26 de noviembre de 2016

ESTADÍSTICAS I+D 2016

Esta semana se han publicado dos informes importantes sobre el estado de la I+D: el 2016 Global R&D Funding Forecast de la revista R&D Magazine, y la Estadística de Actividades de I+D que cada año publica el Instituto Nacional de Estadística. No insistiré en la importancia de estos datos Como indica taxativamente el primer informe “la historia nos demuestra que la inversión en I+D conduce a los países a la prosperidad”. 

Investigadores/Mhabitantes versus I+D/PIB


Se percibe un mayor optimismo global, un mejor comportamiento de la economía y una propensión generalizada a invertir en investigación y desarrollo de forma transversal al conjunto de industrias. La previsión de incremento global de I+D en 2016 es de un digno 3,5%. El crecimiento en la inversión es especialmente significativo en Asia. China se consolida como potencia en ciencia y tecnología. 

Asia concentra el 42% de la inversión mundial en I+D. EEUU, el 26,4%, y Europa un cada vez más residual 21%. Para tener una idea comparativa, EEUU (el país que más invierte todavía en I+D) realiza un esfuerzo (público y privado) que llega a los 485 billones de dólares anuales (25 veces la inversión en I+D de la economía española). China (el 2º inversor mundial) realiza un esfuerzo de 343 billones de dólares (18 veces el esfuerzo de España). Alemania invierte 5’4 veces más que España. Francia, 2’8 veces. El Reino Unido, 2’3 veces; e Italia 1’26. Las inversiones se concentran en áreas estratégicas y tractoras en la economía. En EEUU, el sector más rico en I+D es el biotecnológico, aunque se prevé una intensificación del esfuerzo en sectores sujetos a profundos cambios tecnológicos, como el del automóvil. A modo de anécdota, China lidera ya el mundo en el ámbito de publicaciones científicas en inteligencia artificial.



España es el único país del núcleo europeo que sigue retrocediendo en I+D relativo, hasta un paupérrimo 1’22% de inversión en I+D/PIB. Es cierto que en el último año, el esfuerzo absoluto ha crecido un 2’7%, pero la economía ha crecido más que proporcionalmente a la inversión en I+D, lo que significa que generamos actividad en tramos de baja intensidad tecnológica. No escapamos al modelo low cost. La actividad empresarial presenta una alarmante baja inversión en I+D (el esfuerzo empresarial significa sólo el 45% del esfuerzo total en investigación y desarrollo, cuando en una economía sana, debería significar el 70%). Eso indica dos cosas: a) la estructura industrial española sigue siendo extremadamente pobre en tecnología; y b) las políticas públicas generan gasto en I+D, pero no incentivan inversiones privadas.

En Catalunya, la inversión en I+D repunta, de 2.937 M€ (2014) a 3.106 M€ (2015). Un significativo 5,8% de incremento, liderando el comportamiento del conjunto del Estado. Una buena noticia que esperamos que inaugure una rápida senda ascendente en los próximos años. El mundo no nos espera, y el reto que tenemos por delante es todavía ingente.

Inversión en I+D/PIB



20 de noviembre de 2016

SOBREVIVIR NO ES OBLIGATORIO

En mis clases, uno de los mensajes fundamentales que intento que aprendan mis alumnos es que, en situaciones de cambio del entorno, no hacer nada es hacer algo. No tomar decisiones (o tomar la decisión de no tomarlas), es una decisión en sí misma. Es, de hecho, una decisión estratégica. Una estrategia legítima es el inmovilismo. Esa suele ser la estrategia más cómoda en el corto plazo (todos a sus puestos, aquí no cambiamos nada). Seguimos en zona de confort, esperando que pase la tempestad. De hecho, como decía Deming, no es necesario cambiar: sobrevivir no es obligatorio.

Innovar, por el contrario, suele ser arriesgado. Aunque, en palabras de Henry Chesbrough, si innovar es arriesgado, no hacerlo es letal. Efectivamente, nos puede pasar como a la rana de la fábula, que notaba que el agua se estaba calentando lentamente pero no saltaba: al final, murió hervida.

