3 de enero de 2012

TECNONACIONALISMO

Amar Bhidé, profesor de la Universidad de Columbia (New York), publicó en 2008 el libro The Venturesome Economy: How Innovation Sustains Prosperity in a More Connected World, una obra maestra del análisis del fenómeno globalizador en su intersección con la dinámica de la innovación tecnológica. En dicho libro, entre otras cosas, Bhidé cuestiona el hecho que la externalización de actividades de I+D a Asia (China e India, fundamentalmente), y el incremento de la capacidad científica de los países emergentes amenacen realmente la prosperidad y la riqueza de los países occidentales en general, y de Estados Unidos en particular.

Para Bhidé, el crecimiento de la capacidad tecnológica de los países emergentes no sólo no amenaza el bienestar occidental, sino que posiblemente lo potenciará, en la medida en que incrementará el nivel de competición económica (siempre positiva) y los flujos comerciales, beneficiando en última instancia a los consumidores de cualquier parte del mundo.

Según el autor, el verdadero valor económico se produce mediante la interpretación de las demandas y necesidades del consumidor y mediante la integración de tecnologías preexistentes, tanto o más que en la generación de nuevo conocimiento. Como ejemplos, argumenta que fue un inglés, en Suiza, quien desarrolló los protocolos iniciales de Internet. O que, si bien las patentes iniciales de un dispositivo clave como el transistor electrónico de efecto de campo eran de un físico alemán (Lilenfeld, 1928), sin los posteriores desarrollos de Shockley en Estados Unidos, o sin la interpretación en clave de mercado de empresas como Sony (incorporando transistores en productos de bajo nivel como radios), el transistor hubiera sido una curiosidad de laboratorio. Un ejemplo icónico de la hiperatomización de las cadenas de valor lo constituiría el iPod, inspirado en dispositivos comercializados previamente por Creative Technology (empresa de Singapur a quien Apple tuvo que pagar posteriormente 100 M$ por violación de patentes), con CPU’s desarrolladas por ARM (empresa inglesa), estándares de compresión MP3 (originarios de Fraunhofer Institute, Alemania), con discos duros de Toshiba (Japón), o memorias flash de Samsung (Corea del Sur).

En definitiva, el origen de las ideas, para Bhidé, no importa en un mundo global. La ubicación de las actividades científicas y de desarrollo tecnológico, tampoco. Al fin y al cabo, la ciencia se construye mediante un proceso, acumulativo, interactivo y abierto, donde cualquier individuo tiene libre acceso a los avances científicos mundiales, registrados en artículos accesibles en bases de datos internacionales. Son los mercados más sofisticados los que se apropiarán de los mayores retornos de la innovación tecnológica, con independencia de dónde se desarrollen los avances científicos.

Bhidé critica lo que él considera “tecnonacionalismo”: la obsesión de algunos países y gobiernos por liderar el desarrollo científico y tecnológico, y el despliegue de políticas públicas en este sentido. Por el contrario, postula que la asignación de recursos públicos a la difusión de innovaciones próximas a mercado puede ser tan eficiente como las inversiones en I+D en ámbitos “estratégicos”.

Estoy de acuerdo con Bhidé en algunas cosas: la economía no es un juego de suma cero. Actualmente viven en Europa 300 millones de personas con un nivel de vida razonable. Hace 100 años, eran muchos menos. La prosperidad en Alemania no ha ido en detrimento de la prosperidad en Francia, como la de Japón no fue en detrimento de la de USA a partir de 1950, o la de China no debe ir en detrimento de la del resto del mundo. Existe un efecto arrastre y una expansión de la riqueza global mediante la apertura de mercados.

Pero, a diferencia de Bhidé, me considero un ferviente "tecnonacionalista". Creo firmemente que la riqueza de las naciones surge de entornos fuertemente “clusterizados”. La concentración de actividades científicas y tecnológicas es positiva para una economía local, si está inserta en una red de relaciones personales entre los agentes (científicos, tecnólogos, directivos de empresa). Las relaciones de confianza aceleran los procesos de transferencia tecnológica. La concentración de actividades industriales sinérgicas (que operan en el mismo campo de la economía o de la tecnología) incrementa el nivel de productividad de las empresas del clúster (cosa que demostró Michael Porter). La proximidad geográfica es una palanca de crecimiento, incluso en entornos de competición abierta global.


Coincido en la apreciación  de Bhidé del grave error que comenten muchos gobiernos de "escoger los ganadores" a priori ("picking winners"). No existen sectores estratégicos y obsoletos, sino estrategias ganadoras en todos los sectores. Pero considero fundamental la inversión en tecnologías habilitadoras(TIC, nanotech, fotónica, biotech, materiales avanzados -transversales a gran número de sectores-), acompañada de estímulos públicos para ser absorbidas por la industria local, acelerando las curvas de difusión de la tecnología hacia el clúster. Es cierto que la produción de científica, por sí sola, tiene poco retorno económico para el gobierno que la paga, siempre que se descuiden las políticas de demanda. Por ello, por ejemplo, la demanda pública ha sido un formidable driver de innovación en USA en sectores como las telecomunicaciones o la aeronáutica.


El desarrollo de sistemas nacionales de innovación cuenta en la competición global. No en vano, los grandes polos de desarrollo tecnológico internacional surgen de culturas y entornos locales, fuertemente clusterizados: Silicon Valley, Massachussets, Israel, Baden-Württemberg, Finlandia, Corea del Sur, Japón. Entornos en los cuales los individuos pueden entablar relaciones personales en una hora de avión o menos de un día en coche…

La cultura, las interconexiones entre los agentes, las políticas públicas compensadas (con estímulos a la oferta y a la demanda) y la concentración de actividades a nivel local se proyectan en la competición internacional. De hecho, existe una competición internacional entre regiones y naciones por mejorar la salud competitiva de sus ecosistemas innovadores, bajo la convicción de que el potencial económico de una nación depende de la calidad de sus ecosistemas.


Definitivamente, a pesar de haber disfrutado de la lectura de Bhidé, soy un declarado tecnonacionalista.




2 comentarios:

  1. Hola Antoni, interesante artículo.
    Leyendo lo que piensa Bhidé: "el verdadero valor económico se produce mediante la interpretación de las demandas y necesidades del consumidor y mediante la integración de tecnologías preexistentes, tanto o más que en la generación de nuevo conocimiento"....veo que conecta con lo que piensa IBM sobre innovación en el modelo de negocio como; donde miles de sus directivos la consideran de mayor impacto que la innovación tecnológica, hoy y en el futuro.
    Y a la vez esta idea conecta con la realidad que vemos, donde la mayor parte de los más espectaculares desarrollos empresariales vienen de la innovación en el modelo de negocio: Ikea, Starbucks, Zara, Mercadona, Room Mates, Tata, Nespresso, Hilti....etc, etc.

    No crees que por lo menos debería igualarse el desarrollo público - privado (clusters) en este tipo de innovación?

    Un saludo,

    Javier González

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  2. En això, Xavier, coincideixo plenament amb tu i m'estalviaré de llegir en Bidé. De fet, això que diu ho deia per aquí Unamuno amb el seu famós "que inventen ellos", puix que a la fi la llum lluïa igual on la inventaven que on la implantaven.

    Per "aprofitar" l'invent d'un altre cal entendre'l, si més no; i això demana un similar esforç en R+D.

    Jordi Angusto

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