28 de mayo de 2016

VIVIR SIN TRABAJAR

Foxconn, el mayor contract manufacturer del mundo, fabricante de iPhones para Apple, Galaxys para Samsung, y PlayStations para Sony, acaba de anunciar que substituirá 60.000 empleados por robots, en el marco de un programa masivo que tiene como objetivo automatizar todas sus operaciones de producción. La revolución tecnológica sin precedentes que estamos sufriendo tiene algunas consecuencias nefastas: la automatización del trabajo expulsa millones de personas de sus empleos. Según un reciente estudio de Deloitte y la Universidad de Oxford, el 35% de los empleos serán automatizados y suprimidos en las próximas dos décadas. Automatización que está ascendiendo, a medida que las máquinas incorporan niveles superiores de inteligencia, hacia capas cada vez más sofisticadas de trabajadores. Ya no desaparecen sólo tareas relacionadas con la manufactura rutinaria o la gestión administrativa. También desaparecen actividades que implicaban toma de decisiones y habilidades de pensamiento crítico, o trabajo de precisión. Los sistemas expertos y la inteligencia artificial están ya aniquilando posiciones de management. Los robots asumen todo tipo de procesos, cada vez más complejos, desde la cirugía hasta la soldadura pasando por la mecánica de automóviles o la gestión de reservas de viaje.

La naturaleza del trabajo creado post-crisis tiene poco que ver con la del trabajo pre-crisis. El mercado del empleo está sufriendo un brutal desacoplamiento entre la oferta y la demanda. Mientras se han destruido millones de puestos de trabajo en tareas repetitivas (desde cajeros de supermercado a operarios de fábrica, pasando por administrativos de banca), los escasos puestos creados lo son básicamente en servicios personalizados (abogados, médicos, consultores, analistas de datos…) muy especializados y con outputs difícilmente exportables o escalables. Y la demanda de las grandes empresas gira inevitablemente hacia profesiones intensivas en tecnología (según McKinsey, más del 60% de grandes empresas estadounidenses declaran que no encuentran perfiles especializados en ámbitos como sistemas de información, matemáticas o ingeniería, mientras que sólo el 15% de las titulaciones universitarias ofrecen programas en estos ámbitos).

Pero además, la acelerada digitalización de los sectores industriales está cambiando alguna de las leyes fundamentales de la economía: el coste marginal de producir una unidad más en los mercados digitales es cero. Si antes, en el mundo analógico, producir una unidad más de producto revertía en costes empresariales (que se transformaban en salarios), hoy todo el coste se concentra en el diseño de la primera unidad. La segunda, es una copia gratuita de la primera. Desde un programa de software hasta una superproducción cinematográfica. Todo el valor generado confluye en el punto original. Avanzamos hacia una singularización absoluta del valor creado, que no se distribuye ya en cadenas territoriales. La digitalización, una fuerza formidablemente democratizadora de la información, del conocimiento y de la educación, es también terriblemente ineficiente en la distribución de la riqueza.

¿Vamos hacia un mundo con una minoría de emprendedores de éxito, diseñadores y profesionales de élite, ciudadanos globales muy bien pagados, que acumulan la riqueza; y una mayoría de parias inadaptados y desamparados? ¿Puede ser que en un entorno donde la tecnología genera incrementos cuánticos de productividad y, por tanto, abundancia de outputs en todos los sectores (desde la alimentación a la energía, pasando por la farmacia, la medicina o por el medio ambiente), la falta de trabajo lleve a la precariedad globalizada? De hecho, por primera vez en la historia, parece que los incrementos de productividad ganados con tecnología no se están convirtiendo en reinversiones y generación de puestos de trabajo. Se crea riqueza de forma abundante, pero la desigualdad se extiende imparable por el planeta.

En este escenario, están surgiendo cada vez más voces que reclaman una Renta Básica Universal (RBU). Desde figuras emblemáticas de la izquierda como el ex ministro de economía griego, Yanis Baroufakis; a diferentes formaciones políticas de todos los colores, en países como Finlandia, Islandia, Canadá o Suiza, donde este tema está convirtiéndose en debate nacional. Este paradigma, como evolución del estado del bienestar y de los sistemas de seguridad social, parece técnicamente posible en un mundo tecnológico e hiperproductivo, pero en el cual parecen haber desaparecido los mecanismos básicos de distribución del valor regulados por la espontánea dinámica del mercado. Y esto es así porque la revolución tecnológica ha transformado las estructuras de coste empresariales, y la misma naturaleza del trabajo.


