10 de diciembre de 2013

EL ESTADO EMPRENDEDOR (2)

Artículo publicado en La Vanguardia del pasado 08/12/13

Steve Jobs fue el gran genio creativo de nuestra época. Con una magistral interpretación de la interacción entre las necesidades del usuario, las comunicaciones móviles e internet, y a través de su inspiradora visión de producto impregnada en diseño industrial, rompe la arquitectura dominante  de la telefonía celular con la irrupción del iPhone en 2007. Jobs compite en la intersección entre tecnología y arte. Pero quizá Jobs no fue el emprendedor temerario, dispuesto a asumir más riesgos que la media que todos imaginamos. Quizá el consejo “stay hungry, stay foolish” (“seguid hambrientos, seguid alocados”), que lanzó a los estudiantes de Stanford en el mítico discurso de graduación de 2005 era una meditada consigna de márketing. Porque lo cierto es que, tras el iPhone existen doce tecnologías clave que lo hacen posible (desde la propia internet hasta los protocolos de comunicación inalámbrica, desde las pantallas táctiles a los interfases Siri de inteligencia artificial), cuyo desarrollo, sorprendentemente, fue financiado íntegramente por la administración norteamericana mediante programas públicos de I+D. Jobs aparece sólo cuando la investigación y el desarrollo tecnológico están completados y pagados. El estado está tras el iPhone.

Esta es la tesis que está marcando un punto de inflexión en el conocimiento económico mundial del fenómeno de la innovación, desarrollada recientemente por la profesora de Sussex Mariana Mazzucatto, en su libro “The Entrepreneurial State” (“El Estado Emprendedor”). Quizá no es cierto que Silicon Valley sea un núcleo internacional de emprendedores temerarios. Quizá la innovación tecnológica no es un fenómeno propio de jóvenes idealistas y geniales que arrancan, solitarios, empresas globales que se inician en polvorientos garajes. Quizá lo que realmente ocurre es que los emprendedores, como los inversores, acuden a las oportunidades sólo cuando las tecnologías están suficientemente maduras como para desarrollar productos diferenciales, con retornos de mercado próximos. Y, esas tecnologías son financiadas por los estados a través de I+D pública. El primer inversor de empresas como Google, Apple o Tesla fue el gobierno, asumiendo la mayor parte del riesgo e incertidumbre asociados al desarrollo de nuevas tecnologías disruptivas. Y la práctica totalidad de fármacos innovadores surgidos de la industria americana puede trazar su génesis a programas de públicos de investigación biomédica.

Efectivamente, la innovación market-pull (de arrastre de mercado) es incremental y de bajo riesgo: escuchar a los clientes genera un flujo de información estratégica que permite desarrollar nuevas gamas de producto. Pero escuchar a los clientes, observarlos y anticipar sus necesidades es una commodity al alcance de cualquiera. La innovación inducida por el mercado tiene naturaleza adaptativa: el mercado nos pedirá hacer lo mismo mejor, más barato, más rápido y con mayor fidelidad a sus necesidades. Pero básicamente, lo mismo. Henry Ford dijo que, si hubiera pedido a sus clientes qué querían, hubieran dicho “caballos más rápidos”, jamás automóviles. La innovación de mercado no genera ventajas competitivas radicales.

Es la innovación technology-push (el cambio de la base tecnológica de productos, empresas e industrias por empuje tecnológico) la que realmente tiene naturaleza transformadora, la que genera nuevos sectores económicos como el automóvil, internet o la telefonía inalámbrica. Así, la máquina de vapor substituye a la navegación a vela,  el PC a la máquina de escribir, o Google a las bibliotecas. Ante cambios tecnológicos como los descritos, el mercado es incapaz de anticipar ni los incrementos de productividad que se van a producir, ni los nuevos productos o modelos de negocio que se van a generar. Es la tecnología la que irrumpe y transforma inesperadamente el contexto. Y, como el mercado no anticipa las dramáticas mejoras que aportan las tecnologías de ruptura, tampoco las financia.  

Joseph Schumpeter (el primer economista que introduce el fenómeno de la innovación en la literatura económica) hablaba de olas de destrucción creativa como el efecto substitutivo de nuevas tecnologías disruptivas, que rompen con lo preexistente para dar lugar a un nuevo orden de cosa, obteniendo saltos no lineales de productividad. Y es el estado, la administración emprendedora, el verdadero agente impulsor de la introducción de innovaciones transformadoras mediante la financiación pública de la I+D. El estado, que asume el riesgo del desarrollo tecnológico (dejando el riesgo de mercado y de ejecución al emprendedor) es el último agente schumpeteriano. Paradójicamente, en una época de contracción de la administración, el estado se revela como auténtico impulsor del capitalismo, cubriendo la incertidumbre asociada al desarrollo de tecnologías emergentes, aquéllas que pueden regenerar la economía y avanzar hacia una industria del conocimiento y transformar el modelo productivo. El estado lidera el cambio impulsando nuevas tecnologías disruptivas que generen nuevos productos, nuevos mercados y nuevos modelos de negocio. La recompensa: el crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo de calidad.



2 comentarios:

  1. Excelente Post. Revela una verdad sobre los procesos de innovación y su desarrollo. Generalmente se piensa que se dan por momentos "Eureka" en garajes por jóvenes entusiastas. Saludos cordiales!

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno el post, es desde un punto de vista muy distinto

    ResponderEliminar