El entorno tecnológico y competitivo cambia a un ritmo vertiginoso. No es necesario insistir en ello. No quiero hacerme pesado. Sólo pasaré revista a algunas noticias de la última semana. Intel, por ejemplo, ha anunciado una inversión masiva, de 250 M$ en dos años para desarrollar microprocesadores para vehículos autoconducidos. BMW se alía con Baidu (el Google chino) para fabricar conjuntamente vehículos autónomos. Empresas surgidas de la nada, como ZooxLabs entran en el sector y alcanzan valoraciones estratosféricas. La puerta del antiguo sector-fortaleza del automóvil está abierta, y se están colando, a raudales, emprendedores tecnológicos. Algunos viejos líderes, como Ford, están comprando desesperadamente esas startups. Pero también las empresas emergentes empiezan a comprar viejas ingenierías: Tesla ha adquirido la alemana Grohmann para acelerar su crecimiento y entrada en Europa. Parece claro que los automóviles se están convirtiendo en nodos autónomos, en un sistema de dispositivos electrónicos subconjunto de la internet de las cosas (IoT), que a su vez será un subconjunto de la Industria 4.0. Mientras, Singularity University nos avisa de que la inteligencia artificial cambiará cada aspecto de nuestras vidas. General Electric se ha apuntado a la moda (o necesidad) de comprar startups, y ha adquirido dos de ellas especializadas en inteligencia artificial. El supercomputador Watson de IBM empieza a trabajar con el sistema sanitario de Finlandia para mejorar sus procesos de toma de decisiones en base a la computación cognitiva. Y mientras, en China, país que ya lidera el ránking de publicaciones científicas en ese ámbito, invitan a los emprendedores tecnológicos a que huyan de Trump y vayan al país del Dragón.

Elon Musk nos ha dicho esta semana que la fuerza de la tecnología nos empuja irremediablemente a establecer una renta básica universal. Sin demagogias, sin populismos, y sin estridencias, los políticos deberían ir pensando estratégicamente en cómo abordar este reto. Efectivamente, Brookings Institute considera casi imposible volver a los niveles de empleo anteriores a la crisis, debido al efecto de la robotización. La manufactura americana ha multiplicado por 2,5 su productividad desde 1980, pero ha perdido casi la mitad de sus puestos de trabajo en ese tiempo.  El deprimido Manufacturing Rust Belt ha sido el granero de votos de Trump. El modelo americano de innovación tiene un defecto: propulsa a la estratosfera jóvenes empresas digitales en cuestión de meses, pero no crea suficiente empleo. Y no podemos decir que Obama fuera un espectador pasivo: el anterior presidente americano apostó estratégicamente por la ciencia y la tecnología, inspirado en el modelo germano, un modelo que no concentra sus esfuerzos en algunos pocos sectores de alta tecnología, sino que los distribuye en el intento de tecnificar el conjunto de su industria. Una estrategia que se enfoca en el soporte a los clústers industriales, los centros tecnológicos y la formación del personal. Harvard Business Review nos explica por qué el modelo alemán es mejor que el americano.


El mundo cambia rápidamente. Hay que tomar decisiones. No hacer nada es hacer algo. Y aquí, las noticias de la semana no son positivas: aunque los datos son provisionales, España sigue alejándose de la UE en innovación. Y Euskadi, que ya conoce sus datos 2015, cae estrepitosamente. Un duro golpe a los que en Euskadi siguen luchando por construir un país decente. Esta semana tendremos estadísticas definitivas del INE. Veremos qué pasa en Catalunya.

12 de noviembre de 2016

¿DONDE HEMOS VISTO ANTES ESTA PELÍCULA?

La victoria de Donald Trump en las elecciones americanas ha creado una ola de pánico en Silicon Valley. Efectivamente, las declaraciones de Trump sobre la industria tecnológica del Valley no son precisamente esperanzadoras. El nuevo inquilino de la Casa Blanca declaró que “forzaría a Apple a fabricar en EEUU” con el fin de garantizar el empleo de los norteamericanos. No sabemos hasta qué punto podrá (o querrá realmente) Trump llevar a cabo las promesas lanzadas durante la campaña electoral, pero el resultado puede ser devastador para las empresas de alta tecnología: desde las restricciones a la entrada de extranjeros (que pueden limitar la afluencia científicos y emprendedores al Valley), hasta la emigración de talento (que se irá, agobiado por las políticas represivas de la nueva administración), a la limitación de acceso y control de contenidos en internet (por motivos políticos o de seguridad nacional), la eliminación de los incentivos al desarrollo de tecnología que combata el cambio climático, o al cambio de configuración de la economía mundial si, como prometió, impone aranceles del 45% a los productos fabricados en China.

