20 de octubre de 2018

AUGMENTED ETERNITY


Los progresos en inteligencia artificial y nuevas tecnologías digitales abren iniciativas sorprendentes en campos tan inesperados como la propia muerte. ¿Puede la revolución tecnológica cuestionar, o como mínimo difuminar las fronteras del más allá? El debate supera el rápido avance biomédico, que situará la longevidad en los límites de lo biológicamente posible. En la esfera digital, encontramos startups como eterni.me que le ofrecen hacer un Skype con sus parientes o amigos fallecidos. ¿Espeluznante? De hecho, la oferta real es configurar un avatar, un humano digital con el rostro, la voz, las expresiones, la personalidad y el conocimiento de alguien que quizá ya no está entre nosotros. La empresa ha recibido más de 40.000 pedidos, aunque de momento sólo dispone de versiones beta. Avances en el desarrollo de avatares digitales con inteligencia emocional, como los desarrollados por la empresa Soul Machines permiten crear humanos virtuales con un escalofriante realismo. Pero, ¿y si esos humanos digitales fueran clones de nosotros mismos? La inteligencia artificial posibilita hoy capturar información de una persona (leyendo, por ejemplo, sus mails y sus comentarios en las redes sociales, visionando sus fotos y su navegación por internet, analizando sus vídeos…), y conformar un clon digital con un comportamiento similar al original. ¿Y si, en un futuro próximo, nuestro smartphone fuera capturando trazos de nuestro comportamiento, grabando y analizando nuestras conversaciones, registrando nuestros desplazamientos, registrando todos nuestros documentos y comentarios y, al final, cuando ya no estemos, nuestros hijos pudieran comunicarse con un clon digital que condensara todo ese conocimiento e información? Nos podrían pedir consejo cuando nosotros no existiéramos.

No estamos, en absoluto, tan lejos de esta posibilidad. La inmortalidad digital está al alcance de nuestras manos. El profesor del MIT Hossein Rahnama ya está trabajando en la clonación digital de un CEO de una empresa financiera que desea seguir siendo consultado en operaciones críticas, cuando esté en el otro mundo. Para ello, está desarrollando la app Augmented Eternity. Esta corriente tecnológica de incursión en el más allá la inició hace pocos años la experta en software Eugenia Kuyda, quien creó en 2015 un chatbot a imagen de su mejor amigo, Roman Mazurenko. El bot fue entrenado volcando los mensajes personales de Mazurenko y sus publicaciones en redes sociales a una red neuronal soportada por TensorFlow, el software de inteligencia artificial de Google. Según Kuyda, el bot no es “preciso ni pulido”, pero “sus reacciones recuerdan extrañamente a Mazurenko”

La idea del clon digital tiene aplicaciones de negocio que se sitúan en ámbitos más mundanos: un reputado médico podría dar acceso a un avatar digital suyo para consultas preliminares. Un experimentado abogado podría generar una línea de negocio low-cost de consultas a su avatar (en lugar de a él directamente). Se podría democratizar así el conocimiento de líderes científicos, filósofos, políticos… Investigadores, tecnólogos y futurólogos están evaluando las inesperadas posibilidades de esta tecnología: ¿podríamos crear un avatar digital de un personaje histórico? ¿Podríamos hablar con George Washington, Winston Churchill o Kennedy desde casa? ¿Podríamos hacer revivir a Ronald Reagan y preguntarle qué piensa de Donald Trump? ¿Sería posible recrear una conversación entre Adolf Hitler y Joseph Stalin? Proyectos preliminares ya han capturado los trazos de Rembrandt y han permitido “revivir” el genio creativo del pintor, elaborando nuevos cuadros con la técnica precisa del original. Y se han creado nuevas sinfonías “a lo Bach” a partir de la captura mediante inteligencia artificial de la habilidad compositora de Bach.

Con los clónicos digitales se abren nuevos debates éticos: ¿se deberían tratar las memorias, el conocimiento, y el temperamento de una persona fallecida, condensados en un clon digital, como una categoría de restos humanos (no biológicos, sino informacionales)? ¿Se deberían someter a códigos y a legislación, como en el caso de la exposición de cadáveres antiguos en museos? Y… ¿qué pasaría si alguien intentara “vendernos” productos a través de un nuevo y discutible canal comercial: el clon digital de una persona querida fallecida? ¿Se podrían hackear o manipular esos clones, para hacernos adictos a ellos? ¿Y si alguien quiere vendernos a precio de oro actualizaciones o versiones superiores de ese avatar de un ser querido (nuestro padre, hermano o esposa), como pasa en uno de los visionarios episodios de Black Mirror?

