24 de julio de 2016

CUANDO LOS DIAMANTES SON UN PROBLEMA

Si en 1950 le hubiéramos pedido a un observador que nos dijera cuál de las dos zonas más míseras del mundo en ese momento, Asia o África, se iba a desarrollar más rápidamente en el siguiente medio siglo, muy probablemente hubiera apostado por África. Básicamente, por sus inmensos recursos naturales. Los economistas creían que la riqueza y el crecimiento de las naciones dependían de ellos. Sin embargo los países asiáticos “apostaron” por la única ventaja competitiva que podían explotar: su capital humano. Y desarrollaron de un marco institucional que acelerara el cambio tecnológico para aprovecharlo.

El país que marcó la senda a seguir fue Japón, una pequeña nación devastada y desmoralizada tras la II Guerra Mundial, totalmente desprovista de riquezas naturales, que decidió pasar de una economía recientemente industrializada, antes de la guerra, a una economía basada en tecnología tras la misma. El resultado: convertirse en la segunda economía del mundo, sólo superada recientemente por uno de sus seguidores: China. El punto de partida: la atracción de inversión extranjera en base a eficientes (baratas) estructuras de coste. La estrategia inicial: aprender de la manufactura extranjera. La jugada era obtener conocimiento experimental, a cambio de bajos salarios. Pero rápidamente ascendieron en su estrategia tecnológica: de aprender tecnologías de proceso y prácticas de gestión en sectores auxiliares, a imitar lo visto, a desarrollar tecnología propia y productos exportables a, finalmente, generar ciencia propia. Hoy, por ejemplo, los supercomputadores más potentes del mundo se hallan en China. Y nada es por casualidad. Como Silicon Valley, Finlandia, Irlanda o Israel, la emergencia de un hub tecnológico internacional responde a la creación de marcos institucionales que lo fomenten, y al desarrollo de políticas de largo plazo. El resultado tiene más que ver con el liderazgo, la gobernanza, las instituciones, los recursos y las políticas que con la casualidad o la existencia de diamantes en el subsuelo.

El modelo japonés fue seguido rápidamente por Hong Kong, Singapur, Taiwan y Corea del Sur. Corea del Sur, una de las actuales superpotencias económicas y tecnológicas contaba con una renta per cápita de un dólar por día en 1950, como la de los países más pobres de África. Singapur, una isla-estado cercana a Malasia  era un conjunto de aldeas de pescadores en 1960, con una renta per cápita de 1,2 dólares diarios (427 $ anuales). Hoy es de 56.319 $ (132 veces la de hace medio siglo). Su PIB per cápita, el tercero mayor del mundo, es superior al de Suiza, Noruega o Kuwaitt. Su esperanza de vida (84,7 años), también es de las más elevadas del planeta. Su apuesta fue la atracción y concentración de actividad manufacturera, (especialmente en el polígono industrial de Jurong) y la educación. Se pusieron en marcha instrumentos de fiscalidad favorable para la atracción de inversiones, progresivamente más intensivas en tecnología, a la vez que se mejoraban las instalaciones estratégicas de su puerto. La agenda de innovación se completa con la transformación del modelo productivo hacia actividades cada vez más basadas en conocimiento. En palabras de un alto directivo público “las fábricas necesitan mucho terreno y cada vez ocupan a menos personal, a causa de la automatización creciente. Somos un país pequeño, donde el terreno es escaso y con una densidad de población elevada. Pensamos que lo más prudente sería invertir en sectores que pudieran albergar a gran número de trabajadores por metro cuadrado”. E invierten recursos (es decir, realmente “apuestan”). Su último National Technology Plan (que continúa los sucesivos planes de tecnología lanzados de forma estable desde 1991) está dotado con 13.000 M€. Singapur, un país de la extensión de Menorca, destina unos recursos públicos al impulso de la innovación tecnológica iguales en magnitud a la totalidad de la I+D pública y privada ejecutada anualmente en España. 

En 1950 Asia era tan pobre como el África subsahariana. Pero, mientras en África los incentivos políticos y los marcos institucionales desarrollados en los últimos 50 años han ido orientados a capturar y repartir desigualmente (normalmente entre unas minorías) la riqueza de los recursos naturales existentes, los países asiáticos han sabido construir agendas estratégicas de largo plazo para acelerar y explotar el cambio tecnológico en beneficio de sus ciudadanos. Los resultados: según el World Bank, 12 países crecieron de forma sostenida, con tasas exponenciales (mayores al 7% medio) entre 1960 y 2005. 9 de ellos eran asiáticos: China, Hong Kong, Indonesia, Japón, Corea del Sur, Malasia, Singapur, Taiwan y Tailandia. Los otros dos, Omán y Botswana, explican su crecimiento en base a recursos naturales. 


