17 de junio de 2018

¿CLEAN MEAT O FAKE MEAT?


Memphis Meats, una startup dedicada al desarrollo de tecnología de “carne limpia” (clean meat, carne artificial crecida a partir de células madre) ofrece una línea de productos de tiras de pollo y pato generadas en laboratorio. Adjunta podéis ver la foto de una de esas tiras rebozada y lista para servir. ¿No parece deliciosa? Inversores como Bill Gates, Richard Branson, y grandes corporaciones de la industria alimentaria, como Thyson Foods, han invertido en esta iniciativa. En mi opinión, el proceso es imparable: la “carne limpia” (nombre escogido al final por sus impulsores por la mayor aceptación de consumidor que inspira, en referencia a la inexistencia de bacterias ni antibióticos en su generación) será un fenómeno global. En general, todo lo que en tecnología pueda ser, será. Y este es uno de los campos más obvios, que venimos anunciando desde que en 2015 (diez años después de la publicación del artículo fundacional In Vitro- Cultured Meat Production) se sirvió la primera hamburguesa artificial (genéticamente idéntica a una original), crecida en laboratorio sin necesidad de una vaca, ni de una granja, sin consumo masivo de agua, y sin emisiones de CO2 a la atmósfera.

Estoy leyendo el libro Clean Meat, de Robert Shapiro, con prólogo de Yuval Noah Harari (autor de Sapiens y de Homo Deus), y el tsunami de cambio me parece imparable. El mundo alberga 40.000 leones, medio millón de elefantes o cincuenta millones de pingüinos. Pero los humanos necesitamos mil millones de cerdos, mil quinientos millones de vacas o cincuenta mil millones de pollos para alimentarnos. Animales que se hacinan en espacios ínfimos, son alimentados sólo para engordar y morir, y saturados de antibióticos para hacerlos resistentes a una existencia indigna. La población mundial se ha doblado desde 1960, pero el consumo de productos animales se ha quintuplicado, en una industria (ganadera) que es la quintaesencia de la ineficiencia, la contaminación, la precariedad y el maltrato animal. Alguien tan alejado del tema, pero tan visionario como Churchill ya vaticinó en 1931, en su ensayo Fifty Years Hence que algún día no sería necesario hacer crecer un pollo entero para consumir un filete. Según Shapiro, “la Tierra no puede acomodar tal incremento en la demanda de carne animal. El impacto en el clima es demasiado grande, la deforestación demasiado severa, el uso de agua demasiado masivo, y la crueldad animal demasiado insoportable”.

Se abren otras alternativas al consumo de carne: Impossible Foods, cuya tecnología permite generar productos similares a la carne a partir de plantas, ha levantado 182 millones de dólares de capital riesgo del mismo Bill Gates y de Google Ventures, entre otros. Sin embargo, la creación de productos animales en laboratorio, la llamada “agricultura celular” es, sin duda, el campo más prometedor, extensible a la producción de huevos, leche, seda o piel (como propone Modern Meadow, startup dedicada a la biofabricación de piel). El desarrollo de productos cárnicos en bioreactores, sin necesidad de animales, es un campo de futuro, con amplias ventajas sobre el proceso actual. El ganado es un consumidor masivo de antibióticos, para permitirles resistir en condiciones de miseria y hacinamiento extremo; y la mayor fuente contaminante del mundo (contaminante de la tierra, el mar y el aire), muy por delante de los automóviles o la industria. La carne artificial, generada a partir de células madre, requiere un 45% menos de energía, un 99% menos de tierra y un 96% menos de agua. Según un articulista de Forbes, “pronto, nuestra carne será hecha de ciencia, no de animales”. Ante esta posibilidad, las asociaciones cárnicas de EEUU ya están en pie de guerra, intentando evitar que estos productos se les denomine “carne”. Alegan que no es clean meat (“carne limpia”), sino fake meat (“carne falsa”).

El procesado de carne en laboratorio sigue principios económicos similares al de las nuevas tecnologías digitales. Al final, se trata de realizar un proceso químico controlado en un biorreactor, idéntico al que se generaría en el cuerpo de un animal. Sin embargo, una vez preparado el biorreactor, el coste marginal de un producto tendería a cero. El modelo de negocio emergente posiblemente sería el desarrollo y venta de los bioreactores, cada vez más eficientes. ¿Se imaginan  que en un pequeño biorreactor (similar a una cafetera), a partir de una cápsula de células madre, con la información genética de una vaca irlandesa, de otra cápsula de tierra, y luz solar, surja en unas horas, en su casa, una hermosa hamburguesa?