Otras startups, como Nectome, ofrecen tipos de inmortalidad tanto o más inquietante: ¿y si toda la información contenida en nuestro cerebro (recuerdos, experiencias, emociones) pudiera guardarse en la nube, como un fichero informático? Nature se hacía eco recientemente de otro frente ético abierto: ¿se podría hacer crecer un cerebro en laboratorio a partir, por ejemplo, de células madre? Indudablemente, sí. Pero, ¿qué pasaría si ese cerebro desarrollara algún tipo de emoción, sentimiento, dolor…? ¿Tendría identidad, un cerebro crecido en un biorreactor, sin cuerpo anexo?

Dejando aparte las iniciativas más escabrosas, obviamente los avatares digitales no contendrían nuestro fantasma en el ordenador. Pero podrían condensar toda nuestra información vital, nuestro carácter y temperamento, nuestras expresiones y lenguaje emocional… Podrían ser "nosotros" en una pantalla digital. Y vivir para siempre en un PC. En mi caso, por cierto, pueden descartar la idea ;-)

16 de octubre de 2018

OUTPERFORMERS


McKinsey acaba de publicar su informe Outperformers: High-GrowthEmerging Economies. Las economías emergentes han generado dos tercios del crecimiento del PIB mundial, y la mitad del nuevo consumo en los últimos 15 años.  7 países han mantenido un crecimiento anual superior al 3.5% durante 50 años (China, Hong-Kong, Indonesia, Malasia, Singapur, Corea del Sur y Tailandia). Son outperformers de largo plazo. En la cima de las economías-gacela está China (crecimiento medio del 7,3% durante 50 años), Corea del Sur (6,2%), y Singapur (5,2%). Otros 11 han crecido a ritmos superiores al 5% durante 20 años. De las 18 economías-gacela detectadas, 12 son del extremo oriente. 5 son antiguas repúblicas soviéticas, y sólo una es africana (Etiopía). El futuro tiene rasgos orientales. 

Esos países han sido capaces de extraer a mil millones de personas de la miseria en un tiempo excepcionalmente corto. El proceso es netamente positivo: hoy menos del 11% de la población mundial vive en condiciones de extrema pobreza, cifra que alcanzaba el 30% en 1990. Es el fin del “Tercer Mundo” tal como lo habíamos conocido. En India, la clase media ha crecido de 3,5 millones en 1995 a 35 millones en 2016. El centro de masas del planeta, a nivel comercial, económico, tecnológico y demográfico, se desplaza irreversiblemente hacia Asia. El movimiento sísmico en la economía global es colosal: los estados-nación asiáticos se hacen indiscutiblemente con el liderazgo mundial. La avalancha de outperformers asiáticos ha sabido configurar los marcos institucionales necesarios para acelerar el cambio tecnológico. Su denominador común: seguir una disciplinada agenda de productividad. Las políticas públicas se orientan a incrementar la escala en producción, invertir en infraestructuras físicas y de conocimiento, desarrollar tecnología y avanzar en tiempo récord de economías agrícolas a economías de la innovación (sin otros recursos naturales que el talento de sus ciudadanos). En pocas décadas, han seguido una trayectoria productiva originada en la manufactura básica, para cruzar las fronteras del producto imitado, el producto propio, la innovación tecnológica y, finalmente, el control de la ciencia. Han evolucionado de la manufactura a la ciencia, en un proceso de capas concéntricas donde cada una de ellas refuerza a la anterior. Un camino de productividad paradójicamente inverso al que intentamos seguir nosotros, basado en la asunción del modelo lineal de la I+D+I. Pensamos que, si generamos conocimiento, éste se difundirá espontáneamente al tejido socioeconómico. 

