18 de abril de 2012

INMERSION ESTRATEGICA EN BOSTON

Hace unos años, Joan Martí, Gerente de Clústers de ACCIO, acuñó el genial término de inmersión estratégica. Joan concentraba toda una serie de directivos de un determinado clúster, durante unos días, en un hotel o escuela de negocios. Invitaba, además, especialistas en tecnologías de ruptura, mercados sofisticados o retos estratégicos comunes. Durante esos días, los directivos aprendían, convivían y debatían sobre el futuro de sus modelos de negocio. Al final, desarrollar clústers tiene mucho de construir relaciones personales, relaciones de confianza. Era una auténtica inmersión en el océano estratégico del sector en cuestión. Poco más tarde, yo le añadí una variable más: realizar este tipo de inmersiones en otros ecosistemas, en entornos mucho más sofisticados donde se pueda aprender por transpiración. Y en 2010, un grupo de directivos de centros tecnológicos y de centros de investigación nos fuimos a Boston durante una semana para actualizar conocimientos sobre innovación (con profesores de IESE, Babson, MIT y Harvard), aprender las claves del sistema de innovación de Massachussets, y fortalecer relaciones personales. La experiencia fue transformadora. De allí surgió una actualización estratégica sobre nuestro planteamiento del sistema. Y algunos proyectos, como la exitosa integración de CTAE (Centro de Tecnologías Aerospaciales) en ASCAMM tuvieron su génesis en el hotel Charles de Boston.

Estos días he vuelto a Boston. Ha sido una bocanada de aire fresco en medio de la crisis. De hecho, en Boston nadie habla de crisis. Sólo he oído hablar de proyectos de futuro.

En Boston se palpa el pulso del mundo. Es una ciudad preciosa, la más europea de las capitales norteamericanas. Una ciudad que palpita al ritmo de la tecnología. Una ciudad que ama la racionalidad científica tanto como la libertad económica. Y esa es la base de su éxito.

La existencia de dos instituciones académicas líderes, Harvard y MIT (Massachussets Institute of Technology), compitiendo intensamente entre ellas, marca la idiosincrasia de Boston. Recomiendo leer el estudio de la Kauffmann Foundation sobre el impacto económico del MIT en Massachussets y en Estados Unidos: 25.800 compañías creadas por alumnos del MIT, que generan 3,3 millones de puestos de trabajo y contabilizan unas ventas de 2 trillones (americanos -realmente 2 billones-) de dólares. El equivalente a la 11ª economía del mundo, dos veces el PIB español. Sólo los alumnos del MIT.

Marc Mier, alumno del IQS que está realizando su proyecto de fin de carrera en MIT nos comenta: "aquí crear empresas es fácil, es como en España apuntarte a un club deportivo. Y todo el mundo conoce la "jerga": elevator pitch, CFO, CTO, VC... La aspiración de cualquier estudiante es montar su propia empresa y triunfar". Marc nos dice "los becarios están muy bien pagados, pero son exprimidos al máximo. Son jóvenes, y están en el cénit de su capacidad intelectual. Pero también deben vender proyectos y conseguir recursos de financiación".

Y un elemento de profunda reflexión: en Media Lab del MIT, centro de investigación que intenta interpretar el impacto de tecnologías emergentes en la vida cotidiana (y desarrollar productos en consecuencia), uno de sus profesores nos presenta un proyecto de moto eléctrica que ha surgido de una tesis doctoral. El doctorando desarrolló un sistema de rueda robotizado. Lo que me viene a la cabeza es: "evidentemente, un doctorado en MIT no es ninguna broma. Debe haber un avance científico substancial en ese tipo de rueda robotizada, que confiere claras ventajas competitivas al producto". Lo sorprendente es que un PhD se aplique a una rueda de motocicleta. Ciencia aplicada. Ciencia aplicable. En España probablemente buscar aplicaciones tan prosaicas a avances científicos tendría todavía alguna connotación de desprestigio. Y la sensación se repite poco después: el mismo profesor nos explica cómo estudian complejos modelos matemáticos de optimización de sistemas de bycing, para venderlos a diferentes ciudades del mundo. Nuevamente, ciencia aplicada a la resolución de problemas comunes.

Ciencia, tecnología y economía sincronizadas. Pero nada es gratis: se confirma la regla. No hay ningún ecosistema innovador sin un fuerte estímulo público desde la demanda empresarial. Tampoco en un país ultraliberal como USA. El Massachussets Life Sciences dispone de un presupuesto de 1 billón de dólares (a 10 años, 100 M$ por año) para financiar proyectos de I+D en biotech. Así se construye el clúster.

(en la foto, con Marc Mier -estudiante de IQS y MIT- y Clara Barreneche - Directora de ACCIO en New York-, en el campus del MIT)

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