Antes del advenimiento del automóvil, había tantos caballos en Nueva York que un comité de expertos, llamados en 1880 a realizar una prospectiva de futuro ante el crecimiento de la población y de las necesidades de movilidad, predijeron textualmente que en 1980 “Nueva York no existiría, hundida bajo una montaña de excrementos animales”. Una tecnología disruptiva, el coche, cambió la trayectoria del futuro. Como ahora puede pasar con el sector de producción de carne. Quizá la agricultura celular, cuya máxima expresión es la “carne limpia” deje en el olvido la industria de producción (y sacrificio) animal. Y quizá, algún día, según Shapiro, incluso la percibamos como un horror comparable a la esclavitud.

10 de junio de 2018

ESTO VA DE GRANDES NÚMEROS


Se está estableciendo una durísima competición entre un conjunto de empresas tecnológicas para cruzar una frontera mítica: el trillón de dólares de capitalización bursátil (billón de dólares en métrica europea). Cinco grandes compañías digitales están a la cabeza. Liderando el ránking, y a punto de llegar a la meta se encuentra Apple, la gran máquina de hacer dinero, con un valor de mercado de 926,9 billones (americanos). Tras ella, Amazon, con 777,8 billones de capitalización. Muy cerca, Microsoft y Google, compitiendo encarnizadamente por el tercer puesto (Microsoft, el gigante renacido, superó recientemente a Google, con valores de 749 y 739 billones respectivamente). Algo más rezagada se encuentra Facebook (541 billones).

Los gigantes digitales han surgido de la nada. En 2008, sólo Microsoft se encontraba entre los 10 primeros puestos del ranking mundial. Los líderes, en ese momento, eran Exxon, General Electric, ATT, y Procter & Gamble. En ese momento, Apple ocupaba la posición 45, con 109 billones, muy por detrás, por ejemplo, de Telefónica, Banco de Santander, o Nokia. La capacidad de construir valor financiero de las plataformas digitales es inaudita. De naturaleza disruptiva, asaltan los mercados desde diferentes posiciones (Apple desde el hardware, Google desde el software de búsqueda en internet, Amazon como plataforma de venta de libros on-line, y Facebook como web relacional), y conquistan posiciones con la lógica “the winner takes it all” (“se lo lleva todo el ganador”) característica de los sistemas digitales. Efectivamente, sus potentísimas economías de red, alcance y escala, su llegada personalizada al usuario, y sus marcas globales configuran invencibles ventajas competitivas. Ventajas que ahora se ven reforzadas por una variable definitiva: la inversión masiva en I+D, específicamente en inteligencia artificial (AI). Google o Microsoft se han declarado explícitamente empresas “AI-Centered”. Todas ellas están volcando cantidades astronómicas en la carrera por el control de la inteligencia artificial. Están pagando salarios de vértigo a investigadores de élite para que se incorporen a sus líneas de investigación en reconocimiento facial, síntesis de voz, conducción autónoma, o procesadores adaptados para aprendizaje de máquina (machine learning). A medida que los líderes digitales crecen hasta magnitudes monstruosas, convergen en la cúspide con los centros de investigación de frontera. Por primera vez, se produce una transferencia a gran escala de conocimiento de última generación en ciencias básicas (como las matemáticas o la física del estado sólido) entre universidades líderes en conocimiento y empresas líderes en capitalización financiera. Según New York Times, jóvenes doctorados en inteligencia artificial reciben salarios iniciales de entre 300.000 y 500.000 dólares, más compensaciones y beneficios sociales, al incorporarse a estas compañías. La guerra por el talento crea inflación en los salarios, que solo los grandes monstruos tecnológicos pueden permitirse. Y el fenómeno realimentado, de bola de nieve, es imparable: a mayor talento concentrado, mayor nivel de I+D, ventajas competitivas más sólidas, mejores aplicaciones de usuario, mayor penetración de mercado, mayores ingresos, mayores valoraciones y mayor capacidad de atraer más talento de frontera.

