16 de enero de 2016

EL TIFÓN DEL MAR DE LA CHINA

Los huracanes que vienen  del Pacífico, por alguna extraña razón, se denominan “tifones”. Ha estallado una nueva tormenta financiera global con origen en un tifón chino. Parece que la inestabilidad en China se ha contagiado a todo el mundo. Creo que sólo es una evidencia más del fin de la economía financiera tal como la habíamos entendido hasta ahora. Desde la irrupción de internet, con la interconexión informática global, la economía se ha convertido en un auténtico sistema complejo, un sistema de imposible predicción y de rapidísima oscilación. Las caídas de la bolsa de los últimos días serán solo coyunturales. Pero la inestabilidad macroeconómica global es estructural: ha llegado para quedarse.

China anunciará probablemente esta semana que su crecimiento durante el último año ha sido de alrededor del 7%. Una cifra exigua para los crecimientos de dos dígitos a los que estamos acostumbrados. Una cifra que no cumple las expectativas de los mercados financieros, y por ello los desestabiliza.  Pero sigue siendo una cifra astronómica para nuestros estándares. Ciertamente, la demanda interna es débil, la inflación es muy baja y el endeudamiento crece peligrosamente en China. Con políticas monetarias laxas, China debería estimular el consumo y la inversión inyectando liquidez. Sin embargo, una devaluación del yuan incrementaría la deuda internacional de las empresas chinas. Ese es parte del dilema coyuntural. Y todo ello forma parte de la terminología macroeconómica al uso, de la cual corren toneladas de tinta en los periódicos.

Pero el cambio estructural en China se está produciendo de verdad. El país se encuentra en un punto de inflexión, en pleno salto entre un modelo económico manufacturero y de bajo coste a un modelo de economía basado en la innovación. Y esta es la tendencia que emergerá en el largo plazo. En un reciente comunicado de prensa de presentación de su estrategia económica para los cinco próximos años, el término “innovación” aparecía 71 veces.

Según la revista Techcrunch, pronto, 2/3 del crecimiento chino vendrá a través de proyectos innovadores. Con más de cuatro veces la población de USA, con uno de cada 7 habitantes del planeta, y más de 150 millones de empleos en manufactura, China va a elevar la innovación global a una escala sin precedentes. El conventional wisdom occidental, que percibe China como una especie de esponja copiadora de los avances tecnológicos occidentales está ya obsoleto. La potencia de las economías de escala y alcance chinas, aplicadas a la alta tecnología y a la manufactura avanzada hará palidecer los actuales líderes mundiales en innovación y dejará a media humanidad (entre ella, el Sur de Europa) a la intemperie económica. Sólo mostraré un par de gráficos como ejemplo: el ritmo industrial y exponencial de generación de patentes chino; y la generación de una nueva oleada de start-ups tecnológicas que nada tienen que envidiar a los proyectos de Silicon Valley.

¿Y la vieja Europa? En su mayor parte, durmiendo la siesta de la autocomplacencia. Sólo el corazón alemán y nórdico se prepara de verdad para el futuro. Aunque, ¿es tan difícil olvidar los tan europeos discursos filosóficos y macroeconómicos y prepararse de verdad para el futuro? No, no lo es: existe una fuerte correlación entre la capacidad innovadora de un país y el esfuerzo público que ese país realiza en innovación. El liderazgo público para apalancar recursos privados y vencer el fallo de mercado es absolutamente imprescindible. Pero no es un esfuerzo imposible. Los países líderes invierten menos del 1% de su PIB en I+D para mantener su liderazgo. ¡Un 1%! ¡Hablamos de cifras ridículas! Críticas, pero en el fondo ridículas y al alcance de cualquier país decente y dotado de estrategia. Ese 1% marcará la diferencia en el futuro. Los países que sean incapaces de entenderlo se verán, lentamente, sumidos en una tranquila y somnolienta miseria.


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