31 de julio de 2016

LUCES Y SOMBRAS DE LA ERA DIGITAL

La revolución tecnológica y la globalización acelerada que estamos sufriendo tienen una fuerte raíz digital. La digitalización hace posible internet y la conexión informática global. También el tratamiento y transmisión masiva de información, el procesado de audio y video, la simulación de procesos y la reducción del ciclo de desarrollo de productos, el GPS, el internet de las cosas, la impresión 3D, la robótica o el procesado de datos genéticos. La digitalización es una fabulosa fuerza positiva de progreso, una fuerza que democratiza el acceso a la información y a la educación y las extiende por el planeta. Hoy, adolescentes en zonas remotas acceden a Google, Wikipedia o Amazon a través de sus móviles, y a vídeos formativos gratuitos de las mejores universidades del mundo.

Sin embargo, el sistema económico parece no estar preparado para interpretar la velocidad e impacto del cambio tecnológico. En 1995 se liberalizó el uso de internet para el comercio, hasta el momento una red restringida a usos militares y científicos. El mercado reaccionó inmediatamente ante las inmensas posibilidades que ofrecía esa tecnología disruptiva, atrayendo capital masivo para el desarrollo de proyectos basados en la web. Hasta el punto que generó una gran burbuja financiera que explotó en marzo del 2000. En dos años, el índice tecnológico NASDAQ perdió el 75% de su valor desde su máximo histórico del 2000, que ya jamás ha vuelto a alcanzar. Sorprendentemente, una tecnología positiva que iba a cambiar el mundo generó una profunda convulsión financiera internacional cuyas reverberaciones llegan hasta nuestros días. Parece que los mercados responden a la emergencia de tecnologías disruptivas con ciclos de sobreexpectativas y violentas burbujas, que ocasionan a su vez reacciones erráticas en las políticas económicas (excesos de inyección de liquidez o excesos de austeridad).

A la vez que una poderosa fuerza democratizadora, la digitalización es también una nefasta fuerza distributiva del valor generado. En los mercados digitales se produce una singularización del valor en el punto original: realizar la primera unidad de un programa de software o de una superproducción cinematográfica es extremadamente costoso. Pero la segunda unidad es una copia digital de la primera, producida a coste cero. No se cumple la ley económica de los costes marginales. Fabricar nuevas unidades o prestar el  enésimo  servicio digital no tiene costes empresariales y, por tanto, no se distribuyen salarios. También por ello, los modelos de negocio digitales tienen potencial de crecimiento exponencial.  Y el mercado financiero se ve extremadamente atraído por este tipo de modelos. La joven startup Uber (plataforma de interconexión de transporte privado), sin haber generado jamás un euro de beneficio, vale en bolsa 66 billones de dólares (más que los grandes iconos de la industria americana, Ford o General Motors). Y la cotización de Facebook es, sorprendentemente, superior al de Daimler, Volkswagen y BMW juntas, aunque la capacidad de generación de empleo de estas viejas empresas manufactureras, por cada euro de capitalización bursátil, es 16 veces mayor. El capitalismo financiero digital, pobre en empleos, supera al antiguo capitalismo industrial. Mientras, la digitalización de cadenas de valor supone también la virtualización de activos físicos y la substitución de átomos por bits. Un ejemplo es el de la industria de impresión. No sólo desaparecen las líneas de proceso industrial, reemplazadas por PCs e impresoras digitales distribuidas: a medida que los átomos se convierten en bits, las estructuras logísticas se desvanecen, y el producto final se convierte en un servicio digital (libro por e-book)

Como conclusión de todo ello, la naturaleza del trabajo se está transformando de forma decisiva. Según el Center on Education and the Workforce (Georgetown University), durante la crisis del 2008, el segmento de población con educación superior, máster o doctorado perdió 66.000 empleos en Estados Unidos. Pero posteriormente, ganó 3,8 millones. Sin embargo, la población con estudios primarios o secundarios perdió seis millones de empleos que no se han recuperado. El 70% de los hogares en economías avanzadas han visto disminuidos sus ingresos desde 2005, cuando sólo el 2% de ellos perdió poder adquisitivo entre 1993 y 2005. Cuando el cajero del supermercado es substituido por una pantalla táctil, el transportista por un coche autoconducido, el operario de línea por un robot, o el mánager por un algoritmo, el futuro se oscurece. La fuerza de la tecnología puede conducir a una sociedad donde haya de todo (producción, salud, energía y alimentación abundante). De todo, menos empleo. Y, si no hay empleo, el sistema colapsará por déficit de demanda y por explosiones de inestabilidad social. Técnica y teóricamente, podemos ir hacia un escenario de abundancia global. En base a ciencia y tecnología, podríamos tener países extremadamente ricos y productivos, pero, paradójicamente, sin capacidad de generar suficiente empleo.

