28 de diciembre de 2016

LAS EMPRESAS MÁS INNOVADORAS DEL MUNDO 2016

Como cada año, PriceWaterhouse Coopers ha publicado su lista de empresas más innovadoras del mundo, y la lista de las que más invierten en I+D. Recordemos que no es lo mismo innovación que inversión en I+D. La innovación es la explotación con éxito de nuevas ideas o nuevo conocimiento. Es un resultado. La inversión en I+D es un input, un ingrediente en la fórmula. No es ni necesaria (hay empresas que compiten en dimensiones no tecnológicas -márketing, organización, modelo de negocio-), ni suficiente (hay empresas que realizan un gran esfuerzo en I+D, pero carecen de estrategia, organización para innovar o correcto enfoque de mercado). De hecho, no existe evidencia empírica de correlación entre inversión en I+D y éxito de mercado. Aunque sabemos que la tecnología propia (resultante de los esfuerzos de I+D) es una  fuente de ventaja competitiva imbatible (cuando se combina con una estrategia adecuada). Y, paradójicamente, lo que es cierto a nivel de empresa (no existe correlación entre esfuerzo en I+D y éxito de mercado), no se cumple a nivel de país: sí que existe una clara correlación estadística entre la inversión en I+D de una economía y la renta per cápita de sus ciudadanos.

Sigue la dinámica de emergencia de las grandes plataformas digitales. Apple, Alphabet (Google), Amazon, Facebook y Microsoft (las empresas de mayor cotización bursátil del mundo), están ya entre las 10 más innovadoras. IBM se mantiene, quizá propulsada por su fortalecida estrategia en inteligencia artificial. Tesla también figura (¡cómo no!). Y, entre los viejos rockeros, quedan 3M, Samsung y General Electric en el top ten.


En cuanto a las más intensivas en I+D, la que más esfuerzo realizan para mantener el liderazgo tecnológico, Volkswagen sigue siendo la reina, aunque los iconos del automóvil van cayendo lentamente desde el inicio de la crisis financiera, substituidos por empresas electrónicas. Samsung, Alphabet (Google), Intel y Microsoft presionan al alza. Más rezagados, Apple (que partía de posiciones relativas de baja intensidad en I+D respecto a sus competidores), Cisco y Oracle también siguen trayectorias ascendentes. Dentro de poco, el mundo será absolutamente digital.





26 de diciembre de 2016

ESTRATEGIA INDUSTRIAL EN EL REINO UNIDO

El Reino Unido inició antes del Brexit un profundo debate sobre el modelo de competitividad que necesitaba para la era global. Ya en la etapa post-Brexit, uno de los más firmes propósitos de la nueva Primera Ministra, Theresa May, es diseñar y desplegar una estrategia industrial que sitúe al Reino Unido en el liderazgo mundial de la economía del conocimiento.  May sabe que para ello necesita una industria digitalizada, tecnificada e impregnada de ciencia. Una industria, en definitiva, innovadora. Y también sabe que construirla no es un proceso de generación espontánea. Lejos quedaron los tiempos en que “la mejor política industrial es la que no existe” que espetó el Premio Nobel Gary Becker, profesor en la Universidad de Chicago, en 1985. El Reino Unido y Estados Unidos le hicieron caso, quizá seducidos por el purismo ideológico y la belleza dogmática de sus enseñanzas. El Sur de Europa también le siguió (a fin de cuentas, no hacer nada es siempre lo más cómodo, y mejor todavía si lo prescribe un Premio Nobel americano). Alemania, Finlandia, Israel, Corea del Sur, Singapur, Taiwan o China tomaron otra dirección. El resultado está a la vista.