El fenómeno se superpone a la emergencia de plataformas digitales globales, otro tipo de outperformers, que coronan la cima de los mercados financieros. Apple superó el trillón de dólares de valor bursátil antes del verano. Tras ella, con una velocidad de crecimiento mucho mayor, Amazon (cuyas acciones han multiplicado por treinta su precio en una década). Detrás, Google, Microsoft, Facebook, Alibabá y Tencent. Empresas que adquieren dimensiones macroeconómicas y que se expanden a multiplicidad de frentes. Tras enfrentarse en el espacio de mercado de los teléfonos móviles, y generar una disrupción sin precedentes en sectores como la distribución, la publicidad o los contenidos digitales, ahora la batalla de las plataformas se desplaza a vehículos autoconducidos, domótica, e incluso, banca. Si las coordenadas del futuro pasan geográficamente por países asiáticos, estratégicamente se concretan en modelos de negocio digitales, de empresas-plataforma omnipresentes, impulsadas por grandes inversiones en I+D y con baja capacidad distributiva del valor que crean. 

Las viejas potencias occidentales contemplan atónitas la emergencia de esos outperformers geográficos y corporativos, sin acertar en las respuestas estratégicas adecuadas. Se está produciendo un rapidísimo cambio de liderazgos en el mundo. Las clases medias de las antiguas economías líderes se empobrecen, y sus jóvenes se precarizan. Por la grieta del descontento, se filtra el populismo. Y, aunque esas economías siguen generando talento, son incapaces de retenerlo. Los jóvenes más preparados se van. Nuestras respuestas siguen ancladas en el siglo XX: ante un cambio de paradigma de tales dimensiones, no somos capaces de generar las visiones de futuro adecuadas, los mensajes inspiradores ni las políticas eficientes que necesitamos. No son las empresas asiáticas las que invaden el mercado global: son los sistemas nacionales de innovación asiáticos, las cadenas de valor público-privadas asiáticas las que proyectan a la estratosfera global los nuevos unicornios, y abren un boquete en la competición mundial.  Precisamos grandes pactos de cooperación público-privada. Programas de inversión pública de largo plazo en desarrollo y absorción de tecnologías disruptivas y en clústeres de alto potencial de crecimiento que relancen nuestras empresas tractoras y nuestros campeones ocultos, y proyecten empresas-gacela al estrellato mundial. El mercado, espontáneamente, no nos va a convertir en renovados outperformers. Paul Romer, reciente Premio Nobel, dejó claro cómo las políticas tecnológicas son vitales para para impulsar el crecimiento a largo plazo. Es imprescindible acelerar las agendas de productividad. Algo debe ser recordado como un mantra por nuestros líderes políticos y civiles: el bienestar y la paz social del mañana las pagarán los retornos del I+D que seamos capaces de hacer hoy. Las pensiones del mañana no las pagarán nuestras cotizaciones de hoy. Éstas pagan sólo las pensiones de hoy. Las pensiones del mañana las sostendrán la competitividad del sistema productivo del futuro, que dependen de las inversiones actuales en I+D. Como en el caso de los outperformers, nuestra prosperidad futura dependerá de nuestra agenda de productividad presente.

Artículo publicado originalmente en La Vanguardia

12 de octubre de 2018

NÚCLEOS ESTRATÉGICOS DE INNOVACIÓN COOPERATIVA


Imaginemos que disponemos de 100 M€ para un programa público de fomento de la innovación. ¿Cómo lo distribuiríamos? En los extremos, tenemos dos posibilidades: (a) en 100.000 bonos de 1.000 € (los famosos vouchers de innovación), o (b) lanzar una convocatoria competitiva para un solo proyecto transformador, de gran dimensión. ¿Distribución o concentración de recursos?


¿Qué tendría más efecto? La primera aproximación sería la más popular: 100.000 empresas recibirían un bono para, por ejemplo, comprar un ordenador. Pero esas empresas ya tienen recursos propios para hacerlo. Los incentivos pequeños tienen un efecto de desplazamiento de recursos privados (substituyen recursos privados que, en cualquier caso, se utilizarían para ese uso). No generan efecto adicional. Su impacto final tiende a ser nulo. En cambio, una gran convocatoria competitiva y ambiciosa para, por ejemplo, diseñar y lanzar un nuevo satélite al espacio con prestaciones muy superiores a los actuales, sitúa a las empresas fuera de las fronteras del mercado actual, y las estimula a superar nuevos retos y desarrollar capacidades que el mercado actual no está demandando. En este caso, la administración actúa como generadora de mercados sofisticados. Un gran proyecto como el descrito es adicional (se superpone a lo que el mercado demanda), es transformador (crea nuevas realidades), y tiene efecto multiplicador (se puede complementar con recursos privados con proporciones, por ejemplo, 1 a 3 –cada euro público se complementa con 2 euros privados).

