fue un indicativo: China parece dispuesta a recoger el guante que torpemente ha dejado caer Estados Unidos. Jinping, primer mandatario chino que asiste a dicha conferencia anual de líderes internacionales, lanzó públicamente en Davos una auténtica oda a la globalización. Casi en paralelo, Donald Trump hacía exactamente lo contrario en el discurso inaugural de su presidencia, iniciando un camino aislacionista sin precedentes en la historia moderna de América. Si China aprovecha la oportunidad, cogerá rápidamente el relevo del liderazgo mundial.

Estados Unidos y el Reino Unido han roto en pocos meses el orden internacional que ha regido desde hace un siglo y, especialmente, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Los antiguos aliados que liberaron Europa de la amenaza nacionalsocialista tiran la toalla, y se desentienden del viejo continente y del liderazgo mundial. ¿Cómo se ha llegado a este extremo? Sorprendentemente, los dos países donde se está produciendo esta revolución proteccionista son los países que han abanderado los preceptos de la economía noeclásica más ortodoxa también durante el último siglo. Los países donde más se ha confiado en el poder absoluto del libre mercado, los paraísos del liberalismo más extremo, y los principales enemigos de cualquier intervención estatal en la economía. Las naciones que hoy se cierran al mundo son aquéllas donde con más libertad ha campado la mano invisible del mercado de Adam Smith.

Quizá exactamente por ello se ha producido una reacción virulenta a la contra. Se han generado anticuerpos a la libertad económica. La economía ha confiado en USA y UK de forma demasiado dogmática, durante décadas, en la libre dinámica del mercado. Ha creído ciegamente que éste era el mecanismo perfecto e insustituible de asignación de recursos. Ha confiado de forma ortodoxa, casi religiosa, en que los equilibrios que el mercado generaba eran los más idóneos. En Estados Unidos y el Reino Unido ha imperado un credo económico que entendía la ciencia económica como una ciencia pura, no como una ciencia social. Pero las leyes económicas no son como las leyes físicas. Oferta y demanda no se comportan con la pureza de la ley de la gravedad, y las empresas e individuos no son como átomos alineados en un metal perfecto. Estados Unidos recientemente, y el Reino Unido desde hace medio siglo han confiado excesivamente en el libre mercado y han olvidado los fundamentos microeconómicos y las políticas públicas que sustentan una industria competitiva. Se han olvidado de diseñar un sistema nacional de innovación capaz de crear economías sólidas en el mundo global.

Lo que hoy estamos viendo se anticipaba en el magnífico libro “Innovation Economics: The Race for Global Advantage” de Robert D. Adkinson. Mientras sus competidores internacionales, especialmente China, Corea del Sur o Alemania han establecido estrategias nacionales de innovación orientadas a reestructurar sus marcos fiscales y sus sistemas regulatorios, científicos y educativos para alinearlos con su competitividad nacional, Estados Unidos y el Reino Unido han seguido confiando largamente en la famosa mano invisible de Adam Smith, que todo lo había de curar espontáneamente. Mientras sus competidores desarrollaban políticas de soporte a las cadenas de valor intensivas en I+D en sectores de alto valor añadido como instrumentación electrónica, maquinaria de precisión, semiconductores, automoción, química fina o equipos industriales, en los países anglosajones la industria languidecía y la manufactura avanzada y los centros de I+D corporativos se desplazaban a zonas con mejores ecosistemas de innovación. La lógica de Wall Street ridiculizaba las voces que reclamaban una política que asegurara inversiones de largo plazo en I+D industrial. Según Adkinson, “los líderes intelectuales de la economía neoclásica han sido la mayor fuerza opositora a la construcción de sistemas nacionales de innovación”. Y ahora lo están pagando.

Seis millones de empleos en la industria manufacturera se perdieron en Estados Unidos durante la crisis de 2008. Mientras la inversión privada en I+D sólo creció un 3% en la década previa a la crisis, lo hizo un 11% en Alemania, un 27% en Japón, un 28% en Finlandia, un 58% en Corea del Sur, y un 187% en China. Lentamente, estados Unidos reemplazaba la ingeniería tradicional por la ingeniería financiera. Y, mientras sus académicos teorizaban sobre mercados eficientes, no solo los empleos de bajo nivel, sino también la investigación industrial, las capacidad de patentar, la producción de alta tecnología y la manufactura avanzada se desplazaba hacia Asia y Alemania, donde emergía el paradigma industrial 4.0 embebido en un fértil ecosistema de centros tecnológicos orientados a los clústeres industriales. El sistema de innovación americano perdía fuerza por una inversión subóptima en I+D industrial (enmascarada por los éxitos financieros del Valley, desde Facebook a Instagram, de Whatsapp a Uber) o por la grandeza científica de sus universidades de élite. A la vez, se producía un suministro débil de licenciados en STEM (Science, Tech, Engineering and Maths), y las infraestructuras digitales quedaban obsoletas, en medio de un marco institucional  y político que no comprendía el rol esencial de la innovación en el crecimiento económico. No se trazaron planes, ni estrategias, ni objetivos para consolidar un sistema nacional de innovación capaz de competir con China.