Las grandes empresas tecnológicas americanas (que donaron 30 veces más fondos a la campaña de Clinton que a la de Trump) están a la expectativa. Los mensajes lanzados durante los meses pasados por el inminente 45º presidente de EEUU son realmente inquietantes: amenazas de exigir a Apple el control sobre la localización de cada iPhone (en referencia a la reciente negativa de Apple de proporcionar esos datos al FBI como medida antiterrorista), o de demandar a Jeff Bezos (fundador de Amazon) por prácticas monopolísticas (Bezos fue uno de los más agresivos contra Trump desde su posición de propietario del Washington Post: destapó el escándalo de las denigrantes declaraciones sexistas de Trump). Las respuestas empiezan a sucederse: la carta de Tim Cook (presidente de Apple) a sus empleados, que, sin nombrar al nuevo líder de Washington, intenta dar ánimos  apelando a la unidad de la compañía y de la nación. O las voces que empiezan a reclamar la secesión de California, iniciadas en Twitter por Shervin Pishevar (uno de los máximos inversores de Uber). Si esto sucediera, California, feudo demócrata, sería la 6ª economía del mundo.

Pero no es oro todo lo que reluce en California. Un reciente artículo en La Vanguardia describía el panorama de desigualdad extrema, en uno de los focos de conocimiento y riqueza más activos del planeta. Indigentes a la sombra de Silicon Valley. En el valle del silicio, una plutocracia de emprendedores e inversores, convertidos en referentes sociales, convive con masas de autónomos precarios, clases medias empobrecidas y desamparados excluidos sociales. En paralelo al auge de los gigantes digitales, Silicon Valley perdió más de 100.000 empleos entre 2001 y 2008. La crisis ha acabado de aniquilar la delicada paz social de California, y del conjunto de EEUU.

En 2003 visité por primera vez el Silicon Valley. La llegada a San Francisco fue un auténtico electroshock. Desde el taxi que me llevaba al hotel, podía ver colas interminables de homeless: hombres y mujeres sucios, con largas barbas blancas, muchos de ellos tullidos o enfermos, abandonados a su suerte, tirados por las calles o deambulando de un lado a otro con carritos de supermercado repletos de basura y cacharros. Cientos, miles de ellos. La imagen que estaba recibiendo de San Francisco era parecida a la que podía esperar de Calcuta. Cerca, muy cerca, los grandes hangares y las pistas de aterrizaje del Columbia, el campus de Stanford, o los opulentos headquarters de Google, Apple o Facebook. Si la desigualdad era extrema entonces, imagino cómo debe ser ahora.

La victoria de Trump es la espeluznante respuesta a la gran paradoja de nuestro tiempo: la incapacidad de generar sociedades del bienestar en un momento en que los medios de que disponemos son infinitamente superiores a los de hace sólo 20 años. Una paradoja que se convierte en esquizofrenia: los feudos progresistas son, curiosamente, los más ricos (California o la Costa Este, desde Filadelfia a Boston). El capitalismo digital tiene color demócrata. Pero la descarnada desigualdad se transforma inevitablemente en miseria humana y moral. El deprimido cinturón industrial de los Grandes Lagos gira hacia la extrema derecha política. Y las clases sociales más desfavorecidas, en una búsqueda desesperada de protección, como protesta a una realidad de la que se sienten excluidos, se lanzan en masa a votar opciones populistas, radicales y racistas.

¿Dónde hemos visto antes esta película?