Imaginemos ahora que la economía de un país debe doblar su inversión en I+D, que se encuentra muy por debajo de los estándares deseados. Imaginemos tres posibilidades: (a) esperar que pase espontáneamente (la visión más neoliberal: “lo mejor es no intervenir en el mercado", "la mejor política industrial es la que no existe”), (b) invertir preferentemente en ciencia ("políticas de oferta"), inyectando recursos a centros de investigación pública, esperando que finalmente dicha ciencia desborde al mercado, y (c) estimular la I+D empresarial ("políticas de demanda"), desplegando instrumentos como los descritos antes, con efecto multiplicador.


¿Cuál sería la mejor aproximación? En el caso (a), si optamos a que espontáneamente la economía española (o la catalana) se sitúen al nivel de I+D de Corea del Sur o de Israel, deberíamos esperar unos 180 años, contando que ellos paren su ratio de inversión actual. Bajo la aproximación (b) se crean excelentes subsistemas científicos, pero no existe impacto demostrado en la economía, ni ha existido en ningún país sin políticas complementarias de estímulo de la demanda o de transferencia tecnológica. La tarea de los científicos acaba en la publicación científica. No hay efecto multiplicador, más que, en todo caso, para atraer más recursos de investigación. La aproximación (c) es, sin duda, la más eficiente para superar el “fallo de mercado” (la tendencia del mismo a invertir por debajo de lo óptimo en I+D): disponer recursos públicos orientados a retos de interés empresarial (o social), complementando los recursos públicos inyectados con recursos privados, sin renunciar a la excelencia del proyecto, pero buscando impacto en el entorno.

Bajo estas premisas, en 2008 (hace justo 10 años) diseñamos y lanzamos desde ACCIO (la Agencia de Competitividad de la Generalitat de Catalunya) el programa de “Núcleos Estratégicos de Innovación Cooperativa”. Convocatorias competitivas para proyectos de presupuesto mínimo de 1 M€, formados por consorcios de PYMEs, y evaluados en clave de nivel de reto científico (los proyectos debían tener un muy alto nivel científico-técnico, pero eran proyectos industriales), y en clave de impacto en el sector (debían desencadenar la atracción de inversión extranjera, o generar empleo de calidad). La estrategia de fondo era constituir auténticos “núcleos” o micro-clústers estables de alta tecnología, formados por empresas locales que adquirieran hábitos crecientes de inversión en I+D. De forma colateral, esas empresas arrastraban a grupos de investigación, a los que contrataban para garantizar la calidad científica del proyecto. Era una propuesta mixta de política industrial y de investigación. Con 20 M€ de presupuesto del momento, se apalancaban unos 60 M€ de I+D exnovo (que era complementada con fondos de CDTI a proyectos que no podían ser aprobados por limitaciones presupuestarias locales). En total, se conseguían unos 100 M€ de I+D adicional cada año, cantidad que ya tenía efectos estadísticos.

Para mí, ha sido el mejor instrumento de política de innovación que hemos tenido. Con el tiempo, los recortes y los cambios de equipo, la lógica de los núcleos cayó en el olvido. Hoy, 10 años después, compruebo con satisfacción que otras Comunidades Autónomas han recogido la idea y han lanzado sus propias líneas de “núcleos”. Madrid acaba de lanzar convocatorias para proyectos de entre 2 y 8 millones de euros, los "Núcleos de Innovación  Abierta":
http://www.bocm.es/boletin/CM_Orden_BOCM/2018/07/27/BOCM-20180727-24.PDF


Jamás debemos olvidar que la innovación es un fenómeno empresarial. El centro del sistema de innovación no es la universidad ni el grupo de investigación: es la empresa. Políticas de innovación que no sitúen a la empresa en el centro, no son tales. Son políticas de investigación, pero no de innovación, e incrementarán los estándares científicos del país, pero no necesariamente su capacidad innovadora ni su prosperidad económica.