Ahora, May pretende recuperar el tiempo perdido. Una de sus primeras decisiones ha sido crear un departamento de “Empresa, Energía y Estrategia Industrial”. En un reciente discurso (vale la pena leerlo íntegramente), May afirmo “Disponemos de universidades de élite, la mayor productividad científica entre las naciones avanzadas, una industria creativa vibrante, y somos líderes en las finanzas globales. Tenemos más premios Nobel que cualquier otro país excepto EEUU, pero demasiado a menudo las grandes ideas desarrolladas en el Reino Unido son comercializadas en otras partes. Disponemos de una de las mejores capitales mundiales de las finanzas, pero las empresas de alto potencial no acceden al tipo de capital paciente, de largo plazo, que necesitan, y han de ser vendidas a inversores extranjeros para acceder a los instrumentos financieros que precisan. Disponemos de excelentes clústers en cada parte de este país, pero nuestro resultado económico no está balanceado, y se concentra en Londres y el Sudeste. Tenemos grandes universidades, pero no somos suficientemente fuertes en disciplinas STEM (Science, Tech, Engineering and Maths), y nuestra educación técnica no es del todo buena. Y, aunque la recuperación del Reino Unido tras la crisis es una de las mayores del G7, nuestra productividad es baja. Si queremos incrementar nuestra prosperidad, y compartirla con más población, si queremos mejores salarios y más oportunidades para nuestros jóvenes, tenemos que incrementar nuestra productividad. No se trata de sostener sectores quebrados, ni adivinar los sectores ganadores del futuro, sino de crear las condiciones para que esos ganadores puedan emerger y crecer. Se trata de apoyarlos para que inviertan en el futuro a largo plazo del Reino Unido. Se trata de crear empleo y crecimiento económico en cada rincón de nuestro país.” May continúa refiriéndose a la investigación: “Esto significa no sólo invertir más en I+D, sino asegurar que esta inversión es inteligente. Significa soportar tecnologías y sectores que tienen el potencial de generar beneficios en el largo plazo. Hemos protegido el presupuesto de ciencia básica, pero nuestros competidores invierten fuertemente en desarrollo tecnológico. Nos comprometemos a incrementar substancialmente la inversión pública en I+D, aumentando en 2.000 millones de libras anuales el esfuerzo para conseguir situar el Reino Unido post-Brexit en la frontera de la ciencia y la tecnología


Espectacular. Cómo quisiera oír este tipo de discursos más cerca. Lástima que este impulso renovado en estrategia industrial tenga lugar en el marco de una ruptura con la UE. Si toda la Unión hubiera adoptado este tipo de políticas hace una década, otro gallo nos cantaría. Por el momento, UK (ya desde antes del Brexit), está desplegando una red de centros tecnológicos (centros “Catapult”) similares a los Fraunhofer alemanes. También ellos se han dado cuenta de que Alemania es el modelo de innovación a seguir. Una red de institutos de soporte a la innovación en la pequeña y mediana empresa, que operan bajo el paradigma de la innovación abierta. Centros abiertos a la cooperación con la PYME, que tienen como objetivo único hacerla más innovadora, más tecnificada y más competitiva.

22 de diciembre de 2016

LOS AÑOS QUE VIVIMOS PELIGROSAMENTE

Mel Gibson y Sigourney Weaver protagonizaron en 1982 una famosa película, "El año que vivimos peligrosamente", ambientada en la Indonesia de 1965, en plena revolución comunista. Tiempo de incertidumbre y tragedia. Este año 2016, James Cameron (productor de "Titanic") ha realizado una serie casi homónima "Los años que vivimos peligrosamente", sobre el impacto del cambio climático. Y esta semana, un artículo del famoso físico Stephen Hawking publicado en The Guardian me ha hecho recordar las producciones anteriores. El título del artículo de Hawking es aterrador: "Este es el momento más peligroso para nuestro planeta". Según Hawking, "no podemos seguir ignorando la desigualdad, porque tenemos los medios para destruir el planeta pero no para escapar del mismo"

Revolución -o populismo-, cambio climático y extensión imparable de la desigualdad. Esto es lo que estamos viendo en todas partes y lo que debería preocuparnos prioritariamente como sociedades y como individuos. El 2016 nos deja la constatación de que estamos eligiendo el camino equivocado: Brexit, Trump, emergencia de liderazgos autoritarios y agresividad geoestratégica en Rusia o Turquía. La herida abierta de Siria y la hemorragia de las muertes y las migraciones masivas provenientes del Oriente cercano. China (un país todavía dictatorial) convertida en superpotencia científica. Y Europa desgarrada, con el eje Atlántico descolgado (los antiguos aliados surgidos de la II Guerra Mundial nos abandonan), y amenazada por la fragmentación, el terrorismo y el extremismo político.