A la vez que el mundo converge hacia un único paradigma global, se extiende la desigualdad por el planeta. Resurgen los liderazgos autoritarios (China, Rusia, Turquía). Aparecen brotes expansivos geoestratégicos. Florecen los populismos extremistas. Se extiende imparable un terrorismo digitalizado, y languidece el sueño europeo. La extraordinaria revolución tecnológica que estamos experimentando es una fuerza de progreso sin precedentes. Pero necesitaremos nuevas y radicales fórmulas de innovación social para corregir los desequilibrios que genera. Y un liderazgo político sin igual para reescribir el sistema operativo de la sociedad y la economía del siglo XXI.

(Artículo originalmente publicado en La Vanguardia, el 31/07/2016)

Ilustración superior: By Myworkforwiki - Own work, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=48979874

Ilustración inferior: Georgetown University Center on Education and the Workforce, America’s Divided Recovery: College Haves and Have-Nots, 2016


29 de julio de 2016

INTERVIEW WITH PROFESSOR BOYD COHEN

 

Boyd Cohen: “I don’t think today cities want to replicate what Silicon Valley has”

Boyd Cohen is a recognised global leader in entrepreneurship, innovation, sustainability and smart cities. He holds a PhD in business strategy and entrepreneurship from Colorado University, he is cofounder of various start-ups in green building, software and energy efficiency. He is currently a professor in the EADA business school and the University of Vic. In this interview he explains the role of European cities as new hubs of entrepreneurship and innovation in the world, and Barcelona’s place in this role.

Now you are living in Barcelona. Why did you chose this city?

Good question, this is my third time living in Europe: I’ve lived before in Madrid, Copenhagen and now in Barcelona. I’m from the USA, there I lived in Denver, Atlanta and several other cities. I also lived in Vancouver, Buenos Aires and Santiago de Chile. I consider myself a citizen of the world, but I’m also an appreciator of cities. I study cities as a scholar, I research innovation in cities and Barcelona has been calling me for a long time, actually. Many of the research projects I’ve done have included references to the innovation in Barcelona like 22@, like the solar thermal ordinance and some other work around smart cities.
So, I’ve been following Barcelona for a long time as a scholar, but also during my visits for professional reasons like Smart City Expo, I also grew to really appreciate the quality of life that Barcelona offers. The combination of having an innovative city with a strong entrepreneurial ecosystem, a government that has always been forward thinking around how to innovate within the city and a vibrant marketplace for me to study as a scholar is what really drew me to the city.

For you, which are the best top 3 cities in terms of business and quality of life?

This depends on what kind of entrepreneur you are, and which kind of start-up you want to create. Obviously if you want to create a start-up with very global ambitions that is going to require a lot of investments from venture capital there is no better place in the world than San Francisco and Silicon Valley, no one will deny it. But, like I discuss in my book The emergence of the urban entrepreneur, I’ve been recognising several trends that are sort of reducing our dependence on that kind of start-ups as well as the dependence on a lot of venture capital. If your start-up isn’t going to require a lot of venture capital, there are a lot of great places to live beyond San Francisco. This city for example has a lot of problems with the living costs and, in general, there is an issue in the USA that the cities are not very liveable compared to European cities.
Outside of that, I would start to look at Europe as a great place to start, and I’m talking about Barcelona, Berlin, Paris or London. Now London with Brexit is very concerning for an entrepreneur who has even European ambitions and how difficult it will be for them to cross borders, and so on. So I’d be focussed on continental Europe, and with Paris is having a lot of problems right now, I’ll probably be more oriented toward Berlin, Amsterdam and Barcelona.