10 de octubre de 2018

PAUL ROMER, PREMIO NOBEL

Paul Romer, profesor de la New York University, ha sido uno de los dos galardonados con el Premio Nobel de Economía de este año (el otro ha sido para William Nordhaus, estudioso del cambio climático). Una gran noticia para los apasionados de la innovación, y para los convencidos de la imperiosa necesidad de desarrollar políticas públicas de fomento de la misma. Romer ha sido de los pocos economistas que ha defendido posiciones de intervención pública para corregir los fallos de mercado en actividades de alto riesgo, y alto potencial de retorno individual y colectivo, como la innovación, asumiendo que existen algunas áreas en las cuales la dinámica de mercado se comporta con una debilidad mayor a la deseable. Sabemos, por ejemplo, que el mercado invierte de forma subóptima en I+D, especialmente en I+D de largo plazo alejada de las fronteras del mismo. El mercado (el conjunto de decisiones individuales que constituyen la fuerza motriz de una economía) no tiene por qué estar interesado en empujar los límites del conocimiento, ni alineado con el bienestar de una nación en el largo plazo. Romer introdujo en los modelos económicos previos, un componente fundamental: las ideas. Las nuevas ideas, o el nuevo conocimiento, son inductores de crecimiento económico (crecimiento endógeno, según sus palabras). Según Chad Jones, profesor de Stanford y colega de Romer: “el crecimiento económico es el resultado de los esfuerzos innovadores de emprendedores, investigadores y científicos. Por tanto, cualquier cosa que influencie su esfuerzo puede afectar nuestra calidad de vida en el largo plazo”. Para Romer, los gobiernos tienen el poder de estimular o inhibir la innovación mediante políticas. Precisamente, generó sus modelos a partir de la observación de las tremendas diferencias de crecimiento económico entre países similares, cuando en algunos de ellos se introducen políticas tecnológicas eficientes. Romer fue muy crítico con la “matematización” de la economía, la tendencia por parte de los economistas a crear modelos matemáticos de gran belleza formal, pero basados en supuestos excesivamente teóricos. Uno de los principales objetivos de toda política económica, para el nuevo Premio Nobel, es “crear un entorno que acelere el cambio tecnológico”. Los trabajos de Romer se circunscriben a una línea de pensamiento económico que empieza con las olas de destrucción creativa de Schumpeter, y acaban con los postulados de “estados emprendedores” de Mariana Mazzucato. La génesis de la innovación disruptiva (uno de los motores del propio capitalismo) está en los esfuerzos públicos, más allá de las fronteras del mercado, en investigación y desarrollo tecnológico. La competitividad de un país reside en su capacidad de crear un marco que acelere la creación y absorción de tecnologías. El propio Romer se lamentaba de que, aunque muchos países tomaron estas ideas como base de sus programas económicos, en EEUU los presupuestos públicos en ciencia y tecnología registran sus niveles más bajos desde la II Guerra Mundial. Por aquí parece que tampoco nuestros ministros han leído demasiado a Romer.

9 de octubre de 2018

INNOVACIÓN, COMPETITIVIDAD Y BIENESTAR

Os pongo un enlace al vídeo de mi presentación en el 32 Encuentro de la Industria Digital, celebrado en Santander el pasado mes de septiembre, y organizado por AMETIC


4 de octubre de 2018

SISTEMA INCOMPLETO

Indicadores de innovación (2010-2016)