Olvidar la generación de riqueza no es un buen negocio. ¿No se estarán comportando en estos momentos buena parte de los países avanzados como África lo ha hecho durante el último medio siglo? ¿No estaremos orientando nuestros esfuerzos políticos y nuestros marcos institucionales a capturar la riqueza preexistente –cada vez más exigua- en lugar de impulsar nuevas fuentes de ventaja competitiva? La historia reciente nos demuestra que los países que centran sus esfuerzos en desarrollar políticas de largo plazo basadas en ciencia y tecnología  encuentran la senda de la prosperidad y son capaces de extraer a millones de personas de la miseria. Y nada impide que aquellos que olviden los mecanismos de creación de valor, y destinen sus marcos institucionales a extraer y repartir los recursos preexistentes, no caigan de nuevo en la misma. 

Post escrito conjuntamente con Oriol Alcoba, Director de Valorización de Eurecat Centro Tecnológico, quien recientemente ha participado en una misión a Singapur

Recomiendo leer "The Next Convergence: The future of economic growth in a multispeed world" (Michael Spence) libro del cual se extraen algunos de los datos que figuran en el post.

16 de julio de 2016

NO TE PODRÁS JUBILAR

En cierta ocasión, cuando preparábamos una jornada sobre innovación, la Directora de Comunicación de una importante institución me dijo: “Otra vez hablando de innovación. No vendrá nadie. Habéis quemado el concepto. A pocos les interesa, y nadie entiende qué es eso de la innovación o de la I+D”. Un poco molesto, aunque sabiendo que, en el fondo, tenía razón le contesté: “No te podrás jubilar… ¿Eso lo entiendes?

Efectivamente, no te podrás jubilar. No sólo por la alarmante reducción de los fondos de reserva en la hucha de las pensiones (no hay apenas recursos ya para mantener las pensiones). También por la bomba demográfica y la falta de reemplazo generacional (no va a haber recursos en el futuro).

Pero la triste y enésima confirmación de que quizá no nos podremos jubilar nos lo ofrece la nueva edición del Regional Innovation Scoreboard (RIS) de la UE. El gráfico indica la intensidad innovadora de Europa. En verde oscuro, los líderes. En verde claro, los seguidores. En amarillo, los perdedores. En naranja, los deshauciados. Una foto que nos indica lo que va a venir en los próximos años y lo que ya estamos viendo: economía precarizada, salarios tercermundistas, pobres que son pobres trabajando y pobres que jamás encontrarán ya trabajo (al menos un trabajo digno). Y millones de jóvenes con talento que huirán hacia el Norte.  El Sur europeo se despreocupa de estimular los motores de generación de riqueza en el siglo XXI: la ciencia aplicada y la tecnología. No nos interesa la innovación. No entendemos la I+D porque hemos perdido conciencia de la necesidad de crear riqueza para luego distribuirla. Europa se fragmenta, no sólo por el Brexit, sino siguiendo una frontera meridional de conocimiento que coincide con la falla geológica mediterránea: la innovación no baja más allá de los Pirineos, de los Alpes o de los Balcanes. La economía del Sur de Europa se va hacia África.

Pero no pasa nada. Nadie parece entender qué diablos es esto de la ciencia, la tecnología y la industria del conocimiento (la única vía válida para construir países solventes y mantener sociedades del bienestar). Especialmente, estas cosas tan complejas están excluidas del cansino debate político. Seguro que ni siquiera nuestros líderes más preparados entienden qué es eso de la innovación y de la I+D, conceptos sofisticados aparentemente sólo al alcance de cerebros germánicos o escandinavos.

En fin, sigamos por este camino. De momento, en la Península, sólo Euskadi se mantiene en una posición mínimamente digna (aunque perdiendo enteros, desde 2014 ha bajado su capacidad innovadora en un 7%, según el recién publicado RIS). Como se duerman un poco más, se hunden en la tercera división europea, la de los perdedores del futuro. Navarra ya se ha despistado y ha caído a tercera división. Catalunya y Madrid siguen perdiendo fuerza (un 6% y un 11% respectivamente, desde 2014).


Últimamente se ha abierto un importante debate sobre el rol de las ciudades en la innovación. Efectivamente, las grandes orbes serán los motores de innovación del futuro. ¿Podrán Madrid, o Barcelona –bien posicionada teóricamente en innovación, aún a reflujo de los Juegos Olímpicos del 92- competir contra París, Londres, Berlín, Copenhague o Estocolmo? Miremos los colores de las zonas donde se encuentran todas esa capitales en el mapa y quizá encontremos la respuesta.