The Verge se plantea cuál será el último trabajo de la tierra. Pero Keynes, en su libro Economic Possibilities for Our Grandchildren, (publicado en 1930, en plena Gran Depresión) ya predijo que hacia 2030 la humanidad habría aumentado de tal modo su productividad que nos esperaba un futuro de ocio. Quizá no iba tan errado. Como en el Imperio Romano, donde los ciudadanos no trabajaban porque millones de esclavos lo hacían por ellos, vamos hacia un mundo sin trabajo? ¿Trabajarán los robots por nosotros? En ese caso, ¿seríamos capaces de redistribuir la riqueza y construir una equilibrada sociedad del ocio? ¿Será el fin del trabajo y la renta básica universal el punto de destino de la globalización?

(Artículo publicado originariamente en ViaEmpresa)

22 de mayo de 2016

LA CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

La semana pasada, la Fundación para la Industria me invitó a una sesión de debate sobre el sentido y el impacto de la llamada “industria 4.0”. ¿De qué hablamos cuando hablamos de “industria 4.0”? ¿Es ésta la última palabra de moda? ¿Substituirá este concepto a la tan etérea “innovación”?

Hay quien dice que han existido cuatro revoluciones industriales. La primera empezó con una regulación incipiente de la propiedad intelectual en Inglaterra, hacia principios del siglo XVII, que permitía a un inventor apropiarse de los retornos económicos de sus invenciones (primeras patentes). Fue ésta una revolución basada en fuentes de energía primaria (vapor y corrientes de agua). La segunda, casi doscientos años más tarde, fue protagonizada por una nueva revolución energética (llegada de la electricidad) que siguió a la extensión de grandes sistemas de comunicación físicos (ferrocarril), y finalizó con intensas innovaciones en management (cadena de producción seriada). La tercera es la revolución de las computadoras, que arranca con la Segunda Guerra Mundial, se acelera con los grandes retos espaciales, y eclosiona con la extensión mundial de los microprocesadores. La cuarta (dicen) es la de la interconexión hombre-máquina, la sensorización total y la industria digitalizada (“industria 4.0”).

El concepto de “industria 4.0” surge en 2011 en Alemania, como resultado de una comisión de trabajo liderada por la empresa Robert Bosch, y realizada en el marco de la Estrategia de Alta Tecnología  germana. El término es recogido posteriormente por McKinsey, que lo populariza a nivel mundial (y ahora es motivo de gran atención en USA). Sobre el papel, industria 4.0 es un nuevo paradigma industrial basado en la recogida masiva de datos y toma de decisiones en tiempo real en toda la cadena logística, desde las plantas de materia prima hasta el consumidor final, pasando por los procesos de manufactura. Dicho paradigma, sustentado en tecnologías de la información, óptica, fotónica y computación masiva, permite un control extremo de la calidad, una hipereficiencia en la gestión de stocks y trazabilidad total de la secuencia de fabricación. Pero si esto fuera todo, la industria 4.0 no sería más que una versión sofisticada de la manufactura de los 80, con una informatización de los métodos ya utilizados entonces (básicamente, métodos japoneses de producción rápida, ligera y cualitativamente excelente). En mi opinión, industria 4.0 integra algunas variables más que completan el nuevo paradigma: a) el uso de nuevas tecnologías de computación (big data) e inteligencia artificial para la toma autónoma de decisiones, b) la distribución de la fabricación en punto final (mediante la impresión 3-D), y c) la concentración espacial de actividades de I+D, diseño de producto, prototipado, industrialización y manufacturing sofisticado (es decir, de aquéllas actividades que capturan la mayor parte del valor de la cadena productiva). La industria 4.0 no sólo es una industria digitalizada. Lo importante es que es una industria impregnada. Impregnada de conocimiento.