¿Cómo revertir esta situación? En el corto plazo, no lo sé. En el largo plazo, lo diré alto y claro: soy partidario de una renta básica universal. Money for nothing. Una pensión mínima a todo individuo por el solo hecho de ser ciudadano. Es más, estoy seguro de que es la única manera de evolucionar hacia un nuevo paradigma de progreso a escala mundial. Muchos no lo entienden, y afirman que "la gente tiene que trabajar". Estoy de acuerdo, pero ofrecer unos mínimos garantizados a todo ciudadano no significa que los individuos dejen de trabajar. De hecho, las investigaciones que se están realizando (pruebas piloto) parecen indicar que, si bien una parte de la población que tiene los mínimos garantizados renuncia a buscar un trabajo, otra parte equivalente (que percibe que su riesgo está cubierto) se lanza a desarrollar nuevas iniciativas emprendedoras, creando nuevo empleo y generando vacantes en el anterior. Y, en última instancia, ¿qué pasa si la gente quiere trabajar y no puede? ¿Y si el sistema resultante de la introducción masiva de tecnología no genera trabajo? ¿Nos resignamos a que haya millones de desamparados? La producción en masa generaba trabajo en masa. La tecnología en masa no lo va a hacer y va a partir la sociedad en dos.

Otros detractores de la renta básica dicen que "es insostenible". Y también es cierto (ahora), pero olvidan que avanzamos de forma decidida hacia un mundo extremadamente rico gracias a la tecnología, pero sin mecanismos redistributivos. Los últimos opinadores contrarios afirman que "generaría mareas de inmigrantes". Y también tienen razón, pero no olvidemos que esta gran innovación social debería ser implantada de forma progresiva y bajo liderazgos y acuerdos internacionales o, como mínimo, continentales o supranacionales.

No hablo de un nuevo comunismo planificador y aplanador. En un sistema con renta básica universal, seguiría existiendo iniciativa privada y la posibilidad de lucro (por supuesto). Hablo de dignidad humana en un momento (el primero de la historia) en que la tecnología nos permite la abundancia. De un momento en que podemos disociar la idea de "trabajo" de la idea de "ingresos". Hablo de un nuevo paradigma social. ¿Y cómo lo haríamos? Es obvio que en estos momentos es inviable. Pero el primer hito -ahora sí- es construir una economía basada en conocimiento. Es evidente que una renta básica universal es imposible en países low-cost. Algunos países pueden empezar a plantearse de verdad una renta básica universal porque son extremadamente productivos. En entornos como nuestro admirado Silicon Valley, ¿no sería posible ofrecer una renta básica a sus ciudadanos? Y, si algunos países (por ejemplo en el Golfo Pérsico) ya han implementado formas de renta básica universal porque tenían recursos naturales en abundancia, todo país hoy puede tener talento, conocimiento y tecnología en abundancia. Así que, si queremos avanzar hacia ese escenario utópico habrá que construir, en primera instancia, sólidas ventajas competitivas tecnológicas. Antes de repartir la riqueza, hay que crearla.  

En un segundo paso, sería necesaria una reforma fiscal en profundidad (un tipo de "tributación tecnológica": para entendernos, es como si los robots pagaran seguridad social). Y, en un tercer paso, habría que eliminar las formas obsoletas de protección (pensiones, desempleo y costosísimas redes asistenciales) y sustituirlas por esta renta única y universal. ¿Serían los países menos competitivos porque estarían repletos de perezosos ociosos, con una renta básica? No lo creo. De hecho, pienso que combinando la renta básica con fórmulas radicales de abaratamiento del despido construiríamos economías más flexibles y adaptativas.

A muchos les sonará a ciencia ficción. Como cuando en las colonias fabriles del 1900 se empezaba a soñar que quizá algún día los trabajadores tendrían la posibilidad de jubilarse con una pensión garantizada por el Estado. Pero yo estoy seguro de que nuestros hijos lo verán. Es más, tenemos la obligación de luchar para que lo vean.

