28 de junio de 2015

LA DINÁMICA DE LA INNOVACIÓN DISRUPTIVA

La verdadera innovación tiene dinámica disruptiva. Una bombilla eléctrica no surge de la evolución lineal de una vela de cera. La máquina de vapor no surgió de la evolución natural de la navegación a vela, o WordPerfect no fue resultado de mejoras continuas en la máquina de escribir. 

Normalmente, nuevas tecnologías o nuevos modelos de negocio (recordemos: técnicamente, un nuevo modelo de negocio es una nueva tecnología –una nueva tecnología organizativa-) aparecen inesperadamente y, a menudo, sus primeras manifestaciones son irrelevantes e incluso despreciables, para los líderes del sector. Normalmente esas nuevas tecnologías son frágiles, inmaduras, y poco fiables. Se incuban en segmentos de clientes que quizá estén alejados del núcleo de mercado original de los líderes, o al menos de los segmentos más atractivos para ellos. Hasta que, súbitamente, se hacen escalables, crecen de forma exponencial y destruyen la dinámica tradicional, no solo de los líderes, sino de sectores enteros. Es lo que Clayton Christensen, profesor de Harvard, padre de los modelos teóricos de innovación disruptiva clasificó como “attack from below” (ataques desde abajo). Efectivamente, las tecnologías disruptivas se comportan como silenciosos submarinos que, inesperadamente, lanzan letales torpedos, enviando al fondo del océano, en cuestión de segundos, a los grandes y despistados buques mercantes.


Las grandes compañías telegráficas de finales del siglo XIX fueron torpedeadas por emergentes start-up’s de telefonía. Para los líderes del telégrafo, el teléfono era un ruidoso dispositivo que sólo podía conectar individuos en bajo rango (zonas urbanas), mientras ellos comunicaban Nueva York con San Francisco. Además, el poderoso lobby de los operadores de morse frenaba todo intento de cambio. Hasta que la tecnología de voz permitió ofrecer conversaciones de calidad en largas distancias, prescindiendo de codificación morse, y con nuevas prestaciones de instantaneidad, individualidad y privacidad, eliminando de la faz de la tierra la necesidad del telégrafo. El teléfono fijo, a su vez, fue substituido por la telefonía móvil. Pero no olvidemos que los primeros móviles, a finales de los 80, eran dispositivos marginales, pesados, conectados al automóvil, que costaban más de 6.000 €, y cuyo público era muy exclusivo y minoritario: altos ejecutivos de empresa. Cuando la tecnología móvil permitió miniaturizar el dispositivo y abordar el mass-market, substituyó a la telefonía fija, que inició su rápida decadencia. Y, cuando el iPhone inventa la categoría de los smartphones, incorporando tecnología digital y conectividad a internet, el teléfono móvil convencional empieza a hundirse (recordemos Nokia), a la vez que un nuevo torpedo es lanzado desde las profundidades de la innovación de ruptura hacia otro objetivo: el PC. Para los fabricantes de PCs, hasta la aparición del iPhone, jamás los teléfonos móviles habían sido una amenaza. En 2011, el mismo año que las ventas de smartphones superaron las de PCs, las ventas de PCs iniciaron un lento descenso al fondo del océano, a un ratio superior al 10% anual.


Ninguna industria escapa al cambio disruptivo. La fotografía química fue liquidada por la cámara digital. El libro convencional está siendo substituido por el e-book. La TV por Youtube. La prensa, por Twitter. Los SMS por WhatsApp. La educación presencial, por la educación virtual... Y, una observación reciente: la industria de la enseñanza pública superior también está siendo invadida por nuevos entrantes disruptivos. Las universidades, cautivas del paradigma más academicista, de su lentitud burocrática, y perjudicadas por la reciente crisis global, están viéndose imposibilitadas para cumplir uno de sus objetivos capitales: asegurar el empleo de sus titulados. Aprovechando esta brecha, instituciones privadas están empezando a ofrecer títulos propios alternativos, sin validez oficial, pero con una fuerte orientación a la inserción profesional. Formación original, pensada para un mundo global, con nuevas metodologías y nuevas tecnologías. En poco tiempo he detectado varias start-ups de esta naturaleza. Su mercado: jóvenes a los que no les preocupa disponer de un título universitario oficial (al fin y al cabo, eso no les garantiza empleo), sino, precisamente, formarse en entornos profesionalizadores de muy alto nivel que les garanticen trabajo a la salida. Esos jóvenes renuncian a ir a la universidad. ¿Es el final de la universidad tal como la hemos conocido hasta ahora? ¿Surgirán alternativas que romperán el paradigma, prescindiendo de títulos oficiales? ¿Capturarán esas alternativas una parte significativa de potenciales alumnos universitarios? Al fin y al cabo, la universidad ya sufrió un ataque disruptivo hace 60 años, cuando, incapaz de dar respuesta a la formación directiva de alto nivel, vio como nuevos entrantes privados (como IESE, ESADE y EADA, a la vez, en Barcelona) copaban ese segmento educativo con propuestas inicialmente no oficiales, con títulos propios, cuya calidad práctica garantizaba la promoción profesional de los alumnos. Eso, en un país en vías de industrialización (la Catalunya de los 60 y 70), con gran demanda de formación en management, sin oferta por parte de los líderes del sector (universidades públicas), es lo que dio lugar al potentísimo clúster de escuelas de negocio en Barcelona

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