17 de agosto de 2014

CUANDO LA CIENCIA Y LA GUERRA SE ENCONTRARON

El 22 de abril de 1915, en el frente de Ypres (Bélgica), las tropas alemanas desencadenaron el primer ataque con gas a gran escala de la guerra moderna. 168 toneladas de gas de cloro fueron lanzadas sobre las trincheras francesas. Aunque Alemania (y también Francia) ya habían hecho uso esporádico de armas químicas en 1914, tanto en el frente occidental como en el frente ruso, Ypres fue el primer caso relevante de utilización de armas de destrucción masiva. Aun así, el alto mando alemán, dubitativo sobre el éxito de la iniciativa, decidió realizar únicamente un ataque de prueba sobre un frente limitado. Fue un éxito letal, que causó 10.000 bajas entre las tropas francesas, argelinas y canadienses, que sucumbieron bajo la inesperada llegada del gas asfixiante, para el cual no estaban preparadas. La ofensiva creó un hueco de 7 Kms en el frente, que no fue aprovechado por la infantería alemana ante las dudas de su efectividad. Si la iniciativa se hubiera llevado a cabo de forma masiva, sincronizada, desde Bélgica hasta la frontera suiza, podría haber aniquilado en un solo día a la totalidad de las fuerzas aliadas, finalizando súbitamente la Primera Guerra Mundial, en un efecto similar al que la bomba atómica tuvo sobre Japón treinta años más tarde.

Fritz Haber, químico alemán, fue el gran cerebro científico existente tras la mortífera tecnología del gas venenoso. Pese a la prohibición del desarrollo y uso de gas tóxico con finalidades bélicas en la convención de La Haya (1907), sus investigaciones sobre la síntesis de gas de cloro, del gas de cianuro y del gas de sulfuro (gas mostaza), así como el análisis de su difusión en las trincheras  y de su efecto en el cuerpo humano (fue autor de la triste  “Ley de Haber”, que determina la concentración y exposición necesaria para matar a una persona) originaron más de 200.000 bajas en 1914-1918. Su talento científico, sin embargo, era indiscutible. En una de las mayores paradojas de la historia del hombre, le fue concedido el Nobel de Química en 1918, por sus estudios sobre la síntesis de amonio (usado también para fertilizantes). La misma tecnología que sirvió para matar en serie, es utilizada hoy para alimentar a media humanidad. Y su escuela científica generó tres premios Nobel de química más: James Frank, Gustav Herz, y Otto Hahn.

La vida, sin embargo, deparó a Haber tantos reconocimientos y honores como tragedias: su esposa, Clara Immerwahr, la primera mujer doctora en químicas por la Universidad de Breslau, se suicidó en mayo de 1915, días después de la ofensiva de Ypres, incapaz de soportar el dolor de saber que las investigaciones de su marido se ponían al servicio del asesinato masivo en las trincheras. Y aún el destino reservó a Haber otra diabólica paradoja: la ciencia que desarrolló sirvió de base para la fabricación del letal Zyklon-B, el gas usado por los nazis en los campos de concentración para exterminar a 6 millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Pese a ser un convencido ultranacionalista alemán, Haber era judío. Murió en 1934. Si hubiera vivido diez años más, posiblemente hubiera muerto en una oscura cámara de Auschwitz, gaseado con sus propias invenciones.

Sorprendentemente, en una nueva burla del destino, el estudio del efecto letal del gas mostaza, que aniquilaba específicamente algunas células, como los glóbulos blancos de la sangre, tuvo un efecto positivo... Fue el origen, muchos años después, de tratamientos selectivos contra el cáncer. La quimioterapia actual es fruto de las investigaciones médicas sobre el efecto del gas letal.

La Primera Guerra Mundial, del inicio de la cual se cumplen ahora precisamente 100 años, no sólo fue el primer episodio bélico de abasto realmente global. También fue la primera vez que la ciencia, el management y la guerra convergieron, con efectos devastadores. La eclosión de la racionalidad científica que se originó en el Siglo de las Luces, con la innovación tecnológica facilitada por el management científico y la mejora de la eficiencia productiva de Taylor al servicio de la guerra dieron lugar a un increíble flujo de innovaciones radicales: el gas venenoso, la ametralladora, el tanque, la aviación militar, los primeros bombardeos aéreos… La Primera Guerra Mundial fue un gran ejercicio de innovación de ruptura en la industrialización de la muerte. 

Los cambios de paradigma creados por las nuevas tecnologías generaron incrementos trágicos de productividad en la función de destruir al enemigo. Podemos imaginarnos el incremento de eficiencia asesina de una ametralladora frente a un fusil. Y también extraordinarios casos de "lead users" en las curvas de absorción de dichas tecnologías. Sólo en un contexto de presión, colapso, sangre y fuego se podrían desarrollar rápidamente innovaciones como las de la moderna aviónica. Sólo el heroísmo y la desesperación de una generación de jóvenes británicos, franceses y alemanes hundidos en la miseria de las trincheras permitió que miles de ellos se presentaran voluntariamente a los cursos como pilotos de los frágiles biplanos militares de la época, lanzándose a la conquista del aire y al perfeccionamiento por prueba y error de la tecnología aeronáutica. Constituyeron la primera demanda sofisticada, los primeros usuarios líderes de una emergente industria en la cual el tiempo de vida medio de un piloto no llegaba al mes. Más de diez mil de ellos murieron en accidentes previos a la entrada en combate, por la inmadurez de la tecnología.

El resultado de la innovación al servicio de la destrucción masiva fue el de un continente arrasado, 10 millones de muertos en el frente, y 7 más entre la población civil. Y sólo fue la antesala del siguiente capítulo: la Segunda Guerra Mundial dejaría una triste herencia de más de 50 millones de cadáveres.


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