Can Barcelona be the next Silicon Valley?

Being the new Silicon Valley is the wrong question in essence. I don’t think today cities want to replicate what Silicon Valley has. Silicon Valley is not urban, it’s actually suburban, it doesn’t have walkability or a good dynamic mix of economy; there is no culture, no artists. Millennial entrepreneurs and their employees are not looking for that lifestyle, in fact that’s why a lot of them are leaving Silicon Valley and going to San Francisco.
It’s an awesome time for Barcelona, not just because of Brexit. People are looking for high quality of life, and Barcelona has good weather, great food, low living costs, proximity to beach and mountains, good communications with other major cities in Europe. Barcelona has all that in advantage, but also let’s talk about what Barcelona offers to entrepreneurs besides quality of life: a very strong network of shared work-places, growing fab-lab market places, both a city and regional government that have been very pro innovation and entrepreneurship for a long time. They are constantly innovating and trying to create new programs that will be useful for entrepreneurs and innovators, both local ones and also ones that are coming around the world. And Catalonia and Barcelona both have a very dynamic entrepreneurial ecosystem, with one of the world’s first and best innovation districts in 22@.
So Barcelona and Catalonia have a lot of opportunities. And I’m not alone thinking like this, there are a lot of people recognising the city of Barcelona as an interesting opportunity for starting and growing a business.

Are there any other interesting cities in Catalonia beyond Barcelona?

I’m still learning about this, but Barcelona is obviously the city that gets all the attention. But what I like from other smaller cities in Catalonia is their city feel, their urban aspect, their walkability, they have a town centre, and all the services for entrepreneurs and for anybody living there could need. In many cases you could maybe live there and don’t have to come to Barcelona, and many of this cities are fairly well connected with public transit.
We can talk about the city of Vic, where I work as joint professor at the Universitat de Vic, that has the urban centre and a lot of urban strength there, but for the moment there aren’t enough innovation strengths, with less co-working places, and a slightly worse connection to Barcelona. I’ve also been in Sant Cugat many times, both for business and for pleasure and I really like what Sant Cugat has to offer. It has a very nice city centre, it’s walkable, plenty of restaurants and bars, a little bit lower cost of living. They have more energy around innovation than Vic has, there is EsadeCreapolis, which is drawing student populations, there is also an acceleration space and an incubator space, and you have start-ups there. The city also counts on a good communication and easy access to Barcelona, and this is good to get investors and experts out to Sant Cugat and for people living in Sant Cugat to gain access to events like the one we just had in Catalonia Trade & Investment, it’s more viable than when you live in some of the other areas.
There are a lot of towns in Catalonia that have the potential, because they have the urban fabric already, and to me this is the number one thing. You don’t have to be a big city but you have to offer quality of life, walkability, cultural activities and most of the towns in Catalonia offer that. A critical ingredient is very easy access to a major city, and some of them are still struggling to have that good access.

In your book you highlight three elements: urbanization, collaboration and democratisation. Why?

As a result of my last five or six years of research I recognised three converging trends that are coming together and driving entrepreneurship in cities and they are: the fact that the world is urbanising, creating opportunities and also challenges to the cities regarding to infrastructures, energy, food, housing, jobs and energy. That’s actually creating a new type of entrepreneurs which I call civic entrepreneurship, who are trying to solve civic problems with business models. But there are also these two other elements that are very important: collaboration and democratisation.
In collaboration we have two things, both new collaborative business models: entrepreneurs parenting with cities and companies to actually solve some of these urban challenges as the cities are growing this problems, and you also have the collaborative economy. Then you have democratisation, and all of this play together. Democratisation is the argument that over time, the tools of innovation and entrepreneurship are becoming more accessible to a larger part of the population. You combine all these things and you look at things like co-working spaces, which are part of the sharing economy and are also what make entrepreneurship more democratized and more dynamic and energetic.
(Source: Catalonia Trade and Investment)

24 de julio de 2016

CUANDO LOS DIAMANTES SON UN PROBLEMA

Si en 1950 le hubiéramos pedido a un observador que nos dijera cuál de las dos zonas más míseras del mundo en ese momento, Asia o África, se iba a desarrollar más rápidamente en el siguiente medio siglo, muy probablemente hubiera apostado por África. Básicamente, por sus inmensos recursos naturales. Los economistas creían que la riqueza y el crecimiento de las naciones dependían de ellos. Sin embargo los países asiáticos “apostaron” por la única ventaja competitiva que podían explotar: su capital humano. Y desarrollaron de un marco institucional que acelerara el cambio tecnológico para aprovecharlo.