10 de julio de 2016

INNOVACIÓN TOTAL EN EL SECTOR DEL AUTOMÓVIL

Cuando estudiaba me decían que si existía un ejemplo de sector maduro, oligopolístico (dominado por unos pocos y poderosos jugadores)  y con muy elevadas barreras de entrada, éste era el del automóvil. Según el modelo de las 5 fuerzas de Porter, nada podía substituir el automóvil, nadie podía entrar en el sector, y el poder de las grandes marcas ante clientes y proveedores era muy elevado. Si eras un emprendedor o un agente ajeno al sector, era prácticamente imposible acceder a él. Las barreras de entrada tecnológicas, de economías de escala, de marca o de inversión en activos eran insuperables. Hoy, sin embargo, el sector del automóvil está sufriendo un asalto masivo y despiadado por parte de nuevos entrantes que vienen de todas direcciones.

Tesla lanzó su modelo 3 en abril, el primer vehículo eléctrico equiparable en aceleración, rango y precio (35.000 $) al de sus homólogos de motor de combustión. Los pedidos superaron las 400.000 unidades en pocas semanas. Lamentablemente, su capacidad productiva está muy lejos de poder servir rápidamente este tsunami de órdenes de compra: en los primeros cuatro meses del año, sólo produjo 18.345 unidades. Para alcanzar los objetivos de ventas (pretende llegar al medio millón de vehículos anuales), es crítica su alianza con Panasonic para construir una Gigafactoría de baterías. Además, deberá superar las dudas sobre su solvencia tecnológica tras el fatal accidente mortal de mayo, el primero de un vehículo autoconducido. Veremos si es capaz… 

No obstante, Tesla sigue siendo un gran ejemplo de attack from below (ataque desde abajo): el fenómeno según el cual una joven startup, portadora de una tecnología disruptiva, se lanza como un torpedo sobre las bases tecnológicas de una industria, hunde a los antiguos players, y reconfigura la estructura de la misma. Por cierto, Tesla recibió en 2009 un préstamo a bajo tipo de interés, de 465 millones de dólares, por parte del Gobierno de EEUU para desarrollo tecnológico (¿quién dijo que en EEUU los milagros tecnológicos y emprendedores pasaban solos?)

Tesla está invadiendo el sector desde el control de una tecnología estratégica para el futuro del automóvil (la batería eléctrica). Pero el sector deriva totalmente hacia la competición en base electrónica. Por ello, no es extraño que los gigantes innovadores de la electrónica hayan puesto la vista en el automóvil. Alphabet, la marca paraguas de Google (creada para proteger a Google de las fluctuaciones financieras que generaba el riesgo de innovar en otros sectores), está completando un equipo de altos ejecutivos para lanzar la compañía que comercializará el autoconducido Google Car hacia 2020. Y, si bien no hay confirmación oficial de la entrada de Apple en la industria del automóvil, existen innumerables indicios. Uno de ellos, su inversión de un billón de dólares en la empresa china Didi Chuxing, competidora de Uber. Otros indicios, su esfuerzo récord en I+D en los últimos años, las evidencias de búsqueda de espacio en San Francisco para testear coches autoconducidos, la contratación de altos directivos del automóvil o el registro de dominios como Apple.car. Para los analistas expertos, el lanzamiento del iCar en 2020 (proyecto “Titán”) es un secreto a voces.

Pero no sólo los líderes electrónicos americanos están reconfigurando la dinámica del sector: China les sigue los pasos muy cerca. Alibabá, la mayor plataforma comercial on-line del mundo, el Amazon chino, ha anunciado que ya tiene a la venta su “internet car” propio, en colaboración con SAIC (Shangai Automotive International Company), una de las cuatro grandes empresas públicas chinas del automóvil. O Baidu, el Google chino, quien también ha hecho público que tendrá listo su vehículo autoconducido para el mercado masivo en 2021.

Y, desde el lado de los usuarios, otra formidable plataforma electrónica está subiendo aguas arriba dispuesta a controlar la industria: Uber (cuyo valor en bolsa supera los de Ford y General Motors juntas) tiene también su propio proyecto de desarrollo de vehículo autónomo. Uber cuenta con una ventaja competitiva adicional: la posibilidad de transformar el modelo de negocio y la estructura económica del automóvil. Al fin y al cabo, la mayor parte de la población en países desarrollados dispone de coches infrautilizados. ¿Quizá la propiedad del automóvil sea sustituida por un servicio instantáneo de transporte, servido por vehículos autónomos? Puede que en el futuro inmediato, para ir a trabajar, un automóvil Uber sin conductor (un robo-taxi) le espere a la puerta de su casa, le lleve al trabajo, y otro le venga a recoger puntualmente. Este es, en el fondo, el escenario que todos están barajando: un cambio radical de modelo de negocio. Si esto ocurre, las flotas estarán ultra-utilizadas, serán hipereficientes,  y la demanda agregada de vehículos caería a mínimos, pues los individuos dejarían de comprarlos. Uber, en este escenario, es caballo ganador. 