Hoy Amazon invierte en I+D más que la economía española en su totalidad (16 billones de dólares frente a 15,7). La suma de las inversiones en I+D del conjunto GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) superan la I+D de Francia. Su capitalización bursátil agregada se aproxima al PIB de Alemania. El valor de mercado de Apple y Amazon sumados supera el PIB español. La economía se digitaliza y queda en manos de las plataformas tecnológicas, que se distancian de las empresas tradicionales y adquieren magnitudes macroeconómicas. ¿Quién es capaz de alterar esta dinámica? ¿Quién puede vencer el talento concentrado, organizado, y alineado agresivamente para la consecución expansiva de nuevos objetivos tecnológicos y de negocio, alimentado por fondos de cash dimensiones colosales?

Señores, esto va de tecnología, y de leyes de grandes números. La época de innovar con post-its en las paredes, prototipos de cartón y presupuestos ridículos ha pasado a la historia. Algunos países han decidido jugar en el nuevo escenario: China ha aumentado un 575% su inversión en I+D en 10 años. Corea del Sur, un 130%. EEUU, un 61%. Alemania, un 57%. Portugal, un 47%. Francia, un 28%. España, sólo un escuálido 12%. En el nuevo contexto, con depredadores digitales americanos que penetran en todos los nichos de negocio, seguidos de las nuevas startups chinas (12 de los 20 “unicornios”, startups emergentes cuya valoración supera el billón de dólares, son chinos), Europa se va quedando descolgada. Empieza a planear una inquietante pregunta: ¿qué pasaría si los amos tecnológicos del mundo, EEUU y China, decidieran dejar de suministrar semiconductores a Europa? Hace diez años, la alianza EEUU-Europa se consideraba incuestionable. Pero Trump ha demostrado que ya no lo es tanto. ¿Y si Trump, u otro presidente, decide cortar el flujo de chips? En Europa no se construye una fábrica moderna de semiconductores en los últimos 20 años. Somos dependientes tecnológicamente, y extremadamente vulnerables. Sin chips americanos, Europa quedaría sumida en una glaciación tecnológica, con sistemas de información más lentos que los de nuestros competidores americanos y asiáticos. Señores, esto va de tecnología, y hay que ponerse las pilas rápidamente.

Es una gran noticia que Pedro Duque sea el nuevo ministro de ciencia, innovación y universidades. Nadie como él, un astronauta acostumbrado a las misiones críticas y a los proyectos de alta complejidad tecnológica, para entender el rol de la tecnología en la economía, la geoestrategia y la construcción de sociedades avanzadas. Ministro, hay mucho trabajo por hacer…

Artículo publicado inicialmente en Sintetia (09/06/2018)

30 de mayo de 2018

EL NUEVO PERFIL DE TECNOMÁNAGER


¿Cómo afectará la revolución tecnológica al nuevo perfil de directivo? Es indudable que la disrupción digital tendrá un efecto en las capacidades requeridas a los directivos de éxito. Hoy, las cinco empresas más capitalizadas del mundo son tecnológicas (Apple, Google, Amazon, Facebook y Microsoft), con valoraciones acumuladas superiores a 365.000 millones de dólares. Esas compañías han conquistado la cima mundial de la economía, dejando atrás a viejos líderes como Exxon Mobile, Berkshire Hathaway o General Electric. 

Las grandes plataformas tecnológicas dominan los mercados financieros, se hacen omnipresentes y extienden sus tentáculos a todos los nichos de la economía real. Será difícil revertir el proceso: consolidan su liderazgo invirtiendo cantidades masivas en I+D. Ya no son sólo innovadoras en producto o en modelo de negocio: dominan la I+D global. Amazon, Google o Intel han superado al antiguo campeón, Volkswagen, (último digno representante de la vieja economía en el pódium mundial) en inversión bruta en I+D. Microsoft y Apple les siguen de cerca. Por primera vez, se está produciendo un fenómeno de transferencia tecnológica a gran escala entre centros de conocimiento de frontera, en ciencias puras (como las matemáticas) y las empresas líderes en los mercados de capitales: éstas están vaciando las mejores universidades del mundo de los científicos más notables en ciencias de la computación (especialmente, en inteligencia artificial), atraídos mediante sueldos astronómicos. Y están marcando la pauta de lo que será el mánager del futuro. 