El país que marcó la senda a seguir fue Japón, una pequeña nación devastada y desmoralizada tras la II Guerra Mundial, totalmente desprovista de riquezas naturales, que decidió pasar de una economía recientemente industrializada, antes de la guerra, a una economía basada en tecnología tras la misma. El resultado: convertirse en la segunda economía del mundo, sólo superada recientemente por uno de sus seguidores: China. El punto de partida: la atracción de inversión extranjera en base a eficientes (baratas) estructuras de coste. La estrategia inicial: aprender de la manufactura extranjera. La jugada era obtener conocimiento experimental, a cambio de bajos salarios. Pero rápidamente ascendieron en su estrategia tecnológica: de aprender tecnologías de proceso y prácticas de gestión en sectores auxiliares, a imitar lo visto, a desarrollar tecnología propia y productos exportables a, finalmente, generar ciencia propia. Hoy, por ejemplo, los supercomputadores más potentes del mundo se hallan en China. Y nada es por casualidad. Como Silicon Valley, Finlandia, Irlanda o Israel, la emergencia de un hub tecnológico internacional responde a la creación de marcos institucionales que lo fomenten, y al desarrollo de políticas de largo plazo. El resultado tiene más que ver con el liderazgo, la gobernanza, las instituciones, los recursos y las políticas que con la casualidad o la existencia de diamantes en el subsuelo.

El modelo japonés fue seguido rápidamente por Hong Kong, Singapur, Taiwan y Corea del Sur. Corea del Sur, una de las actuales superpotencias económicas y tecnológicas contaba con una renta per cápita de un dólar por día en 1950, como la de los países más pobres de África. Singapur, una isla-estado cercana a Malasia  era un conjunto de aldeas de pescadores en 1960, con una renta per cápita de 1,2 dólares diarios (427 $ anuales). Hoy es de 56.319 $ (132 veces la de hace medio siglo). Su PIB per cápita, el tercero mayor del mundo, es superior al de Suiza, Noruega o Kuwaitt. Su esperanza de vida (84,7 años), también es de las más elevadas del planeta. Su apuesta fue la atracción y concentración de actividad manufacturera, (especialmente en el polígono industrial de Jurong) y la educación. Se pusieron en marcha instrumentos de fiscalidad favorable para la atracción de inversiones, progresivamente más intensivas en tecnología, a la vez que se mejoraban las instalaciones estratégicas de su puerto. La agenda de innovación se completa con la transformación del modelo productivo hacia actividades cada vez más basadas en conocimiento. En palabras de un alto directivo público “las fábricas necesitan mucho terreno y cada vez ocupan a menos personal, a causa de la automatización creciente. Somos un país pequeño, donde el terreno es escaso y con una densidad de población elevada. Pensamos que lo más prudente sería invertir en sectores que pudieran albergar a gran número de trabajadores por metro cuadrado”. E invierten recursos (es decir, realmente “apuestan”). Su último National Technology Plan (que continúa los sucesivos planes de tecnología lanzados de forma estable desde 1991) está dotado con 13.000 M€. Singapur, un país de la extensión de Menorca, destina unos recursos públicos al impulso de la innovación tecnológica iguales en magnitud a la totalidad de la I+D pública y privada ejecutada anualmente en España. 

En 1950 Asia era tan pobre como el África subsahariana. Pero, mientras en África los incentivos políticos y los marcos institucionales desarrollados en los últimos 50 años han ido orientados a capturar y repartir desigualmente (normalmente entre unas minorías) la riqueza de los recursos naturales existentes, los países asiáticos han sabido construir agendas estratégicas de largo plazo para acelerar y explotar el cambio tecnológico en beneficio de sus ciudadanos. Los resultados: según el World Bank, 12 países crecieron de forma sostenida, con tasas exponenciales (mayores al 7% medio) entre 1960 y 2005. 9 de ellos eran asiáticos: China, Hong Kong, Indonesia, Japón, Corea del Sur, Malasia, Singapur, Taiwan y Tailandia. Los otros dos, Omán y Botswana, explican su crecimiento en base a recursos naturales. 