Hoy Toyota, Nissan, Volkswagen, Fiat, BMW y la mayor parte de los antiguos líderes están entrando en un terreno que hace pocos años hubieran considerado ciencia ficción. Y, en este escenario les toca tomar iniciativas agresivas para controlar rápidamente tecnologías, información o modelos de negocio que no poseen. Un ejemplo, la alianza de General Motors con Lyft (competidora de Uber), con una inversión de un billón en dicha startup en su carrera hacia el vehículo autónomo. Toyota se ha aliado con Microsoft para desarrollar protocolos electrónicos de conexión de vehículos.

Los viejos gigantes buscan desesperadamente jóvenes startups de geolocalización, software embarcado, tecnologías de batería o compartición de vehículos para comprarlas y evitar perder el tren del futuro. Los nuevos entrantes perforan las bases de la industria. Silicon Valley substituye a Detroit como la Meca del automóvil. Y pronto, muy pronto, nada será como antes.


3 de julio de 2016

MÁS SOBRE RENTA BÁSICA UNIVERSAL

El 10 de marzo del año 2000, el índice tecnológico NASDAQ alcanzó su máximo histórico: 5048 puntos. Pocos años antes, en 1995, el gobierno de los Estados Unidos había liberalizado el uso comercial de una invención que, hasta entonces había sido utilizada exclusivamente para comunicaciones entre instituciones científicas y de defensa: internet. Las inmensas oportunidades de negocio que esta tecnología ofrecía generaron una avalancha de nuevas empresas, una oleada masiva de financiación privada, y una propulsión en la estratosfera del valor de las acciones de las emergentes compañías tecnológicas, en un fenómeno que el director de la Reserva Federal estadounidense, Alan Greenspan definió como "exuberancia irracional". La historia terminó con una brusca implosión negativa de la burbuja y una caída en picado de las cotizaciones bursátiles. El NASDAQ perdió el 70% de su valor en dos años. Nunca más ha llegado a los niveles de 2000.

Internet generó un ciclo de sobreexpectativas en el mercado financiero, que se recalentó en exceso. Lo que vino a continuación no fue más que la antesala de una nueva crisis. Los bancos centrales, temerosos de una recesión, inundaron de liquidez a los mercados. Comenzaba una década prodigiosa de crecimiento diseñado por las instituciones financieras (2001 a 2008). Pero esta liquidez creó nuevas burbujas: productos financieros especulativos y un sector inmobiliario desorbitado. Lehman Brothers estalla en septiembre de 2008 y genera la gran recesión de los últimos años. La nueva respuesta política, otra vez errática, se traduce en recetas de extrema austeridad en las cuentas públicas. Austeridad mal entendida especialmente en la periferia europea, que aniquila también fuentes de ventaja competitiva como son la educación y la inversión estratégica en I + D. La incapacidad de los líderes de entender la realidad deriva en ingenuos anuncios de brotes verdes, en la intervención europea de las cuentas públicas de los estados del Sur, y en una nueva ficticia recuperación basada en estructuras low-cost y empleo escaso y precario. La falta de talento político en Europa deriva en profunda crisis social y realimenta la crisis política. El Brexit es la última y triste evidencia de este bucle autodestructivo.

El relato de la historia es el relato de un desacoplamiento entre fuerzas netamente positivas (el increíble desarrollo tecnológico de los últimos años, con las oportunidades que genera) y fuerzas negativas (la incapacidad del sistema económico y político actual de gestionar este cambio de paradigma, acelerar los mecanismos de creación de riqueza, y distribuirla eficientemente). No somos capaces de interpretar los cambios en los fundamentos económicos, y el sistema se comporta erráticamente. Los cambios son profundos, y de naturaleza positiva. Sin embargo, un acontecimiento capaz de transformar el mundo a mejor, como el nacimiento de internet, se convierte en el dominio financiero en una secuencia de sobreexpectativas, recalentamientos y burbujas.

Y ahí seguimos. Cuando la economía recibe una lluvia de innovaciones disruptivas (que deberían llevar al mundo a una situación mejor), el sistema parece haber perdido  el manual de instrucciones. Sin embargo, los primeros indicios del nuevo paradigma emergente, de forma tímida y casi imperceptible, están surgiendo por todas partes. El debate sobre la Renta Básica Universal (RBU) ha llegado para quedarse. Como ocurrió durante la Gran Depresión de 1930, que abrió el debate para un embrión de seguridad social en Estados Unidos, cuando la pobreza extrema afectaba al 50% de la población estadounidense. Como entonces con la cobertura sanitaria o educativa universal, ahora la RBU parece algo irreal e inalcanzable.

