10 de abril de 2013

MANAGEMENT Y POLITICA

Una de las grandes aportaciones que el siglo XX ha dejado a la historia de la Humanidad, sin duda, ha sido la eclosión del management como disciplina científica.

Peter Drucker ya postuló que el siglo XX fue el siglo de las organizaciones. Si, hasta entonces, las personas trabajaban y vivían de forma básicamente autónoma, desde el pasado siglo, se trabajaría y se viviría en el seno de organizaciones formalizadas (empresas, asociaciones, ONGs, clubs deportivos). Y, a lo largo de dicho siglo, pioneros como Frederick Taylor, Max Weber, Alfred Sloan, Edith Penrose o Michael Porter desarrollan, desde diferentes perspectivas, un nuevo cuerpo de conocimiento científico para gestionar organizaciones, el management, el "acto de concentrar individuos para cumplir los fines deseados, utilizando de forma eficiente y efectiva los recursos disponibles" según Wikipedia. "El management comprende la planificación, organización, dirección, liderazgo y control de una organización". Según Gary Hamel, otro de los grandes pensadores de management contemporáneos, el management es una tecnología social, la tecnología de conseguir que las cosas se hagan. Como tecnología, el management es conocimiento en acción. Y como cuerpo de conocimiento, el management es una disciplina científica, sometida a teorización y experimentación. Sabemos, en definitiva, desde una perspectiva de ciencia social, qué funciona y qué no funciona en la dirección de organizaciones.

Estudiar un MBA, es un apasionante paseo por dicha disciplina. El management se segmenta en conocimiento sobre marketing, recursos humanos, operaciones, logística, finanzas, teoría organizativa o gestión tecnológica, entre otras. Pero cualquier conocedor de las ciencias del management sabe que, básicamente, existen dos esferas fundamentales de gestión: la estrategia (máximo exponente de la práctica directiva), y la ejecución. Gestionar correctamente una organización pasa por dotarla de una buena estrategia (que precisa una diagnosis certera de la situación, una propuesta diferencial de valor, y un plan de actuaciones consistente y coherente), y ejecutar dicha estrategia con sistemas de control que permitan corregir desviaciones. Pero algo sorprendente me ha llamado la atención últimamente: en un curso de gestión organizativa no se habla jamás de política. ¡¡¡La política está ausente del management!!!!! (Bien, no es del todo cierto: sí que se habla de política, en negativo, como la generación de coaliciones de intereses parciales en el seno de las organizaciones, que suele distorsionar el buen funcionamiento de las mismas).

¿Sorprendente, no? La disciplina que estudia científicamente la gestión de organizaciones desprecia la política. Entonces, si asumimos que un país, un gobierno o una administración son organizaciones (conjuntos organizados de recursos humanos, materiales y económicos que persiguen un fin determinado), ¿qué sentido tiene la política? ¿No estaremos ante un error monumental de gestión, y no nos daremos cuenta que la política como institución es una distorsión de la práctica organizativa?

Imaginemos que cada cuatro años cambiaran los directivos de una multinacional, y los empleados escogieran entre "los rubios" y "los morenos". ¿Cuántos años se precisarían para llevar esa empresa (o ese país) a la quiebra? Lamentablemente eso es lo que pasa en nuestras administraciones ante cada cambio político.


Hagamos el ejercicio opuesto: imaginemos que un país se gestionara con criterios de management científico. Los ciudadanos podrían votar un senado de 100 sabios (científicos, filósofos, directivos...) de incuestionable reputación y prestigio internacional, el 50% de los cuales, por ejemplo, fuera renovado cada 4 años. Ese senado contrataría un equipo profesional de gestión, de calidad incuestionable, en una selección internacional, que configuraría el gobierno (presidentes, ministros y consejeros). El presidente del gobierno podría ser un experto finés, americano o japonés... El senado marcaría los objetivos de crecimiento económico y bienestar social, y el equipo de gestión definiría el plan estratégico para conseguirlos. Se someterían a evaluación continua, y, en el caso de desviaciones en los indicadores de control, serían despedidos y reemplazados.

La política, cuando penetra en la administración, es la perversión del management. Sin política, sólo con management ¿no funcionaríamos mejor?

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