El fenómeno no es exclusivamente americano. El management mundial se está impregnando de tecnología digital. En Asia las empresas tecnológicas también se están convirtiendo en los referentes del sistema económico. Las chinas Alibabá o Tencent, o la coreana Samsung lideran la economía asiática. En Europa, las nuevas gacelas son empresas como Spotify (sueca), Zalando (empresa germana de e-commerce) o Supercell (finlandesa, autora del famoso videojuego Clash of Clans). La intensa transformación digital de cadenas de valor en la mayoría de los sectores, con la industria del automóvil a la cabeza, hacen el resto: a la vez que los sistemas de información impregnan los procesos industriales, y las decisiones estratégicas se sustentan más en datos, está naciendo un nuevo perfil de manager. Ahora, los directivos de márketing deben entender de inteligencia digital de mercado. Los de operaciones, de impresión 3D y robótica avanzada. Los de finanzas, de fintech y blockchain.  Los directores generales, deben comprender la dimensión estratégica de la tecnología, y cómo ésta se transforma en ventajas competitivas. Han de anticipar las trayectorias tecnológicas, y hacerlas coincidir con las aspiraciones de sus clientes. Y, si hace unos años eran empresas financieras, como Goldman Sachs o Morgan Stanley; o consultoras como PriceWaterhouse, Accenture o Deloitte las grandes escuelas de formación en management y el lugar de destino soñado de todo MBA, hoy los jóvenes directivos aspiran a pasar una temporada formándose en Google, Apple, Microsoft o Amazon. De hecho, según el artículo Why Tech is the Bright Future for Business Schools (Forbes), entre el 20 y el 25% de los recién graduados en MBA en las mejores escuelas de negocio internacionales son contratados por empresas tecnológicas, o crean sus propias empresas de base tecnológica.

El management del siglo XXI será un management de marcado corte tecnológico. Muchos de los procesos de transformación digital han fracasado hasta el momento porque los consultores que los han diseñado, o los directivos que los han ejecutado, se hallan anclados mentalmente en el antiguo management analógico. No intuyen cómo la digitalización puede reinventar sus negocios, o inventar otros completamente nuevos. No entienden de datos. No comprenden las palancas multiplicadoras de las nuevas tecnologías. No han progresado hacia el management digital. Quien desee abordar una transformación digital debe ser capaz de realizar tres funciones fundamentales: interpretar, deconstruir i reconstruir. Interpretar las potencialidades de la tecnología, en toda su amplitud. Deconstruir por completo la forma actual de crear y capturar valor, así como las experiencias de usuario o los mecanismos de toma de decisiones. Y reconstruirlo todo de nuevo bajo un nuevo paradigma de inmersión digital, con ayuda de las nuevas tecnologías, poniendo al usuario en el centro y dotando al conjunto de ventajas competitivas combinadas: personalización, flexibilidad, usabilidad, velocidad, coste y calidad de servicio. Este es el proceso metodológico válido para la tan esperada transformación digital. Para ello, será preciso desnudar por completo al consumidor, y volverlo a vestir en un contexto completamente nuevo de procesos digitales, despojándonos de todo lo accesorio y residual de mundo analógico. Deberemos identificar las insatisfacciones del cliente (pains), imaginar nuevas prestaciones imposibles en la era analógica (gains), y construir un nuevo entramado de propuestas de valor digitales. 

El manager de la era digital deberá disponer de fuertes dosis de creatividad para librarnos de los viejos axiomas, inventar escenarios futuros que no serán una simple evolución lineal de los actuales, desplegar empatía para situarnos en el lugar del consumidor (mediante la llamada customer-centric innovation), y gestionar proyectos cada vez más híbridos y complejos, con fuertes dosis de tecnología. Si desea liderar la innovación, deberá ser capaz de conceptualizar nuevos escenarios, comunicarlos con convicción y convencer a sus equipos y a sus organizaciones que la transformación tecnológica va mucho más allá de los simples retoques, de las mejoras incrementales, y de la clásica reingeniería de procesos. 