Esperemos que estos años en que vivimos peligrosamente sean sólo la cuna de una nueva forma de organización social que nos lleve a un mundo más rico, más emprendedor, más inteligente, más inclusivo y más sostenible.


(Artículo originalmente publicado en Viaempresa, el 20/12/2016)

12 de diciembre de 2016

EN EL PUNTO DE BIFURCACIÓN

Estamos en un punto de inflexión crucial en la historia. En un punto de bifurcación hacia un futuro de abundancia o un futuro de desigualdad. Y, si no me creéis, os aconsejo leer este escrito de Stephen Hawking: This is the most dangerous time for our planet. 

Y aquí va mi artículo sobre el tema, publicado en La Vanguardia del 10/12/16:

Estamos en el año 2060. La economía entra en su cuarta década de estancamiento, con crecimientos inferiores al 2% en los antiguos países avanzados, significativamente por debajo de los niveles anteriores a la Gran Recesión de 2008. No se crea empleo. La desigualdad se ha incrementado en un 40% desde entonces. Los empleos de baja y media capacitación han sido casi por completo sustituidos por robots. También  han desaparecido buena parte de los trabajos que requerían pensamiento estratégico o toma decisiones. La inteligencia artificial se ha llevado por delante a directivos, médicos y científicos. El mercado de trabajo está totalmente polarizado: una masa de asalariados que compiten por los pocos empleos, mal pagados, que restan; y una élite de emprendedores y financieros de éxito. Suecia tiene índices de desigualdad similares a las de Estados Unidos en 2016. En los suburbios de Estocolmo languidecen masas de homeless, mientras en el centro urbano se suceden las rápidas operaciones corporativas de compra y venta de startups de crecimiento exponencial. El modelo se reproduce en Londres, Berlín o Barcelona. La estructura social de la Alabama de 2016 es la de las metrópolis europeas de 2060, cuyos suburbios parecen el decrépito American Rust Belt de principios del siglo XXI, aquél que votó masivamente a Donald Trump. Los Ángeles o Detroit son como la Manila de 2016. El severo cambio climático ha erosionado aún más el crecimiento económico mundial, dañando especialmente zonas de Asia-Pacífico. Grandes plataformas digitales, extremadamente ricas, pero sin trabajadores, dominan buena parte de los sectores de la economía: desde la gran distribución a la banca o la automoción. Las fábricas y las cadenas logísticas, totalmente automatizadas y silenciosas, trabajan a oscuras (los robots no necesitan luz). Pese a todo, la productividad ha crecido en un 75% debido a la introducción de nuevas tecnologías, y Europa y Estados Unidos han absorbido 50 millones de inmigrantes cada una. El populismo y la xenofobia dominan la escena política. En un caótico “sálvese quien pueda”, algunos países (incluso ciudades) han decidido escapar del proceso globalizador, levantando fronteras y aranceles, y creando sus propias monedas, lo que les ha llevado a un colapso aún más rápido.

No es una escena de Mad Max. Es uno de los posibles escenarios del estudio de la OCDE Policy Challenges for the Next 50 Years. Efectivamente, según la universidad de Oxford,  el 47% de los empleos pueden ser suprimidos en las próximas dos décadas por efectos de la robotización. Y según el Banco Mundial, dichos efectos pueden ser superiores en países en desarrollo, donde dos tercios de los empleos están amenazados. Pero frente a estas visiones apocalípticas, destacan otras visiones tecno-optimistas. Según los fundadores de Singularity University (universidad patrocinada por la NASA y Google), el futuro es mucho mejor de lo que esperamos. De hecho, nos espera un futuro de abundancia. La tecnología es una gran fuerza liberadora de nuevos recursos. Y en este momento, un mínimo de una docena de nuevas tecnologías disruptivas están penetrando en todos los ámbitos de la economía y de la sociedad, llegando todas a la vez, recombinándose y realimentándose entre ellas: impresión 3D, internet de las cosas, nuevos materiales, big data, computación cognitiva, energías renovables, y genómica avanzada, entre ellas. Y todas presentan índices de crecimiento exponencial. 

