18 de abril de 2015

INEQUALITY (DESIGUALDAD)

El profesor Anthony Atkinson es un pionero en el estudio de la economía de la pobreza y de la desigualdad. En su último libro, Inequality, what can be done? argumenta que la desigualdad no es inevitable, no es algo que venga dado, como el clima, sino que es el producto de un comportamiento humano consciente. La salida de la crisis nos ha dejado un mundo mucho más desigual. En Estados Unidos, la diferencia entre los ingresos de los más pobres y de los más ricos se mantuvo más o menos constante desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los 70. En 2012, sin embargo, el 1% de población con mayores ingresos doblaban la riqueza que tenían en 1979, y obtenían una quinta parte del producto interior bruto norteamericano. En el Reino Unido, la riqueza del 1% más opulento, que era del 19% del PIB tras la Primera Guerra Mundial, cayó al 6% en 1979. Pero en 2012 volvía a ser de más del 12%. 

Atkinson identifica tres causas de dicho incremento de las desigualdades: la globalización, que permite que las naciones más ricas operen de forma asimétrica en las naciones más pobres; el rápido cambio tecnológico, que ha acabado con los empleos más seguros, especialmente en sectores relacionados con los sistemas industriales, y la explosión de un sistema financiero predatorio, entre otros.

El cambio tecnológico, que debería ser una fuente de crecimiento económico y de bienestar social, se ha convertido en un mecanismo polarizador. En el Reino Unido, este efecto se ha venido a denominar “economía de reloj de arena”, con una clase profesional en la cima (a menudo cultivada a través de prácticas gratuitas y carísimos programas formativos, con lo cual sólo unos pocos privilegiados pueden acceder), y una precaria clase low-cost en la base, a menudo empleada en servicios. No debería ser así. Ni mucho menos. Especialmente en un mundo en que la tecnología, sobre el papel, puede resolver prácticamente todos los problemas materiales del ser humano. El origen de esta anomalía es puramente organizativo: no hemos encontrado la manera de conseguir que la avalancha de innovaciones de ruptura que generamos (a un ritmo que jamás ha visto antes la humanidad) afecten positivamente al conjunto de la sociedad.

Adkinson rechaza la idea de que la dirección del cambio tecnológico sea incontrolable. Por el contrario, es el resultado de decisiones tomadas por científicos, gobernantes, consumidores e inversores, entre otros. Mariana Mazzucato ya demostró con su best-seller  “El Estado Emprendedor” cuál es el rol crítico de las administraciones en generar innovaciones de ruptura (internet, GPS, los semiconductores o las comunicaciones móviles son ejemplos de innovaciones inducidas por el sector público). El reto, ahora, es dirigir dichas innovaciones a solucionar los problemas más acuciantes del ser humano. Un ejemplo, según Mazzucato, podría ser la aproximación de Alemania en las energías renovables, incentivando fuertemente las inversiones privadas y la investigación en tecnologías energéticas sostenible, haciendo frente a la vez al cambio climático y evitando la pérdida de puestos de trabajo en ese país.

Para Adkinson, necesitamos un “nuevo modo de pensar”. La riqueza de un país “no es el producto del genio de unos pocos emprendedores, sino la labor colectiva de millones de personas, con el soporte del sector público”. El Estado crea y mantiene infraestructuras, financia la investigación, ofrece educación y protege la prosperidad. Por tanto, “la riqueza producida por todo el sistema no debe ser capturada por unos pocos individuos”.  Probablemente es el momento de refundar el capitalismo, haciéndolo más social. Por ello, ahora, los grandes programas de soporte a la I+D europea (Horizon 2020 o RIS3) ya, explícitamente, reclaman que la investigación genere un crecimiento inteligente, inclusivo y sostenible.

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