29 de abril de 2015

WORDS WORTH REMEMBERING

Today, I've captured in Twitter some inspiring words from Steve Jobs. They are not only an entrepreneurship lesson, but a true way of life. Worth remembering...



 

"Tu tiempo está limitado. No lo desperdicies viviendo la vida de otros. No te dejes atrapar por el dogma (vivir con los resultados de lo que piensan otros). No dejes que el ruido de la opinión de los demás ahogue tu propia voz interior. Y, lo más importante, ten el coraje de seguir a tu corazón y a tu intuición"

25 de abril de 2015

¿QUÉ ES LA INNOVACIÓN DISRUPTIVA?

Hace pocos días recibí una consulta de este tipo por parte de un organismo oficial. Me preguntaban cuándo una innovación podía clasificarse como “disruptiva”. Según el Manual de Oslo, “la innovación radical o disruptiva es aquélla que tiene un impacto significativo en el mercado, y en la actividad económica de las empresas en dicho mercado. Este concepto se enfoca en el impacto en el mercado, más que en la novedad introducida. El impacto puede, por ejemplo, cambiar la estructura del mercado, crear nuevos mercados o hacer obsoletos los productos existentes (Christensen, 1997). Sin embargo, no es inmediato clasificar una innovación disruptiva hasta quizá mucho tiempo después de que ha sido introducida. Esto hace muy difícil recoger datos sobre innovación disruptiva mediante encuestas de investigación”.

Yo lo explico de otro modo. Para mí, la innovación es disruptiva si se cumplen dos condiciones:

- Significa la introducción de nuevas tecnologías o nuevas formas organizativas en el mercado. Una nueva forma organizativa o nuevo modelo de negocio, en el fondo es también una nueva tecnología, una tecnología organizativa, un nuevo conocimiento (organizativo) puesto en acción.

- Provoca la reconfiguración de ese mercado mediante la generación de nuevas bases y nuevos perfiles de consumidores. La disrupción genera una resegmentación del mercado preexistente, o la invención de nuevos espacios de mercado inexistentes previamente.

Las nuevas tecnologías o nuevas formas organizativas irrumpen en el mercado sin que previamente éste demande (y ni siquiera imagine), la nueva solución propuesta. El concepto disruptivo tiene que ver con la irrupción inesperada de esas novedades en el mercado, resultando en la generación de un nuevo paradigma tecnológico u organizativo con prestaciones muy superiores al preexistente.

El automóvil fue en su momento innovación disruptiva. Una nueva tecnología (el vehículo de combustión) irrumpe en el mercado, y genera un nuevo uso, una nueva demanda y una nueva base de consumidores. La nueva propuesta de valor es infinitamente superior en prestaciones a la de los carros de caballos. Pero no sólo el producto fue disruptivo, también lo fue el sistema de gestión (línea de proceso de Henry Ford), que significa la puesta en práctica de una nueva tecnología organizativa que permite abrir una nueva base de clientes (las clases medias norteamericanas) y generar nuevos segmentos de usuarios. El ordenador personal irrumpe en la economía de los años 80, y genera nuevos espacios de valor inesperados. Espacios de valor que son a su vez transformados y reconfigurados posteriormente por internet, y luego por los smartphones. Cada disrupción cambia la segmentación estratégica de los mercados previos. Pero también fue disruptiva MsDonalds, con nuevas propuestas de valor radicales, nueva tecnología organizativa (nuevo modelo de negocio: “no vamos a la mesa a servir al cliente, es el cliente el que viene a la cadena productiva”) capaz de crear bases de consumidores inéditas (experiencia de usuario fast-food) y rompe el paradigma clásico del sector restauración. Ikea hace lo propio en el sector del mobiliario. Tous en el sector de la joyería, Google en la búsqueda de datos por internet, o Facebook en el modo de entender las relaciones sociales.

La innovación disruptiva, pues, tiene lugar cuando nuevas tecnologías transforman la segmentación de los mercados y ofrecen propuestas de valor y nuevos paradigmas de uso netamente superiores a los anteriores.


18 de abril de 2015

INEQUALITY (DESIGUALDAD)

El profesor Anthony Atkinson es un pionero en el estudio de la economía de la pobreza y de la desigualdad. En su último libro, Inequality, what can be done? argumenta que la desigualdad no es inevitable, no es algo que venga dado, como el clima, sino que es el producto de un comportamiento humano consciente. La salida de la crisis nos ha dejado un mundo mucho más desigual. En Estados Unidos, la diferencia entre los ingresos de los más pobres y de los más ricos se mantuvo más o menos constante desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los 70. En 2012, sin embargo, el 1% de población con mayores ingresos doblaban la riqueza que tenían en 1979, y obtenían una quinta parte del producto interior bruto norteamericano. En el Reino Unido, la riqueza del 1% más opulento, que era del 19% del PIB tras la Primera Guerra Mundial, cayó al 6% en 1979. Pero en 2012 volvía a ser de más del 12%. 