De hecho, si la tecnología permitía integrar 1.000 transistores en un circuito electrónico en 1980, hoy es posible integrar 10.000 millones, lo que habilita que todos llevemos un dispositivo de altísima tecnología en nuestros bolsillos, con conectividad y datos casi infinitos, audio, video, y posicionamiento por satélite. En una década se ha multiplicado por siete la potencia de energía solar instalada en el planeta, y se ha dividido por diez su coste. En mayo de este año, Alemania se alimentó, íntegramente, durante un día, de energías renovables, marcando un hito en el desarrollo de las mismas. En Estados Unidos, a igualdad de superficie cultivada de cereal, la producción se ha multiplicado por 9 desde 1930. Hoy la medicina genética posibilita analizar el ADN del individuo por unos pocos centenares de dólares. La globalización y el desarrollo tecnológico han conseguido reducir la mortalidad infantil en un 90% en el último siglo. Incluso en el África Subsahariana, se ha reducido en un 60%. Y se han extraído millones de personas de la pobreza extrema, especialmente en Asia y Latinoamérica: si en 1980, el 44% de la población mundial subsistía con menos de 1,90 dólares diarios, hoy sólo es el 9’6%. En un siglo, el coste de la electricidad se ha reducido 20 veces, el del transporte, 100 veces, y el de las comunicaciones 1000 veces.


¿Cómo es posible que bajo este escenario de exuberancia tecnológica, se planteen posibilidades de involución y de nueva extensión de la pobreza? La tecnología es una increíble fuerza de progreso, pero su expansión es tan rápida e insólita que la economía no sabe cómo interpretarla. Y crea una profunda brecha sistémica: no es capaz de generar suficiente empleo. Mientras Whatsapp es adquirido por Facebook por 19.000 millones de dólares, el cinturón industrial americano pierde cinco millones de empleos. Mientras gigantes como Kodak sucumben ante la tecnología digital, emergen substitutos, como Instagram, que sólo ocupan a unas decenas de empleados. Elon Musk, fundador de Tesla, ha manifestado que el imparable cambio tecnológico nos lleva de forma irremediable a plantear alguna forma de renta básica universal. Estamos en un punto de inflexión en la historia. De hecho, en una bifurcación. Abundancia o desigualdad, ese es el gran dilema. ¿Sabrá nuestra generación resolverlo? ¿Qué camino tomaremos?

6 de diciembre de 2016

EL MODELO EUROPEO DE INNOVACIÓN

En el pasado año, España siguió retrocediendo en sus indicadores de innovación, hasta caer a un paupérrimo 1,22% de inversión en I+D sobre PIB. En Catalunya por primera vez repunta la innovación (un 6%, hasta el 1,52% I+D/PIB) tras seis años de caída. A nivel global, la inversión en I+D se incrementó en un 3,5%. La gran batalla por el liderazgo mundial se da entre EEUU y China, la gran potencia emergente. China, con un esfuerzo en I+D del 2,04% supera ya a la UE. En China se hallan los más potentes supercomputadores del mundo. El gigante asiático triplica las patentes anuales de EEUU o Japón, y lidera las publicaciones científicas en inteligencia artificial. Hoy, el 40% de la I+D mundial se encuentra en Asia, mientras la innovación en EEUU se estanca.

Uno de los errores que hemos cometido durante la última década ha sido intentar importar el modelo americano al contexto europeo. Un modelo caracterizado por la combinación de mercados financieros muy eficientes, excelentes universidades y compra pública tecnológica. Un modelo que ha llevado a la eclosión de potentes clústeres de alta tecnología, startups, famosos emprendedores, universidades de élite investigadora y dominio de sectores relacionados con defensa y espacio. Silicon Valley nos ha fascinado. Pero el modelo americano de innovación está en crisis. No distribuye sus esfuerzos (ni su riqueza) de forma transversal a todos los sectores, sino que lo concentra en unos pocos focos de alto potencial de crecimiento, sean algunas universidades (que aparecen en primer lugar en los ránkings internacionales), algunas empresas (fundamentalmente digitales) y algunos sectores muy especializados. Mientras los medios de comunicación mundiales ponen los focos en la compra de Whatsapp por Facebook, por 19.000 millones de dólares, y San Francisco vibra con rápidas operaciones corporativas, la industria de los Grandes Lagos pierde cinco millones de empleos. Gigantes como Kodak dan paso a startups como Instagram, catapultada a la estratosfera por el capital riesgo con sólo 13 empleados. Lentamente, el decrépito cinturón industrial americano pierde competitividad y vota masivamente opciones radicales como Trump.