5 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE HALLOWEEN

Año 2064. El mundo entra en su cuarta década de estagnación (bajo crecimiento y alto desempleo). La economía global lleva años creciendo a un escuálido 2,7%, significativamente por debajo de los niveles de la gran explosión financiera de 2008, que marcó los límites de funcionamiento del capitalismo del siglo XX. La desigualdad se ha incrementado desde entonces más del 40% en todo el planeta. Los empleos de baja y media capacitación han desaparecido casi por completo, sustituidos por robots, autómatas y pantallas táctiles. El mercado de trabajo se divide en dos segmentos muy polarizados: el de salarios muy bajos, y el de salarios muy altos. Una sobreoferta de trabajadores poco y medianamente cualificados compiten por los escasos empleos no automatizados. A la vez, emprendedores de éxito y hábiles financieros operan comprando, desarrollando y vendiendo startups digitales de crecimiento exponencial. Suecia tiene ya niveles de desigualdad similares a los de Estados Unidos en 2015. En los suburbios de Estocolmo languidecen masas de homeless en economías suburbanas de subsistencia, mientras que, en el centro de la ciudad, vibra la actividad emprendedora y corre la adrenalina de las rápidas operaciones corporativas. El modelo se reproduce en Londres, Berlín o Barcelona. La estructura social de la Alabama de 2015 está presente en las grandes capitales europeas de 2060. El Copenhague de 2060 se parece a las destartaladas ciudades del American Rust Belt, el abandonado cinturón manufacturero americano de 2015. Los Ángeles o Detroit son como la Manila de 2015. El cambio climático ha desecado las zonas templadas, existe competencia por los pobres recursos hídricos, y han desaparecido amplias zonas costeras, especialmente en Asia-Pacífico, reduciendo en un 2,5% el crecimiento del PIB mundial. Paradójicamente, la productividad se ha incrementado notablemente: el 75% del crecimiento hasta 2060 se explica por la introducción de nuevas tecnologías. Aún así, Europa y Estados Unidos han tenido que absorber 100 millones de inmigrantes en los últimos años. Sin ellos, la base fiscal de las economías occidentales hubiera disminuido tanto que la práctica totalidad de los países habrían entrado en bancarrota. Pero no hay medios de financiar los estados. Las inversiones públicas en infraestructura se han desvanecido desde 2040. La ciencia es una actividad pagada por filántropos. El proceso inmigratorio ha sido tan rápido que las antiguas sociedades europeas y americanas no lo han digerido. Proliferan los ghettos. El racismo y los partidos xenófobos dominan la mayor parte de los sistemas políticos del 2060. En un caótico “sálvese quien pueda”, algunos estados han decidido escapar del proceso globalizador mediante proteccionismo y alteración artificial de los tipos de cambio, lo cual les ha llevado aún más rápidamente a la ruina.

No es un terrorífico cuento de Halloween, ni la descripción de una escena de Mad Max. Son las conclusiones de un informe prospectivo de la OCDE publicado en 2014, sobre el crecimiento económico en los próximos 50 años (“Policy Challenges for the Next 50 Years”). Lo he recuperado al leer el magnífico e inquietante libro “Postcapitalism: A Guide to Our Future”, de Paul Mason. Según el autor, el capitalismo se ha regido históricamente por ciclos de unos 50 años, iniciados (como ya apuntó el economista ruso Nikolai Kondratiev) por la emergencia de nuevas tecnologías disruptivas, y finalizados con fuertes depresiones económicas. El último ciclo acabó, para Mason, con la explosión financiera de 2008, que dio pie a una fase definitiva de colapso, corroborado (entre otras cosas) por el informe prospectivo de la OCDE.


Necesitamos, como dice Mason, “un completo rediseño del sistema”. “La generación más educada de la historia humana, y la mejor conectada, no puede aceptar un futuro de desigualdad y estagnación”. La obra de Mason y el informe de la OCDE son previos al Brexit y a Donald Trump. ¿Serán éstas las primeras evidencias del colapso que anticipa Mason?  Se avecina un cambio sísmico, que podemos anticipar y modular, en lugar de sólo reaccionar pasivamente. A riesgo de que me tachen de pesimista, o de pesado (o de morir en el gulag, como Kondratiev ;-), creo que es imprescindible y urgente que empecemos a abrir un riguroso y sereno debate sobre cómo reescribir el nuevo modelo global de futuro, o el cuento de Halloween puede convertirse, lentamente, en una angustiosa realidad.