Muchas cosas están pasando en poco tiempo. Los proyectos piloto acotados se están desarrollando ya en diferentes partes del mundo, como Finlandia, Holanda, Canadá o Silicon Valley. Las conclusiones parecen netamente positivas: se reduce prácticamente a cero la pobreza, los trabajadores no caen en la tentación de dejar de trabajar (pues la renta básica sólo garantiza la cobertura de unos mínimos), pero se detecta una mayor predisposición a asumir riesgos (emprender, innovar o cambiar de trabajo) al tener, precisamente, estos mínimos cubiertos. Sorprendentemente, la RBU parece estimular el emprendimiento y la innovación. En paralelo, se extiende el consenso (a derechas e izquierdas) sobre este instrumento. Para las izquierdas, como un definitivo mecanismo de distribución de la riqueza, y por las derechas liberales, una oportunidad de responsabilizar al individuo de la autogestión de estos recursos (que pueden conllevar la reducción de gasto público en costosas e ineficientes redes asistenciales).  


No podemos caer en populismos: ahora es imposible. Ofrecer, por ejemplo, una RBU de 10.000 € en Catalunya significaría un gasto público de 75.000 millones de Euros (aproximadamente 3 veces el presupuesto actual de la administración catalana). No obstante, el escenario es esperanzador (cambio tecnológico exponencial), el concepto es atractivo (avanzar hacia una sociedad más emprendedora, más libre y más igualitaria), y en el largo plazo, es técnicamente factible (la tecnología puede crear un mundo de abundancia). Ahora nos toca, como sociedad, luchar por esa utopía. Hay que recuperar la estrategia europea marcada, precisamente, con la emergencia de Internet, a principios de los 2000: "convertir Europa en la economía basada en conocimiento más competitiva del mundo" y centrar esfuerzos en lo que lo puede hacer posible: según el Fondo Monetario Internacional, cada euro público invertido en investigación aplicada a la industria revierte en 12,5 euros de crecimiento del PIB en el medio plazo. Crear un país rico basado en conocimiento y transformar la estructura social mediante nuevos enfoques radicalmente innovadores. Cambiar el paradigma. Este es el verdadero camino del futuro. Quizá nosotros no lo veamos, pero deberíamos conjurarnos para que lo vean nuestros hijos.

(Artículo inicialmente publicado en ViaEmpresa, el 27/06/2016)

24 de junio de 2016

LA NUEVA ANORMALIDAD

Escribo estas líneas en uno de los días más negros del proyecto europeo, con los mercados en caída libre, y cuando la libra esterlina se encuentra en su valor más bajo desde 1985, tras la triste noticia del resultado del referéndum británico, cuyo veredicto dictamina la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

En una conferencia en 2010, Mohamed El-Erian (director del fondo de inversión PIMCO) acuñó el término “nueva normalidad”, refiriéndose a las turbulencias económicas que se habían convertido en habituales tras la recesión de 2008. Larry Summers (ex Secretario del Tesoro americano) rebautizó en 2014 el paupérrimo paradigma económico emergente como “estagnación secular”. Cristine Lagarde, desde el FMI, hablaba en 2015 de “nueva mediocridad”. Y Nouriel Roubini completa el cuadro recientemente, declarando que entramos en una época de “nueva anormalidad”

Nadie tiene ni idea de hacia dónde vamos. Organismos internacionales, consultoras y sesudos académicos se debaten en la incertidumbre. Los modelos matemáticos de predicción fracasan sistemáticamente. Muchas cosas están ocurriendo, como si el tiempo se hubiera hipercomprimido y todo sucediera a la velocidad de la luz. Acontecimientos inesperados,  y reacciones del sistema económico generan convulsiones continuas en el mismo. Si la economía fuera un sistema electrónico, diríamos que ha entrado en fase de oscilación permanente. El viejo paradigma económico, social y político ya no da respuesta a un mundo en efervescencia tecnológica. La crisis que aparece en la superficie no es más que la proyección de una revolución tecnológica sin igual que se está dando en las profundidades del sistema, y que requiere modelos de gestión radicalmente nuevos. Si no los diseñamos, el choque entre el antiguo modelo y el nuevo generará conflictos imprevisibles.


Paradójicamente, asistimos a una edad de oro de la  innovación a nivel global. Por primera vez en la historia, no sufrimos una crisis de recursos fundamentales. Avanzamos hacia escenarios de información, educación, energía, sanidad y producción abundantes. Pero no somos capaces de gestionarlos. El sistema económico responde de forma errática a estímulos que deberían ser positivos. Buena parte de la sociedad percibe la globalización como amenaza, y el sistema político magnifica respuestas ineficientes. La austeridad es una receta necesaria, pero insuficiente y mal entendida. No se puede ser austero en educación o en I+D. Por primera vez en la historia, los incrementos de productividad no vienen acompañados de nuevo empleo.  La economía crea riqueza, pero no crea trabajo, y eso debilita la demanda. Aunque Suiza la ha rechazado, el debate sobre la Renta Básica Universal ha llegado para quedarse (el American Enterprise Institute, think tank conservador poco dado a utopías, ha propuesto ya una renta universal garantizada de 13.000 dólares a todo americano). Nuevas fórmulas de política económica, como las de Mariana Mazzucato (“mission oriented innovation”, proyectos transformadores enfocados a resolver grandes retos humanos) serán necesarias, como reediciones del New Deal del presidente Roosevelt. Y nuevo talento político, con visión a largo plazo, independiente del ciclo electoral será imprescindible para superar la situación.