Nuestro modelo debería ser el germánico. Alemania, pese a su discreción, dispone hoy posiblemente del mejor sistema nacional de innovación. Un modelo que no concentra sus esfuerzos en unos pocos segmentos, sino que los distribuye de forma transversal a la totalidad de la industria, con foco en la I+D de la pequeña y mediana empresa. En Alemania no aparecen Zuckerbergs o Gates, pero su nivel de producción en manufactura, de exportación de tecnología y sus salarios son superiores a los de EEUU. Entre las 40 mejores universidades del mundo según el ránking de Shanghai, sorprendentemente, no hay ninguna alemana, pero sus doctores son extremadamente apreciados por la industria. El sistema de innovación germano crea cadenas de valor de conocimiento orientadas a tecnificar y hacer competitiva a su industria. Alemania sitúa la pequeña y mediana empresa en el centro del sistema innovador, mientras que EEUU lo hace gravitar sobre centros académicos de élite y capital riesgo. Si el modelo americano descansa en las startups, el modelo alemán se enfoca en la industria y en la formación técnica. El primero se está revelando como un modelo poco distributivo. El segundo es la base de la competitividad de la mayor potencia exportadora y generadora de empleo de Europa. ¿Cuál debería ser el nuestro?

Artículo publicado en Expansión, el 29/11/2016

3 de diciembre de 2016

CUANDO LAS MÁQUINAS APRENDIERON A INVESTIGAR

La máquina coge una bola de acero. La eleva unos centímetros. La deja caer. Posteriormente repite la operación con otra bola de acero más pesada, y finalmente con una bola de plastilina. Sus sensores registran posiciones, velocidades y fuerzas de caída. Instantáneamente sintetiza una fórmula: Fuerza=K x masa/distancia2. A partir de la observación, la máquina ha inducido la ley de la gravedad.

¿Ciencia ficción? En absoluto. Está pasando en tiempo real. Las máquinas están aprendiendo a interaccionar con el entorno, extraer patrones y sintetizar leyes físicas. Están aprendiendo a investigar. ¿Sorprendente? Sólo es una muestra de la dirección y la potencia que está tomado una disciplina que forma parte del conjunto de tecnologías en crecimiento exponencial: la inteligencia artificial.

¿Qué pasaría si los robots aprenden a investigar? ¿Qué pasaría si desarrollan capacidades científicas? En primera instancia, podrían suplir cientos de miles de científicos que trabajan desarrollando experimentos, recolectando datos e infiriendo marcos teóricos a partir de los mismos, en todas las disciplinas: desde la física a la economía, pasando por el management o la psicología. La inteligencia artificial está llegando a un punto de maduración que requerirá profundos debates filosóficos, económicos y sociales. Por eso, el presidente Obama, en una de sus últimas iniciativas, lideró una conferencia nacional (“Frontiers”), celebrada en Pittsburg, para entender y anticipar los cambios que dicha tecnología va a provocar en los próximos años. Efectivamente, la inteligencia artificial está penetrando en todos los campos de la economía. El primer hito se marcó en 1996, cuando la máquina Deep Blue de IBM batió al entonces campeón mundial de ajedrez, Kasparov. En ese momento se demostró que un cerebro electrónico podía desarrollar pensamiento estratégico. En 2011 se superó una nueva frontera: Watson, otro cerebro electrónico de IBM venció en el popular concurso televisivo Jeopardize a los dos mejores jugadores humanos. El concurso era de adivinanzas. El ordenador podía entender preguntas ambiguas y responderlas mejor que los humanos.