El problema que han tenido los países anglosajones es el de haber formado varias generaciones de políticos, académicos, técnicos y directivos públicos en la doctrina económica más ortodoxa, impregnada de ideología política. Mientras se estabilizaban los marcos macroeconómicos, se despreciaban las políticas microeconómicas que podían sustentar la competitividad nacional en el largo plazo. Mientras el sistema financiero sufría una hiperinflación, los sectores estratégicos capaces de generar empleo de calidad se deslizaban hacia otros entornos. No era cuestión de impedirlo. Era cuestión de crear marcos más atractivos para el florecimiento de actividades innovadoras que generaran nuevos productos, procesos y empleos. No se trata de proteger mediante barreras comerciales artificiales, se trata de reforzar agresivamente las correctas palancas de competitividad, generando las dinámicas para innovar mejor y más rápidamente que los competidores. Trump podrá romper acuerdos comerciales e imponer araceles. Pero no podrá detener el cambio tecnológico. O, ¿impedirá la digitalización y tecnificación de sus empresas para mantener el trabajo? Posiblemente el resultado de todo ello sea una dramática y acelerada pérdida de competitividad de las empresas americanas. 

Obama se dio cuenta de la obsolescencia y el declive del sistema de innovación americano, pero no estuvo a tiempo de corregirlo. Y, con el camino elegido, hoy, el “America First” puede convertirse rápidamente en un lacónico “The End of America” en los ránkings internacionales de competitividad

5 de febrero de 2017

CUANDO LOS ROBOTS VAN DE FAROL

Tras conquistar el podio del ajedrez mundial en 1997, y del go (juego oriental de estrategia) en marzo de 2016, esta semana la inteligencia artificial  (AI, Artificial Intelligence) ha superado otro hito en su capacidad de desarrollo de pensamiento estratégico en un juego de competición: en el Rivers Casino de Pittsburg, el sistema Libratus de Carnegie Mellon derrotó a los cuatro mejores jugadores de póker del mundo. No es un tema menor. Vencer en póker significa que las máquinas pueden desarrollar algún tipo de intuición estratégica: pueden hacer hipótesis válidas sobre las combinaciones de cartas que tienen sus oponentes, y que no están a la vista. Los algoritmos son capaces de detectar cuándo el comportamiento de un jugador muestra expectativas superiores a sus posibilidades reales de ganar (cuándo va de farol), aunque las cartas de los competidores permanecen escondidas, y objetivamente es imposible determinar si una jugada es buena o no. La épica contienda de póker contra un supercomputador en Pittsburg (que duró 20 días) ha mostrado que los algoritmos saben desplegar estrategias acertadas en entornos de información imperfecta. Si en ajedrez o go (los últimos juegos de estrategia conquistados por las máquinas) toda la información está en el tablero de juego, en póker, como en la vida real, se juega con información limitada y contra estrategias rivales que simulan capacidades falsas (“faroles”). A la vez, el propio algoritmo ha de ser capaz desplegar movimientos cuyo objetivo sea engañar o desorientar al adversario. La máquina simulaba sobreexpectativas. Los robots también se marcan faroles.

Libratus, el ordenador vencedor, disponía de sistemas de redes neuronales profundas (deep neural networks), y mecanismos de aprendizaje de refuerzo (reinforcement learning), un sistema que le permitía aprender de sí mismo mediante prueba y error. Si AlphaGo (el sistema de Google que venció al campeón mundial de go) analizó 30 millones de partidas de go para aprender el juego, Libratus aprendió póker de la nada, interactuando consigo mismo, para acabar batiendo la mejor intuición humana. Libratus representa una nueva línea de sistemas de uso genérico que pueden ser aplicadas a cualquier campo de la economía y la sociedad. Y, sin duda, van a ser aplicadas masivamente en los próximos años.

La inteligencia artificial (AI) comprende un amplio conjunto de sistemas de información capaces de interactuar con el entorno, comprender y procesar datos, actuar en consecuencia para lograr determinados objetivos, y aprender de sí mismos. Integra múltiples tecnologías que permiten a los computadores percibir el mundo (visión por computador, procesado de audio, sensores), analizar y entender la información adquirida (incluso lenguaje natural), tomar decisiones, evaluar los resultados, y corregir sus mecanismos  de decisión para aprender de su experiencia. Este campo de la tecnología va a revolucionar la práctica totalidad de sectores económicos en los próximos años. Lamentablemente, estamos abstraídos de este debate, cerrados en nuestra cotidianeidad y atónitos ante la especie de apocalipsis político que estamos viviendo tras las primeras semanas de Trump en la Casa Blanca. Pero una revolución sin precedentes se está gestando en la interacción entre  la lógica matemática, la tecnología y la estrategia.

La consultora Gartner nos dice que tecnologías “core” de la inteligencia artificial se encuentran actualmente en el máximo de su ciclo de sobreexpectativas. Es decir, que quizá su impacto real en el futuro sea inferior al que actualmente se considera. Pero no lo creo. Personalmente, pienso que la AI va a ser el gran catalizador de la nueva revolución industrial (industria 4.0) y del siguiente paradigma web (que no va a ser un paradigma de búsqueda de datos, sino de interacción mediante lenguaje natural: vamos a conversar con nuestros PCs). De hecho, no directamente con nuestros PCs, sino con asistentes electrónicos conectados vía cloud a un centro de supercomputación con terminal doméstico. Y es que, si bien hace ya muchos años que la AI se está gestando en universidades y centros de investigación públicos, ahora ya finalmente ha saltado al campo privado y se ha situado en el centro de las tecnologías estratégicas que precisarán los grandes líderes empresariales emergentes (e indiscutibles) de la economía del siglo XXI. Esta semana hemos sabido que Apple se ha unido al gran consorcio formado por Facebook, Amazon, Google, IBM y Microsoft para unir esfuerzos en el desarrollo de la inteligencia artificial. Estas compañías son hoy las más ricas del mundo por capitalización bursátil. Amasan montañas de dinero en cash. ¿Se imaginan la velocidad de crucero que tomará la inteligencia artificial en los próximos años con estas superpotencias tecnológicas impulsando su desarrollo?