Atkinson identifica tres causas de dicho incremento de las desigualdades: la globalización, que permite que las naciones más ricas operen de forma asimétrica en las naciones más pobres; el rápido cambio tecnológico, que ha acabado con los empleos más seguros, especialmente en sectores relacionados con los sistemas industriales, y la explosión de un sistema financiero predatorio, entre otros.

El cambio tecnológico, que debería ser una fuente de crecimiento económico y de bienestar social, se ha convertido en un mecanismo polarizador. En el Reino Unido, este efecto se ha venido a denominar “economía de reloj de arena”, con una clase profesional en la cima (a menudo cultivada a través de prácticas gratuitas y carísimos programas formativos, con lo cual sólo unos pocos privilegiados pueden acceder), y una precaria clase low-cost en la base, a menudo empleada en servicios. No debería ser así. Ni mucho menos. Especialmente en un mundo en que la tecnología, sobre el papel, puede resolver prácticamente todos los problemas materiales del ser humano. El origen de esta anomalía es puramente organizativo: no hemos encontrado la manera de conseguir que la avalancha de innovaciones de ruptura que generamos (a un ritmo que jamás ha visto antes la humanidad) afecten positivamente al conjunto de la sociedad.

Adkinson rechaza la idea de que la dirección del cambio tecnológico sea incontrolable. Por el contrario, es el resultado de decisiones tomadas por científicos, gobernantes, consumidores e inversores, entre otros. Mariana Mazzucato ya demostró con su best-seller  “El Estado Emprendedor” cuál es el rol crítico de las administraciones en generar innovaciones de ruptura (internet, GPS, los semiconductores o las comunicaciones móviles son ejemplos de innovaciones inducidas por el sector público). El reto, ahora, es dirigir dichas innovaciones a solucionar los problemas más acuciantes del ser humano. Un ejemplo, según Mazzucato, podría ser la aproximación de Alemania en las energías renovables, incentivando fuertemente las inversiones privadas y la investigación en tecnologías energéticas sostenible, haciendo frente a la vez al cambio climático y evitando la pérdida de puestos de trabajo en ese país.

Para Adkinson, necesitamos un “nuevo modo de pensar”. La riqueza de un país “no es el producto del genio de unos pocos emprendedores, sino la labor colectiva de millones de personas, con el soporte del sector público”. El Estado crea y mantiene infraestructuras, financia la investigación, ofrece educación y protege la prosperidad. Por tanto, “la riqueza producida por todo el sistema no debe ser capturada por unos pocos individuos”.  Probablemente es el momento de refundar el capitalismo, haciéndolo más social. Por ello, ahora, los grandes programas de soporte a la I+D europea (Horizon 2020 o RIS3) ya, explícitamente, reclaman que la investigación genere un crecimiento inteligente, inclusivo y sostenible.

10 de abril de 2015

ABUNDANCE: UN MUNDO DE ABUNDANCIA ES POSIBLE

Cuando éramos una especie que vivía en las sabanas africanas, desarrollamos un especial sentido de la alerta negativa, amplificada y orientada a la supervivencia: nos llamaba la atención cualquier ruido extraño, cualquier silencio inesperado o cualquier silueta que pudiera parecer un león amenazante. Estamos genéticamente predispuestos para magnificar los estímulos negativos. Por ello, sorprendentemente, en la era del silicio, todavía prestamos mucha más atención a las malas noticias que a las buenas. Por este motivo nos interesa más todo aquello que puede ser nocivo que lo que puede inducir optimismo. Por eso consumimos de forma masiva noticias dramáticas. Por ello, la prensa nos inyecta cada día, en portada y de forma destacada, miles de eventos negativos: accidentes, desastres naturales, hambre, o guerras. Y por eso tenemos permanentemente esa sensación de colapso como sociedad y como civilización, de que nada funciona y todo irá a peor.

Pero si somos capaces de alzar la mirada y contemplar, no los titulares de los diarios de hoy, sino la evolución de la humanidad en un lapso de varias décadas, las evidencias son abrumadoras: estamos progresando positivamente de forma exponencial. Desgraciadamente, no todos, pero sí en media. En cien años, la esperanza de vida se ha doblado, la renta per cápita a nivel global se ha multiplicado por tres, y la mortalidad infantil se ha reducido en un 90%. El precio de los alimentos básicos ha caído a sólo el 10% de lo que valían, comparativamente, hace 100 años. El coste de la electricidad se ha reducido 20 veces, el del transporte, 100 veces, y el de las comunicaciones, 1000 veces. En los países desarrollados, hoy, incluso el 99% de los ciudadanos por debajo de los umbrales de pobreza tiene acceso a electricidad y agua potable, el 95% disponen de televisión, y el 88% de teléfono móvil. Aunque no lo parezca, nos encaminamos hacia un mundo de abundancia.

