17 de mayo de 2015

ECONOMÍA GUIADA POR PROYECTOS DE IMPACTO

 ¿Qué tipo de proyectos de I+D pueden transformar una economía y fomentar el cambio del modelo productivo? ¿Cuál es la mejor estrategia de distribución de recursos públicos que un gobierno puede plantear para desarrollar un potente sistema de innovación? Existen diferentes combinaciones y modelos contrapuestos. Imaginemos dos extremos: el presupuesto público se puede fragmentar al máximo, en miles de bonos para pequeñas ayudas, o concentrarse en unos pocos proyectos de muy elevada masa crítica. Por ejemplo, un dilema a plantear es distribuir, pongamos, un presupuesto de 100 M€ en 100.000 bonos de 1000 € para subvencionar la compra de PCs en PYMEs (aproximación que sería muy bien recibida por empresas y organizaciones empresariales, pero que simplemente desplazaría recursos privados que se destinarían en cualquier caso a esa finalidad); o bien destinarlo a un solo proyecto transformador, por ejemplo desarrollar un vehículo espacial para viajar a Marte, a través de un consorcio de empresas y centros de investigación de élite. ¿Qué propuesta tiene más capacidad de arrastre de la economía? Sin duda, la segunda. La primera es inocua. El esfuerzo de actualización y desarrollo de capacidades industriales y tecnológicas que conlleva un proyecto de ese nivel de ambición genera capacidades que posteriormente se convierten en flujos de productos disruptivos para aplicaciones civiles. En política tecnológica, no se pueden fragmentar los recursos. Nadie debe dudar del increíble efecto impulsor que las misiones Apolo y la NASA tuvieron en el sistema de innovación de Estados Unidos, y el liderazgo tecnológico e industrial que indujeron durante décadas.

Otra dilema crítico es el de distribuir recursos en todos los campos de la ciencia, o concentrarlos preferentemente en campos de interés industrial, utilizando además instrumentos de movilización de recursos privados adicionales. ¿Un país debe invertir por igual en investigación en todos los campos del conocimiento? ¿O debe esforzarse en generar masa crítica en aquellos campos con mayor posibilidad de impactar positivamente en problemas sociales, medioambientales o económicos? Y, especialmente, ¿cuál es la mejor estrategia en un país pobre? Financiar proyectos, por ejemplo, de matemáticas fundamentales es excelente (las matemáticas están en la base de la ingeniería y de cualquier campo tecnológico), pero no es evidente que el conocimiento generado fluya de forma espontánea hacia la empresa y genere crecimiento económico. Destinando recursos prioritarios a disciplinas que puedan solventar retos económicos y sociales se incrementa la probabilidad de resolverlos de forma efectiva. Apoyando, además, esos proyectos directamente en entornos industriales (no vertiéndolos sistemática y únicamente a centros públicos, esperando que después transfieran los resultados) obtenemos efecto multiplicador de los recursos públicos (por cada euro público, la empresa está dispuesta a aportar unos cuantos propios –matching funds-)

En definitiva, en un contexto de escasez de recursos públicos, en el cual sabemos que debemos desplegar políticas que fomenten el cambio de modelo productivo, el tipo de proyectos de I+D que deberían financiarse de forma preferente deberían ser:

  • Proyectos industriales de frontera tecnológica: aquéllos que signifiquen la generación de nuevas capacidades tecnológicas en empresas. La tecnología genera ventajas competitivas diferenciales, sostenibles en el tiempo y fuertes barreras de entrada a la competencia. Los proyectos empresariales susceptibles de ser impulsados públicamente deben ser evaluados en clave de excelencia científica.
  • Proyectos con impacto socioeconómico: que vayan directamente destinados a la solución de retos económicos (como la generación de empleo y crecimiento), sociales (que contribuyan a la reducción de las desigualdades, a mejorar la calidad de vida de las personas), o medioambientales.
  • Proyectos con efecto adicional: aquéllos que el mercado no impulsaría espontáneamente. Que no desplacen recursos privados que en cualquier caso se destinarían a esa finalidad. Que signifiquen actividades adicionales sobre la dinámica natural del mercado. Generalmente son proyectos adicionales aquellos que significan retos sobresalientes, tienen presupuestos muy elevados, y  grado de riesgo tecnológico inasumible sin apoyo público (especialmente en PYMES)
  • Proyectos con efecto multiplicador: aquéllos que induzcan nuevas inversiones  empresariales, que se complementen con fondos privados. Generalmente serán proyectos ubicados en campos tecnológicos de interés empresarial (manufactura avanzada, TIC, microelectrónica, nanotecnología, nuevos materiales, biotecnología), y que estén orientados al desarrollo de productos competitivos internacionalmente.


¿Se imaginan un país capaz de impulsar de forma sistemática unos cuantos centenares de grandes proyectos de I+D transformadores (de frontera tecnológica, de elevada masa crítica, adicionales, con impacto directo y efecto multiplicador) como los descritos?


1 comentario:

  1. La propuesta parece muy racional y sugerente, pero me temo que a nuestros decisores políticos no les atrae la idea de dedicar fondos públicos de forma regular y a largo plazo a proyectos como los descritos, que no les han de reportar réditos electorales en el plazo de una legislatura. Nos hacen falta políticos con una mayor visión de país...

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