Publicado en La Vanguardia, el 27/05/2018




25 de mayo de 2018

INFORME COTEC 2018


Esta semana se ha presentado el Informe COTEC 2018 sobre el estado de la innovación en España. La Fundación COTEC es la institución de referencia de análisis, promoción y comunicación del estado de la innovación como motor del desarrollo económico. COTEC ha definido la innovación de forma magistral, como “todo cambio (no sólo tecnológico) basado en conocimiento (no sólo científico) que genera valor (no sólo económico)

Un año más, los indicadores son descorazonadores. La inversión en I+D en la economía española se mantiene, por sexto año consecutivo, por debajo del crecimiento del PIB. Esto es un indicador de la senda escogida: un camino que podría no ser sostenible, y que creará a medio plazo importantes tensiones en la estructura económica. Una baja inversión en I+D es indicadora de un crecimiento no acompañado de creación de valor ni de salarios dignos. Pese a todo, se da un ligero incremento en la inversión bruta en I+D respecto al pasado año. Básicamente, debido al esfuerzo empresarial. La inversión pública sigue en retroceso: mientras el gasto privado en I+D creció un 3%, el público disminuyó un 2%. Según COTEC “es preciso recordar que la falta de inversión privada en investigación y desarrollo es también -y sobre todo- un reto para las políticas públicas, puesto que son las administraciones las responsables de crear las condiciones de contorno adecuadas para el desarrollo de un tejido empresarial que apuesta definitivamente por la I+D”. La intensidad inversora en I+D/PIB se redujo en 2016 (últimas cifras disponibles) al 1,19%, a distancia del máximo de 1,4% logrado en 2010, y a años luz de países líderes en Europa, como Alemania (2’87%), Japón (3’6%), o Corea del Sur (4,3%). Como nota positiva, la inversión bruta en I+D ascendió ligeramente, hasta 13.260 millones de euros (un 0,67% más que en 2015). Para profanos, y para tener una idea de lo que eso significa, baste decir que esa cantidad es aproximadamente lo mismo que la inversión en I+D de Amazon. La economía de todo un país invierte en I+D tanto como una sola empresa, Amazon. Al menos este año ha habido incrementos del personal empleado en actividades de I+D (un 2’5%), y del número de investigadores (un 3’4%). Sin embargo, España sigue sin recuperar los niveles de inversión en I+D de 2009 (está un 9,1% por debajo). Por el contrario, la UE los ha superado de forma clara (está un 27% por encima). La práctica totalidad de los países europeos (25 de 28) han recuperado y superado esos niveles. España es una excepción en Europa junto a Finlandia y Portugal. Si se compara el gasto en I+D pública y en I+D privada de 2016 con sus equivalentes de 2008, puede verse cómo España queda totalmente descolgada de los países de su entorno.

En lo referente a las empresas, España es el único país de los cinco grandes de la UE en el que su gasto en I+D en 2016 es inferior al de 2008 (el 11,1%), pese a que el PIB es un 0,2% mayor. En el conjunto de la UE-28, el gasto empresarial en I+D es un 29,9% mayor, frente a un crecimiento del PIB del 14,0%. Esta peculiaridad va a ser sin duda un lastre para la competitividad empresarial. En cuanto al número de empresas que declaran realizar actividades de I+D, en 2016 fueron 10.325 empresas, casi 300 más que en 2015, lo que supone el primer crecimiento reseñable desde 2008, aunque todavía siguen muy lejos de las 15.049 empresas de aquel año. La crisis, y el bajo esfuerzo público en políticas contracíclicas que contribuyeran a mantener la base investigadora de las empresas, se han llevado por delante el 30% de empresas que hacían I+D hace una década. En 2016, el gasto en I+D de las empresas españolas equivalía al 0,64% del PIB, menos de la mitad del promedio de la UE-28 (1,32%) y a considerable distancia del de países como Alemania, con el 2,0% o Francia con el 1,44% (en 2015). Sin embargo, en España parece que son las PYMES las que innovan, a diferencia de otros países: El segmento de empresas con menos de 250 empleados ejecutaba en 2013-2014 el 46,3 % de la I+D empresarial española, casi el doble que las de países como Italia, Francia o el Reino Unido, y a enorme distancia del 9,7% de las PYMEs alemanas. La gran empresa, con algunas excepciones, está ausente del sistema innovador. El corte sectorial del IBEX, poco intensivo en tecnología, es parte de la explicación.

