6 de junio de 2016

UNIVERSIDADES DISRUPTIVAS

¿Podríamos desarrollar un business plan sobre una idea que mejore significativamente la vida de 1.000 millones de personas en los próximos años? Éste es uno de los retos que se propone a los alumnos de Singularity University, una iniciativa patrocinada, entre otros, por Google y la NASA, especializada en investigar y difundir las denominadas “tecnologías exponenciales” (nuevos materiales, big data, impresión 3D, programación genética…).  

Singularity es una más de las iniciativas que se multiplican en el sector de la formación, compitiendo abiertamente con la universidad tradicional. Y es que el mundo de la universidad está sufriendo una invasión masiva de nuevas propuestas radicales. Técnicamente, una disrupción. Organizaciones de diferentes naturalezas ofrecen programas formativos que reconfiguran el mapa de la educación superior. Mondragón, con metodología Team Academy propone formar alumnos en su grado LEINN (Leadership, Entrepreneurship and Innovation) mediante proyectos reales en equipo, e inmersiones en sociedades desarrolladas o países en desarrollo. Minerva (San Francisco) rehúye las clases magistrales y también forma mediante el trabajo en grupo y los proyectos en entornos internacionales. Kaospilot (Dinamarca) fusiona diseño y emprendimiento, con el objetivo de formar alumnos “capaces de inventar el futuro”. 

La innovación aparece por todas partes. También en el modelo financiero: hace poco me invitaron a participar en un programa de emprendimiento en biotecnología, en el cual no se paga a los profesores, ni se cobra matrícula. La retribución es en forma de participaciones accionariales en las compañías que crean los alumnos.  Por no hablar de los famosos MOOC (massive open, on-line courses) que llevan a todos los confines del globo a los mejores profesores, accediendo a ellos directamente desde el móvil (en ocasiones, los contenidos son gratuitos, se paga por la expedición del título). O programas híbridos como el Grado en Filosofía y Matemáticas que ofrece Oxford (una  propuesta de extraordinario estímulo intelectual). 

Sin embargo, lo más inquietante es que los nuevos formatos no siempre provienen de universidades. También de empresas u organizaciones no universitarias que ignoran la homologación oficial de los estudios bajo la premisa de que los programas oficiales, excesivamente académicos, no preparan para el mercado de trabajo.

La universidad, tal como la conocemos, se encuentra en un estadio de hipermadurez y competencia imitativa: mismos títulos, mismos programas, similares contenidos, idénticos formatos, igual bibliografía y profesores con la misma trayectoria (distinguidos, en todo caso, por su capacidad investigadora). Sufre una necesidad acuciante de especializarse y diferenciarse para encontrar su verdadera identidad estratégica. Según el World Economic Forum, las tres habilidades clave para encontrar un empleo en 2020 serán la capacidad de resolver problemas complejos, el pensamiento crítico y la creatividad. ¿Es la universidad capaz de desarrollar estas capacidades en sus alumnos? 

El paradigma clásico del proceso formativo se ha basado en la escasez de información (sólo el profesor la poseía), en la jerarquía (el profesor es la autoridad) y la unilateralidad (el profesor habla, los alumnos escuchan). El proceso de aprendizaje es básicamente individual y solitario (se estudia sólo, en casa) y de respuesta lineal (a mayor esfuerzo, mayor recompensa). Pero el mundo real no es ya así. Los alumnos tienen tanta o más información que el profesor. De hecho, tienen toda la información que deseen, incluso acceso a vídeos de profesores mejores que los suyos, explicando lo mismo. Están interconectados en tiempo real, en el aula. Y sufren un cierto síndrome de abstinencia digital (¿aguantarán una clase magistral de una hora, sin conectarse a su móvil?). La vida los examinará en equipos de trabajo, y la recompensa a su esfuerzo no será lineal (siempre habrá imponderables). Además, la mejor solución a problemas reales será probablemente creativa y original (¿fomentan las universidades la singularidad, la propuesta creativa?). Por otro lado, en muchos casos, gran parte de las materias de los planes de estudio estarán obsoletas en menos de diez años, lo que relativiza el valor de los contenidos (sin desmerecerlos) y hace más acuciante la generación de capacidades de iniciativa y adaptación al cambio. En este contexto es natural que surjan propuestas que minimicen la clase unilateral (“magistral”), insten al alumno a buscar información fuera del aula, a valorarla críticamente y a integrarla de forma constructiva y colectiva en la misma.


Quizá debamos redefinir lo que entendemos por universidad, y adaptarla al nuevo entorno. 22 de las 30 mejores universidades de mundo, según el ránking de Shangai, son norteamericanas. El resto, británicas, canadienses o japonesas. Pero, sorprendentemente, no hay ninguna universidad alemana en las 30 mejores posiciones. ¿El motor tecnológico, industrial y exportador de Europa no tiene ninguna universidad en la élite mundial? ¿No será que siguen otro modelo? ¿No será que hay que repensar los estándares? ¿Orientarnos más a la demanda? Y, especialmente, habrá que recuperar la prioridad absoluta por la excelencia docente, quizá la gran olvidada de los últimos años.

(Artículo publicado en La Vanguardia el 05/06/2016)

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