El desgraciado episodio del Brexit, el renacer de los populismos, y la centrifugación del sueño europeo no son más que la enésima muestra de la necesidad imperiosa y urgente de emergencia de un nuevo paradigma y de nuevos liderazgos con consistencia estratégica. Infinita tristeza por la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea. Vergüenza y decepción por la falta de talento político en Europa.

(Artículo publicado en versión original en el diario Expansión, el 20/06/2016)

21 de junio de 2016

URBANPRENEURSHIP & THE RISE OF EUROPEAN CITIES


(One year ago, I received an e-mail from professor Boyd Cohen -who I didn't know at that time-, saying "Xavier, I'd like to come to Barcelona, is there some place for me?" I was impressed for his CV, and we managed to attract him here. It was a succesful history. Today, he is living in Barcelona with his family, and teaching at UVic and EADA Business School. He's an entrepreneur and an international academic authority in Urban Innovation and Entrepreneurship. He is who writes the following post. It's a true honor for me to be his friend and to share with him such interesting conversations about the present and future of innovation)

On May 31st my second book, entitled: The Emergence of the Urban Entrepreneur was released.  I was pleasantly surprised that it immediately shot up on Amazon.com’s hot list to #1 for new titles in Entrepreneurship.  I am sure it didn’t hurt that the famous urbanist, Richard Florida, wrote the foreward to the book.

In the book, I demonstrate that three trends are converging to make cities THE PLACE for entrepreneurs in the 21st century. These include: urbanization, democratization and collaboration.  For more on these trends, here is an article I published in Fast Company on the Urbanpreneur Spiral (en español).

One of the most controversial conclusions I arrived to by the end of the book is that I believe Europe is better positioned for the future of innovation and entrepreneurship than the U.S.  I have also written about these conclusions in FastCompany and in Tech.eu.

Just last week I spoke at an International Week event in la Universitat de Vic at the request of Xavier.  We had an engaging conversation about my book, and in particular, my conclusion that Europe is better positioned to lead the next wave of the innovation and entrepreneurial revolution.  Xavier, for one, expressed some doubts, in part, because, for example, Spain is not known as a highly innovative country.

Let’s discuss what innovation has looked like and where it might go before we explore this relevant question.

Innovation Prior to 2008:
First of all, in the past, innovation was based on closed R&D processes within multinational companies or startup companies with significant amount of venture capital.  Having a deep patent portfolio was important, having access to large amounts of capital for financing growth, acquisitions, etc. was important. Being based in Silicon Valley or a similar suburban tech park, usually in the U.S. (like Austin, Boston, Boulder, New York) was also important. Thus we saw a migration of some of the most promising startups from Europe to these suburban innovation hubs where venture capital was more accessible.  Innovation prior to 2008 was also focused on global domination, as Douglas Rushkoff discusses in great length in his recent book and Xavier discussed here.

Innovation in the Future:
I believe we are seeing the signs that current and future innovation looks very different.  First of all we have clearly entered the age of open innovation where multinationals, startups and even cities are embracing collaborative business models and opening their innovation processes.  Multinationals like Toyota and Tesla are even opening up their patent portfolios to encourage coopetition to grow ecosystems.

The writing is already on the wall that venture capital is way less important than it used to be.  In fact, a recent study by the Kauffman Foundation in the U.S. found that only 6.5% of funding for high growth startups comes from venture capital!  Another important point is that I believe we will see a slowing in the emergence of new platform monopolies (like Uber, Airbnb, eBay, etc.) in the future.  Even the famous entrepreneur Steve Case, in his latest book, The Third Wave, agrees that innovation and entrepreneurship going forward is going to be more distributed with fewer unicorn startups.  There will be fewer opportunities for new massive globally dominating, monopoly platforms and there will be ongoing resistance to them (like what we are witnessing with Uber and Airbnb today).

There is a massive movement to encourage more commons-based, distributed platforms whereby the peers on these platforms gain more (or all) of the value they generate on these platforms. For example, I am really encouraged by the potential of Distributed Autonomous Organizations (DAOs) to disintermediate the intermediaries.

Innovation is going Urban
Perhaps most importantly, innovation is going urban.  My whole book is based on this, but to summarize, the world is urbanizing entrepreneurs are moving into urban areas (and away from suburban tech parks) and many entrepreneurs are also seeking to find ways to solve not just market problems, but urban quality of life problems, like energy, food, housing, sharing and mobility.  I call these civic entrepreneurs.  So, returning to the debate about whether Europe could lead the future of innovation and entrepreneurship, let’s consider how all of the above combine to make things interesting for Europe.