Los resultados del subsistema científico son también manifiestamente mejorables: en 2017 se ha reducido ligeramente el número de publicaciones internacionales SCOPUS respecto al año anterior. España conserva la posición undécima en el mundo cuanto a producción, tras ser superada por Australia en 2013. Aunque ha perdido dos posiciones desde 2006, ha sostenido su presencia relativa durante el periodo. En cuanto a patentes, España siguió ocupando en 2016 el puesto 27º en la lista, aunque registra un leve aumento de su cuota en relación con el año 2012. Comparado con otros indicadores socioeconómicos, incluso por su capacidad científica, parece ocupar un lugar bastante inferior al que debería aspirar por el tamaño de su economía. Medido en términos relativos, la producción de patentes española es alarmantemente baja: 32 por millón de habitantes, frente a las 891 de Suiza, las 404 de Holanda, o las 359 de Suecia.

En conclusión, más de lo mismo. El cuadro clínico de la innovación española es grave: pese a que se estabiliza, sigue en la UVI. Un año más de malas noticias, pese a que su impacto es menos notable porque ya estamos acostumbrados a ellas, y porque se denota un ligerísimo incremento en algunos indicadores del sistema. No obstante, el mundo avanza a una velocidad que pronto será imposible seguir si no arrancamos ya los motores. En la presentación del informe, COTEC manifestó que el nuevo Ministro de Economía parecía demostrar una sensibilidad diferente respecto a los anteriores. Esperemos que no sea sólo una impresión, ni que lo misma quede sólo en palabras, y se traduzca en presupuestos y en políticas eficientes. Mientras, cabe felicitar a COTEC por su excelente trabajo.

13 de mayo de 2018

¿HOLA? UN ROBOT AL TELÉFONO


El test de Turing es una prueba ideada por el matemático homónimo, según la cual una máquina podía mostrar capacidades de interacción humanas, hasta el punto de que un humano no sería capaz de distinguir si su interlocutor era una máquina u otro humano. La idea del test fue introducida por Alan Turing, uno de los padres de la ciencia de computación moderna, en 1950 (en su famoso artículo Computing Machinery and Intelligence). El experimento, en aquel tiempo, se limitaba a interacciones mediante teclado. Se considera que un dispositivo electrónico supera el test de Turing cuando es confundido por un humano más del 30% del tiempo de prueba, en series de cinco minutos de conversación. Esta es una de las medidas clásicas de inteligencia de máquina, usadas para categorizar la potencia de la inteligencia artificial.

Parece que el punto de inflexión para la superación del test de Turing se produjo en 2014. Una computadora, que simulaba ser un niño ucraniano de 13 años convenció al 33% de los jueces en la Royal Society of London de que realmente era un humano. El hecho fue considerado un hito histórico en la evolución de la inteligencia artificial.

En la conferencia I/O de Google, esta semana, Sunder Pichai, CEO de Google, mostró los últimos avances en interacción persona-máquina. Un asistente digital (un “bot”, o robot conversacional), Google Duplex, demostró la capacidad de mantener conversaciones con atributos (expresiones, gramática, modulación de la voz, simulación de emociones y de incertidumbre) indistinguibles de los humanos. El algoritmo sintetizó y mimetizó de forma precisa la voz humana, en una conversación interactiva y dinámica. Se comportó exactamente como un humano, llamando a una peluquería para reservar hora. Respondió preguntas, negoció agenda y agradeció la ayuda de la recepcionista. Su conversación estaba plagada de expresiones dubitativas humanas (“um”, “ehhh…”), las llamadas “speech disfluencies”, así como de simulaciones de interferencia o asincronía (“¿me puede oír”, “espere un segundo”…). El sistema sostuvo una conversación absolutamente natural, sin que el interlocutor humano pudiera apreciar que estaba hablando con una máquina. En un segundo ejemplo, la máquina intenta reservar una mesa en un restaurante, donde su interlocutor tampoco aprecia que habla con un bot. Incluso llega a decirle “¿qué pasa, señor?”, y llamarlo “Sir”.

No os perdáis el vídeo: Sundar Pichai pide a Google que le reserve cita para un corte de pelo, “el martes, entre 10:00 y 12:00”. Ved qué ocurre e intuid el tsunami de aplicaciones de inteligencia artificial en marketing que van a llegar en los próximos años. ¿Adiós call centers? ¿Veremos bots digitales inundando los canales de ventas, incansables, trabajando 24 horas al día, 7 días a la semana?  ¿Recibiremos continuas llamadas de robots? Y, sobre todo, ¿será preceptivo que, cuando nos llamen, nos alerten de que hablamos con un robot?





