15 de julio de 2013

HACIA LA UNIVERSIDAD EMPRENDEDORA

(Transcripción del artículo publicado en La Vanguardia del 14/07/2013)

Frederick Terman fue un directivo de la universidad de Stanford (San José, California), que hacia los años 40 tomó algunas decisiones que cambiarían la historia de la innovación. Decidió enfocar los esfuerzos de sus profesores en investigación de excelencia, y fomentar a la vez el espíritu emprendedor de sus alumnos. Con ello, conseguiría optar a los competitivos fondos de I+D norteamericanos (destinados, básicamente, al desarrollo electrónico, en momentos de guerra y postguerra fría), y evitar que sus estudiantes emigraran a la rica Costa Este tras su graduación, en busca de empleo. Algunos de ellos, crearon sus start-ups en garajes cercanos (entre ellos, Bill Hewlett y David Packard), y las ubicaron en la incubadora de Stanford (el Stanford Research Park). Terman fue pionero en una combinación explosiva: liderazgo científico e iniciativa emprendedora. La dinámica arrancada convirtió el valle de San José en el Silicon Valley, el clúster tecnológico más famoso del mundo. Mientras, en la Costa Este, los alumnos del MIT (Massachussets Institute of Technology) creaban 25.000 empresas y generaban 3,3 millones de puestos de trabajo. El MIT también formaba emprendedores en serie.

El emprendedor no nace, se hace. Lo hace la educación que recibe, los referentes sociales que observa, y el contexto cultural donde está inmerso. Se puede aprender a emprender, como se puede aprender a investigar o a innovar. Emprender requiere una combinación de creatividad, iniciativa y acción. La creatividad se puede fomentar. Nadie sabe leer cuando nace, pero es capaz de aprender a leer (tiene las capacidades). Igualmente, cualquier persona puede desarrollar capacidades creativas. Y, sorprendentemente, el proceso creativo es el mismo en un artista, en un científico que busca soluciones a problemas complejos o en un emprendedor que desarrolla un modelo de negocio innovador. El pensamiento creativo y la intuición estratégica se generan por igual en mundos aparentemente tan distantes como la ciencia o la empresa. De hecho, desarrollar un plan de empresa es un proceso de formulación de hipótesis y validación de las mismas exactamente igual al de una tesis doctoral. Si el científico se sitúa en la frontera del conocimiento, el emprendedor que lanza una start-up se sitúa en la frontera del mercado. Ambos son pioneros y les guía el mismo espíritu de superación y de liderazgo. Los entornos científicos pueden ser, a la vez, entornos emprendedores.

Pero más allá de la metodología utilizada, un emprendedor es aquél que genera nuevos proyectos y se vincula emocionalmente a los mismos. Si existen una serie de aptitudes específicas de la gestión de empresas que contribuyen a la formación de emprendedores (conocimientos de estrategia, investigación de mercados, finanzas, teoría de la comunicación), las actitudes son esenciales para el desarrollo del fenómeno emprendedor. Y, cuando la iniciativa emprendedora se convierte en actitud vital, se emprende en todos los ámbitos de la sociedad: existen emprendedores autónomos, en grandes corporaciones, en la administración pública o en la universidad. Hay emprendedores de base científica o humanística. El emprendedor es capaz de valorizar el cambio en cualquier contexto.

La universidad tiene como misiones fundamentales generar y distribuir conocimiento. Generarlo, investigando. Y distribuirlo de dos maneras: transfiriéndolo y formando profesionales competentes. Un mecanismo de transferencia de conocimiento emergente es la formación de emprendedores. Para ello, ya no es suficiente formar en aptitudes (contenidos), sino que es clave forjar las actitudes. El desarrollo de actitudes emprendedoras requiere nuevos planteamientos didácticos:  fomento del liderazgo, trabajo en equipo, transversalidad entre disciplinas, aprendizaje basado en experimentación y solución de problemas reales, interacción permanente con el entorno (prácticas, formación dual), visión internacional y creación de nuevos modelos: el nuevo referente social creado debe ser el del emprendedor que toma la iniciativa, desarrolla su propia empresa, triunfa y es capaz de financiar nuevas oleadas de jóvenes emprendedores.


La universidad, así, amplía su rol económico y social: si en su origen (medieval), la universidad era una institución meramente formativa y transmisora de conocimiento (del mundo clásico), con la Ilustración se convierte en generadora de conocimiento propio, y en la economía del conocimiento, en bomba de proyectos emprendedores y motor económico decisivo de los países que deseen competir en la primera división mundial.

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