El progreso de la tecnología sigue imparable, y está a punto de producir un cambio de paradigma en los sistemas de información, similar al de la aparición de internet: en lugar de buscar datos pasaremos a formular preguntas abiertas. Y nuestros ordenadores las contestarán. En lugar, por ejemplo, de buscar información sobre un hotel en una ciudad determinada, preguntaremos a nuestro ordenador inteligente qué nos recomienda. El sistema rastreará en milésimas de segundo todos los hoteles de esa ciudad, los contrastará con nuestro histórico de visitas, nuestras preferencias culturales, nuestra propensión a desplazarnos, nuestra renta y nuestra estructura familiar, y nos aconsejará la mejor opción.

La lógica se extrapola al entorno empresarial. ¿Quién mejor que un potente cerebro electrónico, que conocerá todo nuestro histórico de ventas, incidencias de clientes, riesgos económicos,  y los comentarios en las redes sociales sobre nuestros productos para tomar decisiones sobre nuestra estrategia de márketing? ¿Qué mejor que un ordenador inteligente, que absorberá nuestro currículum vítae, e incluso podrá determinar perfiles psicológicos en base a comportamiento en Twitter o Facebook, para tomar las riendas de los recursos humanos de una compañía? ¿Quién más capacitado para las decisiones estratégicas que un autómata entrenado en estrategia, conocedor de la totalidad de variables económicas en curso, y que haya absorbido y memorizado miles de business case para comparar situaciones?

 No sólo los empleos menos cualificados están amenazados por una robotización masiva. No sólo veremos operarios desplazados por autómatas o cajeros sustituidos por  pantallas táctiles. La inteligencia artificial está en condiciones de substituir transportistas (¿cuántos conductores y transportistas serán reemplazados con la emergencia del vehículo autónomo?), pero también médicos, entrenadores deportivos, profesores, científicos y directivos de empresa.

Las máquinas ganan capacidad de desarrollar pensamiento estratégico, interacción con el entorno, razonamiento abstracto y habilidades de investigación. Y pronto, tendrán, además, iniciativa propia. No esperarán a que les preguntemos. ¿Qué pasará cuando nuestro PC nos envíe un mail diciéndonos “dado que llevas cinco semanas trabajando 62 horas de media, lo que ha incrementado un 83% tu riesgo de infarto, que tienes 8.423 € líquidos disponibles, y que la libra está baja, te aconsejo unas vacaciones en Londres. He localizado una oferta para que salgas el lunes, y he bloqueado una habitación en el hotel London”? Nuestro PC nos sugerirá qué hacer y nos dará consejos, sin pedírselo. Y la iniciativa artificial también llegará a la empresa. El director general electrónico, que no descansará jamás, estará permanentemente analizando datos de planta y de mercado, tomando decisiones y lanzando directrices a toda la estructura. Director general que, además, será secretaria y jefe de gabinete (el mismo agendará reuniones, definirá calendarios y sintetizará informes).

El escenario es tan sorprendente como inquietante. En el fondo, significará la disociación progresiva del concepto de trabajo del concepto de individuo. No seremos necesarios. Las empresas podrán operar (comprar, vender, producir, decidir, y generar beneficios y riqueza) sin personas. Debemos acostumbrarnos a un mundo de corporaciones sin empleados, un mundo donde el trabajo está reservado a las máquinas. Una brutal revolución social y económica está al caer. En el camino, una nueva y épica batalla tecnológica se está iniciando: IBM Watson puede substituir o complementar al omnipresente Google. La inteligencia masiva llegará a nuestros terminales electrónicos, como ahora llega el internet convencional. Y si Google ha dominado internet por ser la puerta de acceso a datos, ¿quién será la puerta de acceso a inteligencia? Si Google ha sido el Gran Hermano, Watson puede ser el Gran Cerebro de los próximos años.

A la vez que el cambio tecnológico reconfigurará el mundo del trabajo, del mismo modo que la información y los datos masivos se democratizaron hace sólo una década, la nueva ola que está a punto de llegar nos traerá a todos inteligencia artificial, masiva y doméstica.

Artículo publicado en World Economic Forum y en Sintetia