6 de mayo de 2018

TALENTO, TECNOLOGÍA Y TRABAJO


MAPA DEL EMPLEO EN EUROPA, 2017
Existe hoy una apasionante discusión sobre el futuro del trabajo: ¿vamos a un jobless future debido a la irrupción de nuevas tecnologías; o bien el sistema económico -como ha hecho siempre- se adaptará al cambio tecnológico, y generará nuevos -e inimaginables ahora- nichos de empleo? El debate se origina con una pregunta clave: ¿la innovación crea o destruye empleos? Es difícil contestar la pregunta en el largo plazo, justo porque se van a producir cosas que, por su nivel de disrupción, ahora no podemos ni imaginarnos, como no podíamos imaginar qué iba a ser Google en 1990. Sin embargo, podemos empezar a tener respuestas si analizamos las evidencias económicas que se están dando en el corto plazo. ¿La innovación, crea o destruye empleos? La primera respuesta es depende. Depende del lugar. Lo que estamos viendo es que los ecosistemas innovadores tienen tasas de desempleo sensiblemente menores que las zonas no innovadoras. Y es que, en mi opinión, se está dando una dinámica de flujos, que redistribuye el talento, la tecnología y el trabajo; y los reconcentra en las zonas de innovación, en un efecto de realimentación positiva.


INNOVACIÓN EN EUROPA, 2017
Veamos: existen focos territoriales, con marcos institucionales adecuados y gobiernos dispuestos a co-invertir en innovación. En esos focos territoriales (ecosistemas innovadores), se da una dinámica de atracción de talento: el mejor talento científico, tecnológico o emprendedor de las zonas no innovadoras emigra hacia las zonas innovadoras, donde encuentra más oportunidades y mejores salarios. En esas zonas innovadoras se desarrollan las tecnologías del futuro, que son exportadas a las zonas no innovadoras (donde se despliegan en forma de automatización de cadenas productivas, y generan más desempleo). Las zonas innovadoras se enfocan a actividades de I+D y diseño, pero en un entorno de industria digitalizada y cada vez más independiente de la localización y la escala, también las actividades de manufacturing más sofisticadas se ven atraídas a las zonas innovadoras, pues la proximidad a los centros de conocimiento acelera sus ciclos de desarrollo de producto y las permite competir globalmente en innovación. En las zonas innovadoras se reconcentra el manufacturing avanzado, dejando el menos sofisticado y dependiente de costes laborales en las zonas no innovadoras, que se precarizan. En las zonas innovadoras se generan mayores márgenes empresariales, fiscalidades más sanas, y estados del bienestar más sólidos. Hacia los ecosistemas innovadores fluyen los flujos de talento, tecnología, trabajo, y capital inversor; mientras se drenan los mismos de las zonas no innovadoras. Basta, para contrastar esta hipótesis, comparar los mapas regionales de innovación, y de desempleo en Europa. La correlación es muy elevada: a mayor índice innovador, menor desempleo.


Guillermo Dorronsoro nos presentó en el reciente congreso IND+I (Industria + Innovación) de Viladecans algunos gráficos agregados (que adjunto) con datos numéricos precisos. Nuevamente, se contrasta la correlación entre innovación y empleo en Europa. Parece increíble que poca gente lo vea. Así que, gobiernos: inviertan urgentemente en políticas inteligentes de innovación si desean crear empleo y sostener estados del bienestar. Incluso en la hipótesis de que, en el largo plazo, la innovación destruya empleos en el conjunto de la economía global, sólo las zonas innovadoras podrán permitirse mantener fórmulas de sustento público de sistemas educativos, sanitarios o sociales de calidad.