Recientemente participé en el Encuentro de la Industria Digital de AMETIC, con la conferencia “Innovación, Competitividad y Estado del Bienestar”. La innovación española no ha mejorado en una década. El modelo de innovación español (también el catalán) sólo despunta en algunos indicadores: incremento de un 90% las publicaciones científicas internacionales entre 2010 y 2016, y de un 70% los nuevos doctorados. Pero en las dimensiones de mercado, el sistema ha empeorado gravemente: han caído en un 38% las pymes innovadoras, y en un 60% las inversiones en capital riesgo. La inversión agregada en I+D/PIB de las economías española y catalana es un 10% menor que en 2008. Se consolidan sistemas científicos de calidad aceptable (algunos, de excelencia internacional), sin que la economía apenas se beneficie de ello. Los colectivos investigadores, legítimamente, han intentado mantener sus presupuestos (que se han visto afectados por severos recortes). Pero en los segmentos de transferencia tecnológica, los recortes han sido despiadados. En total, los Presupuestos Generales del Estado en 2017 contemplaban un esfuerzo en I+D del 54% relativo a 2009, y una ejecución del 16% de lo presupuestado en 2009. Por ello, el talento generado no tiene opciones y se va. Sistema incompleto y descompensado. Alarma roja. Progresamos a duras penas en ciencia, pero no explotamos los resultados. La fotografía es la de un sistema productivo capaz de comprar o generar materia prima, pero que renuncia a procesarla. Y para ello se precisan acciones específicas. Uno de los objetivos de cualquier programa económico competitivo es acelerar el cambio tecnológico, en todas las fases de la cadena de valor: generación, difusión y absorción del conocimiento. Sin inversión pública inteligente, no hay innovación disruptiva. Internet, el GPS o los microprocesadores son desbordamientos al mercado de inversiones en I+D públicas. Wired afirma que Barcelona es el 5º hub de startups de Europa. Entre las diez primeras, marketplaces e-commerce de paquetería, viajes, habitaciones, empleo, o ads publicitarias. Gran paradoja e inmenso coste de oportunidad: sistema universitario e investigador líder, y startups de referencia que proceden de ideas de negocio desconectadas de la investigación, y sin tecnología propia. Es urgente conectar y completar el sistema mediante políticas. Mientras, Singapur invierte 18 M€ en 250 startups “deep tech” surgidas de la universidad, Francia o el Reino Unido publicitan sus Planes Estratégicos Nacionales de Inteligencia Artificial (dotados de más de 1.000 M€ cada uno), Portugal se alimenta de renovables durante un mes, o Japón estructura grandes consorcios de investigación (con Toyota, Uber y Boeing, entre otros) para estudiar el futuro del transporte en vehículos-dron. El mundo se mueve rápidamente, con grandes proyectos de cooperación público-privada. Nosotros, seguimos donde estamos.

Artículo publicado en Expansión, el 02/10/2018

29 de septiembre de 2018

¿QUIÉN PARARÁ A AMAZON?


Esta semana, Amazon ha abierto su tercer establecimiento en Manhattan. Se trata de una innovadora tienda de venta de productos “4 estrellas” (aquéllos con mejores ratings en las compras on-line). Amazon detecta los productos mejor valorados por sus clientes digitales (desde dispositivos electrónicos a tests genéticos), y los ofrece físicamente. Si quiere un regalo de última generación, de acuerdo con las tendencias de consumo más candentes, vaya a Amazon 4 Stars. Éste es sólo un ejemplo de los continuos experimentos innovadores de la empresa, que se expande sin cesar testeando gran número de ideas disruptivas en todo tipo de negocios. Jeff Bezos imprimió un ADN expansivo en la marca desde el principio: Amazon debe su nombre al gran río Amazonas. Y la sonrisa que aparece en su logotipo esconde un mensaje subliminal: va de la A a la Z. De la primera a la última letra del abecedario. Amazon es una empresa extremadamente ambiciosa: lo quiere todo, y va camino de conseguirlo todo. Un último ejemplo: el anuncio de la apertura simultánea de 3.000 establecimientos Amazon Go (formatos de supermercados sin cajeros), que pueden tener un impacto “masivo” en la distribución norteamericana, según Forbes.

Amazon lidera el mercado de los altavoces inteligentes domésticos con su dispositivo Alexa. Los nuevos sistemas operativos digitales serán inmersivos, gestionados a través de la voz. Hablaremos con nuestras máquinas. Y nuestras máquinas nos escucharán. ¿No es inquietante pensar qué hace Amazon con las conversaciones del hogar captadas por la silenciosa Alexa, esa especie de cilindro metálico parlante que todos tendremos en casa dentro de muy pocos años?  Con Alexa, Amazon introduce una cuña digital inteligente en lo más profundo de nuestra intimidad cotidiana, y obtendrá información de ello. ¿Y si Alexa grabara lo que ocurre en casa? Surgirán apasionantes debates éticos sobre los usos de las nuevas plataformas conversacionales digitales. Alexa forma parte de la estrategia de Amazon para hacerse con el mercado del control domótico inteligente, diseñando electrodomésticos conversacionales como microondas, o amenazando directamente el paradigma de compra actual con sus dash buttons (botones electrónicos wi-fi que, pulsándolos, lanzan órdenes de compra de todo tipo de productos –detergentes, bebidas, sanitarios…-). Y Alexa también se expande a otros espacios: ya la podemos encontrar como asistente de voz en vehículos Toyota, o como conserje virtual en hoteles Marriott.