Olvidar la generación de riqueza no es un buen negocio. ¿No se estarán comportando en estos momentos buena parte de los países avanzados como África lo ha hecho durante el último medio siglo? ¿No estaremos orientando nuestros esfuerzos políticos y nuestros marcos institucionales a capturar la riqueza preexistente –cada vez más exigua- en lugar de impulsar nuevas fuentes de ventaja competitiva? La historia reciente nos demuestra que los países que centran sus esfuerzos en desarrollar políticas de largo plazo basadas en ciencia y tecnología  encuentran la senda de la prosperidad y son capaces de extraer a millones de personas de la miseria. Y nada impide que aquellos que olviden los mecanismos de creación de valor, y destinen sus marcos institucionales a extraer y repartir los recursos preexistentes, no caigan de nuevo en la misma. 

Post escrito conjuntamente con Oriol Alcoba, Director de Valorización de Eurecat Centro Tecnológico, quien recientemente ha participado en una misión a Singapur

Recomiendo leer "The Next Convergence: The future of economic growth in a multispeed world" (Michael Spence) libro del cual se extraen algunos de los datos que figuran en el post.

16 de julio de 2016

NO TE PODRÁS JUBILAR

En cierta ocasión, cuando preparábamos una jornada sobre innovación, la Directora de Comunicación de una importante institución me dijo: “Otra vez hablando de innovación. No vendrá nadie. Habéis quemado el concepto. A pocos les interesa, y nadie entiende qué es eso de la innovación o de la I+D”. Un poco molesto, aunque sabiendo que, en el fondo, tenía razón le contesté: “No te podrás jubilar… ¿Eso lo entiendes?

Efectivamente, no te podrás jubilar. No sólo por la alarmante reducción de los fondos de reserva en la hucha de las pensiones (no hay apenas recursos ya para mantener las pensiones). También por la bomba demográfica y la falta de reemplazo generacional (no va a haber recursos en el futuro).

Pero la triste y enésima confirmación de que quizá no nos podremos jubilar nos lo ofrece la nueva edición del Regional Innovation Scoreboard (RIS) de la UE. El gráfico indica la intensidad innovadora de Europa. En verde oscuro, los líderes. En verde claro, los seguidores. En amarillo, los perdedores. En naranja, los deshauciados. Una foto que nos indica lo que va a venir en los próximos años y lo que ya estamos viendo: economía precarizada, salarios tercermundistas, pobres que son pobres trabajando y pobres que jamás encontrarán ya trabajo (al menos un trabajo digno). Y millones de jóvenes con talento que huirán hacia el Norte.  El Sur europeo se despreocupa de estimular los motores de generación de riqueza en el siglo XXI: la ciencia aplicada y la tecnología. No nos interesa la innovación. No entendemos la I+D porque hemos perdido conciencia de la necesidad de crear riqueza para luego distribuirla. Europa se fragmenta, no sólo por el Brexit, sino siguiendo una frontera meridional de conocimiento que coincide con la falla geológica mediterránea: la innovación no baja más allá de los Pirineos, de los Alpes o de los Balcanes. La economía del Sur de Europa se va hacia África.

Pero no pasa nada. Nadie parece entender qué diablos es esto de la ciencia, la tecnología y la industria del conocimiento (la única vía válida para construir países solventes y mantener sociedades del bienestar). Especialmente, estas cosas tan complejas están excluidas del cansino debate político. Seguro que ni siquiera nuestros líderes más preparados entienden qué es eso de la innovación y de la I+D, conceptos sofisticados aparentemente sólo al alcance de cerebros germánicos o escandinavos.

En fin, sigamos por este camino. De momento, en la Península, sólo Euskadi se mantiene en una posición mínimamente digna (aunque perdiendo enteros, desde 2014 ha bajado su capacidad innovadora en un 7%, según el recién publicado RIS). Como se duerman un poco más, se hunden en la tercera división europea, la de los perdedores del futuro. Navarra ya se ha despistado y ha caído a tercera división. Catalunya y Madrid siguen perdiendo fuerza (un 6% y un 11% respectivamente, desde 2014).