First of all, as I argued in Fast Company, it could be argued that the data suggest Europe has already overtaken the U.S. as the leading region for innovation.  The Global Innovation Index, the most respected annual assessment of national-level innovation shows that four countries, ALL EUROPEAN!, are ahead of the U.S. with respect to their innovation capacity and output.   Returning to Xavier’s point, yes Spain is only 27th in the ranking, way below the U.S.

However, besides the fact that many European countries are ahead of the U.S. (which is part of my thesis), another part of my thesis is that innovation is urbanizing.  I think it is really interesting to explore innovation at the urban level in Europe and the U.S.  This is a point of differentiation I have with Richard Florida. While he still prefers to use the volume of venture capital investment in a city as a proxy for its innovation capability and output, I believe that venture capital is not as important as it used to be and that we need to look at other indicators of innovation in cities. 

First of all, I think we need to consider how innovative the city administration is.  I believe this to be important because the innovators of this decade and in the future, are making a conscience choice to stay or move to cities that create the right environment for them to be successful and happy.  Having a high quality of life, and innovating around things like smart cities are increasingly appealing to millennials for example. On this front European cities, EVEN SPANISH ones, are WAY ahead of most U.S. cities. 

Take for example the annual ranking of quality of life in cities from Mercer.  In their 2016 survey, 7 of the top 10 cities in their ranking are European.  Want to know the highest rated U.S. city? You have to go to #28 to find the first city, San Francisco on the quality of life list.  Let’s talk smart cities. I have been researching, and ranking smart cities around the globe since 2011.  I can assure that Europe is way ahead of the U.S. on this front.  In fact, Spain alone, a country of just around 46 million people (just over 10% of the population of the U.S.) has been a pioneer in the smart cities movement. Barcelona has the most important annual conference in smart cities around the globe.  More importantly, RECI (Red Española de Ciudades Inteligentes). RECI has 65 Spanish municipal members who have developed smart cities strategies and begun to implement them.  While it is hard to determine exactly how many U.S. cities have formal smart cities plans and initiatives, my guess based on my research is that it is probably closer to 20.

Because I have spent more time researching Barcelona’s innovation ecosystem I will provide a few more examples in response to Xavier’s inquiry.  Barcelona is widely regarded as the inventor of the urban innovation district. 22@ has been very successful and has been the subject of replication by mayors from Boston, Buenos Aires and Medellin among many others.  Barcelona was the first city in the world to adopt a solar thermal ordinance which was later adopted by dozens of municipalities in Spain and recognized as a best practice European-wide.  In Barcelona, we have rapid growth of more response sharing economy activities, a long history of cooperatives, more than 300 co-working facilities, and thought leadership around maker spaces and Fab Labs.  All of these not only make Barcelona a global pioneer in innovation, it also makes it an attractive city for entrepreneurs.

Conclusion

In conclusion, do I think European cities will outpace U.S. in the creation of venture-capital backed platform monopolies? My answer is definitely not. I believe the U.S. will continue to lead in the creation of venture capital backed globally dominant platforms and technologies.  But, I believe those initiatives will represent a decreasing percentage of startups and innovation activity around the globe and I believe that Europe’s higher quality cities, with a stronger commitment to inclusion (note, the U.S. has a climbing income inequality issue whereas Europe’s income inequality has remained stable), and more responsible capitalist (and even postcapitalist) models positions Europe better for the future.  What do you think?

Professor Boyd Cohen
Barcelona, 21 June 2016

18 de junio de 2016

CORPORACIONES EXTRACTIVAS

En diciembre de 2013, una manifestación de ciudadanos de San Francisco bloqueó el paso de autobuses de empleados de Google en su camino hacia el trabajo. Se quejaban de la creciente desigualdad que se extendía por California. Mientras en la ciudad se multiplicaban los homeless, y se incrementaba el coste de la vida, la riqueza se concentraba en una minoría de emprendedores y empleados de la élite de empresas tecnológicas con base en Silicon Valley (Google, Twitter, Facebook…). Al mismo tiempo que  Google cotizaba en máximos en Wall Street, sus autobuses eran apedreados en las carreteras de California. La anécdota se relata en el magnífico libro Throwing Rocks at the Google Bus: How growth became the enemy of prosperity, de Douglas Rushkoff.

El debate sobre la desigualdad sigue en ebullición en las redes sociales. Realmente, ¿puede el crecimiento ser enemigo de la prosperidad? Quizá sí. Según MIT Technology Review, la pobreza absoluta en EEUU no para de crecer desde 1980 y, la proporción de riqueza en propiedad de la minoría más opulenta (el 0,1% de la población) ha pasado del 5% a casi el 25% en tres décadas. Con el sistema social actual, un americano que tenga ingresos de 50.000 $ al año requerirá unos ahorros de 1,5 millones para retirarse de forma confortable a los 67 años. Mientras, las grandes compañías tecnológicas acumulan masas ingentes de cash. Sólo Apple, Microsoft y Google acumulan el 23% del dinero líquido americano fuera del sector financiero. Apple es una inmensa máquina de hacer dinero, con más de 215.000 millones de dólares en efectivo. Y en su reciente compra de LinkedIn, Microsoft, con más de 100.000 millones en la caja fuerte, ha tirado de créditos para maximizar su rendimiento fiscal.