Esta es la esperanzadora tesis del libro Abundance, de Peter Diamandis y Steven Kotler. Acabamos de pasar la frontera de los 7.000 millones de habitantes en el mundo. El 66% de los cuales estará conectado a internet hacia el 2020. 3000 millones de personas se añadirán a la conversación global en los próximos 5 años, con toda la fuerza creativa, el talento y las oportunidades que ello conlleva. Hoy, un adolescente africano, con un móvil en las manos tiene acceso libre a GPS, vídeo de alta definición, una librería infinita, clases online, juegos y, incluso, conferencias internacionales vía Skype. Tiene más acceso a información que el presidente Reagan en los 80. Disponemos, o dispondremos en breve de memoria y capacidad de cálculo prácticamente ilimitada a coste cero, de información y educación prácticamente infinita a coste cero.

Y es que el mundo, de forma imperceptible, pero vertiginosa, está siendo impulsado por un desarrollo tecnológico exponencial. No sólo están emergiendo tecnologías que tienen rendimientos crecientes y acelerados, sino que todas están llegando a la vez. Se está produciendo una convergencia tecnológica nunca vista antes: la sensorización total (el internet de las cosas), la robótica, la biología sintética, la inteligencia artificial, o los nuevos materiales cambiarán el mundo a mejor, de forma absolutamente impensable. Y lo harán en pocos años. ¡Seamos optimistas! Tenemos que dejar de pensar en el futuro en una forma lineal y local. Tenemos que pensar de forma exponencial y global.

En 1870, el aluminio era un metal más escaso que el oro. Sólo personajes exóticos, como el rey de Siam, podían permitirse el lujo de disponer de cubiertos de aluminio. Sin embargo, el aluminio se encuentra presente en un 8% de los componentes de la corteza terrestre. Teníamos millones de toneladas de aluminio a nuestros pies. Pero hasta que en 1886 los químicos Hall y Héroult no descubrieron el proceso de síntesis del aluminio a partir de la bauxita mediante electrólisis, la humanidad no pudo disponer de este recurso. Y es que la escasez es contextual. La tecnología es una gran fuerza liberadora de recursos

Por ello podemos pensar que, en un mundo donde el 70% de la superficie terrestre es agua (eso si, el 97% de ella, salada), sólo es necesario profundizar en el proceso de desalinización para proveer a la humanidad de agua dulce. En un planeta que recibe anualmente radiación solar equivalente a 5000 millones de veces el consumo mundial de energía, sólo es cuestión de tiempo (y de inversión en tecnología), que liberemos el mundo de sus necesidades energéticas. En pocos años, cada individuo estará rodeado de miles de sensores. Cada dispositivo manufacturado estará sensorizado y conectado a internet, por lo que sólo será necesario consultar Google cuando perdamos las llaves de casa. Cada persona tendrá su genética decodificada, y podrá planificar cuidadosamente su salud. Los accidentes de tráfico serán sólo un recuerdo, en un entorno de movilidad autónoma guiada por inteligencia artificial. Y la biología sintética permitirá desarrollar organismos generadores de combustible o eliminadores de todo tipo de residuo orgánico o inorgánico. Bajando los planos de la nube de internet a través de su smartphone, un agricultor en una estepa remota podrá imprimir una silla de diseño, una llave inglesa o recambios de los filtros del motor de su tractor. El hijo del mismo agricultor podrá seguir cursos gratuitos on-line de las mejores universidades del mundo, o consultar especialistas médicos mediante apps específicas de telemedicina. Y nada mejor que la educación y la sanidad para liberar al mundo de la presión demográfica. Desmintiendo a Malthus, las sociedades con mayor acceso a educación y sanidad, son aquellas que tienen un crecimiento demográfico más equilibrado.

El poder transformador y liberador de recursos de la tecnología nos permite vislumbrar un mundo de abundancia. Es una terrible paradoja de que en un mundo de tecnologías exponenciales continuemos sufriendo grandes crisis económicas, y, aún, que salgamos de las mismas con mayores desigualdades. Seamos optimistas. Tenemos que cambiar el "mindset" (la mentalidad), ser positivistas y concentrarnos en lo que realmente puede liberarnos y definir radicalmente un futuro sin escaseces: la ciencia y la tecnología al servicio de las necesidades del ser humano

2 de abril de 2015

IS AMAZON GOING TO KILL SUPERMARKETS?

Disruptive innovation in shopping: Amazon presented this week a small device, the Dash Button, that allows you to order any item directly from home, when you're short of stocks (from cookies to shampoo, from toasts to milk or orange juice...). The device incorporates a wi-fi controller connected to your smartphone through an specific Amazon app. The order to replenish is immediately sent to Amazon, and you'll receive the products at home in 24 hours.

If it works, it will be a true breakthrough in the customer experience, fueled by the easiness of use, the convenience of the device, and the invitation to trigger an impulsive and automatic replacement system. 

Is the traditional concept of retailing threatened?



More info: http://time.com/3766581/amazon-dash-button-ordering-april-fool/