15 de julio de 2012

DIRECCION POR VALORES: UN CODIGO MORAL PARA LA TOMA DE DECISIONES COMPLEJAS

En el mundo del management se han estudiado en profundidad los diferentes estilos de dirección. Incluso se han correlacionado con el ciclo de vida del equipo, dando lugar a interesantes conclusiones sobre aproximaciones contextuales a la dirección (con perfiles más ejecutivos, delegadores, coachers o supervisores dependiendo de las características evolutivas del equipo).

Sin embargo, tomar decisiones sobre personas somete al líder a profundos dilemas éticos e intelectuales. Dirigir es decidir. Y, en ocasiones, decidir en situaciones de presión temporal, de extrema incertidumbre y adversidad. La inteligencia racional dicta sentencias que pueden ir en contra de la sensibilidad personal, e inducir conflictos y contradicciones de índole moral. ¿Es mejor mantener a una persona en su puesto cuando no es rentable o no consigue objetivos, o bien es imprescindible despedirla sabiendo que dicha decisión puede crearle un perjuicio personal irreparable? ¿Es posible medir matemáticamente la aportación de un individuo a una organización, o hay aspectos intangibles que no pueden ser medidos? ¿Se deben priorizar siempre los objetivos económicos de la compañía, o hay que dar tiempo y oportunidades al cambio y a la adaptación, defendiendo implícitamente posiciones más intuitivas o emocionales? Y, aún así, ¿los objetivos y resultados económicos se deben analizar en el corto plazo o en el largo?

Dirigir comporta sufrimiento. Tomar decisiones que afectan a personas no es sencillo. Especialmente en entornos de alta turbulencia como los actuales, donde el grado de incertidumbre sobre el acierto de las decisiones es máximo. Para ello, algunas corrientes del management e incluso algunas aproximaciones filosóficas a problemas complejos aconsejan un ejercicio introspectivo: pivotar sobre un conjunto de valores o principios internos para tomar decisiones. Tener la tranquilidad moral de que dichas decisiones se sustentan sobre valores íntimamente sólidos.

Propongo algunos de dichos valores, a modo de “brújula interior”:

  • Cortesía: El mantenimiento de las formas. Se pueden tomar decisiones traumáticas, dolorosas, manteniendo pautas de formalidad y cortesía. Se debe tratar al equipo, siempre, con máximo respeto. Actuar con inteligencia emocional, sabiendo gestionar los protocolos formales.

  • Coraje: Hacer lo que se siente como justo, por difícil que esto sea. Y es importante remarcar “lo que se siente como justo” y no lo que “es” justo, pues la justicia es un valor relativo.

  • Sinceridad: No esconder lo que realmente se piensa.

  • Honor: Ser fiel a la palabra dada. Mantener la honestidad personal y anteponer los intereses de la organización a los intereses propios.

  • Modestia: Hablar de uno mismo sin sentirse orgulloso. Tener la consciencia clara que la superación de hitos profesionales se deben al trabajo personal, pero también al equipo y –en muchas ocasiones- a una cierta dosis de suerte.

  • Control: No dejar que las pasiones personales irrumpan en las decisiones organizativas. Actuar con inteligencia racional.

  • Respeto: Aceptación intelectual de las posiciones ajenas. Del respeto nace el debate honesto y la confianza mutua.

  • Entrega: Generación de valor a la comunidad. Liderar es servir una empresa colectiva. Emprender es generar ideas, entregarse y vincularse emocionalmente a las mismas. No hay liderazgo sin generosidad.

No me invento nada. Estos valores forman parte de antiquísimos códigos orientales, de los cuales estoy personalmente enamorado. Y no os engaño si, modestamente, os aseguro que siempre he intentado aplicarlos en mi vida personal y directiva, y me han servido de guía y de apoyo en momentos de profunda encrucijada vital.


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