Yo creo que las verdaderas revoluciones industriales han tenido bases más sencillas, conceptualmente, de lo que nos dice la lectura de los superpuestos acontecimientos históricos. Si han habido cuatro revoluciones industriales, entonces la primera es la fundamental, la energética (desde la máquina de vapor hasta la llegada de la electricidad). La segunda es de gestión (con la irrupción de la producción en masa y la eclosión de las ciencias del management). La tercera es la de la información (la era del silicio, desde los ordenadores de válvulas de vacío hasta los smartphones). Pero la cuarta revolución industrial no será sólo la “industria 4.0”. Será la revolución del conocimiento, en todas sus dimensiones. La información ya no es poder. El conocimiento lo es. Un exceso de información (una “infoxicación”, como lo categorizó magistralmente el compañero Alfons Cornella) produce tanta confusión como un defecto de la misma. 

El futuro es del conocimiento. El futuro será de la industria del conocimiento, de las ciudades del conocimiento, de las sociedades del conocimiento, o de los países del conocimiento. Y ahí, algunos juegan con ventaja: aquéllos que se han dado cuenta de que el conocimiento se pega a un territorio y no lo deja fácilmente. Si invertir en I+D no tiene ninguna correlación con el éxito de mercado a nivel de empresa, paradójicamente sí que lo tiene a nivel de riqueza de un territorio. Son las famosas externalidades, los spillovers (el conocimiento desborda a las organizaciones que lo crean), o las particularidades sociales (el conocimiento está en posesión de las personas que viven en un lugar). El conocimiento tiene unas características caprichosas: es pegajoso y genera riqueza. Con esa combinación, no es difícil crear fuertes ventajas competitivas nacionales.


Nosotros no estamos en estas historias tan sofisticadas, sólo es necesario ver el nuevo Informe COTEC 2016. Coged antes un pañuelo (o, después, las maletas). Me ahorro un post sobre ello, que si no me llamarán “pesimista”.

15 de mayo de 2016

CORPORATE ENTREPRENEURSHIP

El emprendimiento corporativo (Corporate Entrepreneurship) es la nueva frontera de la innovación empresarial. Durante años hemos intentado que equipos directivos de empresas de todos los sectores idearan nuevos conceptos y gestionaran proyectos de innovación. Millones de ejecutivos se han cerrado en oficinas corporativas, han intentado realizar sesiones de brainstorming, filtrar ideas, dotarlas de recursos y crear equipos de acción innovadora. Pero el enfoque ha sido incorrecto: emergiendo desde las profundidades del core business, en las mismas salas grises corporativas en las que se firman contratos con proveedores, e intentando que fríos controllers alumbraran nuevas ideas, las oportunidades que aparecían jamás se apartaban del paradigma inicial. Ese modelo llevaba al puro incrementalismo. A la mejora continua, a satisfacer con mayor fidelidad al cliente original. A la eficiencia, a ofrecer el mismo valor con menos recursos de entrada. Pero difícilmente a la verdadera innovación.

La nueva aproximación, el Corporate Entrepreneurship, parte de otros principios: ¿y si una empresa actuara como un fondo de capital riesgo? ¿Y si fuera capaz de generar oportunidades radicales -o capturarlas externamente- que fueran sinérgicas pero no necesariamente emergieran de los equipos internos ni desde el modelo de negocio actual? ¿Y si esas oportunidades fueran incubadas y aceleradas por emprendedores –no necesariamente de la misma compañía- y financiadas de forma mixta –con fondos propios pero quizá también buscando socios financieros e industriales-? ¿Y si la empresa creciera inorgánicamente, como una bomba de creación y lanzamiento de start-ups, que pueden escindirse y desarrollarse externamente? Al fin y al cabo, qué mejor que una empresa “nodriza” para proporcionar a otra joven empresa "bebé" espacios empresariales, asesoramiento técnico, acceso a recursos de consultoría e I+D, mentores sénior y financiación primaria (en lugar de los clásicos organismos de promoción económica e instituciones públicas).