Los CEOs de las empresas tecnológicas parecen envueltos en una acelerada carrera de crecimiento, propulsados por las agresivas reglas del capitalismo financiero marcadas por Wall Street y ejecutadas por el sector del capital riesgo. Crecer, cumplir los objetivos trimestrales,  acumular cash, hacer ricos a los accionistas y, si es necesario, vender rápidamente y obtener la máxima plusvalía. Aunque con tecnología de última generación, parece que el crecimiento al servicio de la línea dura del capitalismo financiero es el alma máter de la economía digital. ¿Nuevos iconos sociales (Zuckerberg, Page, Jobs, Musk…) al servicio de antiguas reglas del juego? Cada nueva ola de internet o cada tecnología disruptiva crea una generación de nuevos megabillonarios. Pero, a parte de ellos, ¿cuántas personas capturan realmente una parte del valor de esas transformaciones?

Algo está fallando en el sistema operativo del nuevo orden digital. Las nuevas tecnologías que llegaron a caballo de la revolución industrial creaban trabajo masivo. Más crecimiento significaba más oferta de bienes y más empleo, que a su vez estimulaba la demanda de bienes. Ahora puede no ser exactamente así. El crecimiento puede ser sólo una ilusión financiera (una burbuja) ante la inexistencia de demanda y de empleo. Al fin y al cabo, desde los inicios de internet pasan cosas insólitas como la compra de Instagram por Facebook (500 millones de dólares de inversión en una empresa que ocupa contados empleos, y que no genera beneficios). Y LinkedIn ha significado para Microsoft un desembolso de 26.000 millones, por una empresa con unas escasas decenas de millones de dólares de beneficio trimestral.

Cuando el cajero del supermercado es reemplazado por una pantalla táctil, el empleado de manufactura por un robot industrial, el mánager por un algoritmo informático, y el mercado de capitales financia masivamente empresas sin empleados, las reglas del juego no pueden seguir siendo las mismas que antes. En primer lugar, se deja de cumplir la ecuación básica: más crecimiento no genera más demanda, así que se compromete el mismo crecimiento.

En segundo lugar, surgen planteamientos alternativos y radicales. El siglo XX fue el siglo de las corporaciones. Pero en un mundo de plataformas digitales, donde las corporaciones parecen convertirse en los instrumentos de crecimiento desbocado al servicio de ratios financieros, ¿es necesaria la corporación? Cuando su capacidad de crear empleo desaparece, la empresa deja de cumplir una función social que, como mínimo indirectamente, cumplió en el siglo pasado. En ese escenario, ¿no sería mejor utilizar las plataformas digitales para transacciones peer to peer? ¿Es estrictamente necesaria Uber, movida a crecer –legítimamente- por los intereses y presiones de sus billonarias inversiones, o podría estructurarse una espontánea comunidad de conductores sin una corporación intermediaria, una corporación extractiva en palabras de Rushkoff? ¿Vamos a una sociedad de autónomos, sin necesidad de instituciones empresariales? Esos serían los principios de la emergente sharing economy (economía colaborativa).

Por último, arrecia el debate sobre la renta básica universal, que tiene la virtud de agradar a ideólogos de izquierda y de derechas. A los socialdemócratas, porque dicho instrumento permitiría garantizar a todo ciudadano sus necesidades mínimas. A los liberales, porque en definitiva significaría asumir la responsabilidad de la autogestión del individuo, reduciendo a la vez gasto público en costosas redes asistenciales. The New Yorker relata el experimento que se realizó hacia 1970 en la ciudad de Dauphin, en Manitoba (Canadá), ofreciendo una renta básica a todos sus habitantes. Los resultados fueron netamente positivos: cayeron las tasas de hospitalización, desapareció la pobreza, y la gente siguió trabajando. Los pobres no malversaron alegremente su salario básico, prácticamente nadie se vio incentivado a dejar de trabajar por ello e, incluso, al tener unos mínimos asegurados, se observó una mayor predisposición a la toma de riesgos (es decir, al emprendimiento y a la innovación).

Dos gravísimos problemas, sin embargo, deberán ser resueltos: su financiación (implementar una renta básica universal significaría incrementar un 70% el presupuesto federal, según Bloomberg), y su incompatibilidad con fronteras abiertas (por el efecto atracción). Inconvenientes hoy difícilmente superables. Pero no dejemos de soñar en utopías. Quizá lo consigamos algún lejano día, precisamente porque hoy nos negamos a creer que es imposible.