Últimamente se ha abierto un importante debate sobre el rol de las ciudades en la innovación. Efectivamente, las grandes orbes serán los motores de innovación del futuro. ¿Podrán Madrid, o Barcelona –bien posicionada teóricamente en innovación, aún a reflujo de los Juegos Olímpicos del 92- competir contra París, Londres, Berlín, Copenhague o Estocolmo? Miremos los colores de las zonas donde se encuentran todas esa capitales en el mapa y quizá encontremos la respuesta.

10 de julio de 2016

INNOVACIÓN TOTAL EN EL SECTOR DEL AUTOMÓVIL

Cuando estudiaba me decían que si existía un ejemplo de sector maduro, oligopolístico (dominado por unos pocos y poderosos jugadores)  y con muy elevadas barreras de entrada, éste era el del automóvil. Según el modelo de las 5 fuerzas de Porter, nada podía substituir el automóvil, nadie podía entrar en el sector, y el poder de las grandes marcas ante clientes y proveedores era muy elevado. Si eras un emprendedor o un agente ajeno al sector, era prácticamente imposible acceder a él. Las barreras de entrada tecnológicas, de economías de escala, de marca o de inversión en activos eran insuperables. Hoy, sin embargo, el sector del automóvil está sufriendo un asalto masivo y despiadado por parte de nuevos entrantes que vienen de todas direcciones.

Tesla lanzó su modelo 3 en abril, el primer vehículo eléctrico equiparable en aceleración, rango y precio (35.000 $) al de sus homólogos de motor de combustión. Los pedidos superaron las 400.000 unidades en pocas semanas. Lamentablemente, su capacidad productiva está muy lejos de poder servir rápidamente este tsunami de órdenes de compra: en los primeros cuatro meses del año, sólo produjo 18.345 unidades. Para alcanzar los objetivos de ventas (pretende llegar al medio millón de vehículos anuales), es crítica su alianza con Panasonic para construir una Gigafactoría de baterías. Además, deberá superar las dudas sobre su solvencia tecnológica tras el fatal accidente mortal de mayo, el primero de un vehículo autoconducido. Veremos si es capaz… 

No obstante, Tesla sigue siendo un gran ejemplo de attack from below (ataque desde abajo): el fenómeno según el cual una joven startup, portadora de una tecnología disruptiva, se lanza como un torpedo sobre las bases tecnológicas de una industria, hunde a los antiguos players, y reconfigura la estructura de la misma. Por cierto, Tesla recibió en 2009 un préstamo a bajo tipo de interés, de 465 millones de dólares, por parte del Gobierno de EEUU para desarrollo tecnológico (¿quién dijo que en EEUU los milagros tecnológicos y emprendedores pasaban solos?)

Tesla está invadiendo el sector desde el control de una tecnología estratégica para el futuro del automóvil (la batería eléctrica). Pero el sector deriva totalmente hacia la competición en base electrónica. Por ello, no es extraño que los gigantes innovadores de la electrónica hayan puesto la vista en el automóvil. Alphabet, la marca paraguas de Google (creada para proteger a Google de las fluctuaciones financieras que generaba el riesgo de innovar en otros sectores), está completando un equipo de altos ejecutivos para lanzar la compañía que comercializará el autoconducido Google Car hacia 2020. Y, si bien no hay confirmación oficial de la entrada de Apple en la industria del automóvil, existen innumerables indicios. Uno de ellos, su inversión de un billón de dólares en la empresa china Didi Chuxing, competidora de Uber. Otros indicios, su esfuerzo récord en I+D en los últimos años, las evidencias de búsqueda de espacio en San Francisco para testear coches autoconducidos, la contratación de altos directivos del automóvil o el registro de dominios como Apple.car. Para los analistas expertos, el lanzamiento del iCar en 2020 (proyecto “Titán”) es un secreto a voces.

