5 de noviembre de 2016

UN CUENTO DE HALLOWEEN

Año 2064. El mundo entra en su cuarta década de estagnación (bajo crecimiento y alto desempleo). La economía global lleva años creciendo a un escuálido 2,7%, significativamente por debajo de los niveles de la gran explosión financiera de 2008, que marcó los límites de funcionamiento del capitalismo del siglo XX. La desigualdad se ha incrementado desde entonces más del 40% en todo el planeta. Los empleos de baja y media capacitación han desaparecido casi por completo, sustituidos por robots, autómatas y pantallas táctiles. El mercado de trabajo se divide en dos segmentos muy polarizados: el de salarios muy bajos, y el de salarios muy altos. Una sobreoferta de trabajadores poco y medianamente cualificados compiten por los escasos empleos no automatizados. A la vez, emprendedores de éxito y hábiles financieros operan comprando, desarrollando y vendiendo startups digitales de crecimiento exponencial. Suecia tiene ya niveles de desigualdad similares a los de Estados Unidos en 2015. En los suburbios de Estocolmo languidecen masas de homeless en economías suburbanas de subsistencia, mientras que, en el centro de la ciudad, vibra la actividad emprendedora y corre la adrenalina de las rápidas operaciones corporativas. El modelo se reproduce en Londres, Berlín o Barcelona. La estructura social de la Alabama de 2015 está presente en las grandes capitales europeas de 2060. El Copenhague de 2060 se parece a las destartaladas ciudades del American Rust Belt, el abandonado cinturón manufacturero americano de 2015. Los Ángeles o Detroit son como la Manila de 2015. El cambio climático ha desecado las zonas templadas, existe competencia por los pobres recursos hídricos, y han desaparecido amplias zonas costeras, especialmente en Asia-Pacífico, reduciendo en un 2,5% el crecimiento del PIB mundial. Paradójicamente, la productividad se ha incrementado notablemente: el 75% del crecimiento hasta 2060 se explica por la introducción de nuevas tecnologías. Aún así, Europa y Estados Unidos han tenido que absorber 100 millones de inmigrantes en los últimos años. Sin ellos, la base fiscal de las economías occidentales hubiera disminuido tanto que la práctica totalidad de los países habrían entrado en bancarrota. Pero no hay medios de financiar los estados. Las inversiones públicas en infraestructura se han desvanecido desde 2040. La ciencia es una actividad pagada por filántropos. El proceso inmigratorio ha sido tan rápido que las antiguas sociedades europeas y americanas no lo han digerido. Proliferan los ghettos. El racismo y los partidos xenófobos dominan la mayor parte de los sistemas políticos del 2060. En un caótico “sálvese quien pueda”, algunos estados han decidido escapar del proceso globalizador mediante proteccionismo y alteración artificial de los tipos de cambio, lo cual les ha llevado aún más rápidamente a la ruina.

No es un terrorífico cuento de Halloween, ni la descripción de una escena de Mad Max. Son las conclusiones de un informe prospectivo de la OCDE publicado en 2014, sobre el crecimiento económico en los próximos 50 años (“Policy Challenges for the Next 50 Years”). Lo he recuperado al leer el magnífico e inquietante libro “Postcapitalism: A Guide to Our Future”, de Paul Mason. Según el autor, el capitalismo se ha regido históricamente por ciclos de unos 50 años, iniciados (como ya apuntó el economista ruso Nikolai Kondratiev) por la emergencia de nuevas tecnologías disruptivas, y finalizados con fuertes depresiones económicas. El último ciclo acabó, para Mason, con la explosión financiera de 2008, que dio pie a una fase definitiva de colapso, corroborado (entre otras cosas) por el informe prospectivo de la OCDE.


Necesitamos, como dice Mason, “un completo rediseño del sistema”. “La generación más educada de la historia humana, y la mejor conectada, no puede aceptar un futuro de desigualdad y estagnación”. La obra de Mason y el informe de la OCDE son previos al Brexit y a Donald Trump. ¿Serán éstas las primeras evidencias del colapso que anticipa Mason?  Se avecina un cambio sísmico, que podemos anticipar y modular, en lugar de sólo reaccionar pasivamente. A riesgo de que me tachen de pesimista, o de pesado (o de morir en el gulag, como Kondratiev ;-), creo que es imprescindible y urgente que empecemos a abrir un riguroso y sereno debate sobre cómo reescribir el nuevo modelo global de futuro, o el cuento de Halloween puede convertirse, lentamente, en una angustiosa realidad. 

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