Según un estudio de Boston Consulting Group, hoy ya el 40% de las grandes empresas, de al menos siete sectores industriales intensivos en innovación (automoción, química, bienes de consumo, servicios financieros, medios audiovisuales y edición, y telecomunicaciones)  han adoptado este enfoque, y el 57% de las líderes en esos sectores utiliza activamente metodologías de emprendimiento corporativo. En USA, las inversiones en Corporate Entrepreneurship  crecen a un ritmo del 28% anual desde 2010. Y en China, el 5% de las inversiones de capital riesgo ya se ejecutan sobre iniciativas corporativas. Aceleradoras corporativas, incubadoras y laboratorios de innovación (innovation labs) se reproducen por doquier. Hoy, el 44% de las empresas analizadas en ese estudio ya ha implementado instrumentos de este tipo (frente a sólo el 2% en 2010).

Aceleradoras e incubadoras son los principales instrumentos del Corporate Entrepreneurship. Las incubadoras proveen de contextos de trabajo, mentores y acceso a recursos corporativos a las jóvenes start-ups patrocinadas por la empresa madre. Las incubadoras pueden incorporar laboratorios de innovación corporativos, espacios de prototipado rápido orientados a generar MVPs (mínimum viable products). Las aceleradoras son más que espacios físicos, programas intensivos de entrenamiento y prueba de nuevos modelos de negocio, utilizando las metodologías más novedosas para hallar rápidamente el camino de éxito al mercado (Lean Start-Up, Canvas, Design Thinking, Open Innovation…). Los programas de aceleración incorporan formación intensiva, viajes de benchmark, networking y contactos con proveedores estratégicos o usuarios avanzados (lead users)

Formas de crecer fuera del "Core" (Boston Consulting Group)
El Corporate Entrepreneurship (CE) no es substituto de la I+D corporativa. Al contrario, las evidencias muestran que las empresas que han implementado metodologías de CE han incrementado también su esfuerzo en I+D. Las start-ups corporativas pueden requerir proyectos de I+D adicionales. Pero también la creación de nuevos ecosistemas a partir de esas start-ups (contactos con grupos de investigación) refuerza la capacidad absortiva de la empresa. Y los esfuerzos en I+D corporativos , orientados al core business, incrementan su escala y alcance alimentando colateralmente al portafolio de start-ups.


No sólo Google o Samsung disponen de procesos de CE. También empresas como Telefónica (Wayra), Mercadona, Endesa o Fluidra han creado sus propias incubadoras. No sólo para incubar iniciativas internas, sino también para absorber y acelerar iniciativas externas que puedan ser sinérgicas o de interés para el core business o las core technologies de esas empresas. No necesariamente cerca de sus headquaters corporativos: quizá el mejor lugar para incubar nuevas oportunidades sea Berlín, New York o Seúl, donde vibran las comunidades emprendedoras (al fin y al cabo, la proximidad al core puede generar anticuerpos hacia las nuevas iniciativas). Y el fenómeno no sólo se da en grandes empresas: está descendiendo exponencialmente a empresas de tamaño mediano y pequeño, que se han dado cuenta que sus procesos de innovación son ya insuficientes y se quedan en las simples aproximaciones incrementales al modelo de negocio actual. El Corporate Entrepreneurship es the next big thing en gestión de la innovación.

Instrumentos de Corporate Entrepreneurship (Boston Consulting Group)

10 de mayo de 2016

EL EFECTO MULTIPLICADOR DE LAS POLÍTICAS

Hace unos días asistí a una conferencia de un buen amigo, directivo con una amplia experiencia en empresas de diferentes sectores, siempre vinculado a departamentos de I+D y Dirección General. En ella, ponía de manifiesto la estructura desequilibrada de la I+D en Catalunya: un 56% es ejecutada por empresas, mientras que un 44% es ejecutada por universidades y centros públicos de investigación. En España, la proporción es similar: 53% (empresas) versus 47% (universidades y organismos públicos). La mitad aproximada de la I+D la realizan entidades públicas. Ésta es una clara anomalía. En países de referencia, como Alemania, el liderazgo es empresarial: la proporción es de 66% (empresas) y 33% (universidades y administraciones). Efectivamente, uno de los indicadores de la salud de un sistema de innovación es la proporción de I+D que ejecutan las empresas versus los diferentes organismos públicos. En Dinamarca el esfuerzo empresarial representa el 65% del total, en EEUU el 71% y en Japón el 77%.