Pero no sólo los líderes electrónicos americanos están reconfigurando la dinámica del sector: China les sigue los pasos muy cerca. Alibabá, la mayor plataforma comercial on-line del mundo, el Amazon chino, ha anunciado que ya tiene a la venta su “internet car” propio, en colaboración con SAIC (Shangai Automotive International Company), una de las cuatro grandes empresas públicas chinas del automóvil. O Baidu, el Google chino, quien también ha hecho público que tendrá listo su vehículo autoconducido para el mercado masivo en 2021.

Y, desde el lado de los usuarios, otra formidable plataforma electrónica está subiendo aguas arriba dispuesta a controlar la industria: Uber (cuyo valor en bolsa supera los de Ford y General Motors juntas) tiene también su propio proyecto de desarrollo de vehículo autónomo. Uber cuenta con una ventaja competitiva adicional: la posibilidad de transformar el modelo de negocio y la estructura económica del automóvil. Al fin y al cabo, la mayor parte de la población en países desarrollados dispone de coches infrautilizados. ¿Quizá la propiedad del automóvil sea sustituida por un servicio instantáneo de transporte, servido por vehículos autónomos? Puede que en el futuro inmediato, para ir a trabajar, un automóvil Uber sin conductor (un robo-taxi) le espere a la puerta de su casa, le lleve al trabajo, y otro le venga a recoger puntualmente. Este es, en el fondo, el escenario que todos están barajando: un cambio radical de modelo de negocio. Si esto ocurre, las flotas estarán ultra-utilizadas, serán hipereficientes,  y la demanda agregada de vehículos caería a mínimos, pues los individuos dejarían de comprarlos. Uber, en este escenario, es caballo ganador. 

Hoy Toyota, Nissan, Volkswagen, Fiat, BMW y la mayor parte de los antiguos líderes están entrando en un terreno que hace pocos años hubieran considerado ciencia ficción. Y, en este escenario les toca tomar iniciativas agresivas para controlar rápidamente tecnologías, información o modelos de negocio que no poseen. Un ejemplo, la alianza de General Motors con Lyft (competidora de Uber), con una inversión de un billón en dicha startup en su carrera hacia el vehículo autónomo. Toyota se ha aliado con Microsoft para desarrollar protocolos electrónicos de conexión de vehículos.

Los viejos gigantes buscan desesperadamente jóvenes startups de geolocalización, software embarcado, tecnologías de batería o compartición de vehículos para comprarlas y evitar perder el tren del futuro. Los nuevos entrantes perforan las bases de la industria. Silicon Valley substituye a Detroit como la Meca del automóvil. Y pronto, muy pronto, nada será como antes.


3 de julio de 2016

MÁS SOBRE RENTA BÁSICA UNIVERSAL

El 10 de marzo del año 2000, el índice tecnológico NASDAQ alcanzó su máximo histórico: 5048 puntos. Pocos años antes, en 1995, el gobierno de los Estados Unidos había liberalizado el uso comercial de una invención que, hasta entonces había sido utilizada exclusivamente para comunicaciones entre instituciones científicas y de defensa: internet. Las inmensas oportunidades de negocio que esta tecnología ofrecía generaron una avalancha de nuevas empresas, una oleada masiva de financiación privada, y una propulsión en la estratosfera del valor de las acciones de las emergentes compañías tecnológicas, en un fenómeno que el director de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan definió como "exuberancia irracional". La historia terminó con una brusca implosión negativa de la burbuja y una caída en picado de las cotizaciones bursátiles. El NASDAQ perdió el 70% de su valor en dos años. Nunca más ha llegado a los niveles de 2000.

Internet generó un ciclo de sobreexpectativas en el mercado financiero, que se recalentó en exceso. Lo que vino a continuación no fue más que la antesala de una nueva crisis. Los bancos centrales, temerosos de una recesión, inundaron de liquidez a los mercados. Comenzaba una década prodigiosa de crecimiento diseñado por las instituciones financieras (2001 a 2008). Pero esta liquidez creó nuevas burbujas: productos financieros especulativos y un sector inmobiliario desorbitado. Lehman Brothers estalla en septiembre de 2008 y genera la gran recesión de los últimos años. La nueva respuesta política, otra vez errática, se traduce en recetas de extrema austeridad en las cuentas públicas. Austeridad mal entendida especialmente en la periferia europea, que aniquila también fuentes de ventaja competitiva como son la educación y la inversión estratégica en I + D. La incapacidad de los líderes de entender la realidad deriva en ingenuos anuncios de brotes verdes, en la intervención europea de las cuentas públicas de los estados del Sur, y en una nueva ficticia recuperación basada en estructuras low-cost y empleo escaso y precario. La falta de talento político en Europa deriva en profunda crisis social y realimenta la crisis política. El Brexit es la última y triste evidencia de este bucle autodestructivo.