1 de mayo de 2018

GLACIACIÓN TECNOLÓGICA


La semana pasada invité a una de mis clases a Josep María Martorell, director asociado del Barcelona Supercomputing Centre. Nos alertó de algo que ya intuíamos: la peligrosa dependencia tecnológica europea, en una industria “madre” como es la de semiconductores. En un entorno, como el del último siglo, donde EEUU ha sido aliado secular de Europa, no se nos podía ocurrir que los americanos nos dejaran de suministrar tecnología de última generación. Pero en pocos años, el sistema de alianzas y de estrategias internacionales se ha desestabilizado. EEUU rompe sus compromisos con Europa e inicia una senda proteccionista, a la vez que China emerge como potencia tecnológica. Nada impide a Trump, por ejemplo, dictar una orden de veto de venta de microprocesadores de última gama a Europa. Obama ya lo hizo con China. En abril de 2015, la administración norteamericana prohibió a Intel, el mayor fabricante de chips del mundo, vender sus productos a las instalaciones de supercomputación chinas, por razones de seguridad nacional. La inteligencia americana detectó que los dos mayores supercomputadores del mundo, el Thiane-1A y el Thiane-2, supuestamente estaban realizando simulaciones sobre pruebas nucleares. En aquella época, en un viaje a China, pude leer en la prensa del país que el gobierno chino lanzaba un nuevo programa, dotado -nada menos- de 100.000 millones de dólares para dominar industrialmente la física de dispositivos, e independizar el país de los chips extranjeros. La apuesta china iba en serio.

La tecnología de semiconductores está en manos asiáticas y americanas. ¿Qué ocurriría si Trump vetara la venta de chips a Europa? Entraríamos en una especie de “glaciación tecnológica”, condenados a sistemas que operen más lentos que los de nuestros homólogos -y competidores- americanos, chinos, surcoreanos o japoneses. Una glaciación que haría palidecer cualquier guerra comercial convencional, y que supondría una inmediata obsolescencia de todo el continente. Todos nuestros sistemas de información, de repente, serían más lentos. ¿Podrían competir las grandes automovilísticas europas – Volkswagen, Daimler, BMW, Citroen, Renault- sin provisión de semiconductores americanos? ¿Podrían sobrevivir los grandes bancos europeos – Santander, Deutsche Bank, Allianz, UniCredit- sin capacidad de actualizar sus sistemas de información? ¿Qué sería de Airbus? ¿Y de la industria de telecomunicaciones europea – Telefónica, Orange, Vodafone…? ¿Podrían seguir fabricando maquinaria automatizada de proceso los conglomerados industriales como Siemens? ¿Qué grado de dependencia tiene la economía europea de tecnologías estratégicas, habilitadoras y transversales, como los semiconductores (americanos, japoneses, coreanos o chinos…)? No tengo las respuestas, pero me temo que la dependencia tecnológica europea es alarmante.

Según Handelsblatt, En Europa no se ha construido una sola factoría moderna de semiconductores, a una cierta escala, en las últimas dos décadas. En Asia, en cambio, con “gobiernos dispuestos a coinvertir billones de dólares en esta tecnología”, la capacidad de fabricación de procesadores avanzados florece por todas partes. Entre los 10 grandes fabricantes de semiconductores del mundo, sólo uno (NXP) es europeo. Y todo indica que esta empresa holandesa será adquirida por su rival estadounidense Qualcomm. Hoy Europa proporciona sólo el 9% de los chips mundiales. Países mucho más pequeños, como Taiwan o Corea del Sur, desarrollan y exportan, respectivamente, el 20% y el 15% de procesadores del mundo.

Europa debe quitarse de encima los complejos. Según Andreas Gerstenmayer, CEO de la empresa electrónica austríaca ATS, la mayor fabricante europea de placas de circuito impreso, proveedora de Apple, “a menos que se tomen decisiones políticas masivas, Europa continuará condenada a estar a la defensiva”. Es un mal menor, si no entramos en una auténtica edad del hielo tecnológica. La dependencia tecnológica externa puede paralizar la transformación digital del continente, y evitar la nueva ola de disrupción: la derivada de la inteligencia artificial. Europa puede quedar al margen de la internet de las cosas, el big data o el 3D printing. Algunos dirigentes europeos, como mínimo, está preocupados, y se empiezan a realizar pasos en la buena dirección: Robert Bosch, el mayor proveedor mundial de componentes de automóvil instalará su nueva planta de chips en Dresde. Invertirá 1000 M€, pero recibirá 200 M€ de la UE. Este es el juego, nos guste o no: un juego de potentes incentivos. Los países compiten agresivamente por atraer y mantener actividades de alta tecnología, y para ello se precisan recursos, liderazgo y proyectos, para mantenernos en la frontera tecnológica. La alternativa: comprar chips americanos (o chinos), o deslocalizar nuestras compañías tecnológicas a Asia. Y prepararnos para volver a vivir en las cavernas.