30 de julio de 2012

DEL CLUSTER AL DESIERTO


Un clúster es algo así como una tumoración económica positiva. Es, en su definición porteriana (de Michael Porter, el padre del concepto), una “concentración geogràfica de empresas y agentes relacionados que compiten en el mismo sector de operaciones”. Es un conglomerado de organismos que se complementan y compiten a la vez, en un delicado equilibrio entre las partes que genera una deseable dinámica de crecimiento económico. Los clústeres innovadores más famosos son, en el fondo, riquísimos ecosistemas económicos comparables a la selva tropical, en su símil biológico: ecosistemas fértiles, expansivos, exhuberantes y con elevada biodiversidad.

Generar un ecosistema innovador es, como mínimo, tarea de una generación. Silicon Valley, el clúster innovador más famoso del mundo, se ha desarrollado a lo largo de más de 70 años. Y, en su formación intervienen una serie de acontecimientos inesperados, puramente casuales, además de la existencia de unas condiciones de contorno estables en el tiempo.

Hoy, entornos como el Valley se sustentan en inmensas redes de conexiones sociales, que se dan en la corta distancia. Las interacciones entre los agentes y la generación de confianza crecen exponencialmente con la proximidad personal. Es ineficiente, por otro lado, intentar transferir conocimiento complejo en la larga distancia: el conocimiento tácito, no explícito, precisa de interacción personal. Por ello, es ineficiente separar centros de I+D de plantas de manufacturing. Los ecosistemas de innovación se dan en áreas de proximidad regional, con distancias máximas de un día de coche entre los puntos más alejados.

Y, sobre estas redes de confianza personal, y alrededor de centros de conocimiento como Stanford o Berkeley, se ha ido construyendo la totalidad del ecosistema: pequeñas start-up’s surgidas en los años 40 y 50 como fabricantes de equipos electrónicos han crecido y se han convertido en gigantes multinacionales (como Hewlett-Packard). Estas empresas han desarrollado a su alrededor un parque de proveedores especializados. Aparecen nuevas empresas de ingeniería, de simulación, de test, de certificaciones de calidad que dan servicio a los líderes y a sus proveedores y así, progresivamente, se van formando las cadenas de valor de la industria. En un lento proceso realimentado, aparecen proveedores hiperespecializados como los necesarios servicios jurídicos de propiedad intelectual, y mercados financieros de apoyo en business angels y capital riesgo. El bosque tropical comienza a emerger, en un terreno culturalmente fértil, repleto de nutrientes emprendedores, y bajo una permanente lluvia de recursos públicos de apoyo a los proyectos de mayor riesgo tecnológico. Hoy (2012), el presupuesto de la NASA es de 17.770 millones de dólares, que se destinan en programas de compra pública discrecionales para empresas norteamericanas. Esta cifra es algo así como el doble del total de I+D que se ejecuta en España cada año (sólo en programas de compra pública). El bosque tropical precisa de lluvia permanente para seguir floreciendo y generando riqueza con efecto multiplicador. Las capacidades desarrolladas bajo los formidables paquetes de compra pública, posteriormente son utilizadas para desarrollar líneas de producto comercial civiles. Con la materia prima del conocimiento de frontera, la cultura emprendedora y el formidable driver innovador de la administración de USA y su espíritu de liderazgo, se construye un auténtico rainforest como el de Silicon Valley.

En España, el incipiente ecosistema innovador, más parecido a un seco bosque mediterráneo que a la selva tropical va a morir. Cuando una planta deja de regarse durante un tiempo crítico, muere irreversiblemente. Es inútil recuperar el riego al cabo de unos años, la planta está muerta. Los delicados ecosistemas locales sucumbirán si no se mantienen sus constantes vitales. Si las políticas de austeridad son un factor higiénico, necesario, pero insuficiente para lograr ventajas competitivas sostenibles, el mantenimiento de los ecosistemas de innovación es absolutamente estratégico para la competitividad del país. Si la situación no se corrige, perderemos dos décadas de trabajo acumulativo para volver a regenerarlos. Intentar, después, convertir un desierto en un vergel va a resultar imposible.




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