El relato de la historia es el relato de un desacoplamiento entre fuerzas netamente positivas (el increíble desarrollo tecnológico de los últimos años, con las oportunidades que genera) y fuerzas negativas (la incapacidad del sistema económico y político actual de gestionar este cambio de paradigma, acelerar los mecanismos de creación de riqueza, y distribuirla eficientemente). No somos capaces de interpretar los cambios en los fundamentos económicos, y el sistema se comporta erráticamente. Los cambios son profundos, y de naturaleza positiva. Sin embargo, un acontecimiento capaz de transformar el mundo a mejor, como el nacimiento de internet, se convierte en el dominio financiero en una secuencia de sobreexpectativas, recalentamientos y burbujas.

Y ahí seguimos. Cuando la economía recibe una lluvia de innovaciones disruptivas (que deberían llevar al mundo a una situación mejor), el sistema parece haber perdido  el manual de instrucciones. Sin embargo, los primeros indicios del nuevo paradigma emergente, de forma tímida y casi imperceptible, están surgiendo por todas partes. El debate sobre la Renta Básica Universal (RBU) ha llegado para quedarse. Como ocurrió durante la Gran Depresión de 1930, que abrió el debate para un embrión de seguridad social en Estados Unidos, cuando la pobreza extrema afectaba al 50% de la población estadounidense. Como entonces con la cobertura sanitaria o educativa universal, ahora la RBU parece algo irreal e inalcanzable.

Muchas cosas están pasando en poco tiempo. Los proyectos piloto acotados se están desarrollando ya en diferentes partes del mundo, como Finlandia, Holanda, Canadá o Silicon Valley. Las conclusiones parecen netamente positivas: se reduce prácticamente a cero la pobreza, los trabajadores no caen en la tentación de dejar de trabajar (pues la renta básica sólo garantiza la cobertura de unos mínimos), pero se detecta una mayor predisposición a asumir riesgos (emprender, innovar o cambiar de trabajo) al tener, precisamente, estos mínimos cubiertos. Sorprendentemente, la RBU parece estimular el emprendimiento y la innovación. En paralelo, se extiende el consenso (a derechas e izquierdas) sobre este instrumento. Para las izquierdas, como un definitivo mecanismo de distribución de la riqueza, y por las derechas liberales, una oportunidad de responsabilizar al individuo de la autogestión de estos recursos (que pueden conllevar la reducción de gasto público en costosas e ineficientes redes asistenciales).  


No podemos caer en populismos: ahora es imposible. Ofrecer, por ejemplo, una RBU de 10.000 € en Catalunya significaría un gasto público de 75.000 millones de Euros (aproximadamente 3 veces el presupuesto actual de la administración catalana). No obstante, el escenario es esperanzador (cambio tecnológico exponencial), el concepto es atractivo (avanzar hacia una sociedad más emprendedora, más libre y más igualitaria), y en el largo plazo, es técnicamente factible (la tecnología puede crear un mundo de abundancia). Ahora nos toca, como sociedad, luchar por esa utopía. Hay que recuperar la estrategia europea marcada, precisamente, con la emergencia de Internet, a principios de los 2000: "convertir Europa en la economía basada en conocimiento más competitiva del mundo" y centrar esfuerzos en lo que lo puede hacer posible: según el Fondo Monetario Internacional, cada euro público invertido en investigación aplicada a la industria revierte en 12,5 euros de crecimiento del PIB en el medio plazo. Crear un país rico basado en conocimiento y transformar la estructura social mediante nuevos enfoques radicalmente innovadores. Cambiar el paradigma. Este es el verdadero camino del futuro. Quizá nosotros no lo veamos, pero deberíamos conjurarnos para que lo vean nuestros hijos.

(Artículo inicialmente publicado en ViaEmpresa, el 27/06/2016)