Mi amigo argumentaba que, dado que el esfuerzo proporcional de la empresa privada era en nuestro entorno substancialmente inferior al de las empresas de otros países, debíamos convencer a los empresarios de la importancia de la innovación y persistir en las campañas de sensibilización. Pero si algo se ha hecho en los últimos años, es sensibilizar. Se ha hablado de innovación hasta el aburrimiento. Se ha hablado y se sigue hablando de la importancia de innovar. Sin embargo, podríamos seguir sensibilizando hasta el día del juicio final, que creo que poco se iban a mover los datos de I+D/ PIB.

Porque la interpretación de mi amigo era errónea. Aparentemente, dado que la administración y el tejido empresarial estaban realizando un esfuerzo similar en I+D, la primera cumplía dignamente con su misión, mientras que el gran gap estaba en las perezosas empresas, que no se daban cuenta que, por el bien del país, debían incrementar su inversión en I+D (y, por tanto, su grado de riesgo empresarial, dado que la I+D es una actividad no exenta de riesgo). Personalmente, creo que la propensión al riesgo empresarial o a la pereza inversora en I+D son prácticamente idénticos en todos los países desarrollados. Lo que es diferente es el marco institucional y el mix de políticas públicas, que incentivan o desincentivan inversiones en I+D.

Imaginemos una economía con un PIB de 100.000 M€ que destina, pongamos, 1.000 M€ privados, y 1.000 M€ públicos a I+D. Esa economía realiza, por tanto, un esfuerzo del 2% de su PIB en I+D. Imaginemos un gobierno que desee incrementar la inversión en I+D de ese país (se supone que para mejorar su competitividad y bienestar). Supongamos que el Congreso de ese país, preocupado por la pérdida de empleo de calidad, consigue un presupuesto extraordinario de 100 M€. ¿Cómo lo ejecuta? Imaginemos dos escenarios:

  • Inyectando 100 M€ en nuevos programas de investigación pública. Esos 100 M€ se distribuyen en diferentes áreas de conocimiento. El producto final serán nuevas publicaciones de impacto. Incluso, si ese presupuesto es capaz de levantar más recursos de investigación, esos recursos estarán básicamente destinados a generar más publicaciones de impacto académico. En algunos casos, si el ámbito es de interés empresarial, existirá la posibilidad de transferir el conocimiento a alguna empresa (pero será casual).  
  • Actuando desde la demanda, creando un fondo de investigación para proyectos de alta tecnología industrial, con algunas condiciones: a) que los proyectos sean de alto nivel científico, b) que los proyectos requieran participación universitaria o de centros de investigación públicos, c) que los proyectos generen empleo de calidad, y d) que las empresas completen los presupuestos de dichos proyectos en una proporción de 1 a 3 (mínimo de 2 euros privados con cada euro público). La inversión total estimulada así en la economía sería de 300 M€, no sólo de 100 M€.

Opto claramente por la segunda aproximación. Por varios motivos: genera efecto multiplicador de los recursos, tiene impacto en la creación de empleo, no renuncia a la calidad científica, incentiva a las empresas a ejecutar proyectos de I+D, y crea aprendizaje en las mismas (hacer I+D lleva a aprender del proceso, a incrementar la capacidad absortiva de conocimiento y a hacer cada vez mejor I+D). Además, favorece y genera efecto tracción en aquéllos grupos de investigación públicos que más se orienten a empresa, acelerando los procesos de transferencia de tecnología y consolidando relaciones de confianza entre los agentes del sistema. En última instancia, los recursos revertirán igual en universidades y centros de investigación, pero pasando por el filtro del impacto real en el tejido económico. Quizá sacrificando excelencia, pero ganando utilidad.


En Catalunya, el esfuerzo público en I+D creció en un 250% en el periodo 2002-2012. El esfuerzo privado en ese mismo periodo creció sólo el 50%. ¿Culpa de las perezosas empresas, que están empeñadas en no abordar proyectos de I+D? No. Seguramente, pese al encomiable esfuerzo público, el mix de políticas diseñadas no tenían suficiente efecto multiplicador.


(En la siguiente gràfica de Eurostat se visualiza qué porcentajes de I+D/PIB ejecutan empresas y administraciones en diferentes países)