La innovación de la empresa de Seattle emerge por todas partes. Amenaza el segmento de la publicidad on-line, tras los pasos de Google y aprovechando la debilidad de Facebook (¿quién mejor para liderar ese segmento que el gran retailer por excelencia, Amazon?). El servicio AWS (Amazon Web Services, alquiler de espacio y capacidad de computación en la nube) es un negocio colateral de altísimo rendimiento. Empresas como BMW utilizan AWS para cubrir necesidades de computación en el desarrollo de vehículos autoconducidos. Teniendo en cuenta que Amazon es hoy la empresa más intensiva en el mundo en I+D, y sus brutales inversiones en inteligencia artificial, no sería descabellado pensar en un potencial salto de la empresa al segmento de vehículos autónomos. Nos falta tiempo para interpretar la avalancha de noticias que se suceden sobre los agresivos movimientos estratégicos de Amazon en todas partes: partenariados para el desarrollo de fármacos con Merck y Accenture, entrada en el sector de la distribución farmacéutica con la adquisición de PillPack, expansión en el desarrollo de ecosistema logístico de última milla con la compra de 20.000 furgonetas Mercedes. Pocos saben que Amazon Studios produce y distribuye sus propias series cinematográficas, compitiendo con Netflix. Sus servicios de vídeo por streaming atacan la televisión convencional, ofreciendo acontecimientos deportivos en directo. Por no hablar de la inesperada adquisición, en 2017, de la cadena de supermercados WholeFoods por 13 billones de dólares. Un movimiento que le asegura grandes plataformas de distribución propia en los centros de las grandes ciudades de EEUU: acceso directo a la mayor parte de la población americana en menos de una hora de tiempo de distribución. Nada parece detener a Amazon, ni siquiera los reguladores bancarios: con paciencia, voluntad de experimentar, y flujos masivos de datos, quizá pronto veamos incluso un Amazon Bank gestionando nuestros depósitos, como ya ocurre en algunas partes de India.

Amazon ha sido la segunda empresa en cruzar la frontera del trillón de dólares de valor en el mercado financiero, muy poco después que Apple. ¿Cuál de las dos liderará el futuro de la tecnología y las finanzas mundiales? En mi opinión, Amazon. Su crecimiento ha sido meteórico, y su voluntad expansiva en multiplicidad de sectores, y su habilidad experimentadora anticipan la aceleración del fenómeno Amazon. La creación de valor por parte de Amazon ha sido, en los últimos años, muy superior a la de Apple, y a la del mercadoLas acciones de Amazon han multiplicado por 30 su valor desde 2008, mientras que las de Apple lo han hecho sólo por 8, y las del NASDAQ, en media, por 4. Su multiestrategia y su escalabilidad (por su mayor componente en software) la hacen superior a Apple, empresa excesivamente integrada y dependiente del manufacturing físico. Amazon aprovechará su inversión en I+D para seguir expandiendo el negocio colateral del cloud. Utilizará su potencia en inteligencia artificial para invadir el segmento de la publicidad on-line (donde ya es tercera, tras Google y Facebook). Creará sus propias cadenas de valor farmacéuticas (donde ya ha puesto un pie). Apalancará sus capacidades como plataforma digital omnipresente para expandirse en el sector del entretenimiento (juegos y producciones cinematográficas). Su dominio de la logística y sus inversiones en cloud computing la posicionan de manera excelente en el mercado de vehículos autónomos. Y, tras convertirse en el interfaz mundial de distribución digital, consolidará su dominio con formatos físicos innovadores (Amazon 4 Stars, Amazon Go). Jeff Bezos acertó: su empresa se ha convertido en un gigante, como el Amazonas. ¿Quién parará a Amazon?